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En el andén. — capítulo 4
Nobleza obliga.
Alargó el brazo con cautela, él hombre, con seguridad, entrelazó su mano con la de ella, agarrándola con gesto seguro, Rose sintió la descarga eléctrica recorrerle todo el cuerpo.
Sin soltarla acarició tranquilizadoramente el dorso de su mano, y una media sonrisa divertida acudió a su cara.
-¿Tu primera vez?-Preguntó, con voz divertida.
Rose se mareó, o sintió algo muy próximo al mareo cuando notó aquel pequeño gesto del señor Malfoy, asintió trémulamente y con las mejillas ardiendo.
-No tengas miedo, sé lo que hago, no va a dolerte.-Susurró en su oído, con suavidad.
Ella asintió, la proximidad era lo que le afectaba, su mano acariciando la de ella, en absoluto tenía que ver con el miedo.
Pero él debía creer que sí porque apretaba con dulzura su mano, tranquilizador.
-¿Preparada?-Preguntó por última vez, como si quisiera estar seguro.
Rose asintió de nuevo, incapaz de articular palabra, temerosa de que si lo hacía, se quedaría sin voz.
-Si has de vomitar no lo hagas sobre mi abrigo, por favor.-Pidió él, con gesto divertido.
Rose quiso preguntar, pero no pudo, apretó más fuerte su mano y él giró sobre sus talones, arrastrándola consigo. Se sumieron juntos en un torbellino, una fuerza la arrastraba y lo único que sentía era la mano de Draco Malfoy agarrando con fuerza la suya. Todo era negro, y sin llegar a estar segura de si lo había hecho, gritó.
Vio el suelo bajo sus pies, acercándose con rapidez, Draco se posó con suavidad sobre el camino de grava que daba a la entrada de su casa, Rose trastabilló, se tambaleó y Draco, que no la había soltado de la mano, tuvo que tirar de ella, levantándola y evitando que cayera.
En la entrada de la casa Scorpius reía, apoyado contra la puerta, Astoria esperaba con gesto impaciente. Colorada, la chica trató de esbozar una sonrisa divertida, pero la gélida mirada de la rubia mujer la disuadió de todo acercamiento.
-Nada mal para ser la primera vez.-Comentó Draco, arrastrando el baúl de la chica hacia la entrada.
Ella le siguió, añorando tontamente el tacto de su mano y procurando no alejarse demasiado del lado del hombre.
Miró a su alrededor, la grandiosa Mansión de los Malfoy se mostraba frente a ella, la gran reja de hierro forjado que daba la bienvenida a los jardines, inmensos y laberinticos, cerrada a sus espaldas, mostraba orgullosa el gran blasón de los Malfoy. Aislada de miradas curiosas y a salvo de posibles intrusos, la casa se alzaba con majestuosidad, Rose no había visto nada comparable en su vida, desde luego, a excepción de Hogwarts. Se acercaron a la puerta principal, en el centro, dividía la oscura casa en dos inmensas alas.
Astoria rezongó.
-¿Nunca se había Aparecido?-Masculló con desdén.-¿Qué me sorprende? Siendo hija de ese Weas…
Una mirada de Draco y Astoria cayó, con brusquedad, aunque la mujer hablaba en voz baja, su intención era que la niña lo oyera. Con mueca disgustada Scorpius se acercó a su amiga y le dio un apretón amistoso.
-No hagas caso, siguen siendo algo retrógrados.-Aseguró el chico, mirando con decepción a su madre.
Aunque el chico habló en plural, Rose, trató de obviar el hecho de que también se refería a Draco, se conmovió pensando que él la había defendido, callando a su esposa con sutil enervación, Astoria parecía ser la única que desdeñaba la presencia de la pelirroja, pues su marido había escrito a sus padres, la había tratado con maravillosa caballerosidad.
La chica asintió a su amigo, con una sonrisa encantada, juntos, entraron en la casa, y el imponente vestíbulo de la mansión, se reveló ante Rose.
