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Cambiemos esposas — capítulo 25

Esa noche antes de acostarse con Hermione, Snape tenía que asegurarse de que Gabrielle estuviera bien. Y sin embargo, no había pensado aún en las consecuencias de estar con Hermione. No quería pensarlo. Quería solamente hacerlo y olvidarlo. Si era que su mente se lo permitía. Bien. Con el favor del tiempo; todo se podía olvidar. Incluso algo como eso. Hermione meditaba en la cama, mientras preparaba todo para su encuentro. Le había pedido que no entrara mientras se encargaba de los preparativos. Había estado encendiendo la tina, que tenía una especie de sistema jazuzzi, y le parecía ideal para aquella noche romántica. Curiosamente, Snape se sentía más ligero cuando se encontraba en un cuerpo más joven. Si bien pensaba complacer a Hermione, creía que en su estado, era más fácil. Teniendo menos peso, menos edad... Era como una especie de versión nueva de sí mismo.  A Gabrielle quizá le habría gustado conocer esa faceta suya. Y sin embargo; prefería no comentarle que estaba en un cuerpo que tenía X cantidad de años menos. Mientras pensaba en eso, había comenzado a escribirle a Ronald. Tenía que saber cómo seguía el embarazo y qué inconvenientes había tenido. Quizá podía recetarle algunas medicinas y darle consejos. Porque conociéndolo como lo conocía, Ronald Weasley era un ignorante en ese tipo de cosas. Estando en ello, se levantó de la mesa para buscar un frasco de tinta y un par de pergaminos. Necesitaba más de uno, para escribirle algo apropiado. Apenas había puesto un pie fuera de la cocina, Hermione había entrado en ella. Buscaba vino y un par de copas. Mientras pasaba por allí, notó la carta que Ron estaba escribiendo. Preguntaba por Gabrielle. ¿Por qué? — Ronald. ¿Por qué le escribes al profesor Snape, para saber de su esposa? Eso no se lo esperaba. ¡Tenía que pensar rápido! Se mantuvo en silencio, mientras le daba la espalda. Ella sonrió suavemente y comenzó a despegar los labios. ¿Qué estaba pensando, que parecía pícara? — Quieres saber qué hacer, por si yo quedara embarazada— terminó por agregar y Snape agradeció que ella fuera inteligente. — Eh sí... algo así, Hermione. — Muy bien, cariño. Pero no tienes por qué ocultarme, que quieres tener hijos. Yo también quiero tener hijos. No es que quería hijos. Quería saber de su hijo o hija. El sexo que fuera. Mientras ella sonreía y continuaba hacia la habitación, Snape se dijo que lo mejor era firmar esa bendita carta y dejarlo todo como estaba. Ya Ron le diría qué más tenía que escribir. La envió y esperaba recibir una contestación pronta. De hecho, más de lo que creía y esperaba de las lechuzas. Tenía carácter de urgente. Esa tarde, Ron estaba medio dormido en el sofá. Gabrielle dormía, luego de un par de estudios que la habían dejado muy cansada. Estando a punto de dormirse, algo aterrizó junto a él y lo observó con una curiosa mirada. Con los ojos bien abiertos. Una lechuza negra. La conocía. Snape le escribía. En cuanto abrió la carta, se dijo que todo no podía ser peor de lo que ya resultaba. Sin bien la idea era contarle, creía que él iba a enloquecer en cuanto se lo comunicara. Paciencia. Tenía que ser paciente. Decir las cosas claramente y sin tapujos. De todas formas, cuando cambiaran, Severus Snape se encontraría desconcetardo y luego, exigiría su cabeza para usarla de caldero. "Su esposa tuvo un aborto espontáneo y estuvo muy débil. Pero ya ha mejorado y todo parece marchar muy bien. Estamos en San Mungo" La lechuza había partido con la carta, mientras Ronald ahogaba un bostezo. Snape por su parte, estaba mirando a Hermione, dentrod e la tina. Llena de jabón y llamándolo con un dedo. En realidad, Hermione era una mujer hermosa. Y lucía muy bien, dentro de aquella tina. Pensando en ello, había comenzado a desvestirse. Comenzaba a mentalizarse lo que haría y lo que no. El cuidado que debia tener de no pensar en otra persona, que no fuera en ella. Aunque eso le sonara bastante repulsivo. — Apresúrate mi amor... Estaba por entrar en el baño, cuando notó que su lechuza traía noticias. Caminó a zancadas hacia ella, resbalándose con sus propios zapatos. Abrió la carta y se acercó a la lámpara de noche de aquel hotel. La encendió y leyó rápidamente. Consciente de que Hermione esperaba por él. Pues al leer aquello, solo soltó un gran ¿Qué? y Hermione, brincó alarmada.