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En el andén. — capítulo 20
Nada
La mujer no lo entendió y se sentó en su mesa con los brazos cruzados, sus ojos, oscuros tras las gafas cuadradas, escrutaron con atención la cabizbaja figura de Rose Weasley y la joven Gryffindor repitió su petición con el mismo tono entrecortado.
-Sólo serán unas horas, lo prometo-Musitó, con la esperanza de que la directora de Hogwarts no accediese.
McGonagall resopló, recordando la reciente visita de Hermione Granger, y lo distraída y turbada que parecía su hija desde entonces.
-Esto es altamente inusual, señorita Weasley-Apuntó la mujer, mirando con severa fijeza los acuosos ojos de la chica-, y va contra las normas, ¿Tiene alguna relación con la reciente visita de su madre?
Rose asintió, sin encontrar otro argumente mejor, aquel día, McGonagall la había consolado sin hacer preguntas, hasta que logró sosegarse y la directora la echó de su despacho como si nada hubiese pasado.
Rose alzó la vista, hasta entonces clavada en la colección de plumas que se exhibía sobre el escritorio de la directora. Había tomado una dolorosa decisión, una determinación que le robaba el sueño y las ganas de seguir adelante, pero que ya no podía retrasar. Pensó que la respetable mujer podría ayudarla como había hecho aquella tarde, pues tenía que verle una vez más.
-Sé que no está permitido señora, pero debo ver a alguien, acompáñeme si lo desea, pero tengo que ir-Suplicó, con un hilo de voz contenido.
McGonagall temió verla llorar de nuevo, incómoda al no saber cómo impedirlo, la joven Rose Weasley, alumna ejemplar, jamás había dado tales muestras de desequilibrio.
-Señorita Weasley-Intervino la mujer-, si me dice cuál es el problema, tal vez encuentre el modo de ayudarla.
La chica negó con la cabeza, sólo necesitaba el permiso y terminar con todo, si acaso se atrevía, Rose se sentía incómoda, utilizada, se sentía sucia de un modo en que jamás se había sentido, pedir explicaciones la asustaba tanto como ver a Draco de nuevo, aunque eso fuese lo que en realidad quería, como si él fuese a negarlo todo, una mentira más, un engaño, sólo eso, y podría volver a sus brazos sin remordimiento alguno.
Creerle a él era más cómodo, menos doloroso, desear que su madre la engañase no era más que un daño colateral, inevitable en cualquier caso. Pero la comprensión de McGonagall, imposible de conseguir, o el precioso tiempo que estaba perdiendo, era lo que menos necesitaba en realidad.
-Sólo déjeme ir a verle, regresaré antes de la cena-Insistió la chica, agachando de nuevo la cabeza-, nadie notará que falto, se lo prometo.
McGonagall golpeó con brusquedad la mesa y Rose dio un respingo sobresaltado, mientras más lágrimas acudían a sus ojos y se sentía traicionada por la única persona que jamás debería herirla de tal modo: su madre.
-¿A quién tiene tanta prisa por ver? Si puede saberse, señorita Weasley-Inquirió, alejándola de tan peligrosos pensamientos.
La miró y la posibilidad de mentir la distrajo un momento, los entrecerrados ojos de la mujer la atravesaron y Rose despegó los labios al fin.
-A Draco Malfoy-Confesó, con cierto resquemor al pronunciar su nombre en voz alta-, es por un asunto privado, pero muy urgente en realidad.
La mujer no era capaz de seguir el hilo de aquella conversación, y una extraña sensación se apoderó de ella cuando un vago pensamiento atravesó su mente.
-Si es tan importante, envíe una lechuza al señor Malfoy para que acuda a Hogwarts, les permitiré hablar entonces-Indicó la mujer, tajante.
Rose negó con la cabeza, insistente, sin apartar la vista de la mujer, una Gryffindor como ella.
-No puedo, señora, Dr… el señor Malfoy, no puede venir aquí. Sé que está preocupada por mi rendimiento, señora, que llevo distraída unos días, pero sólo necesito hablar con él para volver a ser la de antes, sólo tengo que resolver algo pendiente.
