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Historia 57018 — capítulo 3

Han pasado un par de semanas sin recibir ningún sobrecito misterioso más. El autor tampoco ha dado señales de existencia, así que empiezo a creer que todo ha sido una broma. Pues maldita la gracia que me hace, con la ilusión que me había hecho. No es que creyera en serio que iba a encontrarme con el amor de mi vida, pero, no sé, había empezado a abrigar esperanzas de conocer a alguien interesante. Y misterioso. Y ya que estamos, inteligente, culto, gracioso…vamos, todo un príncipe azul que viniera a rescatarme de mi vida. Ya me decía mi madre de pequeña que tener la cabeza llena de pájaros no me iba a traer más que desilusiones. Odio reconocer que, por una vez, tenía razón. En estas últimas semanas había perdido el tiempo en imaginar cosas sobre él, como por ejemplo, su nombre, que había pasado desde ser un nombre sofisticado en francés tipo Gustave hasta ser uno típico de telenovela tipo Leandro Romualdo María de Todos los Santos (esto último esperaba que no se hiciera realidad, pero me habría hecho mucha gracia). Bueno, pues todas esas cosas no habían servido para nada. Hay una mínima parte de mí que aún me dice, esperanzada, que puede no ser una jugarreta. Pero domina en mí el pensamiento negativo, y así voy pasando la mañana, sumida en mis pensamientos, hasta que el profesor de literatura tiene la osadía de interrumpirlos sacándome a la pizarra a hacer no sé qué estúpido ejercicio. Levanto el borrador para limpiar lo que había antes escrito y casi se me cae de la sorpresa al ver, justo debajo de donde había estado el borrador, un sobrecito igual al primero. Con disimulo, me guardo el sobre en la amplia manga izquierda de la chaqueta que llevo puesta para leerla más tarde mientras con mi otra mano voy borrando la pizarra. Alguien se ha tenido que dar cuenta, ¿a quién se le ocurre dejar la nota ahí? ¡La podría haber cogido cualquiera! Y aún así, por muy alarmada que me encuentre y por mucho que se me haya acelerado el corazón, me doy cuenta de que en el fondo me encanta que haya tenido el desparpajo de dejarla ahí. Mientras pienso que si alguien se ha dado cuenta lo disimula muy bien y que debería empezar a preocuparme porque las cartas de un completo desconocido hagan que se me acelere el corazón, acabo el ejercicio y me vuelvo a mi asiento, a dejar pasar el tiempo hasta que no haya nadie cerca para poder leer la nota. Ese momento llega tiempo después, ya en mi casa, cuando llego y no hay nadie porque mis padres están trabajando. Me siento en mi cama para leer lo siguiente:

"Mi querida Ángela, espero que no te haya molestado lo que ha tardado esta nota en llegarte, pero me ha sido imposible escribirla antes por mucho que deseara comunicarme contigo. Supongo que te habrás estado preguntando mi nombre. Disculpa que no te lo diga, pero si lo hiciera empezarías a buscarme y nuestro pequeño juego perdería parte de su encanto, ¿no es cierto? Hablando de eso, te propongo que estas notas sean nuestro secreto, si te parece bien (estoy seguro de que sí). He deducido que las extrañas circunstancias que rodean nuestra comunicación pueden haber hecho que creas que todo ha sido una broma. Te puedo jurar que no lo es y que yo hacia ti no puedo más que ser sincero, aunque comprendo que puedas no confiar en la palabra de un desconocido. A propósito de esto, sé que estás invitada a una fiesta este fin de semana. Aunque no te apetezca mucho, acude y yo me encargaré de que este desconocido lo sea un poco menos. Se despide el que te adora."

Lo primero que se me pasa por la cabeza es que como alguien puede saber tantas cosas de mí. ¡Ha acertado en todo! Desde lo de buscarle si me dijera su nombre, hasta mis dudas sobre si es una broma. Y dice que comprende que no pueda confiar en la palabra de un desconocido, y sabe lo de la fiesta (aunque esto no es muy difícil, porque quien la da va anunciándolo a los cuatro vientos). "Acude y yo me encargaré de que este desconocido lo sea un poco menos…". Muy bien, pues si quiere jugar, jugaremos.