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Hubo un tiempo... ¿recuerdas? — capítulo 4

Un toque a la puerta.

Frank no tardaría en arrepentirse de no haber sido más precavido. Estaba con varita en la mano, preparado, sin más protección que esa. Lord Voldemort había sido derrotado por el niño Potter, lo sabía desde hacía unas horas. Igual que la muerte de Lily y James. Pero los Mortífagos andaban dando vueltas, buscando venganza y tratando de averiguar sobre el paradero de su Señor.

Todo pasó demasiado rápido. Debió huir con Alice, pero no era un cobarde. Había enfrentado a ese mago oscuro tres veces antes; no iba a dejarse derrotar, ahora menos que nunca.

Intentó lanzar un hechizo escudo justo cuando la puerta de su casa voló en pedazos.

Bellatrix Lestrange y Bartemius Crouch Jr, acompañados de otros dos a los que no pudo reconocer. La primera tenía un aspecto salvaje, una sonrisa diabólica. El segundo curvó sus labios en una mueca llena de frialdad. Le arrebataron la varita con rapidez.

—¡CRUCIO!

Bellatrix reía como si aquello fuera tremendamente divertido, lanzándole la Maldición Imperdonable directamente, sin titubeos.

Un dolor físico insoportable le recorrió por completo. Miles de cuchillos atravesándole el cuerpo, haciéndole retorcerse en el suelo. Gritó, gritó hasta que sintió que la garganta se le desgarraba de tanto gritar.

—¡Frank!

Cegado por el dolor, vio a Alice bajar por las escaleras, con la varita en alto. Sola. El niño estaba en su cuna, en el cuarto de arriba. Frank rezó porque los mortífagos no supieran de su existencia.

Su mujer luchó y luchó…

… y perdió.

—Hasta que no nos den información…—Barty Crouch, impasible, apuntó la varita a una ya desarmada Alice, congelada en las escaleras— sufrirán. ¡Crucio!

La joven cayó al suelo, justo a su lado. Abrió los ojos, espantada.

—¡Crucio!… ¡Crucio!

Ni siquiera oía las numerosas maldiciones. El dolor era tan malditamente insoportable; tanto, que ya ni siquiera lo sentía. Ya no gritaba. Se mordió la lengua hasta hacerla sangrar con tal de no provocar más ruido; no quería que el bebé los escuchara y comenzara a llorar, delatándose. Se retorcía en completo silencio.

Alice, frente a él, estaba en posición fetal, las manos cruzadas sobre el estómago, los ojos cerrados. Lloraba por el sufrimiento, el dolor que la atravesaba. Y gritaba. Gritaba de tal forma que le hacía doler los tímpanos y ahogaba las voces de sus torturadores clamando una y otra vez: "¡Crucio! ¡Crucio!", incrédulos todavía por la resistencia que demostraban.

Dolor, dolor.

Frank quería morir de una buena vez.

Podía soportarlo todo, pero no los gritos de Alice, ni mucho menos verla sufrir así. Quiso decirle no te preocupes, todo estará bien, como cuando estaban en el colegio, pero no consiguió emitir sonido alguno.

En vez de eso, le sonrió.

Alice le devolvió la sonrisa. Entendía lo que le quería decir.

Y Frank nunca le mintió. Así que lo más seguro era que, al final, todo saldría bien.

Lo único que le quedaba ahora era rendirse y aferrarse a esa esperanza.