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Te vi venir — capítulo 38
37º
Pvo. Rebe
El viaje al aeropuerto se me hizo extremadamente corto mientras observaba la Italia en la que había vivido durante toda mi vida pasar a velocidad vertiginosa ante mis ojos. No había cruzado palabra alguna con Alessandro desde que habíamos salido de esa casa, sólo las necesarias. No lo hice tampoco cuando llegamos al aeropuerto, facturamos las maletas y entramos a la sala de espera de la clase Bussiness. Aun quedaba una hora para que saliese el vuelo a Japón, así que Ales decidió enseñarme algo de Hong-Kong a través de unos folletos. Cuando empezó a enseñarme los mejores sitios para cenar, salir de fiesta, etc… Dejé de prestar atención a sus explicaciones y me centré en rebatir los pensamientos que querían acudir a mi mente.
-R, ¿qué te pasa?
-A mi no me pasa nada-contesté reaccionando ante sus palabras.
-Ya, ahora dime… ¿qué local te acabo de recomendar hace cinco segundos?
-Em…-me quedé en blanco.
-Lo que yo decía. ¿Qué te sucede? Desde que te recogí en la casa no has abierto la boca.
-Nada, ya te dije que no me pasa nada.
-Sabes que a mi puedes contarme lo que sea.
-No es nada importante.
-Presiento dos cosas. Una es que me estás mintiendo a lo grande, y la otra es que esto tiene que ver con ese amigo y no tan amigo tuyo del que me hablaste el otro día.
-¿Eres brujo o algo así?
-Soy observador, que es distinto. Necesito que me digas la verdad, no quiero empujarte a un futuro que quizás no quieras de verdad y lo cierto es que estoy muy confundido.
-Está bien… Te lo contaré. Lo cierto es que ese amigo del que te conté… No es tan amigo.
-Pero tú me dijiste que no tenías novio y…
-No lo tenía, ni lo he tenido. Lo que nos pasó fue más bien… una relación furtiva. Todo comenzó cuando fui a trabajar a la mansión Sánchez, entonces le vi y… me enamoré sin saberlo. Él es Bruno, el hermano de Aaron-no le miré, cerré los ojos y empecé a contarlo todo. A desahogarme por segunda vez en menos de una semana y hacer saber a alguien más todo lo que había vivido en ese lugar a lo largo de unos meses. Unas lágrimas silenciosas surcaron mi rostro cuando llegué a contarle lo que había ocurrido en los últimos días, y yo me las sequé con rapidez. Porque se suponía que debía dejar atrás todos los sufrimientos, pero estaba claro que no lo superaba. Cuando acabé, abrí los ojos y a través de una borrosa visión que me proporcionaban mis ojos lloros descubrí que Ales me miraba comprensivo y totalmente alucinado, no podía creerse que todo eso me hubiera pasado. El silencio se hizo entre nosotros por unos minutos.
-¿Estás segura de que lo que de verdad quieres es irte conmigo a Japón, Rebe?
-Sí, es justo lo que necesito. Quiero olvidarlo todo, y si irme a la otra punta del planeta es lo que tengo que hacer para lograrlo… Pues lo haré.
-Eso seguro que lo dices con la mente, no con el corazón. Si lo que en realidad quieres es salir de aquí y volver a la casa entonces hazlo. Yo no te detendré porque lo que quiero es que seas feliz.
-a veces me repatea que seas tan bueno y poco egoísta-repliqué. Siento haberte confundido. Sé que me has dicho que sientes cosas por mí pero… como comprenderás y después de todo lo que me ha pasado… no me veo capaz de empezar una relación.
-Seremos lo que tú quieras, ¿vale? Sin presiones.
Asentí.
-¿Amigos entonces?-le tendí la mano.
-Amigos-me dio un apretón, y aunque me dio la impresión de que sus palabras no eran del todo sinceras, pero no quería pedir más de lo que había obtenido.- ¿Me enseñarás a hablar japonés?
-Claro.
-Espero que no sea muy difícil…
"Señores pasajeros del vuelo 18756 con destino Hong-Kong, por favor, embarquen por la puerta 7C" dijo la voz de mujer por el altavoz. Nosotros nos levantamos y fuimos hacia allí. Entregamos los billetes y entonces caminamos hasta el avión con las chaquetas puestas. Me paré en la puerta, éramos los últimos en entrar. Ales estaba a mi lado y ambos le echamos un último vistazo a nuestro alrededor, luego su mirada se posó en mí, y yo observaba el sur, hacia donde sabía que estaban todas las personas que había querido en mi vida. Con los ojos cerrados, sentí cómo la suave brisa italiana azotaba con suavidad mis cabellos, calaba en mis pulmones y yo intentaba grabar en mi memoria su aroma para no olvidarlo nunca. Abrí los ojos, cogí entre mis dedos la mano de ales y juntos entramos al avión.
