← Bajo llave · de
Bajo llave — capítulo 7
--HHPG--** Dormía pacíficamente o al menos eso intentaba. Sinceramente, que Ginny me hiciera compañía era lo mejor que me había podido pasar. Aún así, no dejaba de pensar en los acontecimientos. Mi bebé estaba inquieto así que puse aquella cajita de música a funcionar y se calmó. Al igual que Ginny, quién se había quedado dormida. Me hizo mucha gracia, ver aquello. Era como ver a mi hijo. Toda una niña. Me habría gustado brindarle una hermanita. Pero Harry no estaba presto para ello y creo que no volvería a ocurrir algo como eso. Iría al rincón de las promesas sin cumplir. Esa noche, tuve sueños diversos que no pude explicar. Desperté agitadamente, ante la imagen de Harry sobre la cama, apresando mis brazos y dispuesto a acabar con nuestras vidas. Grité y Ginny despertó violentamente. Remus entró, sosteniendo una vela. — ¡Hermione!— gimoteó Ginny, yo jadeaba y trataba de entender que no era la realidad. Muchos vinieron a verme. Incluso Snape. La sra. Weasley seguía diciéndome que respirara. Que me relajara. Estaba todo bien, me comentaba. Yo solamente los miraba a todos y a cada uno de ellos. Me eché a llorar de pronto. La sra. Weasley fue quién me abrazó. — Todo está bien, cariño. Solo fue una pesadilla. Suspiré y asentí en su hombro, mientras me aferraba con fuerza. Severus y el resto, abandonó el lugar, mientras yo trataba de serenarme. Ginny se sentó a mi lado, mientras La sra. Weasley me consolaba. Me preguntó Ginny, si quería que durmiera a mi lado. No dije nada, solo asentí. Me sentía tan sola y tan cobarde. Tenía tanto miedo de que Harry lograra encontrarnos. Él solo quería destruirnos. Estaba plenamente segura de ello y temía por la vida de mi hijo. Esa noche dormimos muy poco. Ginny pasaba la mayor parte de la noche, mirándome. Cuidando mi sueño. Al amanecer, ambas nos habíamos dormido. Despertamos luego del desayuno, pero nadie quería molestarnos. En cuanto bajé las escaleras, Sirius me hizo muchas preguntas. Quería saber si me sentía mejor y me había comentado que por conocimiento de sus aliados, Harry se estaba moviendo cada vez más rápido. Me preocupó de inmediato, pero él colocó una mano sobre mi hombro y me dijo que todo estaba bien. Que nada malo iba a ocurrir. Que estaba protegida. Sonreí y asentí sin decir más nada. ¿Qué iba a decir? Por supuesto que sabía que Harry venía detrás de nosotros. En cuanto acabara con el resto, vendría en la búsqueda final. No sé cómo se nos había transmitido, pero de un momento a otro... Eramos horrcruxes en su destino. Pero todo era claro para mí. Aún entre tanta guerra, todo tenía sentido. Y por ello, no me dejaría llevar por mis peores sueños. Sabía que teníamos una guerra por delante y un enorme mal que acabar. No me iba a rendir, solo por estar embarazada. Solo por ser el hijo de Harry Potter. Yo era Hermione Granger. Hermione de Potter, para ahorrarnos las formalidades. Y pese a ser mujer, no era el sexo más débil que estaba dentro de esta habitación. Ginny caminó hacia mí con una sonrisa suave, casi imperceptible. Me preguntó si mi bebé estaba tranquilo y le contesté que lo había asustado un poco. Me pateaba de vez en cuando y ella con una inspiración lenta, me dijo que tenía la cura. Que su madre lo hacía cuando era pequeña. Sacó un pequeño libro de su bolsillo y lo desempolvó cuidadosamente. Me leería una historia. Esa tarde me quedé sentada en el alfeizar de la habitación, mientras ella leía. Un pequeño dragón y un niño, que habían entablado amistad. La historia más hermosa que jamás había escuchado. Ella leía pausadamente, mientras yo contemplaba el paisaje de aquel lugar. No sabía si mi hijo podía oírme, pero entre la suave melodía de la cajita de música y su historia, me pareció que él se relajaba. O que yo estaba relajándome con ello. Cualquiera de las dos vías me parecía perfecta. Pronto dejó de patearme o yo sentía que había dejado de hacerlo. Creo que me había dormido en el alfeizar. Ese día, tuve sueños muy hermosos. Soñaba que mi hijo era un pequeño caballero y su enorme dragón, cruzaba los cielos... felices eran. Ambos. Nadie podía decir que la vida era fácil. Incluso que saliera el sol, era un acto complicado de la naturaleza misma. Por eso, yo aún tenía mucha fe. Aunque me sumiera en la peor desesperanza jamás contada. Aún en los peores momentos de mi vida y en otras. Aún tenía fe para la fortaleza de seguir avanzando con el tiempo. De adecuarme a los momentos. Cualesquiera que tuviera que vivir. Yo podía conseguirlo por él y para él. Lo demás no me importaba. Yo ya había vivido lo suficiente. Pero no, él no había visto el mundo con sus ojos. Ni tocado el verde césped, con sus pequeñas manos. Ni visto caer, la primera hoja de otoño. Ni la primera bola de nieve en invierno. Todo estaba bien. Todo volvería a ser como antes. Yo sonreiría y él podría ser feliz. Como antes yo imaginé siempre. Nada ni nadie me detendría. Incluso mi esposo. O ex esposo. Las pesadillas solo eran un aval para seguir adelante. Mi única forma de gritarle al mundo que se tenían que acabar y que estaba viva para lograrlo. No les huiría. Simplemente las utilizaría a mi favor. Y entonces, conseguiría mi felicidad plena y máxima. Ver a mi hijo con vida. Feliz y libre. El resto podía equivocarse y extinguirse, si eso era lo que quería. Lo amaba y lo conseguiría para él. — Ven a la cama, Hermione. Es malo dormir en una mala posición— escuché que me dijeron y tocaron mi hombro. Asentí y caminé somnolienta, me dejé cobijar y sentí un cálido beso en mi frente. No supe quién era, pero eso me hizo sentir protegida nuevamente. Me hizo recordar que también estaban ellos. Para ayudarme, por si mis piernas flaqueaban y mis fuerzas disminuían ante la sombra de mi peor enemigo. O de mis enemigos. Quienes fueran, ellos estarían allí para protegerme. Por ende, no podía rendirme ante unas pobres pesadillas. No podía defraudar su confianza en mí. Creía en todo lo que teníamos y era por ello, que había que defenderlo. A toda costa. Sin importa cuánto nos costase. Éramos la orden, éramos fuertes. Nuestros enemigos lo entenderían. Incluso Harry.