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Te vi venir — capítulo 36
35º
Pvo. Bernard
Traspasé las puertas dobles de esa clínica con una pesadez y monotonía que tenía que se hubiera convertido en lo de todos los días. Iba a visitar a Leila, como cada tarde después de la agencia. Salía, comía algo rápido y poco saludable e iba directamente al reformatorio donde estaba internada ella. Las veces que había ido durante todo un mes ella había rechazado verme, pero yo me quedaba siempre hasta que terminaba la hora de visitas. Allí en su habitación de un color blanco reluciente y un poco aburrido, reinaba el silencio durante unas horas que solo me parecían valer la pena porque sabía que bajo esa máscara nítida de frialdad estaba ella.
Seguía siendo Leila, la mujer que yo quería.
Me encontré con el médico que llevaba su caso saliendo de la habitación que ella ocupaba.
-Buenas tardes, Bernard-me saludó, me conocía de hacía más de un mes, desde que ella había sido ingresada-. ¿Cómo lo llevas?
-Bien, doctor.
El señor de rostro amable, regordete, con entradas y canas pero sin gafas, me miraba con la compasiva sonrisa de cada día.
-¿Cómo se encuentra ella hoy?-pregunté impaciente.
-Mucho mejor. Ya habrás notado que está volviendo a engordar, y que su piel no está tan pálida como antes, eso significa que está mejorando bastante y que pronto podrá ser dada de alta.
-¡Eso es fantástico!-exclamé sonriente.
-Creo que vas a tener un poco más de suerte hoy-me dijo el doctor-. Parece que se ha levantado de buen humor.
-A ver si conmigo está igual de bien-respondí.
(Ambiente -> )
El doctor posó una mano en mi hombro a modo de demostrarme su apoyo y se fue. Él sabía que yo venía aquí cada día y que no era precisamente de su familia. Con la mano en el picaporte di u gran suspiro e hice mi entrada. Ella estaba como siempre, sentada de espaldas a la puerta, en una silla, vestida con un vaquero y un jersey de manga larga que cada día cambiaba su color. Hoy era rosa. Su pelo, normalmente suelto, ahora estaba recogido en una coleta a lo alto de su cabeza con dos o tres mechones sueltos. Me acerqué despacio, y antes de que le pusiera uan mano ene l hombro, ella ya había hablado.
-Hola-dijo solamente, luego volvió a bajar la cabeza hacia lo que parecía un aburrido libro.
Rodeé la silla y me acuclillé ante ella, Leila no apartó la vista de su libro.
-Hola, ¿cómo te encuentras?
-Creo que bien-respondió.
Con paciencia y cuidado quité el libro de sus manos, lo cerré, lo dejé a un lado y cogí sus manos entre ls mías.
-¿Sólo bien? El doctor me ha dicho que pronto podrás volver a casa.
No respondió. El silencio se estaba empezando a tensar de sobremanera.
-¿Vas a volver a hablarme algún día?
-¿Para decirte lo inhumana que me siento aquí dentro, como un bicho de feria? Pues claro, así es como me siento, ya he hablado.
-Mírame, por favor-le pedí. No sin oponerse antes me miró. Vi sus ojos fríos, y eso me dolió.- Sé que no te agrada demasiado haber pasado aquí encerrada tanto tiempo, con gente controlándote a cada minuto que pasa. Y también sé que me odias por haberle contado a tu hermano lo mal que estabas, pero lo hice porque te quiero. Al principio, pensé que eras una chica como las demás de la agencia, la típica modelo guapa que sólo se preocupa por su físico, pero descubrí que eras todo lo contrario, que eras lo que yo necesitaba. Lo que pasó con Christina fue… ni yo mismo sé lo que fue, pero de lo que estoy seguro es que nunca debería haber pasado. Tengo que admitir que tuve miedo, cuando cambiaste tuve miedo de perderte, porque si seguías así, vomitando y sin comer la anorexia podría hacerse más fuerte y… No quiero ni imaginarlo, porque no lo soportaría. Y ahora lo que me duele es tu desprecio, porque todo lo que hecho, aunque no te gustase, ha sido por tu felicidad. Si no quieres volver a verme dímelo ya, porque te aseguro que si mi ausencia te hace feliz, es lo que tendrás.
