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Te vi venir — capítulo 35
34º
Pvo. Bruno
-¿Disculpa?-dijo ella-. Me parece que he escuchado mal, pero ¿acabas de decir que nuestro compromiso está mal?
-Has escuchado perfectamente.
Se cruzó de brazos y me miró reprobatoriamente.
-¿Y qué se supone que hay de malo en que nos vayamos a casar en menos de un mes?
-¿Menos de un mes?-mis ojos se abrieron desmesuradamente.
-Sí. Los preparativos van muy bien, así que he decidido que nos casaremos el mes que viene, no sería bonito casarnos en fin de año y…
-Para el carro, Marian. Acabo de decirte que nuestro compromiso es una equivocación. No debemos casarnos.
-Pero me dijiste que ibas a casarte conmigo.- Se acercó y puso sus manos en mi pecho-¡Por Dios! ¿De nuevo las inseguridades? Ya te he dicho que todo va a ir bien.
-No son inseguridades-repliqué. La agarré de las muñecas y quité su mano de encima de mí-. No voy a casarme.
-No. Me lo prometiste. Me prometiste que nos casaríamos. Sabes que te amo y..
-No mientas más. Ya bastante hiciste con el espectáculo del otro día.
-¿Qué espectáculo? ¿de qué hablas?
-¡Deja de hacerte la imbécil!-contesté ya cabreado-. Que a mí no vas a volver a engañarme.
-Yo no te he engañado.
-Me has engañado diciéndome que me querías todos estos años, cuando lo que en realidad quieres de mí es mi dinero. Me has engañado fingiendo interés por mis asuntos este tiempo cuando tu ya tenías los tuyos. Me has sido infiel, has amenazado a mis espaldas. Me has manipulado diciéndome que te matarías si yo no me casaba contigo. Y atrévete a negarlo, porque te juro que como digas que todo esto es mentira, no respondo de mis actos. Por las buenas soy muy bueno, pero por las malas ni yo mismo me conozco, así que no quieras hacerlo tú.
Suspiró, estaba muy seria, no dijo nada, ni lo afirmó ni lo negó pero yo sabía que todo era verdad.
-¿Quién te ha contado eso?-interrogó seriamente. Yo negué con la cabeza.
-Eso no te importa. Tú y yo hemos terminado.
-No, no vas a dejarme. Tú no puedes dejarme Bruno.
-¿Crees que no puedo vivir sin ti y tus gastos? Gracias por ser tan considerada, pero podré apañármelas.
-¿Desde cuándo eres tan irónico?-contestó con una sonrisa burlona mientras se acercaba a mí.
-Desde que aprendí que las mujeres como tú solo me traen desgracias-contesté con acidez. Me di la vuelta, iba a entrar a la habitación cuando me acordé de algo.-Quiero que recojas tus cosas de mi casa y que te vayas cuanto antes de allí.
Cerré la puerta tras de mí. Silencio. Suspiré y mi hermano me habló después.
-¿Qué ha pasado?
-He dejado a Marian.
-No sé si será un poco cruel lo que voy a decirte pero… me alegro. Es lo mejor que puedes hacer. Esa mujer no es buena para ti.
-No es cruel, es la verdad. Me han abierto los ojos.
-Bien hecho, dale las gracias al causante.
Sonreí y me senté en otra silla.
-¿Y bien, qué querías decirme?
-Lo primero, quiero pedirte perdón por todas las discusiones y las peleas que hemos tenido desde que pasó… lo que pasó. Cambié, quise cerrarme en banda a los demás y no dejarme ayudar. Tú quisiste acercarte a mí y yo te rechacé varias veces. Y te pido perdón por eso.
-Te perdono, eres mi hermano y debemos apoyarnos.
-Gracias. Tengo que contarte algo, es sobre… Una mujer.
-Vaya, empieza bien la cosa. Le cuentas a tu hermano pequeño sobre tus ligues. A ver, ¿quién es?
-Tú la conoces.
-¿Alguna de la empresa? ¿tu secretaria o algo?
-No. Es… Aliana.
-¿Aliana?-al principio no lo entendí, pero luego caí en la cuenta de…- ¿Aliana, Aliana?
-Sí, la sirvienta de la casa, ella misma.
-Vale, ¿qué ha pasado?
-Pues… estoy enamorado de ella, Bruno. Es mi novia. Sé que es una locura, pero… es la mujer que amo.
-No me lo esperaba, pero me alegro mucho por ti-le contesté. Le puse una mano en el hombro-. Por lo que veo estas intentando cambiar y volver a ser el de antes. ¿Es por ella¿?
-Y por todo. No quiero seguir siendo como soy si hago daño a mi gente.
-De verdad, me encanta escuchar eso.