Frente a ella se extendía una enorme escalinata de mármol, en forma de y griega, la suntuosa decoración engalanaba las paredes con retratos de rubios y aristocráticos antepasados. La chica miró curiosa a su alrededor, a la derecha del vestíbulo una puerta conducía a un salón del que pudo distinguir una enorme chimenea, rodeada de sillones de terciopelo verde y una mesa de caoba junto a los enromes ventanales.
Con un sonoro estruendo, un pequeño elfo doméstico, de ojos saltones y mirada perlada, apareció frente a sus amos con una ligera reverencia a modo de saludo, dio también la bienvenida a la joven invitada.
-Por favor, lleva los baúles arriba y después acompaña a la señorita Weasley al cuarto de invitados.-Pidió Draco con medida cortesía.
-Como desee el amo Draco.-Asintió el pequeño elfo, tomando los equipajes de los chicos y desapareciendo con un nuevo estrépito.
Apenas pasaron diez segundos que la joven chica pasó contemplando su alrededor, paladeando el eco de la voz de Draco, suave y medida, adoptaba sin molestia el antaño detestado apellido, como si en el contexto de la chica, pudiese darle una nueva acepción.
El elfo reapareció con las manos vacías y con un gesto pidió a la chica que le siguiera. Rose se aventuro escaleras arriba, tras el sirviente, caminando con paso seguro y una sonrisa en sus labios.
No podía negar que aquella enorme casa la intimidaba, como la había intimidado el castillo cuando llegó a él a sus once años, del mismo trémulo modo la intimido Draco Malfoy el segundo que tardó en comprender que aquella sensación paralizante le gustaba.
La casa de los Malfoy carecía del calor hogareño que poseía su humilde casa, situada en un barrio muggle, cerca del centro de Londres, pero poseía la elegancia que de ella se esperaba, solariega, suntuosa sin parecer recargada, Rose acabó por definirla como sobria y aristocrática.
El elfo se detuvo frente a una puerta, indicándole a la chica que pasara y la muchacha giró el picaporte con creciente curiosidad. Frente a ella se mostraba una inmensa habitación de tonos claros y suaves, en el centro, unaamplia cama presidía la estancia, con sendas mesitas a cada lado y una hermosa lámpara colgaba con soltura del techo. El balcón, adornado con su barandilla de hierro forjado, ofrecía una encantadora vista del jardín delantero, por el que antes había entrado.
-No se preocupe señorita Weasley, Kossy deshará su equipaje.-Informó el pequeño elfo.
La chica escuchó, sin dejar de dar vueltas por la estancia, gratamente maravillada.
Gracias, Kossy.-Contestó ella con una sonrisa.-¿Dónde está el cuarto de Scorpius?-Preguntó, deseosa de hablar con su amigo.
-Al final del pasillo.-Repuso el elfo, señalando con un dedo largo y fino.
La niña asintió y salió por el pasillo, largo, sus pisadas resonaban en el frío suelo. La puerta del fondo estaba cerrada y Rose, con seguridad, llamó a la puerta. Abrió después, descubriendo una habitación similar a la suya, en el centro, Scorpius deshacía con presteza su baúl.
-¿Te echo una mano?-Se ofreció ella.
Scorpius negó, tajante.
-Si mi padre se entera de que hago trabajar a la invitada, me deshereda.-Repuso el muchacho con una sonrisa, guardando plumas y pergaminos en un cajón.
Ella se sonrojo al tiempo que sonreía, reconociendo la caballerosidad de Draco como un rasgo que prevalecía, por muy Weasley que fuese la invitada
-¡Pobre Hyperión!-Se rio ella.-Se quedará sin fortuna por mi culpa.
Doblaba la ropa con cuidado, a golpe de varita y la hacía volar con suavidad hasta sus respectivos armarios.
-No tardaré, tú baja, seguro que se está sirviendo la cena.-Afirmó el chico sin dejar de agitar su varita.
