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Te vi venir — capítulo 37

36º

Pvo. Aaron

Encerrado en mi dormitorio, a las diez de la noche, recibí una llamada.

-Hola amigo-le saludé.- ¿Y estas llamadas, a esta hora?

-Tengo que avisarte, es importante.

-Pues suéltalo.

-Pasado mañana me vuelvo a Japón.

-¿Tan pronto?

-Me he pasado casi dos meses aquí, en mi trabajo me solicitan.

-Bueno, ¿y qué tal con Rebeca?

-De eso quería hablarte.

-Te escucho.

-Pues… sé que uno de sus sueños de siempre ha sido integrarse en una escuela de artes y enseñar a la gente lo que sabe de la danza y el canto. Por suerte, mi mejor amiga japonesa es vicedirectora en Xion-SimeFy, que es justo donde Rebe puede cumplir su sueño. Y… ella em ha ayudado a mover los contactos para hacerla profesora allí, así que se lo he contado.

-¿Has conseguido que Rebeca sea profesora de danza en Japón?

-Sí, y… le he pedido que venga conmigo.

-¿Qué te ha dicho?

-Espero su llamada, me dijo que tenía que pensarlo.

-Mm… Pues cuando sepas me avisas, por cierto, mañana me pasaré por la tarde al hotel, quiero que conozcas a alguien muy especial para mí.

-¿A quién te has ligado, guaperas?

-Dirás de quién me he enamorado como un tonto.

-Vaya, Aaron Sánchez enamorado, creí que nunca en mi vida escucharía esa expresión.

-Da la casualidad de que mi novia es amiga de Rebeca.

-¿No me estarás hablando de Aly Longman, verdad?

-Exactamente.

-¡Joder tío, yo la conozco de casi toda la vida!

-Entonces menos presentaciones que tengo que hacer.

-La buena de aly ha encontrado su media naranja, espero que la trates bien y que no te de un hinfarto al tratar con ella, es una mujer de armas tomas amigo.

-Lo sé, y eso es lo que me encanta de ella.

-Me alegro por ti.

En ese momento, tocaron la puerta.

-Ale, tengo que dejarte… como te dije, mañana me paso a ver qué te dice.

-Muy bien, adiós hermano.

Colgamos y fui a abrir la puerta. Al otro lado, se encontraba Bruno. Por lo visto era noche de sucesos inesperados. Dejé pasar a mi hermano, que decía que tenía algo que contarme. 

-Pues suéltalo, te veo muy afligido.

Respiró hondo.

-Estoy enamorado.

-Dios, con razón has dejado a Marian… Los hermanos Sánchez pillados por Cupido-sonreí, pero él no lo hacía, parecía muy serio con lo que decía-. ¿Puedes decirme quién es?

-Es lo que pienso hacer, necesito contárselo a alguien o sino estallaré.

-Pues habla, sabes que sé escuchar.

-Es… Rebeca, la que trabaja aquí. Rebeca Torres-me dijo dejándome con la boca abierta a tres palmos y medio del suelo. Mis ojos abiertos desmesuradamente demostraban que estaba muy sorprendido. No sólo porque mi hermano estuviera enamorado de Rebeca, sino porque mi mejor amigo también lo estaba.

-Pero… ¿ella lo sabe?-sería muy cruel jugar con ambos hombres, y no me esperaba eso de ella.

Él asintió. Y pasó a contarme de la relación a escondidas que habían mantenido los últimos meses, todo lo que había vivido, desde la primera vez que se vieron hasta la primera vez que hicieron el amor, pasando por el primer momento en que sus labios se unieron con ansias y amor. Me parecía alucinante, no podía creer lo que me estaba contando.

-… Pero ahora todo está mal, he dejado a Marian, y he querido hacer de nuestra relación algo pública, pero con esto de Leila y el trabajo que ha habido en la empresa últimamente, las cosas se me han ido de las manos, y ahora ella está frecuentemente con un tal Alessandro. No sé qué pensar. Ella me ama, me lo ha dicho, y yo la amo a ella, pero esto que nos está pasando… Es frustrante.

