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Historia 61190 — capítulo 4

Esa noche, las cosas no marchaban también como habría querido. Tenía una desagradable fiebre que no cedía y le causaba conmociones de múltiples tipos. La más común y reproducible, eran los "delirios". Recuerdos del pasado que iban y venían.

          Trataba de no pensar, pero aquellos fragmentos lo torturaban. Pensamientos sobre "lo que había hecho", siendo... ¿siendo qué cosa? No recordaba mayores detalles, solo las imágenes que como fláshes en su cabeza, rebotaban sin un orden específico. Parecía ser uno de esos hombres malos, que todos odiaban en una película. Y lo más gracioso era que no recordaba nada de lo que su cabeza le acusaba.

          Inspiró, trató de serenarse. Si ejercía presión sobre su cabeza, esta pronto iba a estallar y tendría más dolores de cabeza de los que ya tenía en ese preciso momento. Nymphadora Tonks estaba dormida en el sofá. Le recordaba mucho a la noche anterior.

           Y entre esos fláshes de pensamientos, vislumbró varias cosas. Casi siempre relacionadas con un niño delgado, de ojos verdes y de redondas gafas. Un niño enclenque cuyo nombre no recordaba y por el que parecía sentir aversión profunda. ¿Cómo podía odiar a alguien sin siquiera recordar quién era?

           Ladeó la cabeza para mirar en dirección al sofá, Tonks temblaba y parecía tener mucho frío. Con un gran esfuerzo, se levantó y caminó hasta detenerse frente a ella. Suspiró lentamente y colocó una cobija sobre ella. La miró moverse y enrollarse con ella. Caminó hasta la ventana y la cerró con un gran esfuerzo de sus manos. No podía aún, controlar sus movimientos.

¿Cuánto tiempo pasaría, antes de recuperarse completamente?

            El amanecer, nunca ansió que llegara tan pronto, como en ese preciso momento. Se había dormido, no había podido descansar lo suficiente, luego de aquellos sueños. Donde enseñaba a aquel niño, donde se burlaba de él, lo obligaba a realizar las peores tareas que jamás había visto. Y no solo a él, sino a muchos rostros a los que no les vislumbraba las facciones. Solo eran cabezas con cuerpos. ¿Qué había hecho en su pasado?

           Nymphadora había despertado y miró lo que tenía encima. Una cobija que la noche anterior no tenía. Seguramente él se habría despertado y la había dejado sobre ella, mientras dormía. Parecía que comenzaba a recuperarse. Mucho mejor. Así podría irse y no regresar. Así podía volver a su vieja vida. Con la persona que esperaba pasar el resto de su vida. Remus Lupin.

           Caminó sin hacer mucho ruido y colocó una mano sobre la frente de Snape. Parecía que había tenido fiebre. Sudaba y estaba ligeramente pálido. Algo no marchaba bien. Y sin embargo, eran las reacciones típicas, de un veneno como ese. O al menos eso esperaba. No quería tener que lidiar con más problemas.

         Quería irse de allí y jamás volver.

        Mientras estaba allí, alzó la mirada y observó el alba. Era hora nuevamente; de las medicinas. Las tomó, sacándolas del pequeño envoltorio donde las había dispuesto por horarios y por cantidades. No era tan buena como él en las pociones, pero funcionaba. Colocó un poco de agua dentro de un vaso y las dejó junto a la cómoda.

         Comenzaba el proceso de despertarlo.

    Con su mano, acarició su cabeza. No quería gritarle tampoco, solo tenía que despertar. Por unos minutos, creyó que no funcionaría y luego, había comenzado a abrir sus ojos. Sin decir nada, los entornó hacia la mujer que acariciaba su cabeza.

— Buenos días.

    Snape diciéndole buenos días a alguien, tenía que resultar lo más increíble jamás visto. Sobretodo porque él incluso, siquiera saludaba a sus aliados. No saludaba a nadie. Solo permanecía en silencio, pensativo. Abstraido de toda circunstancia.

— Buenos días. Es hora de tus medicinas, Snape.

— ¿Por qué siempre me llamas "Snape"? Mi nombre es Severus. ¿No es cierto?

    ¿Por qué lo llamaba Snape? Era algo complicado de explicar. Sobretodo porque él adoraba llamarla Nymphadora, solo para molestarla. Porque odiaba que la llamaran de esa forma y aún así, él seguía burlándose de ella. Incluso capaz estaba haciéndolo. Fingiendo que no recordaba nada. Que era un "ser humano", por primera vez y entonces, cuando ella se confiara, la engañaría nuevamente.

     Por dios que hablaba de Snape.

      —No puedo creer que no lo recuerdes. No puedo comprender cómo lo haces. Como finges ser una persona cualquiera, para que bajemos la guardia y creamos que eres inocente de toda culpa. Albus creerá que eres importante, pero para mí solo tuviste suerte. Solo tuviste la suerte de que te encontraran, de que Harry te ayudara. De que todos se apiadaran de ti y te salvaran la vida.

     Se separó de él y caminó hasta detenerse junto a la ventana. ¿Por qué todos creían que sería un hombre nuevo? Solo un tonto creería semejante cosa. Mientras miraba por la ventana, sintió que algo se detenía tras ella y simplemente decidió ignorarle.

— ¿Qué sentido tiene que me odies si no puedo recordar siquiera, qué fue lo que te hizo odiarme en primer lugar?

— ¿Quieres saber por qué no me simpatizas? ¡Siempre fuiste un ser despreciable! Siempre te burlaste de mí. De mi nombre, de mi preocupación por Remus. De mi patronus. Te reías de todo lo que tenía que ver con nosotros. Con los que te salvamos tu maldita vida y que por ende, estás viviendo ahora. Quizá todos crean que has vuelto como un hombre nuevo, pero ese cuento yo no me lo trago. Snape. No me lo trago y no podrás hacerme cambiar de parecer.

— No intento hacerte cambiar de parecer, Nymphadora. Porque para intentarlo, tendría que saber de qué hablas y aunque no quieras creerlo, sea lo que sea, no recuerdo nada. Absolutamente. Solo sé mi nombre, solo sé tu nombre y solo he soñado con un niño enclenque. Con gafas. Es lo único que recuerdo. Mi cabeza no deja de decirme cosas que no puedo interpretar y no...        Guardó silencio y se sotuvo de la cortina en la ventana. No podía sentir sus piernas, temblaban como dos masas gelatinosas. Estaba mareado. Debía volver a la cama, no soportaría ni un minuto más, de pie. No tuvo más opción, tuvo que sostenerse de la mujer que estaba delante de él.

— Lamento si daño fue lo que te hice...— le dijo, antes de cerrar sus ojos y caer como un peso muerto. Lo pudo escuchar, sobre su hombro. Su cabeza estaba allí, mientras trataba de no caer al suelo. De mantenerse de pie.