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Laevite (dramione) — capítulo 4

Ok, acá les dejo un poco más del fan fic. Gracias por sus amables comentarios y sus favoritos. Hoy, termino el informe que me aleja categóricamente de responder como es debido. Así que hoy les contesto ^^. Saludos y besos

I N V I D E N S******Celoso*

Hermione pasaba la mayor parte del tiempo, dentro de la enfermería. A Ronald no se le había permitido salir, pero disfrutaba de la compañía de Hermione y del mismo Harry. Con una sonrisa ligera, ella colocaba sobre el cuello de su amigo, una bufanda. Para evitar el frío que solía atacar crudamente, durante la noche.

Le permitirían salir en cuanto la enfermera sintiese que ya todo estaba en orden. De todas formas; Ron no solía quejarse mucho. Había estado disfrutando la historia de cómo Lavander había estado llamándolo "Ro-Ro" todo el santo día.

Había reído hasta atragantarse con la hidromiel y la enfermera estaba creyendo que estaba asfixiado o que tenía una especie de ataque respiratorio. Les había costado explicarle que solo estaban riéndose.

La noche había llegado con una charla muy amena. Al salir, Hermione había comenzado a decir que Harry necesitaba afianzar su entrenamiento de quiddicth. Heridas como esas, podían matar a alguien.

Resultaba gracioso verla enamorada. Creyó que eso jamás sucedería y mucho menos de su mejor amigo. Pero así estaban las circunstancias y no le era muy complicado pensar qué iba a suceder luego. 

Aquel día, frío y nublado, las cosas se presentían diferentes. Parecía que el silencio, no engañaba a harry. Ni mucho menos a su creencia de que Malfoy tramaba algo, aparte de derribar a Ron de la escoba.

Y de eso se trataba. Pasó muchas veces alrededor de aquella puerta, respirando calmadamente. Tratando de dejar su mente en blanco y de no pensar en nada más que eso. Había estado sumido en tantas tensiones, que apenas podía dirigirse a su mente, de forma clara.

Una última vez bastó para que la puerta se materializara en su presencia y entonces, pudo entrar. La sala de menésteres estaba frente a él, en toda su gloria. Inspiró y caminó directamente hasta el final de ella. Un enorme armario se erguía frente a él. Con sus viejas puertas de madera y su acabado desprolijo.

Tenía que funcionar, no podía fallar. No tenía excusas para equivocarse y había estado planificándolo desde que habían comenzado las vacaciones. No tenía ni un solo márgen de error. Un par de tecnisismos, pero el resto marchaba bien. Aún.

Y aunque Snape se interpusiera en su camino, aunque insistiera en castigar a sus ayudantes de confianza. Él lo lograría.

Entonces así podría deshacerse de personas como Potter y personas como Granger. Sobretodo como ella. Weasley. A él podía torturarlo hasta la saciedad, divertirse un poco. Su vida podía significar un poco de diversión. Mientras quizá le orinaban encima o algo parecido.

Frente a los ojos de su amada novia.

— Tiene que funcionar...— suspiró, abriendo las enormes puertas del armario que estaba frente a él.

Sostenía entre sus manos, una pequeña ave. Sonreía suavemente, mientras aquel ave trataba de safarce de sus manos. Quizá si funcionaba, todo tendría sentido. Las cosas mejorarían.

Él tendría la gloria que anhelaba y Potter, la muerte que esperaba. Inspiró y pacientemente, esperó unos minutos luego de colocar al ave dentro. Si no se encontraba, tal vez y solo tal vez, no estaba perdido.

Cuestión de segundos. Abrió las puertas y miró dentro. El ave ya no estaba. Entonces, todo había servido. Todos esos días de ardua planificación y de pensamiento, habían funcionado.

Lo sabía. No tenían de qué preocuparse, tenía la situación bajo control. Pero cualquier mínimo descuido, podía desencadenar en problemas serios. Tenía que protegerse las espaldas. Sobretodo de Harry y su nariz en sus asuntos.

Lo veía en el mapa, pero no podía comprenderlo. ¿Dónde estaba que de pronto desaparecía y no volvía a ver sus pisadas? ¿En dónde se escondía que simplemente no podía cazarlo y acabar con su nefasto plan? Fuera cual fuera este.

No podía dormir, desde que no encontraba sus pasos. Era como si de pronto desapareciera, aunque no podía hacerlo desde el castillo. ¿Qué secreto ocultaba? ¿Qué magia poderosa, lo hacía ir y venir?