Era ingenua si pensaba que todo se iba a arreglar, pero necesitaba creer que sí, necesitaba aferrarse a la última de sus esperanzas con tal de no derrumbarse allí mismo, para evitar desplomarse sobre su cama y llorar hasta consumirse, sin siquiera saber si todo era verdad.
McGonagall miró a través del amplio ventanal, dejando vagar la vista por los concurridos terrenos de la escuela, hizo un esfuerzo por comprender, tratando de entender que tenía que ver Draco Malfoy con la joven Weasley, o a que se debían tantas lágrimas, la miró una vez, preocupada y se encogió de hombros de un modo casi simpático, tal como Dumbledore habría hecho.
-Debo comprobar unos asuntos con Filch, señorita Weasley, así que creo que esta reunión se termina aquí-Murmuró, caminando hacia la puerta-, los polvos Flu están en la repisa, ni se le ocurra tocarlos-Comentó con intención-, no creo que vuelva a estar libre hasta antes de la cena.
La pelirroja parpadeó con fastidio y McGonagall le lanzó una última mirada cómplice, antes de salir de su propio despacho con la misma incertidumbre que había provocado la visita de Rose.
-0-
Llovía, y las gotas de lluvia chocaban contra el firme cristal de la balconada exterior, frías y fuertes, resbalaban por la transparente superficie, formando irregulares líneas y una desconcertante melodía, acompañada por el ulular de un viento helado que agitaba los árboles del jardín, amenazando con derribarlos.
El cielo era gris, como sus ojos, y parecía de noche fuera de la mansión, mientras Draco, frente a la ventana, se limitaba a observar en silencio, el desalentador paisaje, ofuscado por el denso ambiente que se respiraba en su inmenso y descorazonado hogar.
Una inmensa pila de papeles le aguardaba sobre el escritorio, prometiendo horas de infructuoso trabajo que ya había desaprovechado, no era capaz de concentrarse, y su acalorada mente sólo era capaz de pensar en una cosa.
La visita de Hermione Granger y sus preocupantes consecuencias le habían robado el sueño, ella le había creído, había sido lo suficiente convincente, pero eso no tenía valor alguno, él mismo tenía la culpa de ello.
Draco recostó la cabeza contra el frío cristal, abatido, dejó que un escalofrío recorriese su espina dorsal, agobiado por el repiqueteo de las gotas contra el cristal y el ardiente crepitar de la chimenea que había producido un sudor frío y asfixiante.
Llevaba días encerrado en la biblioteca, voluntariamente confinado entre aquellas cuatro paredes que empezaba a aborrecer, evitaba a Astoria y sólo salía de casa para visitar a los Nott, con la esperanza de encontrar una carta, cualquier rastro de Rose que le diese ánimos para aguantar algunos días más.
Contuvo un respingo cuando se dio la vuelta, despegando la frente del cristal, el fuego se había vuelto más intenso, de un color verde intenso que advertía de una inminente visita que Draco no esperaba.
Suspiró con pesadez, palpando su varita en el bolsillo, y con la airada mirada clavada en las insinuantes llamas, hasta que una figura se precipitó sobre la cara alfombra de la biblioteca y Draco atisbó una melena pelirroja desparramarse entre el hollín y el humo.
Todo cambió de súbito, la pesada atmosfera se aligeró gratamente, la estancia se volvió más colorida, menos asfixiante y se respiraba de otro modo, relajado. El estruendo de las gotas se volvió un murmullo y los ánimos de Draco regresaron para que pudiese seguir unos días más.
Rose se vio atrapada entre los brazos de Draco Malfoy cuando logró ponerse en pie, el hombre esbozó una sonrisa radiante, ajeno a la alicaída expresión de ella, no se movió, se dejó abrazar, sin llegar a corresponderle en realidad, sólo cerró los ojos, reprimiendo más lágrimas cuando se pregunto si él hubiese abrazado a su madre del mismo modo, si veía a Hermione cuando la miraba a ella.
-¿Qué diablos estás haciendo aquí?-Preguntó él, pasados apenas escasos segundos, apartándose lo justo para descubrir la turbada expresión de la chica.
