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Bellatrix. Simplemente, Bellatrix. — capítulo 36

1974

-Este es el señor Rodolphus Lestrange, junto con su esposa Bellatrix -decía un hombre gordo al tiempo que los presentaba.

-Un placer, señor Lestrange -respondió el Primer Ministro, saludando al distinguido mago que tenía ante si- Señora -se dirigía a ella y le tendía la mano.

-Un placer, Ministro -respondía ella al tiempo que correspondía el saludo.

-Por favor, Bella, ve a buscarnos esos bocadillos que estuviste preparando.

-Por supuesto, cariño.

Se retiraba a la cocina mientras los hombres discutían asuntos de importancia. Una vez dentro de las cuatro paredes que tan bien conocía, corrió de un lado al otro hasta salir con una bandeja en cada mano con finos canapés.

-¿Un tentempié? -preguntaba, mientras atendía a los señores.

-Disculpa, tráeme una copa de vino blanco -le pedía un mago de pelo y barba canosa.

-Enseguida, señor.

Tenía que correr todo el tiempo. Todos le pedían favores y ella, como buen ama de casa, los atendía sin cuestionar nada. Cuando por fin la fiesta de su esposo terminó, se dedicó a limpiar el desorden que había quedado.

-Por favor Bella, necesito este traje limpio para una reunión importante mañana… y no olvides dejar todo limpio y ver que los niños duerman bien.

Ella simplemente asintió. Limpió y fregó las manchas en la alfombra y lavó todos los platos. Lavó y planchó el traje y revisó que los niños durmiesen bien, tal como se lo había pedido Rodolphus. Cocinó el desayuno que le gustaba a su esposo y cuando estuvo lista, dieron las cinco de la mañana. Era la hora de ir a despertar a Rodolphus para complacerle.

-Cariño, ya es hora de despertarte.

El hombre se despertó bostezando, y cuando la vio no dudó en tumbarla sobre la cama para satisfacer sus necesidades. Ella no sintió nada, salvo un desagradable roce. Fingió gritos cuando estimó conveniente y esperó pacientemente a que su esposo terminase, esperando no quedar embarazada nuevamente. Pero él no terminaba nunca. La penetraba más y más y no se detenía. En algún punto, comenzó a golpearle y a recriminarle lo mala esposa que era. Ella solo lloraba y pedía perdón por algún error que no sabía que había hecho.

Rodolphus se convirtió en Greyback y a su lado apareció el Señor Tenebroso.

-¿Tú? ¿Una mujer?

Volvía a escuchar nuevamente aquellas palabras de incredulidad, pero esta vez se sentía tentada a pedir perdón.

-No vales nada. Eres solo la señora Lestrange. Ni siquiera mereces llevar el apellido de un mago tan importante. Considérate afortunada de pertenecerle. Deberías estar más agradecida.

-No vales nada.

-No vales nada.

Las palabras llegaban de todas partes y ella se sentía miserable. Lloraba sin entender cual era su error, por qué no podía agradarles. Los Mortífagos la rodeaban y la señalaban, se reían de ella y no la tomaban en cuenta mientras Greyback seguía penetrándola y el Señor Tenebroso seguía despreciándola.

-Nada. No vales nada.

Todo giraba demasiado rápido, las cosas se confundían mientras cada vez se escuchaba más fuerte aquella voz…

-No vales nada. Solo eres una mujer. Nada. No vales nada. Solo eres la esposa de un mago importante. No vales nada…

Black se despertó de pronto. Se hallaba en su pieza, sobre su cama mirando el techo. Cerró lentamente los ojos y espantó la pesadilla.

No. Ella no era así. Le demostraría al mundo de que ella era mucho más que una simple esposa.

-¿Qué opinas Bella? Me gusta más este mantel, el otro es tan… sobrecargado. Se vería bonito el blanco liso si le ponemos floreros de mármol encima… podríamos poner tulipanes blancos para que hagan juego… y mira, estas servilletas son hermosas ¿Ves el bordado que tiene en los bordes? Queda genial si lo doblamos así y ponemos aquí los cubiertos de plata y…

Black bostezaba de aburrimiento entre tanta charla estúpida. Por ella, que su matrimonia sea en una capilla cualquiera y entre más rápido mejor. Quería vestir de negro y que de reglo de bodas le den un par de asquerosos muggles para torturar. Con eso estaría feliz.

Pero no, Cissy y Druella se habían confabulado y organizaban cada minúsculo detalle para que sea la boda perfecta.

-Querida, se hace tarde y aún tienes que alcanzar a cocinar la cena.

La voz de Lucius les llegó a las tres, consiguiendo que Black se enfureciese y que Cissy se apresurase a despedirse de todos y correr con cara de culpable hacia su esposo para disculparse de quién sabe qué.

-Vete al diablo Malfoy, nadie te llamó -le espetó, recibiendo una mirada ofendida del aludido antes de que la feliz pareja desapareciese.

-Se ven tan felices juntos… Tu también serás feliz Bella, tienes que confiar un poco en Rodolphus. Es un buen chico…

Black solo sacudió la cabeza. Su pesadilla volvía a acosarla. No veía futuro a su vida si tenía que actuar como la patética de Cissy. No entendía qué pasaba por la cabeza de su hermana. Desde que comenzó a juntarse con Malfoy se había vuelto débil, pero ahora era mucho más alarmante. Lo más alarmante de todo era que todos esperaban lo mismo de ella. Y ella no quería ser la esposa sumisa. Ella ni siquiera quería ser esposa. No quería que la gente la conociese por tener el mismo apellido que un hombre, que olvidasen de qué calaña estaba hecha ella. No quería que dejasen de llamarla por su apellido para imponerle uno extraño. No quería que la doblegasen. Tenía terror de verse obligada a quedarse en segundo plano, sonriendo a todos y fingiendo ser una descerebrada. Nuevamente espantó su pesadilla. No. Eso no iba a suceder.

-Mira, esta torta está hermosa, quedaría tan bien sobre esta mesa si ponemos…

Suspiró de aburrimiento. Sería un año muy duro si su madre pensaba seguir con los preparativos sin descanso.

Lejos, en Hogwarts, dos hermanos se preparaban para la tormenta. Una y otra vez, practicaban las maldiciones con la esperanza de mejorar. Rabastain había decidido seguir a su hermano y acompañarlo entre las filas del Señor Tenebroso. Ambos debían ser fuertes si querían sobrevivir.

Rodolphus, además, entrenaba movido por la esperanza de agradarle a Black. Soñaba una y otra vez con que ella le sonreía, pero el odio parecía nunca mitigarse. Aún así, la esperanza no se desvanecía y él estaba decidido a seguirla hasta el fin del mundo.