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Hubo un tiempo... ¿recuerdas? — capítulo 2

Tal vez era un psicópata.

En menos de media hora, ideó una y mil formas de asesinar al tipo que ahora mismo estaba en una esquina de la Sala Común abrazando a Alice.

Fantaseó con derribarlo y sujetarle de la cabeza para estrellar ésta contra el suelo. Una y otra vez. Deseó darle un buen puñetazo en la cara. O lanzarle un Avada Kedavra, pero eso sería demasiado rápido. Patearle en la entrepierna para dejarlo imposibilitado de hacer… algunas cosas. Lo que sea, mientras fuera terriblemente doloroso.

Y él no era violento, claro que no.

Frank se caracterizaba por ser simpático, divertido. Calmado. Sobre todo calmado. También era torpe; metía la pata a menudo. Pero era calmado.

Sin embargo, ahora mismo quería ver a ese chico muerto. Al menos unos siete metros bajo tierra. O miles de kilómetros lejos de ella.

Milagrosamente, vio que al final ese rubio -cuyo nombre desconocía y tampoco le interesaba conocer- se estaba por marchar. Alice le dio un beso en la mejilla y le sonrió.

Muere, rubio, muere.

Se fue.

Su amiga se sentó a su lado en el diván y lo miró con curiosidad.

—¿Qué te pasa, Frank? Pareces enojado. —¿Quién es ése?

Alice arqueó las cejas, confusa.

—Se llama Michael. Es un viejo amigo. —¿Qué tan… amigos son?—Él vaciló, temiendo sonar muy demandante y también la respuesta que pudiera escuchar. —Frank—Ella se mordió el labio inferior, con una sonrisa plasmada en la cara—, no tienes porqué estar celoso.

Le cayó como un balde de agua fría. ¿Celoso, él?

La miró a los ojos. Su rostro redondeado, sus grandes ojos avellana, su sonrisa latente.

—No estoy celoso.—gruñó de mala gana. —Sí lo estás. —No, no lo estoy. —Claro que sí, no seas mentiro…—No llegó a terminar la frase, porque Frank la silenció con un beso. Fue un beso torpe, como lo era él. Le gustaba. La sujetó por la nuca, estrechándola con fuerza contra sí, sin darle oportunidad de apartarse.

Y en verdad, ella no quería apartarse. Nunca más.

El plan que había ideado con Michael funcionó a las mil maravillas. Frank Longbottom en verdad podía ser muy lento a veces. Había sido hora de que actuara.

Si no quedara mal, se hubiera puesto a bailar de alegría… cosa que sí hizo unos años después, cuando finalmente le propuso matrimonio.