Ahora el que tenía que respirar era yo. Exceso de información, gritaba mi cerebro.

-Puedo decirte que sé de buena fuente que Rebeca sólo tiene ojos para ti-le revelé a mi hermano.

-¿Y cómo tienes consciencia de eso?

-Porque el Alessandro que ella ha estado viendo, es mi amigo, ¿lo recuerdas? El que se fue a vivir fuera.

-Sí, ya se. El mundo es un pañuelo…-suspiró mi hermano-. Pero ahora no sé qué puedo hacer.

-Imagínate yo.

-De todas formas, gracias por dejarme que te lo cuente.

Asentí, miré la hora. Once menos cuarto, en quince minutos o antes llegaría Aliana. Bruno se fue justo un momento antes de que ella entrase, se acercase a mí y me diese un beso. Yo la eché en la cama y allí rodamos y rodamos mientras nos besábamos y ella reía feliz.

Esa noche le conté, con la esperanza de que Rebeca lo hubiera hecho ya, que Bruno estaba enamorado de ella y viceversa. Me sorprendí al ver que mi novia no sabía nada, y que yo había metido la pata. Ella me dijo que hablaría con Rebeca seriamente. 

Esa fue una noche de confesiones, muy cargada e inesperada en su totalidad. 

Pvo. Rebe

No podía, esto me superaba. Mi mente formaba un remolino que giraba sin cesar, con pensamientos contradictorios unos de otros y no sé qué más. Después de que Alessandro me diese la noticia de que mi sueño se haría por fin realidad si yo accedía a irme con él a Japón, me excusé y me fui alegando que me lo pensaría y mañana, temprano, le haría saber mi decisión sin falta. Él asintió y me dejó salir, yo me subí al coche de Aly y llegué a mi casa, donde encontré a mi madre y juntas nos encerramos en la antigua habitación que yo ocupaba, tenía cosas que hablar con ella.

-¿Qué sucede, cariño?-preguntó angustiada, y no era para menos, no sabía a qué venía tanta repentina seriedad.

-Necesito consejo de una madre… De verdad, no puedo más.

-¿Ha pasado algo en el trabajo? ¿Te molestan los ricos o algo así?

Respiré hondo, tratando de calmarme y tragar ese molesto nudo que tanto me atormentaba.

-No, todo va bien-mentí un poco-. Es solo que… No sé qué hacer.

-No te entiendo.

-Alessandro. Él… Ha conseguido una plaza como coreógrafa y planificadora de musicales en una de las mejores escuelas de danza del mundo.

-¡Pero eso es fantástico!

-Sí, pero está en Japón.

-Hija… ¿tendrías que irte a Japón a vivir?-dijo alucinando. Yo asentí.

-Sí.

-Si es lo que tienes que hacer para cumplir lo que has querido desde muy pequeña, hazlo. Alessandro es un amor, seguro que acabáis juntos, ese chico ha hecho muchas cosas por ti aunque no te hayas dado cuenta, y la más grande ha sido conseguirte el trabajo de tu vida.

-Pero… hay algo que me incita a quedarme aquí.

-¿Y qué es?

-Me he enamorado, mamá-admití.

-Una vez más…-razonó mi madre. Es como siempre, aun eres joven, sólo tienes veintidós años, ya conocerás a más hombres en tu vida cariño.

-Pero es que no es un amor pasajero… Yo lo amo mamá, y no quiero dejarle aunque ahora estemos un poco mal.

-Rebe, mi vida, no sé quién es ese hombre del que te has enamorado ni voy a obligarte a contarme a quién amas si no quieres, aunque me cueste admitirlo ya eres una adulta… Pero sí puedo decirte que la solución se encuentra en tu corazón. Hazle caso, ve a esa casa, haz lo que tengas que hacer y acuéstate. Pero te pido que sea lo que sea, me avises.

