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Cambiemos esposas — capítulo 28
Fleur trataba de entender, qué intentaba hacer su esposo. Era su turno para el desayuno, pero él no se movía del sofá del salón. Con una sonrisa suave, ella se inclinó a un lado de él, para recordárselo. En cuanto Sirius escuchó aquello, se levantó con mucha pereza y se dijo que de todos los cambios, ese no resultaba ser el mejor. En la cocina, él casi no movía un dedo. Estaba en aprietos, a lo grande. Sirius bajo la presencia de Bill, parecía encantar a su esposa. Había recibido más regalos de lo que el orginal, le habría dado. Eso resultaba bastante bien, puesto que habían hecho un cambio en su vida. Ya no ansiaba parecerse a Gabrielle o a Hermione. Tenía en el amor de su vida, lo que estaba buscando. Aunque se preguntaba el por qué del repentino cambio de actitud. Pero eso no importaba mucho, tampoco. Quizá si se lo recordaba, se le quitaba. Tonks y Remus/Harry, no tenían tantos problemas al parecer. Nymphadora había decidido que lo mejor era hacer actividades en familia; que ambos pudieran disfrutar. Salir a pasear en un campo y montar a caballo. Nymphadora creía que esos animales resultaban hermosos y dóciles. Y bien, como Remus que tenía que ser, Harry la complacía en lo que ella pidiera. Por más tonto que fuera dicho pedido. Snape trataba de no dormirse; pero le resultaba imposible. Sentado en la cama, había estado leyendo un libro, mientras su esposa dormía. Había tenido ataques de pánico repentinos y se preguntaba cómo podía lidiar con sus nervios descontrolados. Permaneció acariciándole el vientre que ya comenzaba a notarse bajo los vestidos y túnicas holgadas. Lamentaba que el tiempo que pasaba junto a ella, su esposa solo dormía o estaba teniendo un ataque de estrés en medio. Pero bueno, ese era su oficio como su esposo. Protegerla. Se inclinó para acomodar las sábanas sobre ella y mirarla por unos minutos. En eso tenía razón. En lo que había dicho antes. No estaba preparado para ser padre, pero no tenía otra alternativa más que hacerlo. Sobrevivir. Y pues, Bill, no parecía ser un buen cocinero como tenía que aparentar. Fleur miraba los huevos ligeramente quemados y se preguntaba si su esposo se sentía bien. A lo mejor, tenía gripa y ella no se había percatado. Colocó una mano sobre su cabeza. — ¿Teg siegntes bieng mig amog? — Sólo son huevos calcinados. ¿Qué hay de malo en eso, Fleur?— dijo con jocosidad y la mujer se llevó una mano al pecho, sorprendida. ¿A dónde se había ido su querido Bill? Pero lo peor no estuvo allí, sino en la hora de la limpieza. Bill estaba dormido en el sofá, sin haberse duchado siquiera y con la ropa a medio doblar. ¿Por qué no quería hacer los quehaceres que ella y él, siempre acordaban hacer en el hogar? Tenía entonces, que tener una pequeña charla con la sra. Weasley. Quizá estaba haciendo algo mal. — Severus... ghrád. Snape despertó a mitad de la noche, con la voz de su esposa en su oído. Brincó sobresaltado y se dio la vuelta para mirarla. — Lo siento tanto...por molestarte. Tenía que decirlo y no podía esperar hasta el amanecer. Mejor era oírselo él mismo, que oírselo a Weasley. Sonrió como pocos habrían visto y muchos pagarían por ver. Se acomodó en la cama, de tal manera que ella pudiera descansar su cabeza sobre su pecho. — Eso siempre ocurre. Siempre hay tensiones que nos hacen perder el objetivo en la realidad. No tienes por qué avergonzarte, Gabrielle. — Tengo miedo de alterarte, de que pierdas la paciencia...mi mil. Difícil para ella. Fácil para personas como Potter y cia. — ¿Cómo podría perderla? Tengo que reunirla, con un hijo en camino. Asumo, no será tarea fácil. Gabrielle, mientras yo sea tu esposo... yo atenderé tus necesidades, sea esa la que sea. Y si una de ellas es ayudarte a superar crisis de histeria, pues eso haré. — Tengo mucho miedo de perder al bebé y esas náuseas terribles. Bajó una de sus manos hasta su vientre y lo acarició suavemente, mientras su esposa inspiraba ligeramente fuerte. — No deberías temerle a ello. Son respuestas biológicas muy naturales. Asintió y Severus sonrió solo por recordar que ella parecía una niña pequeña. Se aseguró de hacerle saber que él estaba allí para ayudarla, cuando comenzaba a cerrar sus ojos una vez más y suspiraba. — Te amo, Severus. — Yo también te amo, Gabrielle. Pero Fleur no tenía la suerte de recibir ese comentario antes de dormir. Parecía que Bill ya se había dormido, incluso antes de despedirse de ella para el amanecer. Estaba preocupada. Quizá tenía algún problema. Su esposo actuaba como... Como Sirius, sí.