Un sentimiento de tristeza se instaló en mi corazón cuando me senté en los suaves asientos de cuero de primera clase. No quise sentarme en la ventana. Me puse el cinturón, recogí mis pies contra mi pecho y cerré los ojos.
Una lágrima cayó de mis ojos al pensar en que podría estar equivocada con mi decisión, pero esto era lo mejor para mi futuro, y ahora no podía echarme atrás.
Pvo. Marian
Ya se había ido. Rebeca había desaparecido de mi vida para siempre, porque según escuché, se iba para no volver más. No sabía a dónde ni cómo, sólo me interesaba que desapareciera. Desde que ella apareció en esta casa, todo iba de mal en peor, y eso no podía permitirlo. Nadie me había dicho que Bruno y ella estaban liados incluso él estando conmigo, simplemente los actos hablaban por sí solos. Ella se va, él no se despide, sino que va a encerrarse en su habitación a llorar, que es lo más probable. Me deja porque hay otra en su vida… En fin, no hay que ser una imbécil para darse cuenta.
Poco a poco me iba llevando mis pertenencias de la mansión Sánchez, tampoco quería que se deshiciera del todo de mí, a ver si en algún momento me pedía volver o algo así, pero cuando vi que ya no me quedaban más cosas que llevarme, perdí las esperanzas. Ya me daba igual. Después de haber salido bien del prostíbulo y de que la Madame aceptase el negocio que Kira le planteaba, nos fuimos y quedaron en contactarse por teléfono en unos días. Y yo en esto no pintaba nada, porque no pensaba irme a china y mucho menos volver a ejercer de prostituta.
-Señora Marian-era una de las sirvientas, Carla.
-¿Si?-le dije mientras me agachaba a recoger la caja de mis accesorios que había arriba de las escaleras.
-La buscan. Unos señores preguntan por usted en la puerta.
-Gracias, Carla.
Bajé las escaleras y me encontré con dos hombres vestidos con trajes oficiales, eran policías. Me acerqué a ellos.
-Buenas tardes agentes, ¿puedo ayudarles en algo?
-¿Es usted Marian Giovanelly?-preguntó uno de ellos.
-Sí…-contesté extrañada.
(Ambiente -> )
-Somos agentes de policía-me enseñaron sus placas-, queda usted detenida por homicidio, señorita Giovanelly-el que no hablaba se puso a mi espalda y me esposó las manos tras el cuerpo, yo no podía reaccionar ante las palabras que el policía espetaba con facilidad, como si esto sucediera todos los días-. Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que haga o diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal.
-Hace tiempo que no lo decíamos, Tomas-dijo el policía que agarraba con dureza mis manos.
-¡Pero bueno! ¿Qué es esto?-dijo Aaron, que estaba al lado de esa otra criada, Aliana.- Señores agentes, ¿sucede algo con ella?
-Sí, pasa que hace exactamente siete años, esta señorita aquí presente asesinó a un gran empresario.
-¿Cómo?-Aaron no podía dar crédito a sus oídos, y yo no podía entender cómo era que lo sabían y que ahora me llevaban a trompicones hasta el coche policía.
-Si desea declarar algo, vaya a comisaría. Allí la tendremos hasta que el juez decida qué hacer con ella.
-Aaron, no dejes que me lleven… Tú sabes que no he hecho nada-le imploré.
Pero él no contestó. Y los policías bufaron ante mis palabras, claro estaba que no se creían ninguna de mis mentiras. Me agacharon la cabeza para obligarme a entrar, me resistí, pero esos dos hombres eran más fuertes. Condujeron con rapidez, y para mi disgusto y desgracia, no tardamos en llegar a la comisaría.
-Eh chicos, ¿habéis capturado a una delincuente?-preguntó un hombre rollizo y de bigote espeso.
-Sí, esta nena es una asesina, Pért, últimamente son muy comunes, pero a esta la llevamos persiguiendo desde hace años.
-Vaya por dios, ya me contarás, ahora llévala a la celda.
-¿Celda?-reaccioné.-No, por favor, les daré lo que quieran, pero déjenme ir, por favor.