(Ambiente ->     )

Asentí y abracé a mi madre. Ella siempre sabía cómo ayudarme, pero ahora el dilema se encontraba en mi mente, martilleándome sin cesar, una pregunta, y una sola respuesta. Dos alternativas, el amor y un sueño perseguido desde hacía mucho. Llegué a la casa, todo estaba a oscuras, me di cuenta de que eran casi las doce. Entré en mi habitación y me hallé sola. Me pregunté por un breve momento dónde estaría mi mejor amiga, y en cuanto me puse el pijama, entré en la cama y cerré los ojos, los recuerdos me abrumaron.

Cuando pensaba en Bruno, en su bello rostro, en su perfecto cuerpo, y no sólo lo físico, sino también su forma de ser. Esa amabilidad, caballerosidad y a su vez sencillo. Ese momento en el que había descubierto a Matt con Marian en la cocina, cuando apenas nos conocíamos y ni nos tuteábamos, y yo llegué a ese rincón de la naturaleza escondido en el mundo, donde él estaba y me abrazaba sin saber nada de mí, solo con ganas de consolar mi tristeza y acallar mi llanto. Desde ese momento, ese lugar se hizo nuestro, esa cabaña junto al lago y ese muelle.

La fiesta en casa de mi familia, donde bailamos sin parar, nos divertimos y me dio las gracias por hacerle pasar el mejor cumpleaños de su vida. Ese día de lluvia en el que toqué una canción en la guitarra para él, se creó un vínculo especial, muy fuerte, del que poco después descubrí el significado. Todas las veces que nuestras miradas habían conectado dentro y fuera de la casa, y el riesgo incesable que corríamos al encontrarnos cada noche. Ese primer beso, cuando descubrí que su pasión era cantar. Cuando entré a ese hermoso estudio de grabación y le vi tocando la guitarra y cantando.

"Bésame como si el mundo se acabara después" me había dicho, y yo había obedecido a su ruego, a mis ganas, a la tentación, a sus labios y sus ojos, tan azules que me hipnotizaban y me dejaban sin aire para poder vivir de otra cosa que no sea mirarlos. Sus besos cargados de sentimiento y pasión. Las discusiones, cómo olvidarlas, siempre acababan en un beso fogoso lleno de amor.

La ves que nuestros cuerpos se habían unido en uno solo y había sentido tanto o más que la primera vez que nos tocamos. Pero ahora todo eso, todos los recuerdos, se habían pausado en una discusión. A pesar de habernos librado de Marian ahora las cosas no eran igual que antes, porque estábamos distanciándonos. Me invadía el miedo al pensar que todo lo que habíamos pasado desembocaría en la nada y lo olvidaríamos.

¿Tenía futuro lo nuestro? ¿Podría salir adelante algo tan complicado como lo que habíamos vivido Bruno y yo?

No sabía la respuesta, pero al pensar en que mi sueño podría cumplirse en dos días, que pasado mañana podría estar en Japón y bailar y cantar hasta que el alma se me fuera en ello, sin preocupaciones, sin obligaciones, sólo hacer lo que de verdad me gustaba. Y quizás tener un romance con Alessandro, que me había dicho que aun sentía cosas por mí y no me quería sólo como su amiga… No sabía si podría hacerlo, me daba miedo, todo me daba miedo. Temía el futuro, y me dije a mí misma que era hora de hacerle frente a ese territorio desconocido.

Mi elección estaba tomada, y no volvería atrás. No podía seguir con esto. Ahora veía las cosas, no claras, pero las divisaba, y supe que ten´ñia que hacer una llamada. Lo cogió al segundo tono, me esperaba.

-R, ¿qué ha pasado?

-He decidido.

Silencio. Esperaba que dijera algo, y este era el momento.

-Me voy contigo.

Esas palabras salieron de mi boca, y me dije que ya no podría echarme atrás. Alessandro me dijo que llamaría a la agencia por la mañana para reservar mi billete, y que si quería que me fuera a buscar a la mansión para ir juntos al aeropuerto. Yo asentí a todo, y a él se le notaba la ilusión en la voz. Me dijo que me dejaría descansar, que mañana tendríamos ambos muchas cosas que hacer. Nos despedimos y cerré los ojos para intentar dormir, pero traicioneras visiones pasaban por mis párpados mientras de mis ojos cerrados salían lágrimas.

