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De santos y rosarios — capítulo 2

La eucaristía parecía ser como cualquiera que hubiese visto y oficiado antes. Miró a los presentes, mientras Albus Dumbledore anunciaba el nuevo cambio y la despedida. Sus feligreses estaban poco felices, pero aceptaban que necesitaba un buen retiro. No querían verlo morir. Sonrieron, mientras Albus cantaba una de sus tantas alabanzas. Severus solo miraba con atención, mientras recogían el dinero de aquella misa. Era su turno de hacer aparición.

Mucho mejor de lo que pudo esperar. Suspiró en silencio, mientras Albus hablaba maravillas de su trabajo.

¿Tanto lo apreciaba?

— Por ende, conocerán al nuevo sacerdote de esta iglesia. Espero que lo traten con el mismo respeto que yo me gané y merezco.

No tuvo que decir nada que Albus ya no dijera. Los feligreces aplaudieron ante la mención de su nombre. Supuso que ellos eran muy alegres y que debía acostumbrarse a eso.

Se quedó en la junta parroquial. Muchas mujeres mayores querían hacerle preguntas sobre lo que planificaba hacer, de dónde venía y con qué motivos se había cambiado de residencia. No era que lo habían botado.

Solo recomendado.

— ¿Estás seguro de que podemos confiar en él, Albus?— preguntó una mujer bastante mayor, que él imaginó tenía que ser una de esas, que organizaban las eucaristías de los domingos y metían su nariz donde pudieran.

— Sí claro, Minerva. Claro que podemos confiarle algo tan importante. Es un hombre muy trabajador. Tienes que verlo.

Ya estaba en la casa parroquial. Inspiró y se retiró la sotana del cuello. Comenzaba a molestarle y con aquel calor que estaba haciendo ese día, mucho más. Si no se le necesitaba, pues para qué iba a tenerla puesta. Se abrió el saco negro hasta un poco más de la mitad y su camisa blanca, quedó al descubierto. Le daba la espalda a la puerta y a una mujer, que lo miraba con mucha atención. Golpeó la puerta de madera con su muñeca y él se dio la vuelta, casi como si esperara que alguien entrase en ese preciso momento.

— Oh, lamento molestarlo. Necesito ver al sacerdote Albus. ¿Sabe dónde puedo hallarlo?

— Amuchos kilómetros de aquí. Él ya se fue y yo soy el nuevo sacerdote de esta iglesia.

— ¡Oh no, justo cuando lo necesito más que nunca!— gimoteó y él la miró con mucha curiosidad. Alzó la mirada,para notar algo en su rostro.

— Eso que tiene junto al ojo izquierdo... ¿es un moretón? ¿acaso alguien pudo golpearla?

Trató de disimular el moretón, pero era ligeramente evidente. Bien, demasiado evidente. Inspiró y asintió con lágrimas en sus ojos. Severus parpadeó y la miró.

— El sacerdote Albus, solía ayudarme. Solía invitarme a dormir aquí, en la casa parroquial. Supongo que está bien que se lo comente. Mi marido es muy violento y yo... yo siempre huyo de él. Es capaz de matarme.