-Eso no te va a servir de nada, guapa.
Me empujaron por los pasillos, y entramos a un corredero oscuro, a ambos lados habían rejas y más rejas: eran celdas. Los hombres sacaban sus manos para intentar tocarme mientras decían alguna que otra opinión indecorosa sobre si estaba buena o no, y los policías les decían que se callasen. Me quitaron las esposas y en ese momento intenté correr, pero casi me caigo con los tacones y ellos me agarraron fácilmente y me empujaron al interior de la lúgubre estancia, cerrando estrepitosamente la puerta. Yo me acerqué a las rejas.
-No pueden dejarme aquí, ¡Yo no he matado a nadie, joder!-grité.- ¡Llamaré a mi abogado!
-No creo que un abogado te sirva de mucho en un caso de homicidio, ¿verdad Tomas?-preguntó uno al otro.
-Sí, me parece que la pena estaba en treinta años de cárcel como mínimo. Mejor estate calladita y pórtate bien guapa.
Salieron a prisas de allí y me dejaron sola. ¿Y ahora? Sentí cómo alguien cogía un mechón de mi pelo, y al darme la vuelta vi a una mujer. Su pelo era negro y rizado, parecía muy sucio, sus ojos oscuros, y me miraba con una sonrisa divertida en sus finos labios pintados con carmín rojo.
-¿En serio que no has hecho nada? Si fuese así, no estarías aquí.
-¿Y tú qué has hecho?-pregunté.
-Digamos que… maté a mi marido porque le descubrí en mi cama con una furcia. Claro, esa es la versión para menores de dieciocho años-se carcajeó.
-¿Y no quieres salir de aquí?
-¿Para qué? Fuera he perdido mi vida, ¡Ya me la suda dónde esté! Hasta creo que la cárcel va a ser mejor que el exterior.
-¡Estás loca! ¡me voy a volver loca yo si me quedo en este lugar!
-Eh monina, cálmate un poco, aquí estamos todos igual que tú-dijo una voz masculina desde la celda de al lado.
-¡Déjame en paz!-exclamé-. ¡GUARDIA!-grité varias veces, y aun con las risas de la loca que estaba conmigo allí de fondo, me escuchó y entró.
-¿Qué quieres?-era el gordo bigotudo de antes.
-Tengo que hacer una llamada.
-¿Te piensas que estás en un hotel de cinco estrellas o qué?
-No sé de asuntos policiales, pero creo que tengo derecho a hacer una llamada.
-Chica lista… Venga, vamos. Pero yo estaré delante cuando hables.
El policía me llevó esposada hasta una cabina de teléfono vieja y marqué el único número que sabía que me podía ayudar, porque a decir verdad… No tenía abogado, y necesitaba a alguien con influencias. Le pedí que viniera, y no puso objeción. Me dijo que en media hora estaría allí, pero no sentí el asombro en su voz. Algo me olía muy mal en todo este asunto. Volvió a llevarme a la celda, no intercambié una palabra con la loca esa de melena negra y esperé sentada lo más lejos posible de ella, sobre ese banco destartalado de madera a que mi visita y única esperanza llegase. El mismo guardia vino y me llevó a la sala de visitas. Me quitó las esposas, cerró la puerta transparente y me esperó fuera. Ella estaba allí, mirándose las uñas pintadas de un inmaculado rojo con desinterés.
-¡Kira! ¡Por dios! Haz algo… ¡Sácame de este maldito lugar! Llevo sólo cuarenta y cinco minutos aquí y siento que me asfixio!
Ella me miró desde su posición, sin inmutarse por mis gritos.
-No creo que haya mucho que yo pueda hacer si estás acusada de asesinato, amiga.
En ese momento, algo reaccionó en mi cabeza, y quise ahorcarla ahí mismo para que así me encerrasen con buenas razones, pero me contuve, y me arrepiento de haberlo hecho.
-Has sido tú. Tu eres la única que sabe que maté a ese tipo hace siete años-no contestó mis acusaciones, sólo se miró las puntas del cabello con aire distraído-, ¡No puedo creerlo! ¡Se supone que eres mi amiga! ¡y qué prometimos ayudarnos y guardar nuestros secretos, joder!
-Esa promesa se rompió desde que me fui a China, Marian. Para mí ya no cuenta. He visto cosas que nunca en tu vida soñarías siquiera con ver, y esas cosas me han hecho ver el mundo de forma distinta. No puedo estar dependiendo de lo que una supuesta amiga diga de mí. Como te ha pasado a ti.