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No había dormido nada. Me puse el uniforme a la vez que Aly y cuando me estaba peinando ante el espejo del tocador, se lo conté.

-Mañana me voy a Japón.

Ella se quedó estática en su sitio, el delantal que se estaba amarrando a la cintura se cayó al suelo, y luego pareció reaccionar.

-¿Japón? ¿Tú a Japón? ¡¿Qué coño ha pasado que no me has contado?! Claro, aparte de que mantienes una relación escondida con Bruno…

Ahora a la que se le cayó el cepillo que tenía en las manos fue a mí. La miré con los ojos como platos desde donde estaba, ella me miraba con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados sobre el pecho.

-¿Cómo lo sabes?

-Eso no importa. Me he enterado de toooda tu historia de amor con Bruno, y quiero saber si en algún momento se te pasó por la cabeza contárselo a tu mejor amiga.

-Aly… Joder… Todo ha sido muy complicado, no podía decírselo a nadie. Eres la primera que se entera de esto.

-No, el primero fuera de vosotros ha sido Aaron. Bruno se lo ha contado y anoche él me lo contó a mí porque le obligué. Metió la pata y mencionó, pensando que tú me habías contado algo, que estabas metida en una gran encrucijada. Entonces le he obligado a contármelo. Pero me gustaría escucharlo de tu propia boca para sentirme menos traicionada.

-no digas eso, porque tu tampoco me has contado muchas cosas. Desde que te hiciste novia de Aaron has estado tan sumergida en tu relación que ya casi ni te veo a pesar de que vivimos juntas. Sé que eres novia suya porque lo he supuesto de todo lo que me dices de que te gusta y de tus desapariciones nocturnas, porque si no, no me entero de nada.

Ella suspiró y se sentó en la cama.

-Vale, vale… Yo también he tenido la culpa.

-Yo… No sé cómo he podido descuidar tanto nuestra amistad.-Me levanté del taburete y me senté a su lado. La abracé y al darme cuenta de que yéndome no la vería hasta Dios sabe cuándo, sentí un nuevo nudo en mi garganta que hizo temblar mi voz como la gelatina-. Voy a echarte mucho de menos…

-Dios cállate-dijo contra mi pelo ella, con la misma voz que ahora tenía yo. Nos separamos un poco y entonces me miró a los ojos, secándose las lágrimas que había bajo los suyos.

-Ahora no es momento de pensar en eso, quiero que me cuentes con lujo de detalles lo que ha pasado en tu vida desde que llegamos aquí. Y yo haré lo mismo. No puedes irte al culo del mundo sin que sepa todo de ti.

Sonreí a pesar del llanto y pasé a contarle todo lo que me había pasado. Nadie nos echaba de menos en la cocina, porque para la hora que había pasado cuando acabé y la otra hora que había pasado Aly contándome lo suyo con Aaron, no nos solicitaron. Cuando terminamos ambas de ponernos al día con nuestras vidas, mi amiga recapacitó en lo que significaba que mañana me marchase.

-¿Vas a dejar tu historia con Bruno, por irte a Japón con Alessandro?

-Sí. Me he dado cuenta, y espero no estar equivocada, de que lo mío con Bruno ya no creo que tenga salvación…

-Si tú lo dices…-se encogió de hombros- yo lucharía.

-¿Más de lo que he luchado ya por nuestro amor? No, eso no es posible.

Aly se encogió de hombros y me dio otro abrazo, lo necesitaba.

-Ahora tengo que decírselo a Bruno… A pesar de todo este rollo que te he contado, es mi jefe y debo entregarle mi dimisión.

-Mucha suerte, la vas a necesitar… Si quieres te ayudo a hacer las maletas… ¿tienes todas tus cosas aquí?

-en casa de mi madre tengo algunas… ¿puedes ir a buscármelas en cuanto te desocupes del trabajo?

