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Bajo llave — capítulo 3

--HHPG--** Severus abrió la puerta para nosotros y yo caminé, titubeando, con el corazón a punto de salir de mi pecho y mis pupilas dilatadas. Tanta luz, comenzaba a enceguecerme. Parpadeé con mucha fuerza y sentí el peso del cansancio, sobre mis hombros. Remus tomó mi viejo chal, amablemente y me guió hasta un viejo sillón. Me desplomé allí, como un plomo. No tenía idea de mí ni de mis pies. Los moví, para quitarme aquellos tacones que llevaba. Estaba harta de ellos y no veía el momento de deshacerme de ellos. Estiré mis pies con paciencia, tratando de regresar la circulación a su debido orden. El trauma, había sido mucho mayor de lo que yo esperaba y de pronto todo a mi alrededor giraba, me causaba mucho miedo. Incomodidad. Me llevé las manos al rostro y enseguida imaginé tantos desastres, como rombos tenía el papel tapiz. Remus colocó una mano sobre mi hombro y con una sonrisa gentil, trató de calmarme. — Necesitas de un buen baño y ropa limpia. Necesitas dormir un poco. ¿Cómo está tu salud y la del pequeño?— me indica Lupin, sin despegarle la vista a la vieja chimenea. Como si esperara ver brotar algo de allí. Trata de avivar las chispas, para generar una llama. Aunque realmente, solo siento la fría brisa de la desesperación, helar mis huesos y articulaciones. — No lo sé. Tengo tanto tiempo sin saberlo. — ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer, srta. Granger?— escucho que Snape me habla al otro lado, mientras cuelga en la percha de la entrada, su grueso saco. Se abre las mangas de la camisa y se acomoda el cuello. ¿Por qué está haciendo todo eso? Me pregunto, pero él insiste y yo vuelvo en mí misma. — Creo que un par de horas. Dos o tres, no lo sé.— mira mi gesto de curiosidad y sonríe suavemente, con la malicia característica que ya conozco. Me comenzaba a simpatizar, estar rodeada de gente, aunque fuera él quien estuviera haciéndome compañía. — Necesito una muda. Tanto trajinar y dar vueltas por culpa de su mal sentido de ubicación.— se dirige a Lupin con una sonrisa burlesca y sin despegarme la vista.  Gruesas cortinas de cabello negro, tapan la mirada que yo puedo ver desde donde estoy sentada. Remus suspira y hace un chasquido con la lengua. Se encoge de hombros y se inclina, reposando sus brazos en el reposa brazos izquierdo a mí y sonríe. — Bueno, estaba pensando que quizá Harry no sería tan obvio de encerrarse y encerrarte en esa vieja casa. Pero entonces, Severus insistió y como no te encontrábamos en otra parte, fuimos. Quizá de haber ido primero, no hubieses estado y... — Sí sí, la excusa del tonto— Severus ponía en la mesa, con una floritura de su muñeca, una enorme bandeja con sándwiches y jugo de calabaza fresco. Remus se introdujo las manos en los bolsillos y hurgó cuidadosamente, sin despegarme la vista. Luego de unos segundos, sustrajo algo brillante que captó mi atención. — Dime, Hermione... ¿esto te es familiar? Es una hermosa sortija, que brilla bajo la luz de unas cuantas tejas rotas. Recuerdo que Snape y Remus susurran, para no alterar a la madre de Black. Al verla, casi se me escapa un grito. Remus suspira y sabe que sí la reconozco. — Esta sortija de compromiso, es la que él te dio. ¿No es así? Severus ladea la cabeza y se le escapa la expresión "gran bobada". Yo asiento en silencio y la contemplo. Aquella fina y hermosa pieza, ya es ahora el mártir de mis sueños. Las pesadillas que conforman mi dormir en esa vieja casa en Privet Drive. — Esta sortija no debes utilizarla bajo ninguna circunstancia. Así es como Harry te puede rastrear