- ¿Por qué? ¡Por qué ahora y no hace años!
-Yolianne se ha ganado mejor el puesto de amiga que tú misma… Y a las amigas se le hacen favores, querida.
-No te entiendo… ¿Qué coño significa eso?
-Eso significa, que si quieres que te saque de aquí, lo que vas a tener que hacer es volver al prostíbulo. Es la condición de Yolianne.
-¡Y una mierda! ¿Me ves que esté loca? ¡Porque no pienso volver a ese picadero de Putas!
Kira se encogió de hombros y me miró.
-Entonces te quedarás aquí y testiguaré en tu contra cuando te hagan el juicio. Hiciste muy mal en matar a ese hombre.
-¡Eres una Zorra! ¡No puedo creer que hayas cambiado tanto! ¡La Kira que yo conocía no hubiera hecho esto nunca!
-La Kira que conociste murió hace mucho tiempo. Murió con esa chica de dieciséis años que perdió la virginidad con un viejo borracho y bruto, murió cuando la separaron de ti y de Italia. -Se levantó y se puso la chaqueta, yo me quedé sentada en la silla, paralizada y con los brazos en la mesa, sin poder mover un músculo, sólo miraba la superficie de metal que había ante mis ojos.- Mañana me iré a China, pero con gusto volveré si decides salir de aquí e irte a trabajar en tu profesión favorita-dijo irónica-, o también puedo hacerlo para ir en tu contra. Tú decides. Sea como sea, puedes hablar con Yolianne para contactarme. Mucha suerte, Marian Giovanelly… la vas a necesitar.
Cerró la puerta, sentí cómo las ásperas manos del policía me levantaban, me guiaba y me llevaba hasta la celda, donde me desplomé en el suelo. Mi vida estaba arruinada. Sólo había un sitio al que podría ir después de este, y ese era la cárcel.
Pvo. Rebe
La llegada a Japón fue totalmente frenética. Recogimos las maletas y fuera nos esperaba una furgoneta con chófer incluido para llevarnos al ático de un edificio en medio de la ciudad. Allí era donde Ales vivía, y allí viviría yo también. Llegamos, dejamos las maletas sin deshacer, él me prestó un pijama y dormimos, pues el vuelo había sido todo un ajetreo, con alguna que otra turbulencia y estábamos muy cansados. Al día siguiente nos pusimos a deshacer maletas. Yo dormiría en una de las habitaciones, y Ales en otra, yo le agradecí el detalle. Luego me hizo un tour por los alrededores del rascacielos donde vivíamos. Y así pasaron los días.
Todo era muy bonito e interesante. Tokio era una ciudad impresionante, sí, pero yo… no era feliz. No sentía que mi corazón estuviese completo. Así llegó mi primer día en la escuela de baile. Ales se encargó de acompañarme hasta la entrada y de ahí, llegué al mostrador y me presenté. Tuve suerte, porque allí hablaban italiano unas pocas personas, entre ellas la recepcionista. Esta llamó a la directora, ella me enseñó todas las instalaciones y me dijo qué haría,. De momento sólo entraría a un ensayo del musical que tenían planeado presentar los alumnos. Entramos en un salón de actos enorme, me quedé muy asombrada porque lo que los chicos tenían hecho era muy bueno.
Consistía en una historia de amor, al principio eran totales desconocidos, luego se enamoraban pero los padres no querían que estuvieran juntos, así que los separaron. Al final se casaron y triunfó el amor. Pero las canciones y las coreografías estaban sin hacer. Me dieron unas partituras con unas pocas composiciones y para el día siguiente tenía que tener una canción para empezar a ensayarla entre todos. El trabajo era ameno, me lo pasaba muy bien, y cuando quise darme cuenta, ya llevaba una semana y media viviendo en Tokio.
Ese día había acabado los ensayos en el salón de actos, y los alumnos fueron retirándose poco a poco. Me senté en el suelo y me dispuse a quitarme las puntas.
(Ambiente -> )
Todo estaba en silencio absoluto, pero de pronto, unos acordes de guitarra se hicieron presentes, y mis dedos dejaron de desamarrar las cintas cuando se escuchó una voz. Era una voz que había intentado olvidar. Que hacía semana y media que no escuchaba, que me embriagaba con cada palabra que emitía, y me transportaba con el sentimiento que desbordaba. Mi corazón se estremeció como hacía tanto tiempo que no sentía.
