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Historia 58495 — capítulo 15

Jonathan esperó en las escaleras de salida del instituto a Scarlett, las clases habían terminado hace cinco minutos pero ella aún no había salido. Tenían que hablar.

Ayer, Jonathan no había podido ir a la "cita" porque estaba alimentándose, pero eso no se lo podía decir a Scarlett, y mucho menos, que había oído unos gritos y había ido a inspeccionar el bosque con sus sentidos vampíricos.

Si le contaba eso, o lo tomaba por loco, o le creía y se alejaba de él para siempre. Scarlett no podía alejarse, Jonathan la necesitaba, tanto como necesitaba la sangre humana.

Su sangre. No, esa sangre estaba prohibida. Esa sangre era la como la futa prohibida del paraíso. Él era Adán y ella la fruta prohibida del árbol de la ciencia, del bien y del mal.

Jonathan olió a Scarlett acercarse con Hannah y su amiga. Se giró, necesitaba hablar con ella a solas. Cuando Scarlett pasó a su lado sin hacerle caso, Jonathan la cogió del brazo y la hizo girarse y mirarle a los ojos.

-Tenemos que hablar- dijo Jonathan. Se alejaron un poco del grupo de gente y se sentaron en un banco.- No pude ir a hacer el trabajo porque…- Jonathan se paró en seco, ni siquiera sabía lo que le iba a decir, había estado demasiado ocupado pensando en ella y su pelo.

  • No te inventes una escusa- dijo ella.- Quiero la verdad.

-La verdad no la podrías soportar, si te la contase, tendría que matarte.

Scarlett se quedó muda por unos segundos, luego intentó hablar pero la sonrisa de Jonathan la eclipso. Sus ojos azules parecían el mar y ella era la sirena que se sumergía en ellos y luego se perdía.

Scarlett volvió a la realidad, pero no dejó de mirar aquellos ojos azules.


Adam vio, esperando en las escaleras, a Daisy y a Hannah. Scarlett no estaba por ningún lado, pero no le dio importancia, tenía que alejarse de lo que sentía por ella. Tendrían que ser sólo amigos, como hasta ahora. Se despidió de Fred y se fue caminando hasta su coche, pero una mano le tocó el hombro e hizo que Adam se girase.

Hannah, la chica despampanante, le miraba con ojos azules como el cielo oscurecido por la ausencia del sol. Su sonrisa dejaba ver unos dientes blancos y perfectos, rodeados por unos labios ni muy finos ni muy gruesos con una capa de brillo.

-Eres Adam, ¿verdad?- Su sonrisa hizo que Adam tardase en responder. Era guapa. Muy guapa. Pero no llegaba a ser hermosa.

-Sí- dijo él-. Tú eres Hannah ¿no?

Ella volvió a sonreír. Hannah le miró a los ojos. Azules, pero un azul grisáceo difícil de percibir, pero muy bonito.

-¿Me podrías llevar a casa?- Adam se quedó en estado de shock, no pensó que ella le fuera a preguntar algo así.- Suele llevarme mi hermano, pero no le encuentro.

Hannah hizo un puchero, deseaba que él la llevara. Cualquier chica lo desearía. Era alto y con una espada cuadrada. Su pelo, del color de la madera, tenía unas cuantas mechas naturales de un tono más claro. Eso le hacía mucho más atractivo.

Adam no respondió con palabras, se dedicó a coger las llaves de su coche y abrir la puerta del copiloto para dejar entrar a aquella chica.

Hannah entró, sonriendo por la actitud de aquel chico, y se acomodó en el asiento del copiloto.


Daisy se quedó con la boca abierta cuando vio a Hannah entrar en el coche de Adam. Quién la llevaría a casa ahora. Scarlett estaba perdida por ahí con un chico que ni siquiera Daisy conocía. Hannah se había ido con Adam. Y encima el autobús, se había ido hacía un rato. Tendría que ir caminando, o llamar a su madre. Prefería ir caminado.

Bajó las escaleras y se topó con Fred. Él estaba esperando junto a su coche, al ver a la chica gótica se giró y le preguntó.

-Daisy,- empezó- ¿dónde está mi hermana?-. Daisy no quería decirle que se había ido con un extraño. Fred se cabrearía.

-Un amigo dijo que él la llevaría a casa.- Dijo Daisy, a veces, se le daba de perlas mentir.- ¿Me podrías llevar tú a casa?

La pregunta hizo que Fred se sobresaltara. Daisy, no es que fuera fea, pero no era su tipo. Fred prefería chicas altas, morenas y despampanantes, como sus tres últimas conquistas. Pero Daisy parecía un flor oscura, de esas que son valientes pero con un punto de sensibilidad. De esas que no se marchitan tan rápidamente. Era bajita, pero tenía un buen cuerpo. La ropa negra le sentaba genial y además resaltaba sus curvas, aunque fueran pocas.

La sonrisa de Daisy también era bonita, y sus ojos violetas eran grandes y muy expresivos. Abrió la puerta del copiloto, al igual que su amigo (aunque él no lo sabía), y dejó que Daisy entrara en el coche.