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Te vi venir — capítulo 33
32º
Pvo. Bruno
Apreté con algo de fuerza al amor de mi vida entre mis brazos, mientras sonreía como nunca.
-Ti amo-susurré en su oído. Luego alargué la mano hasta la mesilla de noche.- Y por eso quiero que tengas esto.
La hice incorporarse un poco. Ella se tapó la parte delantera de su cuerpo con la manta blanca, pero su espalda quedó totalmente al descubierto. Le puse todo el cabello hacia un lado, pasé mis manos por su cuello y le abroché el collar. Ella se miró el cuello, lo abrió y miró lo que ponía la joya. Luego lo cerró y sonrió más para sí que para mí.
-Dios Bruno es precioso, Pero no puedo…
-Ni hablar, tú te lo quedas.
-Debe de haberte costado un pastón.
-Me ha salido gratis, en realidad.-Ella me observó sin entender.- Mi abuela me lo dio. Fue mi regalo de cumpleaños.
-Pero si es de mujer.
-Eso mismo le dije yo. Pero ella me explicó su utilidad. Debo entregárselo a una persona con la que sienta cosas increíbles, de la que no me quiera separar nunca, a alguien de la que esté completamente enamorado, y la ame tanto, que ese sentimiento llegue a ser indescriptible. Es mujer eres tú, Rebeca Torres. Me ha costado encontrarte, pero por fin te tengo.- Ella me besó con ansias, cariño y sobre todo mucho amor.- Pero aun nos queda algo por hacer.
-Librarnos de Marian Giovanelly-dijimos a la vez. Luego estallamos en risas.
Pero yo sabía que tenía que hacerlo, debía dejarla a como dé lugar. Ahora que sabía el daño que podía llegar a ocasionar en nuestras vidas no iba a dudar más. Después de más besos, más caricias y unas cuantas más palabras de amor, Rebe y yo nos vestimos, ya que se hacía tarde, y planeamos que antes llegaría yo a la mansión. En cuanto llegué a la cocina, Issa, que ya había vuelto hacía unos días de ver a su hermana en el hospital, me comunicó que en el recibidor, un chico me esperaba. Extrañado, me dirigí hacia allí. Ese chico me sonaba de algo, creo que era amigo de Leila.
-hola-le saludé dándole la mano.- ¿Me buscabas?
-Sí-me respondió.
-Pues tú dirás-dije con una sonrisa.
-Tengo algo que comunicarte, ¿podríamos ir a un sitio más… privado?
-Claro.- Asentí y le llevé hasta el salón superior. Le ofrecí un poco de vino, pero él lo rechazó.- De acuerdo, aquí nadie puede escucharnos, puedes hablar tranquilo…
-Bernard. Hemos coincidido en unas pocas ocasiones.
-Sí, pero no recordaba tu nombre. Bueno, ¿de qué querías hablarme?
-Es sobre Leila.
-¿Le sucede algo?
-Creo que sí. Supongo que sabrás de su trabajo, ¿no?
-Sí, lo sé.- Dije cauteloso. En ese momento me percaté de que hacía días que casi no la veía por la mansión.
-Pues creo que lo que le pasa tiene que ver con eso. He intentado hacerla entrar en razón pero ella…
-A ver, empieza por el principio.
-No come. Hace ya por lo menos dos meses o tres que ha dejado de comer como antes. Está delgadísima, muy rara, siempre callada, solitaria… Tú eres su hermano, la conoces más que yo, debes saber que esos comportamientos no son propios de ella. También le sucede que quiere estar mucho tiempo conmigo y con Eva, nuestra amiga, pero cuando lo hace ya no es como antes. Ahora hay que sacarle las palabras de la boca. Esta mañana, sin ir más lejos, la he puesto a prueba.
-¿Cómo?
-Creo que sabes que se ha quedado en mi casa. No hemos hecho nada malo-advirtió.
-Sí que lo sé. Y si lo hicierais, creo que sois mayorcitos para arreglároslas-le dije despreocupado. Él respiró tranquilo y prosiguió.
-Pero no ha sido por que se ha quedado dormida, eso era una excusa. Lo que en realidad ha pasado, es que la he llevado a cenar y se ha desmayado en medio del restaurante. Luego… he hecho el desayuno, puse de todo lo que a ella le gustaba en la mesa, pero sólo bebió café amargo. No tocó nada más. Luego le dije que la notaba rara, se enfadó y pretendía venirse caminando pero gracias a Dios la traje yo aquí.