No contestaba, ni siquiera había abierto la boca. Me levanté y me encaminé a la puerta, pero en el camino hacia lo que pensé que era una despedida permanente, escuché su dulce voz pronunciar mi nombre.
-Bernard.
Me paré al momento, me di la vuelta y la encontré de pie, unos metros separada de mí. Era verdad, estaba mucho mejor. Su piel estaba bronceada de nuevo, su pelo había recuperado el brillo del rubio dorado que antes tenía, y habían vuelto sus mejillas dándole un toque de inocencia que había perdido. Vi cómo avanzaba hacia mí, llegaba a mi altura y chocaba con un sonido sordo en mi pecho, pasando sus brazos por mi cuello y poniéndose de puntillas, tuvo mejor acceso a mi oído, donde sentí sus labios rozar con mi piel.
-Lo que me haría feliz es que te quedases conmigo para siempre-susurró con su melodiosa voz.
No podía creer lo que estaba escuchando. Pasé mis brazos por la base de su espalda, la apreté contra mí y la levanté del suelo. Rápidamente mis labios capturaron los suyos y juntos empezaron a moverse con suavidad y añoranza. Su lengua fue la que buscó la mía para rozarse, sentirse, amarse juntas. Al separarnos, ella juntó su frente con la mía, yo aun no la había soltado, y no tenía intenciones de hacerlo jamás. Abrí los ojos, lo primero que vi fueron sus labios, que esbozaban una gran y entrañable sonrisa. ¡Cómo había echado de menos esos labios arqueados que me contagiaban de alegría!
-No veo al hora de que salgas de aquí, porque quiero pasar mucho tiempo contigo, solo contigo, porque para mí eres la única-murmuré.
-¿Mucho tiempo? ¿Sólo eso?-inquirió sin dejar de sonreír y con el mismo tono de voz que había usado yo-. Porque a mí me apetece pasar una eternidad contigo, incluso cuando estemos viejitos, que en un porche nuestros nietos vengan gritándonos "¡abuelitos!" y nosotros les contemos nuestra historia. Lo siento. Siento cómo me he comportado. He sido una idiota. Voy a luchar, haré lo que esté en mi mano para salir. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
Sonreí ampliamente y le di un beso corto pero intenso.
-Te quiero-susurré.
-Yo te amo-dijo ella.
-Yo te amo más.
-No, yo mucho, mucho más.
-Te amo infinito-dijimos a la vez.
Pvo. Marian
-Hola-dijo ella con una sonrisa bastante falsa.
Kira se encontraba al otro lado de la entrada principal de la casa de mis padres. Me miró de arriba abajo, y no era para menos. Lo que llevaba puesto en estos momentos era un chándal rosa chillón que me ponía para andar por casa. Al menos iba maquillada. Todavía no había terminado de traer mis pertenencias de la mansión Sánchez, estaba dando tiempo a que apareciese esa ***** que había robado el corazón de mi Bruno, con surte aun podría hacer algo para que no todo se fuese al traste.
-Cariño, has perdido todo el glamur que tenías-me dijo después del repaso, luego entró y se quitó el chaquetón de piel que llevaba para cubrirse del frío que hacía en las calles de Roma.- ¿Para qué me has llamado?
-Tengo algo que decirle.
-Dispara, no tengo todo el día.
-Iré contigo a ver a Yolianne-le informé en voz baja. Ella esbozó una sonrisa malévola, pero a mí no me intimidaba.
-Muy bien, entonces podemos ir ahora mismo. Vamos, ve a ponerte decente y quítate ese chándal de rastrillo.
