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Te vi venir — capítulo 34
33º
Pvo. Bruno
-Quiero que me expliques ahora mismo qué es lo que estabas haciendo en el baño, Leila-dije muy seriamente mi hermana, que se encontraba sentada en su cama y nos miraba de una forma no agradable.
-No estaba haciendo nada-contestó ella.
-No mientas-repliqué-. Estabas vomitando.
-Comí algo en mal estado, eso es todo.- Estaba mintiendo.
Me pasé las manos por la cabeza, un gesto de desesperación, y me dirigí a Bernard.
-Bernard, déjanos solos. Ya te informaré.
Él asintió lentamente y en cuanto cerró la puerta Leila empezó a parlotear.
-Sea lo que sea que te haya dicho, son tonterías. Yo estoy bien.
-Leila por Dios, dime la verdad. Sé que hoy no has comido absolutamente nada, y llevas varios días igual-me senté a su lado, ella agachó la cabeza.- ¿Qué demonios te pasa?
-Te he dicho mil veces que no me pasa nada. Además, si no como es porque no tengo hambre.
-¡Pero mírate, joder!-exclamé.- Estás en los huesos. Ya ni te reconozco… Ni siquiera me has contado que se chico es tu novio. Y lleváis saliendo meses.
Ella se levantó y llegó hasta el ventanal de su habitación.
-No sé por qué no te lo he dicho. Quizás porque he estado concentrada en mi trabajo y…
-Sé que te gusta, sé que el modelaje te apasiona, pero no debes cambiar por eso.
-No sabes nada-negaba con la cabeza, se llevó un dedo a los ojos y pude entender que estaba llorando.- No sabes lo que es no poder engordar ni un asqueroso gramo por que pueden llegar a ponerte de patitas en la calle. No tienes idea de lo que significa no querer quedarse sola por miedo a lo que tú mismo puedes hacer. Tampoco puedes llegar a imaginarte ni de lejos que debas ser lo que la gente espera de ti siempre. He cambiado, lo acepto. Y tampoco estoy contenta con mi nueva yo. Ahora me miro al espejo y… Ni siquiera me gusto. Pero si así puedo seguir modelando… Seguiré adelante.
-Leila, tienes que comer algo, por favor-le rogué levantándome de la cama.- No puedes poner en riesgo tu salud.
-No me apetece-me dijo muy seria y sin mirarme aun.- Ahora haz el favor de salir de mi cuarto. Mañana tengo un desfile importante y tengo que estar presentable.
-Leila yo…
-Sal, por favor-dijo cortante.
Yo suspiré, iba a cerrar la puerta pero volví a meter la cabeza en la habitación.
-Mañana hablaremos de esto. No hemos acabado.
Asintió levemente y yo terminé de salir. Bajé las escaleras y fui a la cocina. Efectivamente, allí estaba ella. La luz era baja.
-¿Puedes hacerme un favor?-le pregunté en un susurro.
Ella asintió. Estaba en pijama.
-¿Puedes conseguirme el número de Bernard, el amigo de Leila?
-Sí, claro-contestó en el mismo tono de voz. Caminó hasta el teléfono que estaba en la cocina y cogió la agenda de teléfonos. Iba mirando cuando me preguntó algo- ¿Ha pasado algo?-preguntó.
-Sí-contesté.- Es Leila. Estoy preocupado por ella.
-La he visto poco estos días. ¿Sabes qué tiene?
Asentí y pasé a contarle lo que había descubierto. Ella se llevó las manos a la boca, muy sorprendida.
-Dios mío, no puedo creerlo. Pero… ¿la habéis pillado… vomitando?
-Sí, estaba vomitando en el baño de su habitación. Rebe si lo ha hecho ahora, ¿cuántas veces lo habrá hecho ya? No puedo creer que esto el esté pasando a mi hermana.
Ella se acercó, sentí su mano en mi hombro, luego se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla.