Rose asintió y salió por la puerta, recorriendo el pasillo por el que había venido y descendiendo por las escaleras. El vestíbulo estaba vació, ahora los retratos la observaban con gesto extraño, molestos ante su presencia. Sintiéndose incomoda y observada, Rose se acercó al salón lateral, donde ardía la chimenea, pero las nítidas voces la detuvieron.
-¡Tiene que irse!-La voz exhortativa de Astoria retumbó en el vestíbulo, Rose no se atrevió a entrar en la estancia, quería oír que decía Draco.
-¡Cállate Astoria!-No llegó a gritar, mas su gélida voz congeló incluso a Rose que dio un paso atrás como si le hubiese gritado a ella.
Oyó el gemido molesto de la rubia mujer.
-Pero es hija de esa sangre sucia y esa degenerada familia de comadrejas, ¿Qué dirán cuando la vean aquí? Esa mocosa nos hundirá.
Escuchó con total claridad el golpe que Draco propinó contra la mesa y como este se ponía en pie, arrastrando una silla, enfadado.
-No uses esa palabra en mi casa, ¿Entendido?-Ahora sí que gritó.-No te dirijas a ella de ese modo. ¡Se queda, Astoria! Y me da igual lo que piensen, yo ya aprendí la lección y esta es MI casa.-Tras la última aseveración de Draco se hizo el silencio más absoluto, Rose también se quedó inmóvil, abstraída en las palabras de Draco, como si estas poseyeran un mensaje oculto que ella trataba de revelar.
Él la defendía, aun a riesgo de discutir con su mujer, él la continuaba defendiendo de un modo que iba más allá de la simple caballerosidad, lo hacía con furia, con una vehemencia tal que se podría pensar que el ofendido era él y no Rose.
"Yo ya aprendí la lección", recordaba la niña mientras todavía habíasilencio en la otra estancia, callada ella también, tratando de averiguar qué quería decir él con eso.
Tío Harry le había relatado, siempre a regañadientes, lo ocurrido durante la guerra, todo, incluyéndole a él, sabía que había cometido un error, que tomó la decisión equivocada, incluso Harry le disculpaba por ello, pero él ¿se arrepentía? ¿Era la culpa lo que traslucía de sus palabras?
Escuchó, al fin, pasos apresurados y Astoria salió del salón, con porte engreído e indiferente, pasando con indiferencia por su lado, mas la mirada gélida que le dedicó su mujer consiguió atemorizar a la inmóvil Rose.
Pasaron escasos segundos en los que Rose dudó si debía entrar en el salón, fingir que nada había ocurrido y encarar a Draco con la indiferencia que debía fingir, pero algo en su interior le decía que no podía, ya no era capaz de fingir que no sentía lo que de verdad sentía y la necesidad de gritarlo, hasta que todo el mundo lo supiera, le oprimía el pecho.
Finalmente entró, con pasos lentos y medidos, atemorizada de su propia imprudencia. Él estaba allí, su silueta se recortaba contra el ventanal, las manos crispadas, permanecían apoyadas sobre la mesa, cabizbajo.
Tal vez sintió sus pasos sobre la antigua alfombra cuando alzó la vista y la miró, esbozando al instante aquella extraña sonrisa que enseguida se apresuró a borrar de su rostro.
-¿Lo escuchaste?-Preguntó con un deje de preocupación en su voz.
Rose asintió, sintiéndose culpable por si él la consideraba una desvergonzada espía.
-Lo lamento, yo…
Hizo un gesto de la mano, acercándose a la chimenea hasta sentarse en uno de los sillones, invitándola a sentarse a su lado, con expresión indescifrable en su rostro.
Ella obedeció, de nuevo incapaz de rechazar una orden que él le daba, igual que haría una pobre víctima de la imperius, pero a ella únicamente le bastaba con sus ojos grises escrutándola, maravillosos iris plateados que conservaban aquel fulgor peligroso, irresistible.
Quedó sentada junto a él, en sepulcral silencio, ahora clavada en las cambiantes llamas que salían de la chimenea.
-Olvídalo.-La instó el hombre, obligando a Rose a que lo mirara, aunque sólo lo hizo de reojo, sintiendo imposible soportar la distancia.-No tomes en serio lo que Astoria diga.