Nos levantamos y nos abrazamos. Volvía sentir esa fraternidad de su parte, y me sentí reconfortado, porque Aaron volvía ser el que yo recordaba.
Pvo. Leila
Abrí los ojos, y lo primero que sucedió es que la luz me hizo cerrarlos nuevamente. Luego los abrí poco a poco para ver cómo mis hermanos se daban un abrazo a los pies de… ¿mi cama? No, espera, esta no es mi habitación. Me asusté. ¿Qué hacía yo aquí? ¡Tendría que estar en el desfile! Hice ademan para levantarme, mis hermanos me miraron al momento, y descubrí que tenía dos tubos por mis orificios nasales.
-Leila por favor, acuéstate. ¿Te sientes mal?-me decía Bruno, acercándose y echándome hacia atrás.
-¿Llamo a un médico?-interrogó Aaron, la confusión no me dejaba pensar con claridad.
-Sí llama a…-decía Bruno, pero el interrumpí.
-Espera, ¿dónde estoy?
-Estás en el hospital, Leila-respondió Aaron.
-No, no, ¡No! Yo no tendría que estar aquí-me quité de encima la reluciente sábana blanca, pero las manos de mis hermanos me detuvieron de nuevo-. Yo tengo que estar en el desfile, es muy importante.
-No, tú ahora mismo estás aquí, en el hospital-me informó Aaron, yo no podía entender qué estaba sucediendo.
-Te desmayaste en medio del desfile-contó Bruno-. Bernard te ha traído y me ha avisado, yo he avisado a Aaron.
-Bernard se mete siempre donde no le llaman. Ya me estoy hartando.
-No deberías ser tan cruel con él-dijo Aaron-. Lo que hace, lo hace por tu bien.
-¡Mi bien es estar en ese jodido desfile, y si no estoy ahí, no sirvo para nada!
-Bueno, creo que va siendo hora de que me expliquéis de qué desfile estamos hablando. Porque creo que aquí el único que no se entera de qué estáis hablando soy yo.
-Leila es modelo-espetó Bruno sin dejar de mirarme-. No había dicho nada por miedo a qué dirían mamá y papá, yo la descubrí en un desfile y ella me lo contó. Pero ahora que las cosas se han puesto así, es momento de que lo sepas.
-Ya veo… Leila, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo?
-¡Estoy cumpliendo mi sueño!-dije furiosa.
-¡A costa de tu vida, joder!-dijo Aaron muy enfadado.
-Tienes anorexia-dijo Bruno más calmado que Aaron-. Y tenemos que curarte.
-¡Pero de qué habláis! ¡Yo no necesito que nadie me cure nada, yo estoy bien!
-No, si estuvieses bien, no te hubieras desmayado en mitad de un desfile como este. No es la primera vez que te desvaneces en público. Ni quiero saber cuántas veces no lo habrás hecho a escondidas. Yo mismo te he visto vomitando a pesar de no haber comido nada en mal o buen estado durante todo el día.
Rendida giré la cara hacia la ventana. No iba a mirarles ahora.
-Tienes dos alternativas-informó Aaron-. Seguir con esto y dejarte morir por dentro, o aceptar la ayuda que el mundo pueda brindarte. No estás sola, y no sé qué es lo que puede haberte causado que quisieras… vomitar para sentirte delgada, lo que sé es que extraño a mi Leila, a mi hermana pequeña, la que me brindaba más apoyo del que podía brindarle yo a ella.
-Los dos extrañamos a la verdadera Leila.
-¿Y yo que soy, un espejismo?-dije enfurruñada.
-No, simplemente… Ya no eres la misma.-Dijo Bruno.
La puerta de la habitación se abrió, distinguí una melena morena. Era Eva.
-Bernard ha hecho todo esto porque te quiere. Y tú aun así dudas de sus sentimientos hacia ti-me dijo ella-. Yo me peleo a cada dos por tres con él, pero sé que es un buen chico. Hoy ha soportado tus miradas despectivas y de odio, ha visto cómo hablabas con Christina, ha sufrido estos días al ver que estabas tan demacrada. Y no solo él. Con lo que estás haciendo nos haces daño a todos.
-¿Y qué demonios queréis que haga?-dije al borde del llanto, con un nudo tremendo en la garganta.- No puedo volver a cambiar, esta es la Leila que queda, la que queda después de tanto machaque emocional. Es lo que hay.
-Sólo déjanos que te llevemos a rehabilitación-dijo Bruno-. Sería poco tiempo, porque tu enfermedad no está muy avanzada.
-Te curarás-dijo Aaron, poniéndome una mano en el hombro-. Pero antes tienes que aceptar ir al centro, y también admitir que lo que te pasa… No es bueno.