-Se solucionará. Sabes que estoy aquí para lo que me necesites. Mira, este es su número.
-Gracias-le contesté. Le di un beso en la frente y ella me sonrió.
Al menos alguien me entendía y me apoyaba. Fui hasta mi dormitorio, pasé antes por el de Aaron pero no le encontré allí. Habría salido. Una vez en mi habitación cerré la puerta, me senté en el sillón y marqué su número en mi móvil, lo cogió al segundo tono.
-¿Diga?
-Bernard, soy Bruno.
-Oh gracias a Dios. Estaba esperando tu llamada. ¿Has conseguido algo?
-Ella ha aceptado su cambio, pero no está arrepentida.
-Escúchame-me dijo-. He estado hablando con Eva, que está aquí conmigo y… Me ha dicho algo.
-¿Qué?
-Puede que lo que tenga Leila sea un trastorno psicológico, a la vez que alimenticio.
-¿Estás intentado decirme que mi hermana...?
-Sí. Creemos que tiene anorexia. No me haría ninguna gracia pensarlo si quiera. Sabes que lo único que quiero es que ella esté bien. Tenemos que hacer algo.
-Ella ahora mismo está durmiendo. Pero mañana buscaremos ayuda para esto.
-No creo que a ella le guste que la pongas en manos de un loquero.
-No queda otra opción. Un psicólogo no vendría mal. No digo que la internemos en un psiquiátrico, sino que le consultemos a alguno. Es bueno descartar algunas hipótesis. Esperemos que entre ellas esté al anorexia.
-De acuerdo.
-Me ha dicho que mañana tenéis un desfile importante.
-Sí, de este desfile escogerán a dos modelos, uno masculino y otro femenino para llevárselos una semana a París. Allí tendrá la oportunidad de conocer a los mejores diseñadores y aprender de los modelos de más alta élite.
-Muy bien. Intenta mañana no despegarte de ella bajo ningún concepto. Dile a Eva que haga lo mismo.
-Haremos lo que sea necesario.
-Muy bien. Gracias por contarme lo que pasaba. He estado liado con asuntos personales y no me he dado cuenta de que mi hermana estaba tan mal. Eso me dice mucho de ti.
-¿Sabes? Creo que es un poco culpa mía que ella esté así.
-¿Disculpa?-inquirí.
-Al principio, cuando solo éramos buenos amigos, yo no me había dado cuenta de que le gustaba a Leila ni de que ella me gustaba a mí. Una de las otras modelos de la agencia quiso estar conmigo, y yo la rechacé varias veces. Leila estaba celosa, decía que esta chica tenía mejor cuerpo que ella y que por eso yo la prefería. Pero no, yo a la que quiero a mi lado es a tu hermana.
-No creo que sea culpa tuya. Solo haz lo que te he dicho; vigílala para que no haga más estupideces. Gracias de nuevo.
-Buenas noches, Bruno.
-Buenas noches.
Colgamos y di un gran y largo suspiro. Me desnudé, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente relajase mi cuerpo. En ese momento recordé sus caricias. Los besos, sus manos tocando mi piel, sus palabras de amor. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Había sido mágico, único. No era la primera vez que me acostaba con una mujer, pero se podría decir que era la primera vez que hacía el amor a una mujer. Y esa era Rebeca, la dueña de mis pensamientos y de mi corazón.
Pvo. Bernard
Al día siguiente, ya nos encontrábamos en la agencia. Estábamos haciendo las últimas pruebas de vestuario y desde que habíamos llegado, Leila no me había dirigido la palabra, pero sí miradas acusadoras. Me culpaba de que ahora su hermano supiera que estaba rara. Pero yo no em sentía culpable, al contrario, esto era lo correcto.
-¿todo bien?-pregunté a Eva que estaba a mi lado. Ella asintió.- No ha estado sola ni un momento. Me he pasado todo el día con ella. Ahora, tienes que saber que esta hecha una furia contigo.
