Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← De santos y rosarios · de

De santos y rosarios — capítulo 3

Severus trataba de comprender qué ocurría con la mujer, pero ella no dejaba de gritar y de contorsionarse. En un movimiento desesperado, colocó su puño sobre uno de sus muslos y ejerció presión. El dolor de su mano sobre ella, logró hacerla entrar en razón. La mujer dejó de gemir y abrió los ojos violentamente. Aquel hombre estaba allí, sosteniendo sus manos y mirándola con una expresión de ligero desasosiego. Ella simplemente, miraba el crucifijo sobre su pecho descubierto.

¿Qué había pasado?

— Señor Snape... lo siento tanto.— imploró ella por su disculpa y Severus apenas la miró. Caminó hasta su habitación y tomó su camisa y se cubrió inmediatamente con ella. La mujer suspiró, estaba algo pálida e impresionada. Bien, nunca había visto el cuerpo de un sacerdote. Sí sabía qué había bajo las sotanas, pero nunca había visto algo así. Se levantó lentamente, mientras Severus buscaba un poco de agua y la colocaba en sus manos.

— ¿Qué ocurrió? ¿Siempre hace eso cuando se queda aquí dentro?

— No. Tuve un sueño terrible y me asusté. Mi esposo va a volver muy pronto y creo que...

No continuó. Se había echado a llorar de un momento a otro y Severus no tuvo otra alternativa que colocar su mano sobre su hombro. Con una inspiración fuerte, ella trató de calmarse y alzó la cabeza para mirarlo. Lentamente pareció calmar sus ansias.

— Si él me encontrara aquí, charlando con usted... creo que él podría matarme.

Antes de que él pudiera contestarle, un estruendo se escuchó en las puertas de la iglesia. Se abrieron de golpe y un hombre entró tambaleándose y gritando a todo lo que sus pulmones daban. Con un gemido lastimero, la mujer le indicó que ese era su marido.

— ¿¡Dónde carajo está mi mujer! ¡Quiero a mi mujer!

Severus era el primero en salir.

— ¡Silencio! ¡No ve que este es un lugar sagrado y no puede hacer tal escándalo! ¡Regrésese por donde vino y no vuelva más!

— Usted cállese... ¡Sé que mi mujer está aquí! ¡Samantha... sé que estás aquí y si no sales en este preciso momento... voy a...!

— Váyase de este lugar. ¡Váyase! Ya le dije que no puede entrar en esas condiciones.

El hombre insistía. Severus había colocado su mano cerca de unos asientos de madera, impidiéndole el paso. El hombre, de edad media, de cabello castaño claro y ojos color pardo, insistía en continuar. A simple vista, era un hombre guapo. Aunque se le podía notar y no solo en el aliento, que tenía una pasión por el alcohol y meterse en problemas. Antes de que Severus perdiera la paciencia, la mujer apareció en el umbral.

— Ya basta Mathew... estoy aquí como ves y quiero que dejes a este santuario y al cura, en paz.

— Qué cura... ¡ni qué cura! Él es un imbécil, que quiere robarse a mi mujer. Incluso el viejo ese... ese infeliz anciano...

— Le ruego que se calle o la va a pasar muy mal. — Amenazó Snape y la mujer tembló violentamente.

— ¿Ah sí? Ven a callarme... y tú... ven conmigo.

Severus miró, como sostenía el brazo de la mujer con violencia. Ella soltó un gemido de dolor, mientras él la arrastraba camino a la salida. Antes de que se fueran, se había detenido y la había abofeteado con toda la fuerza que le fue capaz de desprender de sí. La mujer se cubrió la boca con las manos y se echó a llorar.

Eso había sido lo último. Severus caminó hacia él y le tocó el hombro. En cuanto se dio la vuelta, simplemente le asentó un buen puñetazo en la cara y el hombre perdió el equilibrio y cayó al suelo. Ebrio.

— ¡Señor Snape!