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Cambiemos esposas — capítulo 29

Esa mañana, Ron estaba en la personificación de Snape. Estaba sentado en la cama, leyendo, mientras Gabrielle recibía la visita de Nymphadora Tonks, en casa. Con una sonrisa suave, ella le servía un poco de té y colocaba galletas en la mesa. — Recuerdo la primera vez que Severus y yo hicimos el amor— escuchó y agudizó el oído para prestar atención— Lloraba, no recuerdo por qué y él me miraba. Una mesa nos separaba. Tonks inspiró en silencio, mientras ella sonreía al recordar lo que casi podía decir, había sido en ese preciso momento. — Me miró por unos minutos, mientras yo secaba mis lágrimas. Creo, lloraba porque mi hermano y él habían discutido seriamente, por las razones de la boda. Mi hermano aseguraba que su pasado no era de fiar y que de casarme, jamás volvería a hablarme o verme. Entonces Severus, había tratado de defenderme. Dio un largo sorbo a su té y continuó. — Entonces me sonrió sarcásticamente y me dijo, que él nunca había tenido hermanos. Que costaba acostumbrarse pero que resultaba sencillo. Solo tenía que no pensar en eso. Su pasión al defenderme, me hizo sentir que estaba segura junto a él. Que el resto podía estar sobrando y aún así, yo estaría perfecta. Esa noche simplemente, decidí tomar la iniciativa. Lo poco que sabía sobre sexo, mi hermano me lo había enseñado. Era muy joven cuando perdí a mis padres. Nos besábamos como si el mundo y sus alrededores no existieran. Como si fuese nuestro último día. Ron se preguntó si Snape podía ser apasionado o si tenía que serlo. — Fue cuidadoso conmigo. Hacer el amor con Severus era algo que me gustaba. No tenía prisas y resultaba tan confortante, como un abrazo. — Qué curioso oír algo así, de alguien como Snape— dijo Nymphadora y ella sonrió. Rió, ante lo que acababa de decir. — Yo tampoco lo creí. Pero el hombre que ves bajo esas túnicas, no es el mismo. Al menos no conmigo. Lo hicimos de formas tan distintas, que yo comenzaba a conocer el mundo y de una forma que no era igual a la que mi hermano me había enseñado. La práctica había superado mis espectativas acerca del acto sexual. Ya sabía por qué no le gustaban las conversaciones de mujeres. Y era precisamente por eso. — Luego de acabar, terminé muy cansada y me dormí. No supe qué estaba haciendo él. No tenía idea de que fuera tan agotador. Dormí profundamente y de pronto, una idea me atacó. Quizá no estaba allí. Quizá me había dejado. Desperté y me encontré boca abajo en la cama. Iba a moverme, pero sentí que algo me sostenía de igual forma. Boca abajo. Nymphadora sonrió suavemente y se imaginó a Snape, de oír lo que ella le estaba relatando. ¿Moriría de vergüenza? — Me moví, para acomodarme. Apenas me moví, él se movió y volvió a abrazarme. Fuertemente. No me soltaba. Volví a dormirme, con la certeza de que él estaría allí. En cuanto volví a despertarme, me di la vuelta y descubrí que me miraba. Inspiré y le pregunté si ocurría algo. Me sonrojé al verlo negar con la cabeza. Solo me dijo una palabra. Tomó una galleta y la miró, antes de morderla distraídamente. — Me dijo que...era perfecta para él. Eso había sido lo más romántico que Nymphadora le había oído a alguien como Snape. Inspiró y asintió, mientras la mujer estaba ilusionada con su historia.  — Desde ese momento supe, que él era el hombre que amaba. Que era la persona con la que deseaba pasar el resto de mis días. Y estaba segura de que él ansiaba lo mismo. Esperaba no equivocarme, pero a lo largo de mi vida, lo esperaba a él. A un hombre como él. Sé que cada uno de ustedes no tiene una percepción correcta de mi marido. Pero si lo conocieran como yo, entenderían lo que significa. El problema era que Snape escogía con quiénes ser amable. Y ella no entraba en esa regla. Asintió, aún así y Gabrielle bajó la vista hacia su vientre. — Y mi bebé, será la prueba de ello. Sí. Snape tenía a una mujer que lo amaba incondicionalmente. Hiciera la estupidéz que hiciera, allí estaba ella. Confiando en él. — Severus es como mi ángel, aunque temo acometer un acto exagerado con mis palabras. Es eso para mí. Mi salvación en tantos temas dolorosos que he vivido a lo largo de mis días en este planeta. Sí. La historia de Gabrielle Helenn era tan trágica como la de su esposo. El uno para el otro, gracioso.