Las lágrimas resbalaban por mi rostro, me sentía asfixiada. Observé mis brazos, totalmente pálidos, había perdido el brillo que antes tenía mi piel tostada. Miré mi reflejo en el cristal de la ventana, y noté mis ojeras, las mejillas chupadas. Un sollozo salió de mi interior, y me tapé la cara con las manos. Sentí los brazos de mis hermanos rodearme, y susurré un leve "iré" entre el llanto que desbordaba mi alma.
Pvo. Rebe
Ese mismo día fui a visitar a Leila, pero una chica morena me dijo que mejor volviera al día siguiente, que ahora ella estaba charlando con sus hermanos. Al día siguiente me aparecí por allí, y ella me contó que iría a rehabilitación, y que sentía mucho haber preocupado a todo el mundo. De eso ya hacía uan semana, y ya la había llevado al centro. Bruno y yo no habíamos vuelto a hablar, sólo nos mirábamos de vez en cuando, por que él pasaba más tiempo en la clínica y en la oficina que en su casa. Ese mismo día, Aly vino a la cocina para hablar conmigo.
-Rebe, a que no sabes qué ha pasado.
-dispara.
-¡La pécora de larga!-dijo con emoción.
-¿De vacaciones de nuevo?-pregunté fingiendo desinterés, y me llevé una pipa a la boca.
-No, esta vez es para siempre. Me da que lo han dejado ella y Bruno.
Abrí los ojos como platos y disparé la pipa de mi boca como un proyectil, totalmente flipada.
-¿Han cortado?
-Sí, eso creo. No por nada va a estar recogiendo sus cosas y haciendo la maleta.
Asentí con la cabeza y sonreí para mis adentros. Bruno había cumplido, la había dejado. Ahora solo quedaba hacer pública nuestra relación. Pero habían pasado unos días desde aquello, y aun no habíamos podido hablar con decencia. Yo procuraba no cruzarme con la mala pécora esa por si acaso intentaba tirarme por la barandilla de la escalera. En esos días, en cuanto acababa mi jornada laboral o por la noche, quedaba con Alessandro y pasábamos tiempo juntos como cuando éramos amigos. Íbamos a mi casa, dábamos paseos y conversábamos animadamente. Nunca sacaba el tema de que yo le gustaba o de que aun seguía pensando en mí, tampoco lo que había comentado de cumplir mi sueño.
Pvo. Bruno
Llegué por la noche a la casa, el cuerpo lo tenía agarrotado y dolorido. Subía mi dormitorio sin pasar siquiera por la cocina y me encontré con una desagradable sorpresa. Marian estaba acuclillada en unos cajones del armario vestidor.
-¿Qué haces aquí?-pregunté sin siquiera un saludo. Dejé mi maletín sobre la cama y me quité los zapatos sentado en la misma. Ella me miró desde su posición.
-Mis cosas sigue aquí aunque duerma en casa de mis padres. No he podido llevármelo todo aun.
-Pues ya puedes ir acabando-respondí aflojándome la corbata.
Vi cómo se llevaba un bulto repleto de lo que supuse que era ropa, llegaba a la puerta y se giraba un poco.
-Quiero que sepas que a pesar de haberme dejado así… Sigo estando aquí para ti si algún día lo necesitas.
No le contesté, giré la cara lentamente y ella cerró la puerta. Me acosté ya sin camisa y miré al techo. Echaba de menos tener a Rebeca a mi lado, abrazarla. Me levanté, me puse una camiseta cualquiera y bajé las escaleras, por el camino me crucé con mi hermano.
-¿Has visto a Rebeca?-pregunté.
-No, yo he estado en casa tan poco como tú.
Asentí y bajé hasta la cocina, donde encontré a Aliana y Carla hablando animadamente mientras comían un trozo de tarta cada una.
-Disculpad, chicas-les dije, ellas mi miraron.
-¿Podemos ayudarle en algo, señor?-preguntó la morena.
-Sí, ¿habéis visto a Rebeca?
-Ella ha salido con un amigo, señor-me informó Aliana-. Volverá por la noche.
Asentí lentamente, cogí un trozo de tarta yo también y volví a mi dormitorio. Miré el cielo oscurecerse a través de los huecos de la pared y pensé en mi futuro, nuestro futuro. Estos días no habíamos hablado bien siquiera. Ya Marian no estaba para estorbar, había dejado a la mujer con la que iba a casarme por Rebeca, y ahora tenía dudas sobre nuestro futuro juntos.
Pvo. Aaron
Miré a ambos lados de la puerta para cerciorarme de que no hubiera nadie. Estaba todo despejado. Salí a hurtadillas con el maletín entre mis manos. Cuando iba a subirme al coche, una voz me dejó paralizado.
-¿Se puede saber a dónde vas tú a las cuatro de la madrugada, la mañana del veinticuatro de Diciembre?