Esa mañana que estaba por llegar, tenía que verlo. Tenía que descubrirlo y entonces...

Atraparlo.

Al amanecer, ese fue el tema de conversación en el desayuno. Hermione lo miraba con atención, mientras él le explicaba cómo desaparecía del mapa del merodeador, aunque bien...ella continuaba viéndolo caminar en la sala común. Como Ron no estaba para compartir sus teorías, tenía que hacerlo con ella en cuanto la vía. Cuando podían verse, ya que ella llevaba una agenda bastante complicada.

— Estás algo paranoico, Harry. Sí, lo vimos comprando algo en esa calle de mala muerte, pero no sabemos qué podría ser aquello.

Solo Hermione resultaba tan inocente y sin darse cuenta. Harry se acomodó en su asiento y suspiró pesadamente, ligeramente irritado. Al menos podía demostrar que le importaba, luego de los problemas que había pasado por culpa de aquel joven de ojos grises, que creía ser superior al resto.

— Dejarías de pensar en eso, si yo te dijera un secreto que sé sobre él. Al respecto de ti, por supuesto.

Hermione parpadeó con sorpresa y se acomodó en el asiento. Ya sabía lo que Draco Malfoy pensaba de ella, pero Harry lo hacía sonar extraño. Por un momento presintió su miedo y esbozó una sonrisa. A él también le causaba temor, que Draco pudiera estar sintiendo algo por su mejor amiga.

De no ser así, pues igual disfrutaba contárselo y arruinar la sorpresa. Por si algún día sentía algo por ella.

— Draco Malfoy está...

Y no dijo nada, no estaba solo en el comedor. Ronald Weasley caminaba hacia ellos, lentamente. Hermione fue la primera en levantarse, aunque Lavander los mirara desde la mesa contigua y tratara de no reaccionar indebidamente. Se detuvo frente a él y lo contempló. Le hizo diez preguntas que terminaban igual y que él no respondió, que apenas escuchó. Caminaba lentamente, cojeaba y trataba de llegar hasta la mesa.

— Ya te dije que estoy bien, Hermione por dios. Solamente tienes que dejarme sentarme. ¿Puedo?

Ella asintió y se apartó ligeramente apenada por su forma de actuar. Pero Harry no tenía el valor de arruinar algo, que había costado tanto en formarse. Hermione parecía feliz.

Y eso ni siquiera Draco, lo arruinaría. 

El apetito de Ron, era tan grande como siempre. Aunque parecía que a Hermione no le importaba en lo más mínimo. Sus modales a la hora de comer, ya habían dejado de importarle. Mientra estaba sentado y almorzando, Lavander Brown se había levantado de su asiento y se acercaba a ellos con un gesto de reproche.

— Ro- Ro... ¿es que la prefieres a ella, que a mí? ¿Qué tiene ella? Si siempre estuvo molestándote. Tú mismo lo decías. Que no hacía otra cosa que quejarse y regañarte. Que no soportabas estar junto a ella y deseabas que se esfumara de tu vida.

Hermione había alzado la cabeza con ese comentario y había mirado a Ron con cierta incertidumbre. Ron tragó en silencio y ladeó la cabeza hacia Lavander.

— Eso lo dije para complacerte. En realidad, no sé lo que pensaba cuando te dije eso.

Como Harry conocía a Ron, quizá lo decía para safarse de la situación. Hermione respiró nuevamente y continuó leyendo su libro sobre herbología. Lavander había fruncido los labios en una mueca y simplemente se alejó por el pasillo, hacia el vestíbulo. Para Harry, esa relación estaba más que terminada.

Al menos. Lavander ya comenzaba a ponerlo nervioso y de forma muy poco ortodoxa. Hermione ladeó la cabeza hacia él y lo miró, ceñuda. Había algo que Harry no terminó de decirle y le generaba una curiosidad bastante grande.

— Harry. ¿Qué ibas a decirme antes?

Se preguntó si necesitaba decírselo en ese preciso momento. De todas formas, Hermione insistía en saberlo.

— Draco... él...

Hermione inspiró en silencio. ¿Qué clase de secreto sobre ella, podía tener alguien como Draco Malfoy, en su haber? Sobretodo porque realmente, eso poco le importaba. No lo suficiente como para preocuparse.

— Draco creo, quizá me equivoque...pero puede que esté pensando en ti. Más de lo debido.

