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Bellatrix. Simplemente, Bellatrix. — capítulo 34

1973

Gritos, llantos y risas. Las risas eran de ella. ¿Cómo no reírse si era tan divertido?

Se encontraba en el Valle de Godric, frente a lo que quedaba de una familia de Sangre Sucias. Todo iba tan perfecto… el Señor Tenebroso había comenzado a darle misiones. Primero algunas estúpidas que hasta un chico sin varita podía hacer, y luego poco a poco algunas que exigían más destreza. Aún persistía en aquellos ojos cafés un destello de burla cada vez que la veía, pero confiaba en que el tiempo lo borraría.

Hoy era su gran oportunidad. Era la primera vez en que debía torturar y asesinar para limpiar el mundo. No debía tener reparos. Era un pase libre para su imaginación. Era su oportunidad de impresionar.

Los infelices eran una bonita familia de cinco. El padre, la madre, el hermano mayor, la chica de seis años y un bebé. Claro que, a estas alturas, no todos los integrantes estaban... en buen estado.

El padre había intentado defenderse, por lo que un par de Crucios y un Avada Kedabrahabían bastado para asustarlos a todos y convencerlos de que no podían huir. Solo por diversión, Black había descuartizado al hombre frente a sus seres queridos. Había sacado el corazón y se lo había ofrecido a la esposa. Cuando esta se rehusó, la obligó a tragárselo, riendo de sus lágrimas atoradas y gritos de desesperación. A su alrededor, sus hijos se aferraban a ella acompañándola en lágrimas y llantos.

El chico, de unos ocho años, fue el siguiente. Un corte limpio en el pecho le proporcionó la abertura ideal para introducir su mano y probar qué órgano le producía más dolor. Cuando su hermanita quiso pedir que se detuviese, Black tuvo la amabilidad de hacerle caso… solo para pedirle que la remplazara. Ante la mirada horrorizada de todos, la chica obedeció a fuerza deCrucios. Introdujo su mano en el cuerpo de su hermano… y arrancó un pulmón.

Lentamente, entre ellos mismos se fueron mutilando. Sus carcajadas retumbaban por las paredes de la casa, disfrutando del espectáculo y de los llantos y súplicas. Cuando la madre se sintió incapaz de asesinar a su bebé, aún a fuerza de torturas, fue el Imperio el que logró que la mujer terminase con sus retoños. Cuando esta volvió en si y vio lo que había hecho, se volvió loca. Se puso a gritar y a maldecir, a invocar a dioses inexistentes y a suplicar por la muerte.

Ella, como buena bruja, pronunció la maldición asesina y disfrutó de cómo aquella pequeña luz torturada escapaba de los últimos ojos con vida.

Cuando regresó a la cede, se dirigió al salón en dónde siempre la aguardaba su Señor. Se había acostumbrado tanto a aquellas paredes, que hasta la Mansión Black era ya una residencia segundaria.

-Parece que tuviste éxito, Black -susurró el Señor Tenebroso en cuanto entró.

-No tuve ningún inconveniente, mi Señor -respondió al tiempo que se inclinaba frente a Él.

El silencio que siguió a su confirmación la llenó de expectación y temor. El roce de la túnica de su Señor al levantarse y caminar hacia ella llegó a sus oídos, y aguardó impacientemente mientras Él caminaba a su alrededor.

-He estado pensando sobre tu petición. Al parecer, no eres una bruja cualquiera, pero sigues sin ser suficiente.

-Por favor, mi Señor… se lo suplico… -aquellas palabras la habían llenado de esperanza y decepción.

-Silencio.

Se encogió aún más contra el suelo ante su orden cortante, aguardando un Crucioque no llegó.

-Es peligroso tener una mujer en mis filas. Más allá de la ineficiencia que ellas suelen portar y que tú has demostrado no tener, una bruja supone un riesgo para ella y para el resto de los Mortífagos.

Al escuchar esto, Black se permitió albergar una ilusión de que su Señor no la aceptaba por su seguridad.

-Tengo buenos Mortífagos, magos con real dote y experiencia. Salvo la competencia habitual, ellos no componen grandes problemas. El verdadero riesgo es la escoria que invade la Mansión. No se controlan. No piensan. Si están bajo mis órdenes, es por otros motivos y no estoy dispuesto a prescindir de ellos a costa de una simple bruja.

El Señor Tenebroso detuvo su andar y Black sintió como la desilusión y la rabia la invadía nuevamente. No era por ella, sino por el montón de magos descerebrados. No podía entender qué tenían ellos de útiles. Cerró bien su mente ante estos pensamientos y se obligó a acatar las órdenes de su Amo.

-Hay una solución, y no creo que te moleste -siguió Él, logrando la atención de la mujer- Una bruja casada cuenta con la protección de su esposo. No estarás a salvo, pero no quedarás totalmente desprotegida. Según tengo entendido, ya estás comprometida. Quiero conocer al mago.

-Mi Señor… el mago con el cual me comprometieron mis padres es apenas un crío. No deseo ir en su contra pero creo que yo sola puedo…

-No he pedido tú opinión. Son las condiciones que yo pongo y si no estás dispuesta a asumirlas, entonces no tienes qué hacer aquí.

Black se mordió la lengua. No podía entender qué tenía de especial estar casada con un mocoso ni en qué sentido esto podía protegerla, pero no estaba dispuesta a perder todo lo que había logrado por negarse a perder el apellido. Había tenido la esperanza de ingresar como Black a sus filas, pero las puertas se le cerraban con asombrosa rapidez. Además, si no lograba conseguir la Marca Tenebrosa pronto, de seguro Greyback lo haría.

-Traeré a Lestrange esta navidad, mi Señor. Le pido perdón por mi atrevimiento.

Se inclinó una vez más y se retiró. Una vez en la Mansión Black, evocó las torturas que le había aplicado hace ya tanto tiempo. Últimamente el Señor Tenebroso no la torturaba. Era una buena señal, significaba que ya no era una escoria a Sus ojos. Pero a ella no terminaba de agradarle. Le gustaba sentir el poder que Él tenía. Le gustaba doblegarse y pedir clemencia. Ella, que jamás se mostraba débil, que torturaría a cualquiera que osase llamarla frágil, había descubierto una necesidad apremiante por ser dominada.

No sentía placer alguno en el dolor, pero se sentía en paz cuando terminaban las torturas. Sí, era capaz de desconectar su mente ante el sufrimiento, dejando a su cuerpo gritar mientras ella permanecía inmune… pero jamás se abstraía si era Él quien decidía impartir castigo. No solo encontraba que se merecía cada tortura que el Señor Tenebroso considerase correspondiente, sino que también deseaba que su cuerpo y su alma recordaran a cada instante que le pertenecía a alguien más poderoso. Y también deseaba recordar que ella era lo suficientemente fuerte como para resistirlo.