-Más respeto guapa, iré contigo, pero prométeme que saldremos vivas de allí. Esa mujer seguro que todavía nos guarda rencor por lo que le hicimos.
-De acuerdo, es una promesa, sabes que yo siempre cumplo mis promesas.
-Eso espero-respondí por lo bajo.
Subí a mi habitación, me di una ducha de agua caliente rápida y me vestí. Me puse unos vaqueros blancos, unas botas de tacón altísimo en color crema, una blusa de hombro caído del mismo color que los zapatos y un chaquetón blanco. Me peiné el ondulado cabello y me puse un gorro de lana blanco. Me maquillé un poco y bajé las escaleras en cuestión de quince minutos. Kira estaba charlando de alguna cosa con Christina, y esta le sonreía.
-Ya estoy lista-anuncié-. Podemos irnos.
Kira asintió, Chris de despidió de nosotras y salimos a la calle. Vi un Mercedes negro como la noche aparcado a un lado de mi casa y no me sorprendió: a Kira le gustaban los lujos y su medio de transporte no iba a ser una excepción.
-Quien te viera diría que eres un angelito de ojos verdes, Marian-me cuando estuvimos fuera, mirando el coche en silencio. Ella se adelantó, avió y ambas entramos.
-Hay que engañar al enemigo-dije solamente.
-De acuerdo, ¿entonces sigue estando ene l mismo lugar?-preguntó cambiando de tema. Hablaba sobre Lontano dalla Realtà, el prostíbulo.
-Sí, así que tenemos que ir hasta la costa de Naples… Llegaremos sobre la tarde noche si te das prisa.
Eran las ocho y media de la mañana. Se había apresurado para venir a ver qué quería.
-Muy bien.
Asintió y arrancó. Una vez salimos de la ciudad y llegamos a la carretera, paró en una gasolinera. Llenó el depósito hasta los topes y arrancó a casi cien por hora ante la extensa carretera que parecía no tener nunca fin. Me apoyé en la puerta del coche y decidí echar una cabezadita.
-Eh, no te duermas ahora, acabamos de salir.
-Tengo sueño, me he levantado temprano y ahora quiero dormir-le expliqué.
-No lo querrás tanto si te digo que quiero contarte lo que he hecho durante este tiempo.
El sueño se me fue en cuanto dijo eso. Me incorporé en el asintió, ella me miró de reojo aun con las manos en el volante, posó su vista en la carretera y empezó a hablar.
-Me fui de aquí porque mis padres no tenían dinero, como bien recordarás. Una vez en China digamos que la cosa mejoró, los yenes son más efectivos que las monedas de aquí. Luego mi padre consiguió un negocio: entró en Riyuka.
-¿Vas a decirme lo que es Riyuka?
--Todo a su tiempo, querida, todo a su tiempo-respondió intrigándome aun más-. Como decía, mi padre entró en Riyuka, y entonces me ayudó a seguirle. Me enseñó todo lo que había que saber para llegar a convertirse en un pez gordo. Y ahora algo me falta para hacerme con el liderazgo de la organización. Algo que puedo conseguir de Yolianne. Y dado que tu eres el único contacto que conservo de por aquí, pues te he pedido ayuda.
Asentí en silencio, observando con disimulo la marca en la palma de mi mano, esa cicatriz que estaría ahí siempre para recordarme quién era en realidad.
-¿Vas a contarme qué es de tu vida?-repuso después de un rato.
-Pues… básicamente me he comportado como la ***** mala pécora que creó Yolianne.
-Crees que lo que tú pasaste fue horrible, pero tú no perdiste tu virginidad con un cuarentón amargado de la vida.
-Se a como sea, a mí tampoco me gustó la experiencia… No sé cómo se nos ocurrió.
-Se te ocurrió a ti, yo te seguí puesto que no tenía nada mejor que hacer. Pero ¿sabes qué?
-¿Qué?