-Yo he hablado con ella hace unas horas, y no he notado nada raro.
-Quizás es porque no te has fijado bien-me respondió.- Pero yo sí que me fijo, por que más que nada quiero que ella esté bien.
-Dime Bernard, ¿te gusta mi hermana o algo así?-pregunté con curiosidad, a parte de la preocupación que estaba empezando a sentir yo también.
-Sí, más que gustarme la quiero. Te lo digo para que no tengas dudas de que lo que te digo es cierto. Soy su novio.
-¿Su novio? Ella no me ha contado nada, y siempre me lo cuenta todo.
Alarma. Hacía justo el tiempo que el chico me había dicho, que no la veía desayunar en casa, ni cenar, ni almorzar. Y por estar metido en todo el asunto de Rebeca y Marian no me había dado cuenta de nada.
-Exacto. Ya no es la misma, y no sé qué pudo hacerla cambiar. Si no te ha contado algo tan simple como que tiene novio… no sé qué más puede ocultarte.
De repente, tuve un mal presentimiento.
-¿Dices que no come nada??-él asintió. Y en ese momento, me levanté.
-¿Qué pasa?-preguntó. Yo me llevé un dedo a los labios para hacerle callar, e hice un gesto para indicarle que me siguiera.
Eran las diez, aproximadamente. No podía estar durmiendo tan temprano. Caminé con cuidado de no hacer ruido hasta su habitación, y pegué la oreja tras la puerta. Silencio. Él pareció entender qué estaba haciendo. Intentaba encontrar la razón porque Leila se encontrase tan mal. Con sigilo, giré el picaporte y entré. Todo estaba a oscuras, y solo había una luz que iluminase un poco: la del baño. Empecé a escuchar ruidos, como una tos seca, que venían de ese mismo lugar. Nos acercamos, y yo no pude creer lo que veían mis ojos, al igual que el chico que me acompañaba. Efectivamente, mi hermana estaba en el baño, pero no se estaba duchando ni nada de eso. Estaba haciendo algo que nunca pensé, que imaginé que nunca le pasaría, que era superior a ella. Pero lo que menso esperas es lo que más se acerca a la realidad de lo que te rodea. Estaba vomitando en la taza del váter, y dudaba seriamente que esto fuera un síntoma de embarazo. Horrorizados, los dos hablamos a la vez.
-¿Qué demonios estás haciendo?
Ella se sobresaltó, y con los ojos como platos nos miró mientras se limpiaba con papel la boca.
Pvo. Christina G
-Entonces… ¿Hiciste lo que tenías pensado con Leila?
-Sí, y todo marcha según lo tenía planeado-respondió mi amiga con su sonrisa maléfica. Luego cambió bruscamente de tema.- ¿Y a ti qué tal te va con Marco?
Le sonreí y pasé a contarle lo que había terminado por pasar en el parque. Que nos habíamos besado, que me había dicho que Shena solo era su hermana que estaba pasando unos días en su departamento, y que yo le gustaba mucho y desde hacía tiempo. Todo esto mientras yo me subía a una nube de la que aun no había bajado.
-Pero no me cambies de tema, amore-le dije.- Sigue contándome. No sé cuantas veces te eh dicho ya que no me parece bien que arruines la vida de Leila Sánchez, ella no te ha hecho nada malo, amiga, pero igual quiero saber qué planeas.
-¿Qué no me ha hecho nada?-inquirió.- Sí que me lo ha hecho: existir. Eso hizo. Interfiere entre Bernard y yo.
-Creo que debería de quedarte bien claro que desde hace meses, ellos están juntos. La que lo consiguió fue ella, no tú, y ella jugó limpio.
-Pero tú sabes que yo no soy de jugar limpio en absoluto. Y sí, me repateó enterarme de que estaban saliendo, y por eso seguí con mi plan aun más en serio. Casi todos los días pasé por ese baño donde ella se encerraba tan seguido, y cuando ella salía, me miraba queriéndome matar, simplemente me odia al igual que yo a ella. Pero con una diferencia: yo tengo personalidad. ¿Sabes qué hizo? Hace unos días me llamó. Me pidió que le dijese mis trucos para estar más delgada.
-Y tú como buena persona que eres le dijiste que comes verduras cinco veces por semana y fruta todos los días, bebes mucha agua y hacer ejercicio, ¿cierto?-dije temerosa.
Ella se rió como si estuviese loca.