-Lo que eh hecho ha sido por su bien, no podía seguir viendo cómo se desmayaba si razones delante de mí.
-Te entiendo-me dijo la morena.
Yo seguí a lo mío y poco después, el desfile dio comienzo. La primera en salir fue Christina. Ella me guiñó un ojo justo antes de lanzarse a la pasarela. Fue muy segura de sí misma, hizo la coreografía y volvió para cambiarse al segundo conjunto con rapidez. Luego fueron otros tres, dos chicos y una chica, y ahora iba Eva, que lo hizo perfectamente bien. Busqué a Leila en el backstage con la mirada, y observé cómo estaba hablando con Christina. Esto era muy extraño, ellas nunca hablaban, y si lo hacían era para insultarse a muerte. En cuanto Eva volvió se lo comuniqué y salí yo. Lo hice lo mejor aun con mi novia en la mente y volví.
-Han estado hablando todo el día-me comunicó en un susurro muy bajo Eva mientras nos cambiábamos.- no sé de qué coño pueden estar hablando esas dos.
No le contesté, yo no sabía la respuesta a esas dudas. Ahora le tocaba salir a Leila. Nunca la había visto modelar con tanta seriedad. Siempre iba con una pequeña y sugerente sonrisa, pero ahora parecía incluso triste. Volvió de la pasarela y se puso de nuevo a hablar con su antigua enemiga. Llegó el momento de la segunda ronda de salidas, y todos lo hicimos fenomenal. Y por último todos juntos. Christina iba dos puestos por delante de mí, y Leila dos por detrás.
Desfilamos todos en fila, y cuando íbamos a doblar la U que formaba la pasarela para volver al backstage, se empezaron a escuchar murmullos por encima de la música. Miré un momento hacia atrás, y vi que nadie seguía la coreografía, que se habían quedado parados mirando el suelo. La música paró a la vez que yo me acercaba al tumulto de gente.
¡No!
Estaba en el suelo, se había desmayado de nuevo. Y esta vez en mitad de un desfile tan importante para ella. Dije a la gente que no pasaba nada, que solo se trataba de un desmayo por deshidratación y me la llevé hasta la parte trasera del escenario. Alcancé mi móvil y llamé a una ambulancia, luego llamé a Bruno. Esto ya era algo muy serio.
Pvo. Rebe
Todavía me sentía en las nubes recordando lo que había pasado anoche, y también muy preocupada por lo de Leila. Aly, Selene y yo nos pusimos a limpiar toda la casa. Ya en la planta superior, escuché como esas dos hablaban en tono bajo.
-¿Qué estáis chismoseando, chicas?-pregunté con interés.
-¿No te has dado cuenta en el desayuno?- inquirió Aly, yo negué con la cabeza.- La arpía no durmió aquí anoche. Se fue ayer por la mañana y no ha regresado.
Después de afirmar que ninguna de las tres sabíamos nada sobre el paradero de la ***** mayor, nos pusimos a nuestro trabajo. Hoy me tocaba la habitación de Bruno, el salón/bar y el despacho. Hice primero los dos últimos y dejé para el final su habitación. En cuanto entré me puse a hacer la cama, pero se me ocurrió algo mejor dado que el tiempo me sobraba aun. Me acosté en la cama y abracé su almohada. Aun conservaba su olor. Sonreí como una tonta enamorada y recordé sus besos, caricias, cómo me hizo suya…
¡RIIIING!
Mi móvil, muy oportuno.
-Hola-era Alessandro.
-Hola-contesté.
-Mm… me pregunto si te molestó lo que te dije anoche. Lo de que iba a cumplir tu sueño.
-No, tranquilo, no me molestó para nada. Pero sí que me pregunto cómo vas a conseguirlo. Es algo muy complicado, recuerda que quiero ser una bailarina de éxito.