-no me arrepiento de nada de lo que hice.
-Yo hubiera preferido no ser virgen cuando entré. Todo hubiera pesado menos.
-Tal vez tengas razón.
Y seguimos hablando de experiencias que tuvimos cuando estábamos más unidas que la uña y la carne. Como si después de mucho tiempo nos hubiéramos reunido para hablar de nuestra antigua vida, una que llevábamos juntas y que estaba muy lejos en el tiempo.
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Observé con admiración la construcción del edificio: estaba como antes, totalmente igual a como lo recordaba en mi mente. La noche caía sobre las copas de los árboles, ya casi no se podía ver en la espesura del bosque que rodeaba la edificación. Kira paró el motor, y nos miramos la una a la otra.
-¿Estás segura de que para hacerte con Riyuke es necesario que hables con Yolianne? ¿No puedes matar a alguien o hacer otra cosa para quedarte con… lo que coño sea eso?
-No. Es lo único que puedo hacer. Riyuka no es ningún juego, y no estoy dispuesta a perder todo por cuanto mi padre, en paz descanse, ha luchado.
Asentó lentamente y luego ella salió con decisión del coche. Estaba cansada, ambas lo estábamos, pero no me quedó más remedio que seguirla. Llegamos a la entrada principal y Kira llevó la mano al timbre que estaba un metro por encima de nuestras cabezas, a la derecha, incrustado en la pared. En cinco minutos, alguien salió: era un hombre trajeado de negro, con unas gafas de sol que le ocultaban casi todo el rostro a pesar de que ya era de noche, bastante fornido y que ambas creímos reconocer.
-Hola Brutus-dijo Kira con una sonrisa picarona-. ¿Nos recuerdas?
El guardia se llevó la mano a las gafas y se las quitó lentamente. No podía dar crédito a lo que sus ojos veían.
-¿Kira? ¿Marian? ¿Sois vosotras?-dijo anonadado, no alegre, pero al menso nos recordaba y no tendríamos que presentarnos.
-Sí, nosotras mismas-le contesté con la misma sonrisa que mi amiga esbozaba.
-No sé porqué estáis aquí, pero creo que va a ser mejor que os vayáis-aconsejó con su voz ronca y profunda que pretendía ser un suave susurro.
-¿Por? -preguntamos a la vez.
-Yolianne-fue lo único que dijo.
-Exactamente por ella estamos aquí, queremos verla.
-Lo siento, está esperando una visita que ha pedido entrevistarla ahora mismo, así que no va a poder atenderos. Además de que os he dicho que salgáis echando leches de aquí.
-Esa visita que espera somos nosotras-le dijo Kira enseñando un carnet de identidad Italiano. Pude verlo de pasada, era un nombre: Regina Belmont Guirréz. - Encantada, soy la señorita Belmont, una soltera De treinta años con problemas de definición de preferencia sexual. Ahora, déjame pasar a mi entrevista, Brutus.
-Tan malévola como siempre-sonrió él. Yo no estaba tan asombrada, sabía que algo de esto iba a pasar.- No digáis que no os lo advertí.
Asentimos en silencio, la verdad es que yo tenía ganas de cogerle las llaves a Kira, meterme en me Mercedes y salir pitando de allí, pero me contuve y avancé junto a ellos al ya conocido vestíbulo. Por los memorables pasillos llenos de cuadros que invitaban al erotismo y la pasión desbocada y por las mismas puertas numeradas de forma elegante en una placa del marco de las mismas. Hasta que nos detuvimos en una del último piso, una que reconocí al instante: el despacho de Yolianne. Brutus nos hizo esperar un momento, entró y volvió a salir dándonos el paso y guiñándonos un ojo. Siempre había sido algo obsceno ese hombre y con el paso de los años no había cambiado en nada.