Ella asintió, recordando lo mucho que detestaba a aquella mujer, como si un apellido que en él intuía como una carga, fuese una corona que le diese el poder de hacer lo que quiera.
Asintió de nuevo, curiosa, luchaba por controlar lo que deseaba saber y no podía preguntar, alzó la vista, hasta descubrir el gran retrato que había sobre la chimenea.
Un hombre y una mujer, ambos rubios, observaban la escena, el hombre, de cabellos largos, parecía mirar con reproche a su hijo, mientras había una sombra de comprensión en los ojos de la fina mujer.
Draco pareció adivinar su interés.
-Son mis padres.-Explicó, mirando también el retrato.-No comprendí como debió sentirse hasta que me casé con Astoria.-Señaló a su madre con una mueca de pesar.-Ella era la menos mala de todas las opciones que me plantearon.
Rose le miró, olvidando el cuadro, pero la sonrisa de Narcisa se ensanchó en el lienzo, conmocionada ante la confesión de Draco que miraba al suelo, frotándose las manos con creciente nerviosismo.
Rose confirmó lo que ya sabía, no había amor en el matrimonio Malfoy, ni en el de Draco, ni en los de sus antepasados, era el sino cruel de una poderosa familia, Rose sintió lástima, más allá del alivió que le profesaba el saber que Draco no amaba a su mujer, lamentaba que él no pudiese estar con quien amase, fuese quien fuese.
Lo sabía bien, porque ella pasaba por lo mismo, porque ella lo amaba a él a pesar de nunca poder tenerlo y porque sabía que a pesar de todo, aquel sentimiento no hacía más que crecer con preocupante intensidad.
-Lo lamento señor Malfoy.-Habló al fin, con apabullante sinceridad, temerosa todavía de interrumpir las propias cavilaciones del hombre.
Pero Rose únicamente se encontró con su sonrisa escéptica y la mirada clavada en ella.
-No hay nada que lamentar.-Aseguró.-Tengo a Scorpius, eso compensa.-Esbozó una sonrisa más ancha, mudando una nota de humor a su suave voz.
Ella le devolvió la sonrisa, perdiéndose en ella con involuntaria facilidad, Draco alzó una ceja con simpática complicidad, provocando así el sonrojo incontrolable de la pelirroja que bajó la cabeza para tratar de disimularlo.
-Y tengo tu compañía Weasley, ¿Qué más se puede pedir?-La miró con gesto divertido, denotando un inocente sarcasmo en su voz, Rose rio por inercia, el corazón a punto de desbordarse de su pecho.
Sabía que era una broma, tenía que serlo, pero no lo hacía más sencillo, ni se tornaba menos maravilloso cuando salía de sus labios.
-¿Cenamos?-La voz de Scorpius se asomó por la puerta, entrando en la estancia como si nada más pasase allí.
Draco se levantó del sofá, movido por un resorte, rompiendo el contacto visual con Rose, de improvisto, tan bruscamente que las ganas de la chica de aferrarle para que no se fuera, fueron apenas refrenables.
Se sentaron a la mesa, Astoria bajó de nuevo, sentándose junto a su marido como si nada hubiese ocurrido, ganándose de nuevo la antipatía de Rose, la rubia no dejaba de lanzar miradas despectivas a la chica que hablaba con Scorpius, luchando por ignorar a Astoria, deseaba gritarle las verdades allí mismo.
-Sabes que eso no es cierto Hyperión.-Se indignó Rose, cuando este relataba el controvertido asunto del caldero y la poción amarilla.-¡No exageres!
El joven rubio se rio, encantado ante el apuro en que había metido a la pelirroja, Draco sonreía, Rose le miraba.
-¡Se llama Scorpius!-Corrigió la madre del chico, denotando la molestia en su voz, con soberbia.-¿Por qué no le llamas por su nombre?
-Se llama Scorpius Hyperión-Recordó Rose tratando se parecer indiferente, con tono simpático, casual.-, no creo haberme equivocado.
