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Bajo llave — capítulo 4
--HHPG--** Lupin colaboró con mi descanso. Estaba sobre una mullida cama, tratando de ahogar mis pensamientos en plumas. Sirius había hecho todo lo posible por organizar aquella habitación en detrimento de los pensamientos de Snape, sobre esa casa. Los tres iban a quedarse a mi lado, pensando que Harry no tardaría en arremeter en mi contra. Esperaba yo, que esas sospechas fueran pobremente infundadas. Pero no podían correr riesgos. Así había dicho Snape, mientras yo me cobijaba y me dejaba fundir en las cálidas almohadas. El bebé y yo, no solíamos quejarnos mucho. Incluso casi no dábamos prueba de nuestra existencia. Pero esa noche, él estaba intranquilo y yo no podía acoplarme a sus necesidades. Necesitaba una posición más cómoda, no dejaba de moverse. Inspiré, infundiéndome valor para los meses venideros. Tenía ocho meses y medio de embarazo. Estaba por culminar esa triste espera. Que debía ser feliz para cualquiera. Menos para mí, por supuesto. Esperaba que al menos, al nacer, pudiera ver sus pequeños ojos. Esperaba que al menos algo de el antiguo Harry, corriera por sus venas. Como la sangre. Solo eso tenía de ambos Harry. La sangre. La tristeza, la llevaba por mi cuenta. Esa noche, era cálida. El clima templado, me permitió caminar un poco. Alrededor de la casa, para serenar al pequeño. Un poco de trajín, podría traernos sueño a ambos. Mis pies se sentían gloriosos, estando bajo el suelo de otro sueño. Necesariamente, necesitaba estirar mis piernas. Remus me vigilaba con mucho cuidado, mientras yo le daba vueltas al salón. El profesor Snape estaba sentado a pocos centímetros, leyendo el profeta con calma y paciencia imperturbables. Yo suspiraba y con los pies descalzos, rondaba la cocina y las escaleras. Buscaba cansarme. Buscaba dormir sin soñar. Sin acordarme de él, ni pensar en lo que debía estar haciendo en ese preciso momento. Escuché el suave tintineo del reloj, que marcaba casi las once. Mi bebé seguía despierto y yo, a duras penas podía ver, sin sentir el agotamiento. Parecía que todos esos meses de penurias, se me venían encima, tan pronto. — Necesitas relajarte. Quizá un poco de té, calme a tu bebé— me dijo Sirius y yo asentí, caminando junto a él. Nos detuvimos en la cocina y él, ladeó la cabeza hacia Kreacher. No había dejado de murmurar "sangre sucia", desde que había llegado. Severus Snape y Sirius, solían reprenderlo cuando lo escuchaban. Por eso solo lo decía, con los labios muy apretados y los ojos fijos en mí y en mi hijo. Pero eso no me preocupaba. Estaba dispuesta a alejar todas esas palabras de mi mente. Solo por el hecho de pensar en la salud de mi pequeño y la mía por supuesto. Aunque mi cuerpo podía volverse trizas. Solo quería verlo a salvo a él. El resto no importaba mucho. Mi salud por ahora, mientras él estaba gestándose. — Ten. Un poco de limón y azúcar. No le hagas caso a Kreacher— me dijo con una sonrisa lastimera y yo asentí, silente. Ladeé mi cabeza, mientras Remus lo miraba con un gesto severo, cuando pasaba junto a ellos y se quejaba. — Ahora la sangre sucia cree que puede darme órdenes, solo porque está esperando un hijo. ¡Este lugar se llenará de sangres sucias! Si mi ama estuviera con vida, no lo habría permitido y hubiese sido la primera en echarla. — ¡Y es por eso que está muerta!—gritó Sirius a sabiendas de que su madre se despertaría. Y eso fue lo que ocurrió en los cuatro segundos que transcurrieron a ello. — ¡Imbéciles! ¡Sangres sucias que creen que pueden tenerlo todo! ¡Morirán bajo su propio peso! ¡Asquerosas alimañas! Siendo sincera, aquellas palabras golpearon mis oídos y se adentraron en mi corazón. Suspiré pesadamente y Sirius tomó ese gesto como incomodidad, bien vista y caminó hacia el cuadro de su madre con una enorme sábana negra. La arrojó allí, asegurándose de cubrirlo muy bien. Suspiró satisfecho y miró a Kreacher de reojo. El elfo le sacó le lengua y comenzó a subir las escaleras hacia el sótano. — Tu madre me recuerda mucho a alguien— lanzó Snape con voz venenosa y Sirius lo miró, mordiéndose el labio inferior. Remus alzó las manos frente a ellos, pidiendo un poco de paciencia y de paz. Yo volví a inspirar, pidiéndome lo mismo y dando mi primer sorbo a la taza de té, que ya se enfriaba por los bordes. La miré. Estaba ligeramente sentida, resquebrajada. Era victoriana y de color blanco, con motivos florales a un lado. Sirius se acomodó las pesadas botas y se inclinó junto a la chimenea, para avivar las llamas. Yo estaba detrás de él, mirándome en el viejo espejo sobre la chimenea y notando que los candelabros, no estaban tan limpios como Sirius le había ordenado a Kreacher. En cuanto Sirius se levantó, notó lo mismo que yo y suspiró en silencio. — Ya lo obligaré a que lo limpie. — No puedo entender, los planes del destino. ¿Es que acaso hemos hecho algo malo con nuestras manos, que merecemos todo esto? No me gusta lo que se está empezando a mostrar sobre las colinas y cuando sale el sol. Tengo miedo de que todo termine como nuestras peores pesadillas. Antes... Caminó hacia mí y con una sonrisa esperanzada pero vacía, sostuvo mis hombros con sus manos y me miró con tal fijeza, que parecía una enorme estatua. — No importa qué haya pasado antes, sé que esto puede mejorar. Solo necesito encontrar a Harry, hablarle. Quizá pueda convencerlo de que está tomando el mal camino y que debe considerar que tú eres. — Ni siquiera consideró que soy su mejor amiga. Que he estado junto a él por años y que justo ahora, justo en este momento, soy su esposa y esperamos un hijo. Juntos. Todo esto, Sirius. ¿Qué te hace pensar que va a escucharte? — Él conoce el pasado. Sabe que hay recuerdos de sentimientos que cree perdidos, pero que aún puede recuperar. Quizá teme eso. Recuperarlos y descubrir que ya no existen. Quizá solo está asustado. Confundido. — Conozco a Harry, quizá mucho más que tú y sé que no está ni asustado ni confundido. No viste su mirada sobre mí. Nos odia, me odia y no dudará en acabarnos. Sirius negó con la cabeza, como si tragara algo con mal sabor y volvió a mirarme con fijeza. Yo seguí allí, aunque ya ni siquiera podía sostenerme con fuerza. — Traeremos de vuelta al viejo Harry. Te lo puedo asegurar. Te lo prometo. Está mal prometer, si luego romperás tus promesas. Y sé que Sirius lo hará luego. Lo presiento. Y no se trata de tonterías de mujeres embarazadas.