Entramos y lo primero que vi fue que el sillón de cuero donde ella siempre se sentaba estaba de espaldas a nosotras. Escuchamos cómo la puerta se cerraba y nos sentamos cada una en un sillón de en frente del escritorio de caoba que tantas veces habíamos visto hacía años. Los recuerdos me abrumaban, me sentía como la primera vez que pisé este lugar: nerviosa, sumamente nerviosa y sin saber qué esperar de esto, y en esta ocasión, de Kira incluida.
-De acuerdo, señorita Belmot-decía ella, la silla empezó a girar-. Creo que lo mejor para su indecisión es probar…
Se calló en cuanto nos vio. Al principio juraría que lo que quiso hacer fue cortarnos la cabeza una por uan con el abrecartas que había sobre su mesa, pero luego se relajó, se reclinó contra su gran asiento y empezó a darse toquecitos en los dedos con las manos frente a su cara, observándonos casi sin pestañear. Su pelo rubio cenizo con unas nuevas mechas oscuras estaba recogido en un moño desordenado, llevaba ropa elegante pero que a su vez enseñaba más de la cuenta y su extravagante maquillaje con los labios rojos como el fuego.
-No puedo creer lo que ven mis ojos. Pero sin son Marian y Kira, las misma que hace unos años… ¿Cuántos? ¿Siete años? Sí, creo que son siete ya, me dejaron plantada y me hicieron perder taaanto dinero.
Yo no sabía dónde meterme, pero Kira estaba dispuesta a dar la cara.
-Queremos disculparnos por nuestra actitud, éramos unas crías, no sabíamos lo que hacíamos.
-Tampoco lo sabéis ahora dado que os habéis atrevido a venir a mi casa engañándome-repuso ella.
-Solo queríamos hablar contigo, en realidad yo he venido a pedirte un favor.
-Espero que la conversación sea muy interesante, porque de aquí no saldréis hasta que no me deis razones de peso para lo que hicisteis. Os lo digo muy en serio. No me vale la excusa de que no sabíais qué demonios hacíais, porque creo que para hacer desaparecer a alguien como el que escogió a Marian y luego largarse sin más merece sensatez.
-Vale la pena, te lo aseguro. Vas a ganas mucho dinero.
En cuanto mencionó el dinero, a Yolianne le brillaron los ojos y prestó atención.
-Te escucho-dijo ella, y entonces Kira empezó a hablar como un torrente. No lo parecía, pero estaba igual de nerviosa que yo.
-Cuando me fui de aquí, mi padre me metió en un negocio, es una organización: Riyuka.
-Mm… ¿la mafia china tan famosa que todo el mundo conoce?-interrogó ella, Kira asintió, Yolianne sonrió y yo palidecí.
-Exacto, esa misma. Yo ahora mismo tengo la oportunidad de ser la madrina, de ser la que lo maneje todo desde el centro, pero para eso tengo que triunfar en una reunión con los mandamás, todos hombres, y por ello te necesito.
-Déjame adivinar… Quieres que mis chicas te ayuden un poco.
-Sí. Yo correré con los gastos de llevármelas a China, luego volverán y te mandaré la suma de dinero que ganen ellas junto con un… pequeño agradecimiento. Y tú no tendrás que hacer nada, sólo esperar aquí sentada en tu precioso sillón de piel a que lleguen los beneficios.
Yolianne asintió, el lunar que tenía encima del labio subió junto con su sonrisa.
-¿Desde cuándo eres tan… ambiciosa, que has osado llegar hasta mí para pedirme esto?-inquirió la madame. Kira sonrió de la misma manera que había hecho ella antes: con avaricia en sus ojos.
-Aprendí de la mejor, madame.
-Ya lo creo, eres clavad a amí cuando empecé con esto. Pero bueno… ¡Marian, mujer! No has abierto la boca. ¿Os apetece algo para entrar en calor? ¿Un vino? ¿Tal vez un poco de whisky?
-Ron blanco solo, por favor-pidió Kira.
