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Cambiemos esposas — capítulo 35
La reunión en casa de la familia Snape; no se hizo esperar. La mayoría de las mujeres y sus respectivos esposos, habían ido de visita para contemplar a la pequeña. Que Snape seguía sin saber cómo llamar. Ahora era como Neville; que tenía dos hijos pequeños. — Es hermosa, Gabrielle— dijo Hermione, sosteniéndola entre sus brazos. Mientras Severus y Ron no miraban, ella se inclinó hacia la madre— le diré a Ron, que quiero terminar embarazada. ¡Cómo me gustaría tener una bebita así! Ginny miró sobre el hombro de Harry. Sus problemas no se resolvían del todo, pero Molly había decidido que ambos hicieran terapia de pareja. Remus se había ofrecido a ir también, con Tonks. Para cooperar con lo que había arruinado ya. Le había costado convencerla de que eso era una buena idea. Y así Tonks asintió a ir con ellos. — Es tan linda— declaró la menor de los Weasley— sus ojitos son como los tuyos, Gabrielle. — ¡No tenemos idea de cómo llamarla! No aún. ¿Les gustaría algún nombre? Severus y yo nos hemos quedado sin ideas. Queremos algo especial, como ella. Snape se llevó una mano a la sien y meditó. Ella quería algo especial. Él solo había tratado de convencerla de que utilizara alguna de sus sugerencias. Pero Gabrielle estaba decidida a encontrar algo especial. Algo que Snape no podía complacer y por ende, le resultaba desesperante. Respiró pesadamente y miró a Fleur, quién hablaba con Bill sobre sus hijos y cómo terminarían resultando. Quizá rubios o semi licántropos. Si recordaba que lo había arañado, mordido o lo que fuera, uno de ellos. Sonrió al pensar en los hijos de Lupin y Gabrielle atrajo su atención, con una de sus manos. Con la otra, sostenía a la pequeña. — Mi ghrád ¿podrías traerme un poco de té? Tengo mucha sed. Él tomaba agua cuando tenía sed. No discutió y caminó hasta la cocina. Ron estaba allí, mirando el largo pasillo hacia el salón y pensando dentro. — Tuve que discutir con su hermano. Lo eché de este lugar, la había hecho llorar. No dejó de llorar hasta muy entrada la noche y creí que era lo mejor. No sé si usted desea reanudar la relación con él y pese a que mi opinión no le interese, ya pienso que es suficiente y que debería dejarlo así. Que no debería volver a hablar sobre ella con él. Y mucho menos acerca de su hija. Pero ya estaba pensando en ello. Sonrió suavemente y un poco de ironía, se cruzó con su rostro y con su boca. Asintió por unos instantes y luego con un suspiro suave, se preguntó si su hermano tenía un motivo más "concreto" para odiarlo y si tenía que conocerlo. Quizá si le daba una visita, podían aclarar sus diferencias. Fuesen las que fuesen. Seguramente era obra de una estupidez. Y Gabrielle pensaba lo mismo, mientras la habían dejado sola para descansar y dormir a la pequeña. — Severus, mi hermano. Él y yo tuvimos una pelea. ¿Recuerdas? Lo echaste de la casa. ¿Tenemos que hablarle de la bebé? Pues, primero su visita y luego el resto. No tenía problema con ello. Respiró hondamente y negó con la cabeza. Primero lo primero. — Déjame tener una serie de palabras con él y luego, veré si es correcto hablarle de ella. No te preocupes, Gabrielle, resolveremos nuestras diferencias. Ella pareció insegura al respecto. Bajó la vista hacia la pequeña que amamantaba y suspiró. — ¿No vas a golpearlo, cierto? No quiero que continúen peleándose de esa forma. Me preocupa. No tanto él. Sobretodo, me preocupas tú mi mil. No quiero que te lastime. ¿Y cómo? Podía atarlo, usando una mano. Bueno, gracias a la magia también. Asintió mientras ella le pedía que se acercara con su mirada. Se inclinó hasta estar a un palmo de su rostro. Sintió su mano alrededor de el y luego, como sus labios rozaban los suyos. Suavemente. — Lo eres todo para mí, Severus. My ghrád. Y ahora, ella lo es todo para mí también. Tenía que encontrar un buen nombre o "ella", terminaría siendo eso de por vida. La miró mientras ahogaba un bostezo y se separaba del pezón, con una rabieta. Gabrielle rió, cobijándola entre sus brazos y un par de mantas. — Algunas estamos muy cansadas, sí. Severus estiró sus brazos para poder devolverla a la cuna. Una vez allí, miró en dirección a su esposa. Estaba recostada, sonreía mirando a la cuna. —Y yo no me moriré y te dejaré sola. no. Yo estaré en todos los días de tu vida. Sabía que hablaba de sus padres fallecidos. Asintió con una sonrisa y allí la dejó. Mientras ambas dormían. Tenía cosas que resolver. Y si fallaba, su "familia", estaba allí para ayudarla. Hablaba de Potter y compañía.