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¡Auxilio, que alguien haga algo con Rosie! No la aguanto — capítulo 5

Ron trataba de mantener a Rose, tranquila y sin gritar. Pero ella felizmente, se subía al sofá para gritar cosas inentendibles. — Mamá, papá... omia mia ¡OMIA! Eso sí lo comprendía. Siempre que deseaba comida, ella gritaba esas palabras por toda la casa. Mientras la miraba ir y venir, Hermione trataba de leer un pesado libro. Quería continuar sus estudios. Ejercer una profesión nueva. Quizá, enseñar en Hogwarts. Intentaba leer; pero Rose le pasaba las páginas sin que se lo pidiera. La contempló, mientras ella reía divertida. Inspiró y se preparó para dedicarse al desayuno de su hija. Eso la mantendría ocupada, si no era que regaba la comida por los suelos. Pero Ron se levantó del sofá en donde estaba sentado y decidió que él cocinaría, mientras Hermione leía para sus estudios. Al menos la dejaría en paz por un rato. Pero, mientras cocinaba, no vio signos de Rose por ninguna parte. Con una sonrisa suave, se preguntó si estaba metida en una de sus aventuras; en el patio trasero. Seguramente llegaría picada por hormigas, por una araña o peor aún. Por una serpiente. Mientras cocinaba, miró por la ventana que estaba sobre el fregadero de aquella cocina. Podía ver el patio y algunos árboles pequeños, que ellos habían sembrado. Rose tenía la manía de perderse, así que le habían reducido el espacio. Estando allí, notó que Rose estaba sentada en el suelo. No se veía lo que estaba haciendo; porque estaba en un rango poco visible. Colocó la mesa y se encaminó a decírselo a su hija. Debía estar impaciente por comer. Y eso constató, cuando la miró en el suelo. Tenía las manos marrones y la boca igual. Estaba... ¿Comiendo tierra? — ¡Rose!—le reclamó, caminando hacia ella. A su hija; le parecía divertido y quería continuar haciéndolo. ¿Es que no comprendía que no todo se comía? Inspiró y la llevó al fregadero. Luego de desayunar, notó que Rose se retorcía. Le dolía el estómago. — Ahora te tendré que llevar al hospital nuevamente— dijo Hermione, en la mesa y la pequeña se había echado a llorar. Todo menos eso. En realidad. Iba a cualquier parte; menos al hospital. Porque en realidad, le temía a los doctores que la habían estado tratando. Y escupir monedas, no había sido nada agradable. Pero tenía que ir. Había comido tierra. Podría pasarle cualquier cosa y lo mejor era serciorarse de que todo estaba bien y no tenía enfermedades. O peor aún. Bacterias. Y se quedó en cama. Enferma y con el estómago hecho un caos.