-Yo no quiero nada-repuse en tono cortante. No me gustaba lo que estaba viendo.
-Qué pena… Bueno Kira, cuéntame más sobre ese… Negocio que quieres hacer conmigo.
Parecía que le gustaba el plan que tenía la chica, pero a mí no me convencía: ¿Qué pintaba yo en tdo esto?
Pvo. Rebe
(Ambiente -> )
Un mes. Un mes desde que Bruno había dejado a Marian, desde que Leila había entrado a rehabilitación y desde que yo pasaba más tiempo con Alessandro que con la propia Aly. El tiempo se me había pasado volando cuando estaba al lado de Alessandro, pero muy lento cuando no estaba con él. Ver a Bruno de lejos y no poder besarle, abrazarle… Ahora las cosas eran distintas, ya no teníamos a nadie en medio de nosotros. Pero ni yo misma sabía qué estaba pasándonos.
-Creo que tenemos que hablar-escuché su voz, levanté la cabeza y asentí.
Estaba sentada en mi cama leyendo un libro por la tarde cuando él entró en la habitación, se sentó en la cama de Aly y me miró esperando una respuesta. Yo me senté en mi cama, marqué por dónde iba y dejé a un lado el libro. Me crucé de piernas y esperé.
-Muy bien, hablemos-respondí.
-¿Qué está pasando?-dijo de repente, después de un silencio que se me antojó muy largo.
-Estamos en mi habitación… Has dicho que querías hablar…-empecé.
-No eso, qué nos está pasando a nosotros. Marian se va, ya no está para incordiarnos, podemos estar juntos sin problemas, sin embargo tú te la pasas con ese chico que estás cada ver que pregunto a Aliana por ti y…
-¡Y tú te la pasas encerrado en esa oficina!-le espeté.- Y yo no me quejo. Así que no digas que el problema es que paso tiempo con Alessandro.
-¿Entonces cuál es? Dímelo porque yo no lo sé.
-¿Y crees que yo sí? Desde que dejaste a Marian tú has estado metido en la agencia, intentando evitarme, al menso es lo que me parece a mí.
-¡Yo no quiero evitarte! ¿Por qué iba a hacerlo?
-Puede ser que te de miedo que tu familia de alto estanding sepa que sales con una de tus sirvientas.
-Eso no es verdad, yo nunca me avergonzaría de ti.
-¡Es lo que parece! A pesar de haber dejado a Marian hace ya más de un mes, seguimos igual que antes, pero ahora es peor. Porque podríamos vernos sin tener que ser ocultándonos, basta con que vayas a tu familia y les digas. "Sí, estoy con Rebeca, es mi novia". Pero en cambio no lo haces. Yo he arriesgado por ti demasiado, Bruno. Marian podría haber mandado a mi madre a la calle, dejarla en la ruina y provocar que mi familia cayera en picado, pero yo estaba ahí, contigo, te apoyaba, te besaba e intentaba estar bien aun sabiendo que en cualquier momento podrían descubrirnos. Todo eso lo hice porque te quería, y aun te quiero, es más, te amo con locura, pero si esto va a seguir siempre así creo que es mejor que lo dejemos.
Me levanté, con lágrimas a punto de salir de mis ojos, esas palabras había sido tanto para mí como para él puñaladas contra el corazón, pero era lo que pensaba y necesitaba soltarlo aunque me hiciese daño. Cogí mi móvil y me dispuse a salir de la habitación sin mirarle, pero sentí cómo me agarraba del brazo, levantándose y acercándose a mí.
-No vamos a dejarlo, tú no quieres eso, y yo tampoco.
-No, no lo quiero. Yo te quiero a ti, y quiero estar a tu lado para siempre Bruno-le dije con voz ahogada por el llanto que aun no había estallado.- Pero mientras las cosas sigan así… Prefiero que no me busques.
Me solté de su agarre, y antes de salir de la habitación escuché cómo me hablaba.
-Te amo, no lo olvides.