Draco la soltó, sin apartar la vista de sus apagados ojos, rojos por un llanto pasado. Lo supo sin escuchar respuesta, algo realmente malo estaba a punto de suceder.
-Tarde o temprano iba a enterarme, ¿No?-Musitó, ignorando la pregunta del hombre, sus ojos se inundaron de lágrimas que se resistían a caer, todo parecía mucho más difícil al tenerle frente a ella.
Draco se quedó inmóvil, sin comprender del todo, las palabras siempre habían sido innecesarias entre ellos, una mirada bastaba, pero era irónico el modo en que le costaba encontrarlas cuando de verdad eran necesarias.
-Te equivocaste, no conocía todos tus trapos sucios, ¿No ibas a contármelo?-Insistió, apartando la mirada, incapaz de soportar la contrita expresión de Draco clavada en ella- Éste era el único que de verdad podía importarme.
El rubio apretó los puños con furia, desconcertado por el tono de ella, frío e impropio, revelador.
-Lo siento-Musitó, siendo eso lo único que acudió a sus labios, insignificantes palabras cuyo valor se había diluido, sin la valentía requerida para consolar a Rose, que empezó a llorar en silencio, sin importarle si lo hacía frente a él- ¿Fue ella? ¿Tu madre te lo contó?
El corazón de Rose se rompió en pedazos en ese preciso instante, sus lágrimas se tornaron más intensas cuando alzó la vista para encarar la figura de Draco, desdibujada por un mar de lágrimas.
Hubiese esperado una negación, una mirada desconcertada y la promesa de no entender lo que ella trataba de decir, pero todo era cierto, descorazonadoramente cierto, y Draco no necesitaba decirlo para hacerle saber que era así.
No se sorprendió, ¿Qué era ella al lado de su madre? Nada, absolutamente nada, Rose no se sentía más que una imitación, nada más que una sombra de lo que ella fue un día, lejos de estar a la altura de ella, o de Draco.
-No vas a negarlo, ¿Verdad?-Apenas un hilo de voz escapó de sus labios y Rose se contuvo de decir algo más, asustada por si su voz se quebraba y no podía seguir con aquello, tristemente necesario.
Draco palideció, y todo el peso de la estancia volvió a caer sobre él, reprimió el odio, la súbita decepción que sintió hacía a Granger, tan propio de su esposo, jamás la hubiese imaginado a ella jugando sucio, las cosas realmente habían cambiado.
Rose lloraba, sin apartar la mirada de sus asustadas pupilas, y cada lágrima que caía por sus mejillas, dolía como una puñalada en el corazón de Draco, lo hundía un poco más en ese infierno que se había creído capaz de evitar por siempre.
-Fue hace muchos años, Rose-Trató de justificarse, por más inútil que eso le pudiera parecer, siempre había admirado la determinación de Rose, y la había visto brillar a través de sus lágrimas, esa vez convencida para terminar con todo lo que había luchado por mantener-, ambos lo habíamos olvidado.
Rose reprimió un sollozo, la voz azorada de Draco no parecía convencida y ella permanecía quieta, inmóvil, escrutando la figura de Draco, parecía menos alto de lo habitual, menos poderoso de pronto, la miraba con unos ojos desprovistos de valor, casi como ella le devolvía la mirada.
Nunca antes se había sentido tan sola, sólo Draco era capaz de eliminar sus penas, todas con una mirada, sólo él acababa con sus miedos, la hacía sentir bien, feliz, pero ya no parecía tan fácil, y los ojos de Draco, huidizos, sólo provocaban más lágrimas, convulsiones nerviosas que suplicaban por su vuelta.
¿Por qué no me lo dijiste?-Inquirió, buscando con desesperación la reconfortante mirada que detuviese el acelerado proceso que, en su interior, amenazaba con destruirla.
-¿Qué sentido habría tenido?-Replicó el hombre, acorralado, angustiado como jamás había estado, había dejado marchar a Hermione, sólo había reído sin pensar en ninguna consecuencia, cómo podía retenerla a ella, si se reprochaba lo mismo que ella le echaba en cara- Créeme Rose-Suplicó, avanzando hasta ella con pasos agigantados-, tal vez me equivoqué, pero era precisamente esto lo que quería evitar, una disputa sin sentido.