Lo había dicho. Hermione lo miró con una sonrisa y negó con la cabeza. Claro que no lo crería. ¿Quién lo creería? Además hablaba del ser más repulsivo, luego de Voldemort y su padre, que había pisado Hogwarts.

Soportaba a Snape. Eso intentaba desde que Dumbledore prácticamente le obligaba a hacerlo.

Pero incluso Snape podía ser soportable. Draco ya resultaba molesto en sentidos que no podía describir. Simplemente lo odiaba. No podía verlo al rostro, sin sentir náuseas.

— Harry, por favor.

— Sí, suena gracioso...pero no miento. Al menos creo que no miento en este caso.

Porque Draco, pasaba horas mirándola. Pasaba horas metido en la biblioteca, por alguna razón. Y a no ser que quisiera superarse, era por esa misma razón que estaba discutiendo con ella. Hermione no dejó de sonreír y en cuanto Ron escuchó la conversación, también rió del asunto.

Draco permanecía sentado en su puesto, callado y con la mirada fija sobre la mesa de Gryffindor. Ronald se había salvado. No había muerto y seguía caminando en aquellos pasillos.

¿Podía ser peor su pesadilla? Comenzaba a desear con todas sus fuerzas, que los resultados de su pequeño experimento, tuviesen sentido. Fuesen los que esperaba. Un castigo razonable para todos sus enemigos.

Jugó con la comida por un rato. Allí estaba ella, sentada a un lado y riéndose de algo. Riéndose por última vez, porque seguramente sería la primera a la que Bellatrix querría asesinar.

Y seguía sin entender qué tanto mortificaba, el verla. Porque en su cabeza cernía la amenaza de Harry. Quizá, ya le estaba comentando y ella se reía de ello. Pero claro. Eso era. Se reía de la acusación de Harry Potter, hacia él.

Él también se hubiera reído de no haber sentido varias partes de sí, en diatriba. ¿Por qué discutía consigo mismo, si todo era mentira o si lo que Harry confesaba, era en realidad, bastante cierto?

Pero ya estaba listo para dar su gran golpe. Se levantó de su asiento y con un suspiro calmo, caminó hacia la salida. Harry quién escuchaba la conversación de Ginny sobre el partido que seguía, ladeó la cabeza para mirarlo irse.

Tenía que seguirlo. Descubrir qué tramaba. Se levantó con ese propósito y nada lo detendría. Nada ni nadie podría hacerlo.

El mapa podía estarse equivocando. Podía no tener algún pasadizo escrito y por allí él desaparecía. Tenía que atraparlo con las manos en la masa y demostrale a Snape y a Albus Dumbledore, que no se equivocaba.

Que Draco andaba en asuntos peligrosos para la escuela y sus estudiantes.

— ¿Harry?— preguntó Hermione, pero él ya comenzaba a seguir su camino. Las huellas de cobarde que dejaba. 

Podía hacer eso por todo el día, si ello le traía resultados. Lo siguió mientras doblaba la esquina hacia un pasillo. Sabía lo que estaba allí. La sala de menésteres y su maldito secreto. Lo había descubierto.

Allí se escondían las sabandijas como él. Lo tenía entre sus manos y esperaba verlo caer con un solo detalle.

Solo eso. Y entonces, no tendría alternativa. Ya no podría huir. Lo miró mientras se perdía a través de la pared.

Allí había estado todo ese tiempo que lo había estado buscando. Donde incluso; ellos habían practicado los encantamientos para el ejército de Dumbledore. Pero claro, ¿cómo había sido tan tonto para no verlo?

Dobló el mapa en su bolsillo y se preparó para encararlo. Con suerte podía romperle la nariz, como él le había hecho.

Tenía una sola oportunidad de conseguirlo. Nadie lo oiría gritar, mientras estaban dentro de aquella habitación.

Solo la gran cantidad de artículos inservibles, dentro. De resto; era un silencio muerto. Sin palabras.

Estaba ahogado en su propio destino.

— Buena suerte, Draco. La vas a necesitar.

Mientras, Draco trataba de no alterarse. Se suponía, debía encontrar a la misma ave, dentro de aquel enorme armario evanescente. Pero no estaba seguro de su funcionalidad y temía que no regresara. O que simplemente ocurriera algún desmembramiento en el proceso.

— Vamos... maldita ave. Aparece dentro del armario— dijo, antes de abrirlo y con un tono de voz irritado— No puedo fallar ahora. Ellos confían en mí para tener el éxito que el señor tenebroso merece.