-Solo te digo que en estos momentos, Leila tiene que estar en camino de sufrir algún trastorno alimenticio, y por qué no, puede que psíquico.
Luego se rió despiadadamente. ¿Qué le estaba haciendo esta mujer a Leila?
Pvo. Aaron
-Entonces… ¿lo de esta noche sigue en pie?-me preguntó ella desde el otro lado del escritorio.
Aly había querido irse de allí en cuanto yo me calmé, pero no se lo permití, no iba a arriesgarme a que algo le sucediese o que la volvieran a amenazar por mi culpa. En cuanto dijo eso, la miré por encima de la pantalla del ordenador.
-Por supuesto. En cinco minutos acabo de completar el informe y vamos para la casa.
-Si me hubieses dejado irme cuando te lo pedí, ahora no tendrías que esperar tanto cuando me arreglase.
Me levanté y rodeé la mesa, me puse detrás de ella y me incliné hacia su oído.
-Te esperaría hasta el fin de mis días, por eso no debes preocuparte.- Y luego le di un beso en la mejilla.
Volví a mi trabajo, no pudiéndome concentrar demasiado por su hermosa presencia. Cuando hube acabado, envié los datos a mi hermano y le tendí una mano a mi novia, que estaba concentrada mandando mensajes por el móvil.
-¿Vamos, entonces?
-De acuerdo.
Fuimos en mi coche hasta la mansión, lo dejé en el aparcamiento y entramos juntos a la casa. No era precisamente que escondiésemos nuestra relación, pero tampoco coincidía el caso de que la hiciéramos pública. No nos importaba que nos viesen juntos. Ella era mi novia, la adoraba y si el mundo se enteraba de que amaba a esa mujer con todas las fuerzas de mi corazón, estaría encantado. Pero ella no quería divulgarlo tanto, no sería muy apropiado, la verdad. Con la amenaza de esos hombres que había sufrido ella, ahora no era el mejor momento de hacer público lo nuestro.
En cuanto llegamos yo fui a la cocina, comí cualquier cosa y fui a mi dormitorio a prepararme. Me di una ducha caliente, ya que hacía bastante frío, me arreglé el pelo y la barba de tres días para que quedase como algo natural, y fui directo a mi armario para decidir qué ponerme. Al final opté por ir de negro. Un pantalón vaquero negro, botas, una camisa negra, chaqueta y por encima una gabardina con cuello de pelo artificial.
Bajé con rapidez las escaleras y me metí de nuevo en mi coche. Encendí el motor y lo llevé hasta fuera de las regiones de la casa, en la oscuridad.
Ella no tardó en abrir la puerta, sentarse y ponerse el cinturón. No sin antes darme un dulce beso en los labios. Mi novia llevaba unas medias marrones decoradas con rombos que dejaba ver un poco su piel, un vestido abrigado y corto, por encima un chaquetón negro de cuello y punta de mangas peludas en un marrón claro, y por último unos zapatos de tacón que le combinaba a la perfección. -Dios estás para comerte-le dije sonriendo.
-MM... no hablemos de ti, porque te devoraría-me dijo con una pícara sonrisa.
Me encantaba esta chica. Conduje hasta casi la zona central de Roma, pero no había aparcamientos, por lo que tuve que dejar el coche lejos y tuvimos que caminar. El camino fue ameno gracias a las charlas sin sentido y despreocupadas que teníamos. En poco tiempo, estuvimos ante las luces, la suave música, las voces y los sonidos de Italia en navidad.
-Oh, mira qué bonito-dijo ella.
Señalaba un trineo que habían puesto a un lado de la calle, muy iluminado, con el Papá Noel y los renos, el saco y las luces. Yo sonreí.
-Se è bello, non sono reali (Si eso es bonito, tú no eres real)-le dije abrazándola por detrás. Ella sonrió, y yo la besé. Después de un rato más de vueltas, miré el reloj: eran las diez. Ya era la hora de la sorpresa.
-¿Sabes?-me dijo. Estaba sentado en un muro, ella estaba de pie delante de mí y con los brazos pasados por mi cuello. En una de sus manos sostenía el pequeño oso de peluche que le había regalado.- Ahora soy la persona más feliz del mundo.
Yo negué con la cabeza.
-La noche no ha acabado, y me queda uan sorpresa por darte.
-Eres increíble-me dijo.
Juntó sus labios con los míos una vez más, y luego yo la llevé de la mano, pero en un punto del camino me paré y le tapé los ojos con una venda negra.