Llegué a la salida, cogí el coche de Aly que me había prestado hacía un rato y conduje hasta el centro de Roma, en dirección al pub donde había quedado con Alessandro para tomar algo. Las lágrimas resbalaban por mi rostro sin control, y yo no quería detenerlas. Mis sollozos fueron disminuyendo mientras me acercaba al lugar. Aparqué y me tomé unos minutos para relajarme y respirar, cuando me sentí preparada salí y entré al local. Divisé a mi amigo unas mesas más allá, justo al fondo del sitio de colores agradables. Había unos puffs en el suelo, uno lo ocupaba él, y yo me acerqué a él, le saludé con dos besos y me senté en el puff con un gran suspiro.
-Uy, no me gusta cómo suena eso-dijo él-. ¿Te sucede algo?
-En realidad… Sí. Necesito contárselo a alguien, sino explotaré.
-Te escucho, sabes que puedes contarme lo que sea.
-He peleado con… un amigo-no iba a contarle lo de Bruno del todo, no podía-. Ahora no sé cómo van a acabar las cosas, pero sé que no quiero perderlo.
-Se nota que lo quieres mucho-dijo después de que yo pidiera un café con leche.
-Sí pero… las cosas se han puesto difíciles, y ahora creo que no vamos a volver a hablarnos.
-Pero tú no quieres que eso pase.
Negué con la cabeza. Estuvimos callados hasta que él volvió a sacar un nuevo tema de conversación.
-Tengo algo para ti.
Me alargó un papel, tenía pinta de ser importante. Empecé a leerlo, y no podía creer lo que mis ojos veían. El documento era una carta de admisión como profesor y coreógrafo de una de las mejores escuelas de artes escénicas del mundo, que sacaba en su mayoría musicales de mucho éxito. Me temblaban las manos de la emoción de solamente sostener ese trozo de papel entre mis dedos. Y abrí desmesuradamente los ojos cuando vi el nombre del aceptado en el borde inferior: Rebeca Torres. El mío.
-¿Es una broma?-fue lo único que salió de mis labios mientras observaba a Alessandro.
Él sonrió con ganas.
-No, es de verdad. Puedes mandarla a un experto en falsificaciones que te dirá que es totalmente original.
-Pe… pero… ¿Me han aceptado a mí?-él asintió, yo no cabía en mí de asombro-. ¿De verdad? ¿Yo, en una academia de tal calibre?
-Sí, tú en la Xion-SimeFy, una de las más ilustres y célebres academias del danza de todo el mundo. Allí enseñarás, harás tus propias coreografías, te encargarás de la representación de musicales e incluso de alguna que otra creación, además de…
-Pero Alessandro, ¿cómo has conseguido esto? Es decir… Es uno de mis objetivos en la vida… ¡Por no decir el único y más importante!
Porque lo cierto era que el otro consistía en conseguir el amor verdadero, y tenía claro que Bruno lo era, pero ahora las cosas no iban del todo bien.
-Una vez te dije que podía conseguir tu sueño. Solo he cumplido con mi palabra.
Dios no podía creerlo… Fue un impulso, lo que hice a continuación fue un impulso. Me incliné sobre mi asiento y me abalancé hacia Alessandro, posando mis labios por un momento en los suyos. Fue corto; pero fue un beso. No sabía en qué estaba pensando. Cuando me di cuenta de lo sucedido me separé rápidamente e hice como si nada hubiera pasado, volviendo a pensar en el puesto de trabajo que ahora tenía disponible. Los caracteres del borde superior me recordaron a algo.
-Pero… Eso está en Japón-recapacité.
Cuando le miré pude ver un brillo en sus mejillas. Estaba segura de que yo estaba igual de sonrosada, pero intentaba disimular.
-Y es lo único que tienes que hacer tú-respondió dejándome sin habla-. Ven conmigo. Volveré a Japón en unos días y quiero que me acompañes.