Mi amiga asintió y yo llamé a mi madre para contarle la noticia. Ella no pareció muy convencida, pero dijo que si eso me hacía feliz, entonces era lo mejor para mí. La cuestión era que ni yo misma estaba convencida de si me haría feliz o no, yo tenía la certeza de que necesitaba un cambio en mi vida, y si tenía que irme a Hong-Kong para conseguirlo… lo haría. Pregunté a mis compañeras si el jefe estaba en casa, y me dijeron que sí, que estaba en su oficina. Muy oportuno. Subí las escaleras, llegué frente a la puerta. Mi memoria me jugó una mala pasada, recordándome el momento en que por primera vez nuestras miradas coincidieron. Mi corazón se aceleró cuando escuché un adelante desde dentro y amortiguado, mi mano tembló en el picaporte, pero me armé de valor una vez más y entré.

**( Ambiente  -> http://www.youtube.com/watch?v=8eDmYGXHzdQ )**Le vi sentado en su gran sillón de cuero, con la vista fija en el ordenador del escritorio y concentrado, pero en cuanto me vio entrar, sus ojos se clavaron en mí y capté su atención al completo. Se levantó, yo cerré la puerta y me quedé frente a él, tres amplios metros nos separaba, y sentía que si esa distancia se disminuía o si le miraba a los ojos fijamente, mis fuerzas fallarían y perdería la serenidad. Simplemente, saldría corriendo de la habitación. La primera en hablar fui yo, quería acabar con esto cuanto antes. -Vengo a decirte que voy a dimitir, me voy. -¿Te vas?-no pareció sorprenderle ver que asentía con la cabeza. -Me voy a Japón-solté, y entonces sí que se sorprendió. -¿Japón? Pero… ¿Cómo? -No preguntes, por favor-le pedí-. Me voy mañana, vengo a decírtelo, al fin y al cabo y después de todo eres mi jefe y debes saberlo. El silencio era tenso, todo costaba ahora entre nosotros. -Quiero saber por qué te vas. -¿Lo quieres saber cómo mi jefe o como Bruno? -Como Bruno. -Entonces te digo que me voy porque no aguanto más. Esta es la única forma de cumplir el sueño de mi vida, desde muy pequeña he querido ser profesora de danza y ahora que tengo la oportunidad no puedo dejarla escapar. -¿Y qué pasa con nosotros? ¿Dónde queda todo lo que hemos pasado?-inquirió.- ¿Qué pasa con todo lo que hemos sufrido para estar juntos? Yo negué con la cabeza, a punto de llorar e intentando estar serena. -No, eso se ha quedado en la nada. Nuestra relación ya no tiene salida, es más, nunca debió haber pasado, yo no tenía porque sufrir tanto como lo hice. Teníamos que habernos limitado a ser simples sirvienta y señor, y no jugar a ser novios a escondidas. Se acercó, cogió mis manos temblorosas entre las suyas y me hizo que el mirase a los ojos. -No es cierto. Ni tú misma te crees que lo que digas sea verdad, lo veo en tus ojos. -no em digas eso-susurré con voz ahogada-. Intento creérmelo yo, no me hagas dudar de lo que he decidido. -Pero seguro has decidido con la mente, no con el corazón. Porque tu corazón me pertenece, tu misma me lo has dicho, y el mío te pertenece a ti. Somos uno solo, Rebeca. -Pero ya se ha ido Marian, y mira cómo estamos-objeté. Ahora estaba llorando, y él a punto de hacerlo. Ya no me importaba esconder las lágrimas y aparentar fortaleza-. Esto no va a ningún lado. -Se lo he contado a Aaron. Él sabe todo lo que nos ha pasado. -Y también lo sabe Aly, pero eso no basta. Ya hemos llegado al límite, y yo no quiero seguir sufriendo. Solté mis manos de las suyas y le di la espalda. Llevé mis manos a mi frente para calmarme, pero no podía, cuanto más pensaba en que nunca volvería a ver a este hombre que había calado en mi corazón tan hondo… me fallaba el pulso. Sentí cómo me daba la vuelta y tocaba mi rostro, muy de cerca, mientras las lágrimas salían a borbotones de nuestros ojos. -Tengo miedo de perder mi oportunidad-le dije en voz