-¿En serio es necesario?-se quejó.
-Sí, sino no es una sorpresa-le dije al oído.
-Odio que me susurres al oído, me gusta demasiado.
-Entonces lo haré más-dije travieso.
Ella solo supo reírse y dejarse guiar por mí. Cuando llegamos, le dije que esperase un segundo donde estaba, mientras yo encendía unas pocas luces. Luego volví a posicionarme tras ella.
-¿Preparada?
-Más que nunca-contestó.
Yo deshice el nudo de la venda y se la quité. Me puse a su lado para poder ver su reacción. La mezcla entre la sorpresa, la ilusión, la emoción y el entusiasmo, se mezclaron en su bellos rostro. Estábamos en uno de los salones de baile más famosos de toda Italia, y estaba segura de que ella lo conocía a la perfección. Era amplio, con grandes ventanales alineados que dejaba entrar las luces de la ciudad. Las estructuras eran perfectas, el suelo de algo que parecía ser madera pero no lo era. Ella caminó hacia el centro del lugar, y abrió los brazos con una sonrisa de oreja a oreja, mirándolo todo con atención.
-No puedo creer que estemos aquí. Uno de mis sueños es…
-Bailar en este lugar, lo sé-completé.-
-¿Cómo lo has conseguido?
-Un amigo me hizo un favor-sonreí recordando lo que le había pedido a Alessandro, ya que él tenía más influencias que yo.- Y ahora quiero que tú me hagas otro.
-¿Cuál?-preguntó acercándose.
Yo me dirigí hacia el equipo de música que había en la sala, y entonces le di al Play.
(Ambiente -> )
-Quiero que bailes mi canción favorita para mí-confesé.
-Pero… no he traído ropa adecuada ni nada.
-He pensado en todo-repuse enseñándole la ropa que había preparado para ella.
Consistía en unas medias finas, unas puntas, un pantalón corto blanco y una maya blanca. Ella ni se lo pensó, en seguida se cambió. Aunque yo la hubiera visto ya desnuda, procuré no mirarla demasiado, la respetaba. En cuanto acabó, me avisó. Yo la observé, pero había algo que no me convencía. El pelo recogido. Le quité la coleta, y ella me sonrió: caprichoso, me decía con la mirada. Yo me hice a un lado, apoyado en la pared, mientras ella comenzaba a moverse.
Se puso ene l centro, con seguridad, y luego hizo un giro lento, con mucha suavidad. Lanzó un fouette que apareció de la nada, y a parte de estos, le siguieron más movimientos con toda la elegancia. Parecía que flotase. Parecía que volaba hasta el cielo. Bajé las luces, casi a oscuras, ella siguió bailando, iluminada por el dorado que llegaba de la ciudad. Sus pasos limpios, sus líneas perfectas, su bella sonrisa, sus dorados cabellos agitándose al son de sus movimientos. Todo la hacía bella, hermosa, perfecta. Me hacía olvidarme de los problemas que teníamos fuera de esa sala. Problemas que se solucionarían de un momento a otro, de eso estaba seguro. En un momento, me levanté, me quité la chaqueta, la gabardina y los zapatos, y me acerqué a ella. Ahora estaba haciendo un giro, y me acerqué sorprendiéndola, cogiéndola de la cintura suavemente. Ella me miró, y yo le dije que siguiese con la mirada.
Al poco tiempo, estábamos bailando ballet, juntos. He de admitir que de pequeño espiaba a unas bailarinas cercanas a mi colegio, y me había quedado con muchos de los pasos, que ahora recordaba realizar.
La acompañé mientras ella se movía, saltó, hicimos portes no muy complicados, extensiones, giros suaves, con naturalidad. La levanté por la cintura, y zigzagueó con las piernas allá a lo alto, en el aire, luego cayó sobre mi pecho.
-Se te da bien, para no haber estudiado baile.
-Gracias, maestra-le dije.- Has estado increíble.
-No es para tanto.
-Cuando te enamoras, todo es para eso y más-objeté.
-Ahora no soy la mujer más feliz del mundo, sino del universo.
Aun sin soltarla, dirigí mi boca a la suya. Un roce de labios, luego un beso corto. Nuestras lenguas pidieron permiso para jugar, y nosotros se lo cedimos. Ella ciñó sus piernas a mi cintura, y yo empecé a girar sobre mí mismo. En un instante llegué a sentir su bella sonrisa contra mis labios, y supe que podía hacer feliz a la mujer que amaba.