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¡Auxilio, que alguien haga algo con Rosie! No la aguanto — capítulo 4

Hermione no había terminado de sentarse en la silla de playa, en las vacaciones, cuando escuchaba la angustiosa voz de la señora Weasley, en una carta. Un vociferador había arrivado, temprano en la mañana y traía malas noticias. Aparte de haberse caído y herido; Rose había ingerido monedas de una alcancía que su abuelo mantenía como un tesoro. Pero ya el daño estaba hecho y Rosie estaba en el hospital. Llorando, clamando por sus padres. Y tanto Ron como Hermione, tenían que aplazar sus vacaciones para ir a verla. Menuda la suerte que tenían. Pero así era su hija. Al entrar en San Mungo, los gritos de su hija podían oírse. Parecía no dejarse intervenir por medimagos, quienes la apuntaban con sus varitas. La señora Weasley intentaba razonar con ella, pero era imposible. El señor Weasley también lo intentaba. Nada resultaba. Al ver a sus padres, al menos los gritos se detuvieron. La pequeña; miraba a sus padres con un gesto de miedo. Hermione negaba en silencio, mientras se sentaba a su lado. Lo mismo había hecho Ron. ¿Qué iban a hacer con una niña tan tremenda como ella? Comenzaba a resultar desesperante; que no pudieran imponerle diciplina alguna. — Mamá, mamá, mamá... — Ya. Ya... no se puede hacer más. Te comiste las monedas y ahora tenemos que sacarlas. — O las desecha de forma natural o se las sacamos— dijo un medimago y Hermione se preguntó cuál era la mejor forma. En silencio, Ron sostuvo su mano y la pequeña Rose dejó de llorar. Lo miró, mientras los medimagos preparaban sus varitas y con una inspiración muy profunda, se preparaban para hacer su trabajo. Agradecía ella; que la magia les permitía hacer las cosas más fáciles. De pronto, Rose había empezado a escupir las monedas. Una por una. El señor Weasley las miraba, mientras ella solamente las escupía. Un par de ellas, de hecho. Su colección se había ido hasta su estómago. Rose respiraba agitadamente, del susto. Pero al menos, todo ya había terminado. — A ver si cuidas lo que te comes— le dijo Hermione y la pequeña Rose, soltó un quejido suave. Le dolía la garganta. Ron la levantó de la cama, mientras la sra. Weasley sonreía y trataba de captar lo que había sucedido. Hermione supuso que no tendrían más vacaciones. ¿Y cómo? Rose era su responsabilidad. No podía solo dejársela. Aunque Ronald creyera que era una buena idea. Con una sonrisa, su suegra insistía en cuidar a la pequeñita. Rose trataba de jugar con el cabello de Hermione, mientras Ron la sostenía entre sus brazos. Nunca se rendía. Parecía que nunca se cansaba, incluso. Todo para ella era divertido. Todo representaba diversión. Todo para ella, tenía un gracioso color. Un gusto y un olor agradable. Y todo se lo iba a llevar a la boca. De poder hacerlo, por supuesto. Y ni hablar de los animales. Como el gato de Hermione; al que adoraba corretear y pisar su cola. El pobre ya estaba traumado al verla. Era toda una cajita de sorpresas, en un cuerpo de niña de cuatro años. Supuso ella, que así eran los niños en esa época. Vivaces. Felices y tremendos. Unos verdaderos dolores de cabeza ambulantes y sin ingual. Así no fue ella. Al menos no se recordaba de esa forma.