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Historia 64236 — capítulo 4

Las navidades llegaron demasiado pronto, y para entonces ya Zabini era uno de los profesores favoritos de Hogwarts. Siempre detrás de Longbottom, pero no le extrañaba, el Gryffindor era mucho más cordial. Aún así, era mucho más aceptado que Weasley, que era simpático pero no se había ganado el aplauso de los alumnos. Aunque sí el deseo de las muchachas, casi a la misma altura que él.

Le gustaba eso, pese a que era una competición estúpida. Era el segundo favorito. Y el primero más guapo, sin duda alguna. Se acicaló una vez más ante el espejo, pues iba a ser el baile de Navidad, y salió de su cuarto. No podía invitar a nadie de fuera del colegio, pero sí - lo había comprobado, por si acaso- a una alumna. Eligió cuidadosamente, a sabiendas de que si elegía muy mal, la vida de la chiquilla daría un revés horrible.

Tenía que ser ya popular, sin que su acompañante sirviese para ello. Tenía que ser ya envidiada y odiada. Y guapa, sin duda alguna. Pero no Gryffindor. Ni Slytherin, no quería ser tachado de dar privilegios a su antigua casa. ¿Hufflepuff? Jamás.

Una Ravenclaw era su única opción. Quiso elegir a una Weasley, que además era hija de la semiveela que fue al Torneo de los Tres Magos de su cuarto curso, pero ella no se lo pidió. Y no caería tan bajo como para pedírselo él.

Otra Ravenclaw se cruzó por su camino, echándole ojitos. Se detuvo frente a él y le dijo, de forma -ligeramente- impertinente:

  • Profesor, imagino que como sigue sin pareja, no ha encontrado a nadie a su altura. No se preocupe, yo estoy aquí para eso -se colocó el largo cabello negro, con cuidado, y no esperó a su respuesta con expectación, sino simplemente esperaba, confiada.

  • Claro, ¿por qué no? -Tampoco sonrió ampliamente, sino que sus ojos brillaron con el conocimiento que daba el 'ya lo sabía'. Tras eso, se marchó.

Algo Smith. La hija de Zacharias Smith, un imbécil que tenía su edad que fue a Hufflepuff. Pero su hija estaba muy buena, no podía dejar de admitirlo. Y si no fuese alumna, la llevaría a su cuarto tras el baile. Iba a sexto, en Ravenclaw. Pero cualquiera diría que no iba a séptimo y era una Slytherin.

El baile fue un éxito respecto al decorado. Magnífico, un gran trabajo de McGonagall y Hagrid. Pero lo que nadie se esperó, excepto tal vez dos personas, es que tuviese tal repercusión de cotilleos tras él.

Zabini sonreía, vestido tan pulcramente de blanco, que brillaba. La gente no paraba de mirarle, y a él no le incomodaba en absoluto. Por lo visto, tampoco a su acompañante, que venía vestida de un rojo tan provocativo que Zabini necesitó tranquilizarse en su fuero interno antes de acercarse del todo hacia ella.

  • Maravillosa, Smith.

  • Susan -le pidió, con una sonrisa leve, dejándose llevar hacia el comedor-. Me llamo Susan.

  • Ya. Pero, querida, como bien dije el primer día de clases, yo no me aprendo los nombres de mis alumnos. Resulta que sé cómo te apellidas porque conocí a tu padre.

  • Lo que sea. Hoy no estamos en horario de clases. Esto es casi como… una fiesta. Y en las fiestas, Blaise, solemos llamarnos todos por nuestro nombre -ante tal desfachatez, no pudo evitar reírse entre dientes, y echar hacia atrás su asiento, una vez llegaron a su mesa.

No estaban todos los profesores juntos, pero al ser Weasley y él los únicos con pareja del alumnado, decidieron sentarles a los cuatro juntos. Pero ellos tardaron en aparecer. Lo suficiente como para pasar desapercibidos y que nadie les mirase al entrar. Petición de ella, seguro.

Ni siquiera la observó, pasó la noche hablando con Susan. Hablando es un eufemismo, porque lo que intentaban era provocarse, lograr que el otro cayese en sus brazos esa noche. Y por eso Zabini sonreía, ampliamente, pese a que las miradas de reprobación de McGonagall no dejaban de clavarse en él. Esa chica tenía estilo, un estilo que nada tenía que envidiarle a Parkinson en sus tiempos.

  • ¿Bailas? -Preguntó, dejando la servilleta cuidadosamente sobre la mesa, y poniéndose en pie, a la vez que extendía un brazo hacia ella. Ni siquiera se dio cuenta de que, al otro lado de la mesa, Weasley hacía lo mismo.

  • ¿Por qué no? -Y ella le imitó, cogiendo su mano.

El baile lo dominaban a la perfección, casi compenetrados. Pero Zabini no se sentía cómodo. Aún menos cuando ella le clavaba unas uñas gigantescas en el brazo. Disimulaba, sonriendo y dándole vueltas a menudo.

Por eso todas las miradas estaban pendientes de ellos, excepto cuando pasaron cerca de Weasley y su pareja. Incluso ellos tuvieron que detener su baile, anonadados.

No es que bailasen bien, no. De hecho, ni siquiera estaban bailando. Tampoco es que ninguno de los dos estuviese especialmente hermoso. No.

Era porque se estaban besando con una dulzura que, al menos Zabini, no había contemplado jamás. Charlie le sostenía de la cintura, y ella rodeaba su cuello, ocultando su rostro con el cabello castaño y con el rostro del profesor.

Nadie quiso detenerles, excepto McGonagall. Siempre ella. Pero era la directora y era su deber hacer cumplir las normas. Incluso si fuese Charles Weasley, uno de los profesores más expertos en defensa personal, una asignatura añadida ese año. No con resultados muy favorecedores, todo había que decirlo. Le dolería, pero tendría que marcharse del colegio en cuanto hablasen.

  • Charles -llamó. Nadie se sobresaltó, todos esperaban en su fuero interno esa interrupción, pero sí les sorprendió encontrar un brillo de tristeza en su mirada.

Nadie supo qué pasó después de que se marcharan, ella aún sin mostrar su rostro, terriblemente apenada. Pero sí supo que le expulsarían después de este curso y no podría volver a enseñar en Hogwarts. Para ella no hubo castigo, pero seguía en el más absoluto anonimato.

O casi. Porque Zabini le había reconocido, aún extrañamente. Desconocía su nombre y su apellido, pero conocía ese cuello. Le había atormentado en una de sus clases, una en la que se encontraba bastante excitado, y decidió que necesitaba llevar bufanda. Todos creyeron que fue una broma casual, incluso ella se río.

No se fijo en su cara, en cambio. Pero lo haría. Sabía que tendría que reconocerla, porque era una de las muchachas de su clase de séptimo. Y no eran muchas tampoco.

Lo que sí sabía es que tenía un cuello extremadamente sensual y bonito. Y que si lo veía, no podía parar de mirarlo.

Quería saber quién era. Lo necesitaba. Para prohibirle enseñar su cuello en clase.