Siempre había creído que era el odio lo que los separaba, en la mente de Rose Weasley un amor pasado jamás se había atrevido a aparecer y se apartó cuando Draco la tomó por los hombros, obligando a mirarle, anhelaba esa mirada lo mismo que la rehuía, mientras ella misma se preguntaba si debía dejarse convencer.
-¿Piensas en ella?-Draco no lo entendió, no lo hizo al principio, pero sonó horrible cuando desentraño el ahogado susurro de ella, un rayo lo atravesó, el mismo que surcó el cielo en el preciso instante en que bajó la cabeza, abrumado por ese terrible pensamiento.
-¡No!-Exclamó, rodeando el encogido cuerpo de Rose Weasley para situarse frente a ella, la pelirroja apretó los ojos, conmovida por la apresurada respuesta de él, aunque su cerebro se puso en alerta y su corazón deseó creerle, por más que, a ojos de todo el mundo, verla a ella y no pensar en su madre era algo imposible- ¿Qué te hace pensar algo así?-Sonó ofendido, no fue capaz de evitarlo y Rose bajó el rostro de nuevo- Sabes perfectamente que no es cierto.
Las manos de Draco apartaron las lágrimas de las mejillas de ella, y la chica se arrojó a sus brazos, dejándose abrazar por él, aspirando su aroma, la menta de su Amortentia, permitiéndose el lujo de sentir el reconfortante calor de su cuerpo una vez más, la última.
Alzó la vista, sin soltarle, conectó con esos ojos grises, más seguros que escasos segundos antes, todavía sentía las temblorosas manos de él en sus mejillas, y se sintió vagamente más tranquila.
Todo lo malo que Draco Malfoy había podido albergar jamás había tenido ninguna importancia para ella y, de repente, todo parecía desgraciadamente relevante, todo aquello que sabía de él había saltado a un primer plano, distorsionado y exagerado de lo que veía en él.
¿Mentía? Todas las noches que había pasado en vela preguntándose qué podía él ver en alguien tan insignificante como ella, cobraban ahora sentido, Draco no veía nada en ella, ni siquiera debía verla a ella, tal vez no podía admitírselo a sí mismo, pero mentía.
Se apartó de él, controlando el ritmo de su respiración, al tiempo que reprimía sus lágrimas, le miró, casi con una sonrisa en los labios, una sonrisa que estremeció a Draco, el hombre dejó caer los brazos, sometido a la voluntad de la muchacha, incapaz de encontrar un argumento que la convenciese, algo que arreglase el desafortunado error que iba a cometer.
No podía, ella no le creía, Draco nada podía hacer, y eso le estaba matando, luchaba deprisa contra su propia consciencia, necesitaba a Rose y estaba a punto de dejarla marchar, únicamente porque no podía reaccionar, sólo porque no tenía nada convincente más allá de su maltrecha sinceridad, si el mismo se había cavado la tumba, ¿Cómo iba a salir de ella?
Granger, ella la habría convencido, la habría hecho ver lo despreciable que era, y él lo sabía, tal vez, porque no se sentía merecedor de tanto, la dejaba marchar.
Rose tomó su mano, cerrándola en un puño tras dejar algo en su interior, y él sintió la última caricia de ella sin valor para abrir la mano, casi hipnotizado, incrédulo aún.
-Te quiero, Draco-Susurró y él creyó que con eso bastaba-, pero esto no me corresponde a mí.
"Hazlo por él, déjalo" cómo iba ella a saber que lo había comprendido mal, si Rose seguía al margen de las amenazas de su padre, cómo iba a saber que Hermione se refería a eso, estaba asustada, y por más que todos, incluyendo a su madre, se empeñasen en decir que Draco de verdad la quería, ella ya no podía creerlo, qué sentido tendría, si él podía escoger a la brillante Hermione Granger.