-¿Te atreves a hablarme así?-Musitó la otra, la ira traslucía en su voz.-Mocosa comadreja, ¿Cómo te educa tu asquerosa familia?
Draco no fue capaz de hablar, no pudo replicar, porque Scorpius se levantó con furia de su asiento, Rose se sobresaltó y suplicó con la mirada al hombre para que impusiera paz.
-¡Madre!-Escupió con odio, como si fuese incapaz de referirse a aquellamujer con ese término.-¿Cómo puedes hablar tú así? La única maleducada…
-¡Scorpius!-Draco atendió la llamada suplicante de la pelirroja.-¡No hables así a tu madre!-Después fulminó a su esposa, en claro tono de advertencia.-Y no creo que esto sea algo que debamos discutir delante de los chicos.
Rose bullía de ira e indignación, sintiéndose de nuevo como una pesada carga que no debía estar allí, creyéndose la causa de las disputas que separaban a los Malfoy, incómoda se levanto de la mesa y musitó un "Disculpe" dirigido a Draco, pidiendo excusas no sólo por marcharse de allí, sino por ser la causa de sus problemas.
Corrió fuera de la estancia, escuchaba los gritos molestos de Hyperión, contra su padre por no defender a su amiga, y los de Astoria, también contra Draco, pero ya eran ininteligibles, ella se había alejado y corría hacia su habitación.
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No sabía cuánto llevaba allí, tendida sobre la cama, con la habitación a oscuras, pensando en lo que había sucedido, tal vez debía marcharse y regresar con su familia, jamás debió haber llegado allí, lo que siempre había sabido y había preferido olvidar en aquel andén volvía ahora, no debía acercarse a él, era imposible, y únicamente podía traer problemas.
Amaba a Draco Malfoy pero eso no era suficiente, no lo era porque él no la amaba a ella, no pertenecía a aquel lugar, no formaba parte de su vida, no era más que la amiga pelirroja y bajita de su hijo, la aceptaba por Scorpius, pero él no la apreciaba, no era nada para ella.
Lloraba, lloraba por Draco, deseaba quedarse junto a él, ¿Podía aguantar únicamente por eso? ¿Podía sufrir la soledad únicamente por el placer de estar a su lado? El amor era sufrimiento y dicha y ella sufría al mismo tiempo que la embargaba la felicidad cada vez que lo veía, mas se iba a quedar, sabía que el dolor que experimentaba estando a su lado, no era comparable al que le ocasionaba no volver a verlo.
La noche ya había caído, nada sabía de lo que había pasado después de su marcha y había enviado una carta a sus padres con la lechuza de Scorpius, le gustaba la casa, los Malfoy eran muy amables con ella…era la única vez en que se levantó.
Unos nudillos tocaron la puerta y el inaudible "pase" atravesó la puerta cuando la figura de Scorpius entró en la habitación.
Rose supuso que venía a dar explicaciones, que quería disculparse en nombre de sus padres, su cabello rubio, algo despeinado brillaba reflejando la luz de la luna, tuvo que acercase hasta ella y sentarse a su lado, para poder verla, Rose apenas luchó para ocultar sus lágrimas y la mano de él viajo rápida a su mejilla, tratando de borrar con suavidad el llanto de sus mejillas. Rose contuvo la respiración, una corriente eléctrica recorrió su cuerpo al incorporarse y mirarle a los ojos, sin que él dejase de acariciar su mejilla, comprendió que el brillo plateado de aquellos ojos no era el de Scorpius y dejó que la fragancia a menta entrase en sus fosas nasales, acelerando el ritmo de su corazón, cuando Draco la abrazó, estrechándola con segura fuerza contra él.
Holaaaaa
Nuevo Capítulo, por favor no me mateis!!!!!! Lo suplico, el próximo capítulo vendrá cuando este termina, y lo colgaré muy pronto lo prometo...
bueno besos y espero que este os guste
Nos vemos en los comentarios
Aivlis Malfoy