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Cambiemos esposas — capítulo 34
Luego de aquella discusión, el pasado parecía haberse quedado atrás. Gabrielle dormía a un lado. Tenía las semanas completas y estaba preparada para dar a luz en cualquier momento. Ron esperaba que no fuera esa noche, donde precisamente él, compartía cuerpo con Snape. Y él pensaba lo mismo, mientras miraba a Hermione. Estaba dormida de igual forma, hacia el otro lado de la cama. Una noche tranquila. — Mi ghrád... — Dime. ¿Qué sucede, Gabrielle? — Solo quisiera decirte que si esta noche, ocurriera el nacimiento de nuestro hijo...quiero que sepas que te amo. Y te amaré por siempre. Ron inspiró y asintió. Ella nunca había querido saber el sexo del bebé, quería que fuese una sorpresa. Se preguntó qué iba a hacer si eso ocurría. Se quedó dormido tan rápido como ese pensamiento atacó su cabeza. Esperaba que esa noche fuese tranquila, que no hubiese problemas de ese tipo. Pero se estaba quedando corto. A mitad de la noche, su esposa se giró lentamente hacia su lado. Complicado con el enorme vientre que había aumentado de tamaño desde que habían pasado las últimas semanas. — Mi ghrád...creo que tengo contracciones. Despierta, por favor... Abrió los ojos, confundido y la contempló de igual forma. ¿Había dicho algo? — Severus, mi mil...creo que tengo contracciones. Muchas de ellas, al mismo tiempo y... Miró la cama. Su "esposa" había roto fuentes y estaba en trabajo de parto. Apartó las sábanas de su cuerpo y se paró en medio de la habitación. ¿Qué carajos iba a hacer? Tenía que avisarle a Snape y cambiar a tiempo. Supuso que no querría perderse el nacimiento de su hijo. Corrió hasta el salón, saltando todos los obstáculos y Gabrielle lo miró con sorpresa. ¿Qué estaba haciendo? Con su varita conjuró su patronus, el más grande que pudo. Con un mensaje, por supuesto. Que Snape debía recibir de inmediato. Y mientras Severus trataba de dormir, escuchó un fuerte golpe en el salón. Agradeció que Hermione tuviera el sueño pesado. Caminó iluminándose con la varita y miró al enorme perro. Algo tenía que estar sucediendo con su esposa y esperaba no fuera lo que estaba imaginando. Ron trataba de no ponerse el saco al revés y Gabrielle ya había reunido su baúl con toda la ropa y objetos que iba a necesitar para ese día que tanto había esperado. No dejaba de llorar y se quejaba de vez en cuando. Pero era una mujer como nunca había visto antes. No se quejaba por nada. A no ser, claro, que le doliese lo suficiente como para hacerlo. — Estoy lista, mi ghrád. "Encuéntrenos en San Mungo" Severus brincaba en el salón, tratando de colocarse los zapatos y el resto de las prendas, al mismo tiempo. Estaba tan ocupado que no pensaba ni en la magia. San Mungo. San Mungo...¡bendito! Gabrielle quería la compañía de su esposo, pero los medimagos no permitían su paso en una sala como esa. Tenía que quedarse afuera y esperar. Ella sonreía, mientras él se quedaba de pie y la miraba ir en una camilla. Mientras estaba parado mirándola, alguien se había detenido tras él. Jadeaba y tratando de respirar. Ron no se dio la vuelta. — Vaya que es rápido, profesor Snape. — No se haga el gracioso y busquemos un lugar donde deshacer este condenado hechizo, de una buena vez. Ron asintió y caminaron tras un pasillo oscuro. Con un "finite incantatem", todo había terminado tan pronto comenzado y Snape corría fuera del pasillo, mientras Ron se quedaba parado allí. — Después dicen que yo soy el atolondrado. Severus permaneció de pie junto a la sala. No sabía cómo se sentía. No había estado allí y comenzaba a desesperarse gradualmente. Su esposa podía estar mal, bien, podía no estar en nada y él no lo sabía. En cuanto Ron estuvo detrás de él, tuvo que preguntárselo. — ¿Cómo estaba su tensión? ¿Se sentía bien? — Estaba perfecta. Luego de la pelea con su hermano, no ha tenido malestar alguno. Creo que tengo que dejarlo solo. Si Hermione despertara y descubriera que no estoy a su lado. — Lo dudo. Tiene el sueño más pesado que jamás he visto. Ron desapareció ante sus ojos y él ladeó la cabeza hacia la puerta. Estaba abierta y un hombre se acercaba a él. — ¿El señor Snape? — Sí. — Puede pasar a ver a su esposa. Ha dado a luz a una niña. Caminó lentamente, no sabía qué esperar. Se detuvo junto a la cama. Allí estaba ella, sonriéndole a una pequeña bebé, que sostenía entre sus brazos. Acariciaba su nariz con sus dedos y le hablaba en voz baja. Su esposa alzó la cabeza y lo miró con una sonrisa. — Papá ya está aquí, pequeña. ¡Mi pequeña! Severus se sentó a un lado y contempló a Gabrielle, mientras mimaba a una pequeña bebé que tenía un muy familiar aspecto. Sus ojos parecían ser oscuros como los suyos y algunos mechones rubios, en su coronilla. — ¿¡Y cómo voy a llamarte, mi pequeña grhád!? Oh...¡aú no lo sé!