-Tú deja eso en mis manos entonces. Pero recuerda lo que te pido a cambio.
-Ajá, no me olvido-dudaba seriamente de que pudiera conseguirlo, pero si le hacía ilusión…
Hablamos un momento más y colgamos. Yo tenía que proseguir con mi trabajo. Justo cuando estaba fregando el suelo de la habitación, mi teléfono volvió a sonar.
-¿Diga?
-Rebe, soy yo-era Bruno esta vez.
-¿Qué pasa? Noto que estás preocupado.
-Es Leila, se ha desmayado en medio del desfile.
-Cielo santo-exclamé.
-Yo voy para el hospital, me ha dicho Bernard que la ambulancia se la ha llevado y que el médico la está tratando en estos momentos. Si aparece Marian, dile sonde estoy.
-¿En serio me vas a hacer hablar con ella?
-Sé que no te hace gracia pero…
-Está bien-le interrumpí.- Por ti hago lo que sea. Ahora ve a ver a Leila. Si puedo me paso esta tarde-noche a verla.
-Gracias… Te quiero-me dijo en un susurro.
-Y yo a ti-contesté.
Colgué y me di la vuelta, en ese momento grité. Me había espantado. Me llevé una mano al pecho.
-Buenas-dijo ella desde el marco de la puerta. Estaba cruzada de brazos, con ropa distinta a la del día anterior y mirándome de forma muy desagradable.
-Buenas, señorita Marian. ¿Desea algo?
-No, sólo que me digas qué coño le sucede a mi prometido-inquirió con cierto retintín en su voz. -Se metió en la habitación, cerró la puerta con llave y se la metió en el escote. Seguidamente se sentó en el sillón blanco, se sirvió una copa de vino y me miró.- ¿Y bien?
-Siento decirle que yo no lo sé-vamos Rebe, saca tus dotes de actriz.
-No te hagas la idiota, sé que lo eres, pero conmigo no te va a funcionar. Suéltalo. ¿Qué está haciendo Bruno que es tan importante como para descuidar nuestra relación?
-Le digo que yo no tengo ni idea-repuse apretando los dientes.
-¿Has hecho lo que te pedí?-preguntó.
-Si se refiere a su amable amenaza, señorita Giovanelly, la he cumplido al pie de la letra-dije mordaz. No podía evitarlo.
-Muy bien, espero que no me mientas.- Si ella supiera lo que estaba pasando en realidad… Me mataba ahora mismo.
-Si no puedo ayudarla en nada más, debo irme, tengo que hacer mi trabajo.
-Algo más-me detuvo-. ¿Dónde está mi prometido?
-Lio primero, no tiene por qué restregarme tanto que se van a casar, estoy segura de que en Pekín ya se han enterado. Y por consiguiente le diré que su prometido-destaqué la última palabra-, está en el hospital, cuidando de su hermana. Quizás necesite el apoyo que su prometida le pueda brindar.
Salí de la habitación y pegué un portazo. Bajé respirando hondo por la escalera y llegué a la cocina, una vez allí cerré al puerta y solté un gruñido.
-¿Qué te pasa?-me dijo Aly preocupada.
-Marian Giovanelly, eso me pasa.
Todas me miraron y asintieron con gestos y palabras de comprensión, pero ninguna de ellas se llegaba a imaginar lo que en realidad sucedía en mi vida.
Pvo. Marian
Así que a Lela le pasaba algo malo. No me lo esperaba, luego iría al hospital. Las ganas no las tenía por ningún lado pero tenía que hacerlo si no quería que Bruno sospechase de nada. Pero primero tenía asuntos que atender. Me di una ducha y me puse cómoda, luego fui hasta el salón superior y me serví una copa de vodka. Me senté en el sofá y abrí mi portátil para buscar lo que me interesaba. No me hacía ninguna gracia tener que ayudar a Kira, pero sino toda la vida que había construido desde mi mudanza a Roma hasta ahora se iría al traste.