Y cuando alcé mi rostro lentamente, no pude creer lo que mis ojos veían. Pensé que me estaban jugando una mala pasada, que me estaba volviendo loca o viendo visiones. Pero cuanto más se acercaba hacia mí, más cuenta me daba que no estaba mal de la cabeza, de que mi mente no estaba distorsionada, de que mi corazón latía apresurado con un aleto añorado, y de que allí estaba él.
Sus piernas enfundadas en unos vaqueros, su camiseta informal, la guitarra que llevaba mientras tocaba y cantaba, su cuello, sus labios, su rostro, sus ojos. Todo él. Me miraba desde donde estaba y casi sin pestañear, al contrario que yo, que estaba pestañeando por el cosquilleo que notaba en los ojos. No quería llorar, no quería hacerlo más, ya habían sido demasiadas lágrimas, y no sabía cómo era posible su presencia en Tokio, a millas de Roma, donde se suponía que debía estar ahora.
Dejó la guitarra de lado, y escuché cómo unas voces seguían cantando y tocando. No sabía qué estaba pasando, sólo podía verle a él, sus ojos, su mano extendida hacia mí, que cogí y me levantó. La electricidad pasó por mis dedos, pero él no me soltó, sino que se agachó. Hincó la rodilla ene l suelo, y me miró a los ojos. Esos azules, azules como el cielo. Un cielo que no tenía color desde que él no estaba en mi vida. Todo carecía de sentido cuando él me faltaba, pero yo no había querido admitirlo.
-No sé por dónde empezar-dijo él-, creo que es mejor que te diga cómo es que estoy aquí. Después de que te fuiste, mi abuela me dijo que había visto el collar que te regalé-miró mi cuello, sonrió al ver que no me lo había quitado en ningún momento-. Y me alegro de que aun lo tengas puesto. Decidí salir hacia aquí, con dos camisetas y unos vaqueros como único equipaje, porque no podía permitir que la mujer a la que amo se fuera de mi vida tan fácilmente. Porque tenía que luchar por este amor, y tú ya has luchado bastante. Cuando saliste de la casa sentí que el mundo se me venía encima, pero no me rendí. Compré el pasaje, no lo pensé dos veces y vine a buscarte. Me he pasado la semana entera intentando dar contigo. ¿Y sabes por qué hago todo esto?
>>Porque todo lo que hemos pasado no puede quedar en palabras sin sentido. Porque aunque me hayas dicho que perseguías tu sueño viniendo aquí, el mío es estar a tu lado. Te he dicho muchas cosas, sé que te diga que te amo no cambia nada, y por eso he venido a la otra punta del mundo. Para demostrarte que aparte de eso, estoy dispuesto a estar a tu lado siempre, a hacer que todos se enteren de lo que siento por ti, y para hacerte saber a ti que iría a buscarte al fin del mundo si hace falta.- Mis ojos, totalmente llorosos, ya no podían soportarlo, y una lágrima se escapó de ellos.- Ya te he fallado muchas veces, y creo que esta es mi última oportunidad.- Llevó la mano libre hasta su bolsillo, y sacó una pequeña caja negra, que sostuvo abierta entre sus dedos. Un precioso anillo resplandecía rodeado de raso negro, y yo sentía cada vez más lágrimas recorrer mi rostro-, Rebeca Torres… ¿Me concederías el honor de casarte conmigo?
No podía hablar, el nudo de mi garganta me lo impedía. En vez de eso, hice algo que había extrañado todo este tiempo. Me tiré a sus brazos y llevé mis labios a los suyos para besarle, un beso con sentimiento, tierno y con amor. Cuando me separé, él estaba asombrado.
-Claro que me caso contigo-contesté con una sonrisa, y entonces fue él el que me besó.
Nos levantamos y entonces puso el anillo en el dedo correspondiente. Pasé mis brazos por su cuello y le apreté contra mi pecho, y entonces se escucharon aplausos. Miré a mí alrededor sin soltar al que ahora era mi prometido, Y descubrí que no estábamos solos en el escenario. Había muchísimos alumnos llenando los asientos bajo el escenario, profesores en los pasillos del salón y en un lado del escenario, estaba Ales, que me miraba sonriendo y levantando los pulgares, y yo el devolví una sonrisa de agradecimiento. Miré a Bruno, él me miró. Sonreímos y pegamos nuestras frentes. Y yo no podía ser más feliz.
-No puedo creer que hayas venido a buscarme hasta Japón.
-Es que por ti yo iría al infierno si hace falta.