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¡Auxilio, que alguien haga algo con Rosie! No la aguanto — capítulo 3

Ella caminaba alrededor de la casa de su abuela, mientras Ron trataba de explicarle lo que estaba sucediendo. Era una niña algo revoltosa y necesitaban un poco de paz, de descanso. Con una sonrisa suave, Molly indicaba que así habían sido ellos de pequeños. Que si podía con siete hijos; podría con una pequeña como ella. Aunque Ron le indicaba que no sabía de lo que estaba hablando. Pero así era su madre. Benevolente y cariñosa. Esperaba que Rose no la cambaira a regañona y cascarrabia. Con Una sonrisa suave, ella miraba a Rose que estaba hablando con su abuelo. O bueno, todo lo que él le podía entender. De resto nada más que balbuceos y uno que otro chillido. Pero de todas formas, era una dulzura tenerla en casa. Sin nada más que decir, Ron la dejó allí. Ella casi ni se dio cuenta de que su padre se iba con su madre. Hermione suspiró y se preguntó si podría pasar las vacaciones de verano con sus abuelos mientras que ellos; estaban ocupados en pasar un tiempo de caridad juntos. Fuera lo que fuera que iban a hacer. — Entonces, la pequeña Rosie se ha estado comportando mal— dijo Molly Weasley con una sonrisa y Rose sonrió también. — ¡Abuela! Abuela... — ¿Cómo una niña dulce como tú, que dice abuela ya y es tan inteligente, puede ser tan revoltosa? A mí me pareces tan adorable. Arthur se levantó de su asiento y caminó hacia la pequeña, para tomarle la mano y guiarla hasta el patio. Iba a enseñarle las reliquias de la familia. Artefactos muggles que había reunido y que siempre pulía por las mañanas. La dejó a un lado de él, mientras le hablaba de todos los usos que según él, tenían y cómo habían sido recolectados y comprobados minuciosamente. Mientras hablaba, había algo muy brillante que captaba la atención de Rose. Tomarlo o no, no era el dilema. Sino el cómo. Se subió a un pequeño taburete que "soportaba" su peso y trató de alcanzarlo. Contenía lo que parecían ser monedas pequeñas. Una alcancía transparente, muy bonita. — Y entonces yo... Pero un poderoso estruendo se escuchó y luego, una especie de chillido. Miró a su alrededor y notó que todo estaba roto a su paso y las monedas. Las monedas en su boca. — ¡No, Rosie! Te puedes ahogar... Pero ya era muy tarde. Ella las degustaba, felizmente. Y bien, se irían a su estómago, felizmente también.