Lo primero que escribí fue el nombre del prostíbulo: "Lontano dalla Realtà (lejos de la realidad)". En seguida aparecieron algunas páginas. Entre ellas, una en la que se anunciaba que lo habían cerrado hacía dos años por un incendio. Me asusté, pero había otra noticia: Lontano dalla Realtà reformado y reabierto al público. Esta noticia era de hacía cinco meses. Muy bien, entonces Yolianne estaría en el mismo sitio que estaba cuando nosotras pertenecimos a su gente.
Cogí mi móvil y marqué el número de Kira. Al cuarto toque lo cogió.
-Espero que hayas conseguido lo que te pedí-me dijo.
-Se saluda antes, chica.
-Hola, ahora suéltalo.
-He encontrado información. El lugar fue cerrado por un incendio hace dos años.- La escuché murmurar algo en chino.- Guapa, habla para que te entienda.
-¡Mierda! ¿Estás segura?-preguntó ahora en mi idioma.
-Tan segura como de que no me apetece verla de nuevo. Pero lo han reformado hace cinco meses, estás de suerte. Yolianne debe de estar en el mismo lugar.
-Buena observación. Pero hay algo que necesito que hagas.
-¿-Algo más?-dije sin creérmelo.- Eres una caprichosa.
-No he cambiado tanto como creías. Quiero que vengas conmigo a Lontano dalla Relatà.
-¿Perdona? ¿Tú estás mal? ¡Me pediste que te consiguiera cómo contactar con ella, y he cumplido! No te aproveches de que sabes lo que sucedió.
-No me aprovecho, saco ventaja de mis certezas. ¿Vienes conmigo o no?
-¡Por supuesto que no!-exclamé.
-Te dejaré un tiempecillo para que te lo pienses. Pero que no sea mucho, una semana como máximo. Cuando te decidas, me llamas.
Y colgó. ¡Esta mujer estaba loca! Ni de coña iba a ir con ella a ese maldito prostíbulo de mierda.
Pvo. Bruno
Taconeé el suelo con el zapato cinco veces y me levanté por décima vez para andar en círculos en la sala de espera.
-¿La habéis vigilado bien?-pregunté a Eva y Bernard. Ambos sentados, e igual de inquietos que yo.
-Sí. No la hemos dejado sola ni un momento-dijo Bernard.
-Como está enfadada con él pues eh sido yo la que ha estado con ella, pero Bernard al ha vigilado cuando no estaba yo.
-Muy bien. Entonces ¿podéis explicarme por qué se ha desmayado?
-Bruno por favor-me dijo Bernard-. Cálmate
Gemí de frustración y me senté.
-Lo siento chicos-me excusé-. Esta situación me supera.
-Es tu hermana-dijo Eva posando su mano en mi hombro.- Es normal que estés así.
El corazón me dio un vuelco cuando el médico salió de la habitación de urgencias, en seguida me levanté y le apelé.
-Doctor, ¿cómo se encuentra mi hermana?
-Ahora mismo está inconsciente, pero mejorando, claro, dentro de lo que cabe en su estado.
-¿Qué estado? ¿Podría decirme qué es lo que tiene?
-Siento comunicarle que la señorita Sánchez padece de anorexia, señor, un desorden alimenticio y psicológico. Algo muy usual entre las adolescentes de género femenino.
Mis temores se hacían realidad, pero ahora debía ser fuerte, no podía derrumbarme.
-¿Qué podemos hacer?
-Lo primero es no agobiarse. Hay centros especializados en tratar con gente que tiene su enfermedad. Lo malo y que a nadie le gusta, es que a los enfermos hay que internarlos.
-¿Internar a Leila en un psiquiátrico para anoréxicos?-intervino Bernard-. No me convence.
-Ni a ti ni a nadie-dijo Eva-. Pero no creo que haya nada más que hacer.