baja. -No, de lo que tienes miedo es de afrontar que lo nuestro no ha acabado ni lo hará nunca. No pude evitarlo, simplemente, mi corazón me lo pedía agritos desgarrados por el dolor. En un segundo ya teníamos nuestras bocas unidas, nuestros cuerpos pegados y nuestras manos soldadas al cuerpo del otro. Sus labios se movieron insistentes con los míos, y nuestras bocas se abrieron para dar paso a las lenguas, unas que querían estar más juntas que sus propios dueños. Me acorraló entre su cuerpo y el escritorio, y me subió con las piernas abiertas para poder seguir besándome. Tenía un gusto salado por las lágrimas, y a la vez amargo por la despedida, el adiós, el hasta nunca. Nos separamos con la respiración entrecortada, nuestras narices estaban casi juntas, pero nuestras manos a los costados de nuestros propios cuerpos. -Esto no cambia nada…-dije con la voz ahogada en llanto, luego me bajé, me recompuse el uniforme que se había desarreglado por la intensidad del beso y fui hasta la puerta, pero con la mano en el picaporte me detuve-. Me iré por la tarde, recogeré hoy todas mis cosas. Y cuando a la puerta le faltaban dos centímetros para estar totalmente cerrada, sus palabras se clavaron en mí como puñales directos al corazón. -Ti amo. Y quería responder, pero me limité a cerrar la puerta y llorar fuera en silencio, con el "Ti amo" de respuesta aun en los labios.Pvo. Leila Una gran y enorme sonrisa se extendió por mis labios cuando me dieron la noticia de que hoy mismo me daban el alta, y sólo faltaba que viniera alguien a buscarme para que firmase por mí unos papeles y todo listo. Fui a la cabina y llamé a Bernard, que curiosamente ya sabía la fecha en la que me dejaban salir del centro. La verdad era que me encontraba muy bien, perfecta, como si nada hubiera pasado y no hubiera estado a punto de caer en el peor de los casos de anorexia habidos y por haber. Bruno y Aaron, que ahora se llevaban la mar de bien, también sabían que hoy salía de alta, pero no podía ir a buscarme por lo que mandaron a mi novio por mí. En cuanto llegó me lancé a sus brazos, firmó rápidamente los papeles y nos fuimos con la pequeña maleta que tenía. Respiré el aire de la libre roma, sentí la brisa chocar contra mis cabellos, y en ese momento me sentí totalmente feliz. Mientras estaba con Bernard en el coche, de camino a mi casa, no pude evitar recordar lo que había pasado, el por qué me había convertido en una niña caprichosa y había maltratado mi propio cuerpo. Ahora volvía a ser yo con todas las consecuencias que eso conllevaba. -Cuando dejemos la maleta en mi casa, quiero que me lleves a la agencia. -¿A la agencia? No, tú allí no vas. -Bernard, deja de tener miedo… Yo ya estoy bien, por algo me han dado el alta. -¿Y qué vas a hacer allí? -Digamos que tengo un asunto pendiente que resolver. -¿Puedo saber de qué se trata? -¿Me haces tantas preguntas porque el médico te ha dicho que me tengas vigilada o porque te preocupas por mí?-dije con curiosidad. -Va a ser que ahora me preocupo por ti mucho más que antes, guapetona. Está bien, iremos, pero con la misma que tú hagas lo que tengas que hacer nos vamos, quiero que vayamos al cine. -Estupendo. Lo único que quiero hacer es mantener una conversación con alguien. -Déjame adivinar… ¿Christina? -Exacto. -¿Qué te traías con ella? Cuando estabas… en fin, enferma, no dejabas de hablar con Christina, y eso que la has odiado toda tu vida. -Lo creas o no, esa ***** tiene una cuenta pendiente conmigo, y ha llegado la hora de reclamarla. Sonreí contenta, porque por la noche saldría con mi novio como una chica normal, pero ahora tenía asuntos que atender. Llegué a casa, saludé al personal, que el día de hoy estaba bastante ajetreado. Me encontré con Rebeca al bajar las