Me giré lentamente, poniendo el maletín tras de mí como si así pudiera evitar que ella lo viese.
-Em… me he acordado que tengo que dejar una cosa en el trabajo.
-Ya, claro. Sé que tienes tu pequeño vicio al trabajo pero no creo que sea para tanto. ¿Qué hay en ese maletín?
Miré el maletín y la miré a ella. Llevaba un chándal y el pelo recogido por lo que probablemente había salido a correr. Seguía mirándome a la espera de que le contase mis planes, el por qué me había vestido totalmente de negro y por qué tanto misterio. Suspiré.
-He conseguido el dinero para pagar lo que debo-le informé-. He contactado con ellos y hemos quedado a las afueras de la ciudad, ene l desguace, para que les pague.
-¿Y no pensabas contármelo?
-no quería preocuparte. Ahora tengo que irme, he quedado a las cuatro y media en la puerta de ese desguace, tengo que llegar puntual.
Asintió y dio la vuelta a mi coche para meterse en el asiento del copiloto y cerrar la puerta.
-Vamos entonces -me dijo.
Yo abrí mi puerta y la miré con los ojos abiertos de par en par.
-Ah no, señorita, bájate ahora mismo de este coche, porque no vas a venir conmigo.
-Este asunto te concierne tanto a ti como a mí. No voy a permitir que vayas solo, podrían matarte.
-Exactamente por eso no quiero que vengas.
Ella suspiró.
-¿Vas a seguir perdiendo el tiempo en sacarme del coche? Voy a ir contigo. Así que vamos.
Respiré hondo, acabé de sentarme y puse el maletín en el asiento de atrás. Aly se puso el cinturón y juntos partimos hacia el desguace. No tardamos en llegar, el cielo estaba totalmente oscurecido, iba a salir pero me giré hacia mi novia.
-Al menos quédate aquí y no salgas, por favor. No quiero que te pase nada.
-Está bien, pero no te acostumbres mucho a que te haga caso-sonrió y me dio un corto beso en los labios.
Terminé por salir del coche y me apoyé en la reja que vetaba la entrada del lugar. Estaba empezando a ponerme nervioso cuando el movimiento de un arbusto me sobresaltó. Miré hacia allí y lo primero que vi fue una chistera, más tarde un hombre había salido de su escondite.
-Vaya, Aaron. Eres muy puntual.
-Aquí está vuestro dinero-fui al grano tendiéndole el maletín con los cien mil euros que les debía.
Él me lo arrancó prácticamente de las manos, miró su interior y asintió conforme.
-Muy bien, es justo lo que nos debías, pero… ¿sabes qué les pasa a los que tardan años en saldar sus deudas con nosotros?-confuso por sus palabras, miré por un momento al coche. Pude distinguir los rubios cabellos de Aly, y supe que estaba mirándome preocupada.
De pronto sentí cómo un puño me daba de lleno en el estómago. Solté un jadeo y la sangre salpicó de mi boca. Un nuevo puñetazo me estampó contra mi cara, yo no podía siquiera pensar con claridad. Intenté devolverle los golpes, pero fue demasiado tarde. Él me dio una patada en la barriga y yo caí al suelo. Volví a posar mi nublada vista en el coche y vi cómo Aly tenía intenciones de salir. Iba a gritar "¡No!" pero ya era demasiado tarde. Aliana se le tiró encima a ese hombre, encaramándose en su espalda con un grito furioso y cuando él se dio cuenta de que tenías a alguien encima dejó de patearme la barriga. De repente vi cómo el hombre de negro caía como plomo sobre le tierra. Aliana, con la respiración entrecortada y acelerada, se agachó y me ayudó a incorporarme.
-¿Cómo has hecho eso?-pregunté con cierta dificultad.
-Encontré este trozo de viga. Vamos, está inconsciente, no tardará mucho en despertar.
Asentí y con su ayuda llegamos al coche. Me sentó en el copiloto y ella fue al asiento del conductor. Arrancó con rapidez y en poco tiempo nos alejamos de ese desguace.
-¿Ves porqué tenía que venir yo también?-me dijo con una sonrisa de suficiencia. - Por poco y ese tío te mata.
Yo estaba limpiándome la sangre de al cara con servilletas de papel. Miré a mi novia con una sonrisa de agradecimiento.
Hoy era noche buena, y yo cenaría en mi casa. Con Leila en la clínica recuperándose y Bruno decaído por algo que yo no llegaba a entender la cena no llegó a ser muy interesante. Por la noche, después de las doce, ella vino a mi habitación, me curó como es debido las heridas y luego hicimos el amor hasta el amanecer. A veces me preguntaba qué haría yo si Aly se fuese en estos momentos de mi vida, y la respuesta era muy simple: no sabría vivir.