y sin llevarla en tu dedo, puedes ocultarte por un tiempo. Al menos, mientras el bebé nace. Snape me está mirando con mucha curiosidad. Mi vestido está ondulado, estaba doblado de tanto tiempo que lo traía puesto. Se notaba un poco mi vientre. Dejo de mirar a Remus y lo miro a él. Parece concentrado en mi hijo. — ¿Ocurre algo, profesor Snape? — Simplemente no puedo entender a Potter. Estoy meditando todo esto. ¿Podría Potter acabar con una vida inocente, si es prácticamente el defensor de todo lo bueno que existe en el mundo? No sería capaz de asesinar ni a una mosca. — Pues parece que sí, Severus. Yo tampoco puedo entenderlo y no sabes lo afligido que me siento con todo esto. Pero creo que el que peor se debe estar sintiendo, es Sirius. Es su ahijado. Creo que... ¿Sirius? — Sí. Hace un tiempo pudimos contactarlo. Dumbledore insistía en que necesitábamos su ayuda. Por supuesto, él como retrato es incapaz de ayudarnos. Pero Sirius podría ayudarnos con Harry. Si tan solo... ¿Cuánto me había perdido del mundo? Inspiré y traté de levantarme, pero sostuve mi vientre con mucho dolor. Remus se levantó del reposa brazos y caminó hacia mí, sosteniéndome las manos frente a él y ayudándome a sentarme nuevamente. No podía estar más tiempo allí. Los ponía a todos en peligro. El profesor Snape caminó hacia mí también y acercó la bandeja y las tazas con el jugo de calabaza. Miró con un gesto desdeñoso, a su alrededor y se sacudió una de sus manos que tenía una larga telaraña. — Este no es lugar para criar un niño. Ni siquiera es un lugar habitable. Necesitaremos un pequeño trabajo primero. — Por primera vez, has dicho algo sensato. Severus. Mi corazón se hinchó de emoción al oír aquella voz suave, que se asomaba por una de las sombras dibujada en un escalón. Snape hizo un gesto desdeñoso, nuevamente y yo sentí deseos de reírme. Sonreí y mis ojos se llenaron de lágrimas. Me levanté con violencia y caminé hacia sus brazos, lo abracé en silencio. Sirius me sostuvo con la misma felicidad y me sentí tan protegida, como si estuviera abrazando al que fue el amor de mi vida. Y una vez más, ya no era nada. — ¡Sirius!— estalló Remus y yo tampoco pude creerlo. Nos miramos por unos ínfimos segundos, mientras él acomodaba un mechón de mi cabello, tras mi oreja. — Qué hermosa estás, Hermione. Remus caminó hacia nosotros y se detuvo a contemplarnos, como si fuésemos el vivo retrato de una familia muy feliz. Tengo que admitirlo, me sentí especial en cuanto me lo dijo. Snape ya no estaba en la habitación. En cuanto lo volví a ver, bajaba las escaleras de la casa y ya estaba vestido como antes. Nos miraba como un halcón, vigilante y con poca confianza. Se sentó en un viejo sofá largo, frente a mí y no nos despegaba la vista ni a mí ni a Sirius. Remus miraba por la ventana y trataba de avivar las llamas. Pronto Harry sabría, que algo había perdido. Aparte de mi amor, por supuesto. Tenía tantas preguntas que hacerle a Sirius y él, tantas que hacerme a mí. Ambos despegamos los labios y él asintió, cediéndome la palabra. — ¿Por qué, Sirius? ¿Por qué pasó todo esto? — Me temo que Harry, se toma esto muy enserio y es muy difícil detenerle. Pero tu bebé... ese pequeño que nacerá pronto... él no tiene la culpa. Ya sabía todo eso, desde mucho antes. Ya sabía esa historia. — Solo tiene la culpa de haber sido concebido bajo los brazos de alguien como Harry. Aunque me duela decirlo. En cuanto dije eso, el silencio reinó en la casa. Mi abrazo había despertado los gritos de la señora Black, pero hasta ella parecía entenderme en cuanto dije eso. No hubo más gritos, ni el ruido de una mosca siquiera.