escaleras, me felicitó porque me habían dado el alta y luego vi que no tenía su uniforme, sino ropa de calle, que yo sepa hoy no era su día libre. -¿Y tu uniforme? -Mm… Leila, me voy, voy a mudarme a Japón mañana, me alegra que hayas podido salir para despedirnos como es debido. Después de preguntarle las razones y ella decirme que no tenían mucha importancia, me fui con Bernard hacia la agencia. Al llegar, la gente me saludó muy cortésmente, y yo pregunté al maquillador que dónde podría encontrar a Christina. Estaba en una sala de sesiones de fotos, así que no dudé en ir para el lugar con Bernard a mi lado. Cuando entramos, sólo había un cámara que estaba recogiendo sus cosas, y ella estaba peinándose ante el espejo. En cuanto me vio, sonrió. -Leila, veo que estás recuperada. -Pero no gracias a ti-contesté mordaz. -¿A qué te refieres? -Sabes muy bien de lo que estoy hablando. Por tu culpa me he pasado casi dos meses en rehabilitación. -yo no tengo la culpa de lo que te ha pasado, tú has hecho caso a un consejo que te he dado, no dije que fuera bueno. -¡Eres una *****! No puedo creer que te hayas atrevido a hacerme esto. ¡Ha sido por tu culpa! Fuiste tú la que me empezó a decir que estaba gorda, que no me vendría mal perder algún que otro kilo, y también la que me dijo que vomitando y no comiendo adelgazaba y mantenía su figura. ¡Y lo peor de todo es que no sé por qué me odias tanto! ¡No te he hecho nada! Ella bufó, luego dejó el cepillo en su bolso y me miró directamente. -¿Quieres saber porqué? ¡Muy bien, genial, te lo diré! Es por él-señaló a Bernard-. Es por mi trabajo, y es porque siempre me quitas lo que quiero. -Me temo que no te sigo. -¡Oh vamos Leila, no te hagas la estúpida! Sabías que me gustaba Bernard, ¿y qué hiciste? ¡Te hiciste su novia! ¡Me lo quitaste cuando yo ya estaba a punto de ser su novia! ¡Y siempre me quitas los puestos más importantes y tienes más éxito en la agencia que yo, todos los ejecutivos de moda te piden para sus spots. -¿A mí? ¡Pero si siempre vas tú! -Eso es porque a ti nunca te llegan las cartas que te mandan, yo me he encargado de ello. Y como segundona me escogen a mí. -Pero… ¿Te piensas que todo eso es mi culpa? ¿Te piensas que quise quitarte a Bernard? ¡Él no es ningún objeto que te puedas rifar! ¿Cómo has sido tan rastrera de robarme los trabajos? ¡Eso no tiene nombre, Christina! No es culpa mía si me prefieren a mí, lo que tienes que hacer es tomarte en serio tu trabajo y hacer las cosas con sensatez, no puedes ir por la vida haciéndole a la gente lo que me has hecho a mí. -¡Cállate!-gritó. Y vi cómo rápidamente su mano se estampó en mi cara con un sonoro CHASS. Bernard no cabía en sí de asombro, y entonces entró alguien al lugar y una voz se escuchó. -¡Pero bueno! ¡¿Qué es esto?!-se sorprendió la directora de la agencia.- ¿Porqué le has pegado, muchacha?-preguntó a Christina. -Estaba levantando calumnias sobre mí, señora Rinaldi. -Eso es totalmente falso, la que ha intentado arruinar mi carrera y mi vida has sido tú. La directora nos miró la una a la otra, y decidió llevarnos a su despacho para discutir el asunto como personas civilizadas. Cuando las dos le expusimos lo que había pasado; todo lo mío verdad y su versión llena de mentiras, la directora rellenó una ficha y se la entregó a Christina. -¿Qué es esto? -Tu carta de despido-informó la señora. Era lo único que faltaba para que mi vida fuese totalmente perfecta, tener a Christina lejos de mí. Pvo. Rebe Eché un último vistazo al piso superior, con la maleta en mis manos. Había querido dar un paseo por allí, esta sería la última vez que vería este lugar. Terminé de hacer la maleta para irme. Nunca más volvería a pisar el suelo que estaba pisando ni a ver esos cuadros que veía, ni