-Efectivamente esto tiene cura. Todo es cuestión el paso del tiempo y de que ella ponga de su parte, si esto sucede, estará curada antes de lo esperado, dado que la enfermedad no ha avanzado lo suficiente como para dañarla tanto. De momento y en lo que usted se decide, ella se quedará interna aquí. Ahora le asignaremos una habitación y podrán ir a visitarla cuando deseen, siempre dentro del horario de visitas.
Asentimos y nos sentamos algo más aliviados. Ya sabíamos con certeza lo que le pasaba a mi hermana, pero no sabía qué decidir. ¿La llevaría a un centro especializado? Intuía que lo primero que tendría que hacer era hablar con ella. Bernard y Eva me dijeron que volverían en media hora, que tenían que ducharse y quitarse el maquillaje del desfile. Yo asentí y me quedé solo. Al cabo de una media hora desesperante me vinieron informar de la habitación en la que se encontraba Leila. Allí fui y entré con cuidado de no hacer ningún ruido.
Se encontraba dormida, con el suero puesto y respirando con regularidad. La blancura de la habitación le daba un aspecto enfermizo y pálido. Llevé mi mano hasta mi móvil y marqué el número de mi hermano.
-¿Sí?
-Aaron, tienes que venir al hospital.
-¿Qué ha pasado? Teníamos una reunión, te has ido sin dar explicaciones, Bruno.
-A la mierda la reunión. Leila te necesita, si no es por mí, al menos hazlo por ella.
Él se calló un momento, luego accedió y me dijo que en cinco minutos llegaba, que estaba cerca de aquí. Colgué y la observé. Tenía las mejillas chupadas, y lo que antes era pura belleza ahora solo era un recuerdo lejano en su rostro.
-¿Se puede?-después de pasarme cinco minutos observando el estado físico de Leila, él ya había llegado. Tan puntual como siempre.- ¿Me vas a explicar qué es lo que pasa de una buena vez?
Yo asentí y me lo llevé fuera diciéndole que no podíamos hacer ningún ruido dentro de la habitación. Se lo conté todo, desde que Bernard era su novio y no había dicho nada a nadie, hasta el desmayo del desfile pasando por su enfermedad. Aaron maldijo por lo bajo un par de veces.
-Joder… ¿Cómo no nos dimos cuenta antes?
-Será porque no la veíamos demasiado-supuse-. O quizás porque estábamos muy centrados en nuestros asuntos.
-Pero ahora habrá que llevarla al especialista, ¿no?
-No queda otro remedio, pero lo mejor será hablar con ella antes.
-Con el cambio que ha dado, no sé siquiera lo que dirá.
-Sea como sea, somos hermanos, y debemos apoyarnos.
Él asintió.
-Por cierto, tengo algo que contarte. Hace mucho que no hablamos como hermanos.
Me extrañaron bastante esas palabras, pero asentí.
-A ver, cuéntamelo.
-¡Bruno!-escuché que una voz femenina decía desde otro lado.
Marian llegaba hasta mí. Me dio un beso corto en los labios que no respondí y me preguntó por Leila. Ahora que la miraba, no podía entender cómo alguien con esa sonrisa de santa y esos ojos verdes tan bonitos podía llegar a ser tan mala persona.
-¿Me oyes, Bruno?-insistió ella-. ¿Y Leila?
-Yo os dejo solos-dijo mi hermano-. Hola Marian-la saludó, y luego se metió en la habitación.
Por primera vez desde que conocía a Marian Giovanelly, la veía como lo que era. Y no era ni de lejos la mujer que yo tenía pensada todo este tiempo.
-¿Y bien?-dijo para hacerme salir de mis pensamientos.
-Ella está bien. Lo que no está bien es nuestro compromiso-le espeté.
Marian me miró desconcertada, y yo creía que ella sabía perfectamente de qué le estaba hablando.