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Historia 59813 — capítulo 3
Como siempre que discutían (una media de una vez por semana), Draco tuvo que dormir en la habitación de invitados.
Se había pasado el día encerrado en el despacho en el que normalmente solía realizar su trabajo, aunque no tenía nada que hacer, pero mejor que aguantar a Astoria...
Al pricipio, cuando llevaban tan sólo un mes casados, todo iba bien, no es que se amasen, pero al menos se toleraban y mantenían relaciones sexuales, nada más. Pero dormían juntos, comían juntos, se contaban cosas, charlaban...
Después llegaron sus amigas, y Astoria se volvió más estupida que antes, (que aunque pereciese mentira era imposible) esas mujeres siempre estaban en medio de su relación y siempre que podían pinchaban a Draco, para que saltase y si mujer se enfadase con él por dirigirme así a ellas.
El rubio, por otra parte, había perdido a la mayoría de sus amigos, tan sólo quedaba de ven en cuando con compañeros de trabajo, nada más.
Jamás se hubiese imaginado sentirse tan sumamente solo y desamparado. Sentía que no le importaba a nadie, que si la Tierra se lo tragase ninguno de sus seres queridos se preocuparía por ir a buscarle, bueno tal vez su madre, pero nadie más. Ella había sido su confidente, su mejor amiga, la persona que estaría con él desde el principio hasta el final, la única que lo comprendía y lo aceptaba tal y como era, bueno, ella y Clara...
A su mente acudieron un montón de imágenes de la bella chica que le había robado el corazón. Era muggle, sí, pero había algo en ella, algo que no le daba asco, algo que le atraía hacia ella como un imán, con una fuerza inmesurable.
La amaba a su cuerpo y a su interior. Era la única mujer en el mundo capaz de hacer sonreir como un idiota a Draco Malfoy, y eso era un gran logro... y el objetivo de muchas brujas solteras e ilusas.
Eran las cuatro de la madrugada y todavía no se había podido dormir, cuando escuchó en el piso de arriba caer montones y montones de cosas con fuerza al suelo, justo debajo de su habitación.
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-¡Es un maldito cabrón!- gritaba Astoria, tirando por el suelo de la habitación todo lo que encontraba, fuese suyo o de Draco.
-Te lo dijimos, cariño, no podías tratar así a tu marido, a tus antiguos amantes sí pero a él...- Sabinna, una de las amigas de Astoria, había ido a su casa por la tarde, al recibir una lechuza desesperada de su amiga, pidiéndole que fuese a su casa.
-¡Já! ¿y tú que sabrás?- Cuando Astoria se enfadaba, lo hacía con todo el mundo, ya fuesen amigos o enemigos, pero claro, Sabinna estaba acostumbrada a ello y no se inmutó.
-Hombre, llevo casada tres años y he discutido una quinta parte con mi marido que tú con el tuyo en dos...- La chica era la única del grupo que había llegado virgen al matrimonio, y se había casado con su novio de toda la vida, y no con ningún desconocido que le hubiesen impuesto sus padres, al fin y al cabo ella no era de la alta sociedad, tan sólo se quedaba en una disimulada clase media...
-Sí, pero tú decidiste casarte con él, yo no.
-¿Y qué me dices de Martha, o de Jessica?- a ellas también les han impuesto sus matrimonios y son felices, cari, tu siempre eres demasiado impulsiva y el pobre Draco tiene más paciencia que un santo contigo.- Astoria no soportaba que le dijesen sus defectos y mucho menos que le diesen la razón a alguien que no fuese ella.
-¡Es un puto cerdo! se ha acostado con otra mujer...
-Sí, y tú durante el primer año de matrimonio le pusiste los cuernos con Matt... ¿Cuál es la diferencia?
-¡¡¡¡Arrrg!!!!- la mujer de Draco, desesperada, tiró al suelo un montón de frasquitos de caro perfume.
Y así siguió unas horas más, hasta que finalmente, fuera dequicio, su marido, subió a pararle los pies.