Cuando soltó su mano, y comprendió que ya nada le unía a él, vacía por dentro, nuevas lágrimas acudieron a sus ojos y lo único que deseó fue huir de allí, perderse lo más pronto posible, anochecía, y casi había olvidado la advertencia de McGonagall, nada importaba ya, hasta ella misma había perdido el sentido.
Y apartó la vista de sus ojos grises, el último de sus consuelos, lo último que la mantenía en pie, un gesto tan lapidario que la hizo sentir pequeña, como cuando tenía once años, y lo vio por primera vez, lo sintió lejos como entonces y corrió aterrada, fuera de la biblioteca, sin pensar siquiera en la Red Flu.
La puerta se estrelló con un ruido sordo, y Draco abrió los ojos, despertando de un trance que había acabado con todo lo que él había amado.
Contempló su mano abierta, y el gracioso resplandor del diamante al reflejar las llamas naranjas de la chimenea. La rosa, el colgante que debía sellar su amor, reposaba en su mano, las piernas de Draco empezaron a temblar de un modo que ya no recordaba posible, y lo observó como a la prueba tangente de que todo había terminado.
Lo dejó caer al suelo, a sus pies, sobre la cara alfombra manchada de hollín, Draco tomó aire, invadido por un desasosiego capaz de matarlo, como si alguien hubiese pronunciado un Finite para romper el hechizo.
Corrió, corrió tras los pasos de Rose, corrió todo lo rápido que pudo, invadido por la súbita esperanza de poder detenerla, fue tras ella como lo hizo la noche de navidad, ignorando los muchos invitados que poblaban la mansión aquella tarde.
¿Por qué no era capaz de decirlo? Por qué no podía decir que la quería, besarla como siempre lo había hecho y retenerla junto a él, hacerla olvidar esa falsa y estúpida suposición sobre sus verdaderos sentimientos.
Era lo que debía hacer, de sobra lo sabía, pero Draco no era capaz de reaccionar a tiempo, y se arrojó a través de la puerta abierta de su casa, ignorando las gruesas gotas que caían sobre él, apresurándose al distinguir el pelirrojo cabello de Rose, su Rose, cerca de la cancela de hierro.
-¡Espera!-Bramó, acelerando su paso entre resuellos nerviosos- ¡Rose espera!
Ella se detuvo, pero no le miró, lloraba y creía que si volvía la vista hacía él podría arrepentirse, tal vez feliz de vivir engañada con tal de seguir con él, pero su autoestima todavía la protegía de algo así. Sabía hacerlo, se lo habían enseñado en Hogwarts, y, por más que odiase esa sensación, podría Desaparecerse si se concentraba lo suficiente.
Draco había acelerado el paso, y creía que podría alcanzarla pero sólo un grito desesperado acudió a sus lágrimas cuando la melena pelirroja se desvaneció frente a él, para siempre y Rose se perdió de vista al tiempo que la esperanza de Draco, todo sentimiento positivo que le había mantenido vivo por años, moría de pronto, como tragado por una horda de Dementores.
Cayó de rodillas al suelo y las gotas de lluvia resbalaban por sus mejillas, mezcladas con saladas lágrimas que no era consciente de derramar, perdido. Perdido como cuando era un niño y su padre le golpeaba por una debilidad inevitable a su corta edad, perdido, porque a pesar de su fortuna estaba sólo y la única cosa que tenía valor para él acababa de desaparecer frente a sus ojos.
Se quedó allí, su cuerpo se convulsionaba por el frío y la desazón, quieto bajo la lluvia, el pelo rubio se pegaba a su frente, y su fina camisa, empapada, empezaba a pesar, dejando traslucir el frío en su tembloroso cuerpo, sin intención alguna de moverse, sólo, bajo la satisfecha y victoriosa mirada de Astoria Malfoy.
Holaaaa!!!! Sí, ya sé que me esto es malo y triste, no me odiéis por favor, pensad que ya no se puede empeorar, XD
Espero que no me odiéis mucho y acepto todo tipo de amenazas, quejas, dudas y críticas varias…
Gracias por leer y comentar.
Muchos besos y nos vemos en los comentarios
Aivlis Malfoy (Slytherin orgullosa)