la bonita decoración que esa mansión tenía. La lujosa casa se había convertido en mi hogar, un hogar donde era feliz y estaba cómoda a pesar de los inconvenientes sucedidos, y ahora me dolía tener que marcharme. Me conocía cada rincón de esa casa como la palma de mi mano, y también a las personas que en ella habitaban. Agarré la maleta con una mano, intenté mentalizarme de que nunca más volvería a esa mansión, y pasé la otra mano por la barandilla de la escalera, recorriéndola con la misma velocidad que llevaba yo al bajar los escalones. Intenté captar la esencia de lo que me rodeaba para así poder guardarlo en mi interior para siempre. Cuando llegué al final de mi trayecto, me encontré con cinco personas que habían marcado mi estancia en ese lugar. Sus expresiones eran todo un poema. Una de tristeza absoluta, otra de alegría, una más de indiferencia junto a la de euforia contenida con sonrisa disimulada y la que más me llamó la atención; la suya... de desesperación. Miraba a algún punto por encima de mi hombro que no distinguí, pero estaba claro que prefería no mirar mis ojos. Yo sabía que tenía que irme, era mi destino... Es decir, le amaba... ¿verdad? Él era guapo ¡vamos que si era guapo!, elocuente, inteligente, divertido, sensible... ¡Vamos por Dios! ¡¿A quién demonios quiero engañar?! Pero ahora no había marcha atrás. -Gracias por todo, Rebeca-dijo Aaron. Yo le dediqué una pequeña sonrisa de agradecimiento también. -Te vamos a echar mucho de menos aquí.-dijo Leila. -Mucha suerte, mi niña-dijo la abuela Evangeline, que estaba agarrada al brazo de Leila. A ambas les sonreí. -Ha sido… interesante conocerte-dijo Marian, que estaba allí para terminar de recoger sus cosas. Yo sólo pude asentir, y entonces llegó su turno, pero no parecía querer hablar. Me miró por un segundo, luego subió las escaleras y le perdí de vista. Tantos sentimientos… Todo lo vivido, se acababa aquí. Giré sobre mis talones y descubrí que quien estaba en la puerta era Alessandro, así que caminé hasta allí y él cogió la última de todas mis maletas y las llevó al coche, mientras yo me despedía de mis compañeras de trabajo. Aly me miraba, con el rostro bañado en lágrimas. La abracé fuertemente, sentí cómo ella hacía lo mismo conmigo, pero yo no lloraba. -Espero que cuando llegues a Japón, me llames todos los días, ¿vale? Quiero saber cómo le va la vida a mi mejor amiga. -Lo haré, te lo prometo. De nuevo nos abrazamos, y los brazos empezaron a temblarme. -Te quiero amiga-dijimos a la vez. Levanté el meñique, y ella entrelazó el suyo con el mío-. Siempre juntas-formulamos, y volvimos a unirnos en un emotivo abrazo. Con el corazón latiéndome a mil por hora de añoranza, me subí al coche. Todos habían salido de a casa para despedirme, pero no estaba él. Miré a la ventana, y vi sus ojos azules detrás de una cortina. Estaba llorando, estaba sufriendo, pero ya habíamos sufrido bastante por algo imposible entre los dos. Alessandro arrancó y me puso una mano en la rodilla para reconfortarme, él sería mi apoyo a partir de ahora, y tenía la certeza de que lo que estaba haciendo era difícil. Anoche me había despedido de mi madre, mis hermanos y mi tía, así que ahora sólo me quedaba sacar la mano por el cristal del coche y decir adiós mientras salíamos por las rejas de la mansión Sánchez. Pvo. Bruno El llanto desgarrador salió de mi garganta y empecé a sollozar al ver que se había ido. Pero justo en ese momento tocaron al puerta. Cuando abrí, ya un poco más sereno, descubrí a mi abuela parada allí. -Lo he visto-me dijo, yo la hice pasar. -¿Qué has visto? -El collar, lo llevaba ella. Sé que os amáis, debe de ser algo muy fuerte para que se lo hayas regalado. -Pero ahora se ha ido.-Entonces, actúa con el corazón, hijo mío.