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Hubo un tiempo... ¿recuerdas? — capítulo 3
De niña soñaba con encontrar un caballero como aquella bruja en el cuento de "La fuente de la Buena Fortuna". Y luego vivirían felices por siempre. Sonaba tan simple antes.
No encontró a un caballero de brillante armadura. Encontró a Frank, y le era suficiente.
Pero ahora había una persona a la que amaba incluso más que a él. Y era el pequeño niño que ahora tenía en los brazos, al que acababan de llamar Neville, y que aferraba su dedo índice juguetona e inocentemente. Su corazón daba saltitos de alegría con cada gesto que hacía.
Ya había acabado Hogwarts y formaba parte de la Orden del Fénix, igual que su reciente marido.
Eran tiempos peligrosos.
No obstante, cuando estaban reunidos en la habitación de esa casa sencilla, pero que constituía un hogar para la familia que acababan de formar, olvidaba que existía un Señor Oscuro amenazando con acabar con la paz reinante en el mundo mágico.
Entonces eran sólo los tres. Ella, acostada en la cama matrimonial, con su camisón de seda, abrazando al bebé de tan sólo tres meses de edad. Frank a su lado, contemplándolos con aire soñador. Se sentía realizado.
—Es igual a ti—comentó, aproximándose hasta estar a su altura, inclinándose hacia Neville—. Tiene la carita redondeada. Y tus ojos… —Y tu pelo—acotó Alice—. Apuesto a que será tan torpe como tú, y un asco en Pociones. Es hereditario, dijiste, ¿no? —Pero será talentoso. Y sino, nos hará sentir orgullosos de todas formas.
Se distrajo al ver una lechuza que se asomaba por la ventana. Fue a recibirla con un terrible presentimiento. Siempre que le mandaban cartas era para comunicarles alguna novedad, y últimamente ninguna era buena.
Alice vio que Frank empalidecía al tiempo que comenzaba a leer el pergamino que acababa de llegar.
—No puede ser—La voz le sonó estrangulada, débil—. Marlene McKinnon fue asesinada… se llevaron a toda su familia… acaban de encontrar los cuerpos…
Se miraron. Los ojos acuosos, los gestos de horror y compasión a la vez.
Frank supo lo que tenía que hacer; la conocía y sabía que quería estar a solas un momento. Tomó a Neville y dejó a su esposa en el cuarto, quien rompió a llorar desconsolada por la muerte de la que fue una de sus mejores amigas en el colegio, descargando al fin toda esa angustia acumulada desde que aquella guerra absurda empezó.
Suspiró, derrotado.