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Las debilidades de un Gryffindor — capítulo 3
Hermione se quedó atónita con las palabras de Snape y prefirió no emitir otra opinión. Era cierto que estaba atada de brazos y no podía reaccionar de mala gana o tendría problemas. Severus Snape perdía la paciencia rápidamente y si él ya había cometido un crimen, no dudaría en cometer otro.
Quizá no dudaría en matarla, ni un poco. No le había temblado el semblante, cuando había alzado la varita en contra de Harry.
Desconocía los motivos, pero dudaba que lo hubiese hecho para salvarlo. O más bien, por una buena causa.
Aunque asesinar, jamás sería una buena causa.
Dejó de pensar, cuando Severus regresó de un compartimiento secreto, tras un gran estante lleno de libros.
— Todo está preparado para que pase la noche, de la forma más "cómoda" que pueda. No está tan limpio como esperaría una persona como usted, pero no suelo recurrir a este lugar para variar. Desconozco la razón por la que nos han congregado aquí y supongo será; porque el resto de las casas serían lugares demasiado obvios para tenerla protegida. Le recuerdo las reglas básicas de la convivencia. Soy aunque no sea su profesor, "señor". Además de ello, le recuerdo que todo lo que no sea suyo, no lo deberá tocar. ¿Me entiende?
Hermione asintió sin discutir, mientras Severus miraba la vieja cocina. Le faltaban un par de asas a las gavetas de la misma. Un par de encendedores a la cocina a gas y la vieja tetera no tenía una jarra donde recoger el café. Se imaginó que tendría que realizar unas cuantas reparaciones. Y sin embargo, podía quitar el polvo acumulado en las camas. Lo importante era dormir. El resto se podía solucionar después.
La dejó sola, creyendo que sus órdenes ya habían sido muy claras. Hermione permaneció sentada en el viejo sofá, escuchando ruidillos en el techo de madera. Imaginó se trataba de animales rastreros y recogió sus piernas del sucio suelo. No quería encontrarse con alimañas. Arañas o ratas.
¡Qué lugar tan viejo! Podía tener muchos años, lo parecía. Ladeó la cabeza hacia el viejo estante con aquellos libros de pasta gruesa y de marcalibros dorados que brillaban bajo la pobre luz de una lámpara de mal gusto.
¿Al menos podría leer un poco? Si tenía que pasar toda su vida, ocultándose de un asesino falso al que tenía frente a su vista, podía pasarla mucho mejor que permanecer sentada y mirando al tejado, preguntándose si había ratas o arañas.
A Snape no le iba a inquietar, que tomara un par de libros y los leyera. Se levantó con ese fin y al tomar el primero, tuvo que toser. El polvo era increíblemente denso y le causaba sinusitis.
Miró la cubierta y se dijo que nunca había leído ese libro. "Propiedades antitosígenas de las raíces de asfódelo".
Podía resultar interesante. Regresó a su lugar y se acomodó en el viejo sillón, abriendo el libro y revisando sus páginas. Un enorme índice saltó a su vista y se dijo que tendría mucho que leer.
A la mitad de cada una de las propiedades que comenzaban con "a", ya comenzaba a creer lo contrario. Ella también se aburría con los libros. No siempre los leía todos. Aunque prefería leer una novela. Una donde describieran su caso y le dijeran qué hacer con el asesino que estaba allí, con el aliento sobre su nuca.
Severus regresó minutos después y la miró, leyendo el libro y con una expresión de aburrimiento. ¿Por qué tocaba sus cosas sin habérselo pedido antes? ¿Es que ella no conocía el significado de respetar la propiedad ajena? Caminó hasta ella y cerró el libro en sus manos, atrapándole uno de sus dedos.
Hermione soltó un quejido y Snape sonrió suavemente.
— ¡Oiga! ¿Por qué hace eso? ¿No ve que duele?
— El significado de propiedad ajena en un diccionario, claramente establece que es todo aquel objeto, sistema, transacción o lo que quiera, que no nos pertenece. Acceso restringido a ello.
— ¿Y qué se supone que haré, mientras usted me protege de un enemigo que ni siquiera existe? ¿Limpiar su casa o contemplar el tejado hasta que me muera?
— La primera opción suena muy tentadora, pero creo que el ministerio abolió el trabajo a la fuerza, para el año cuarenta y tanto..— dijo Snape, devolviendo el libro a su lugar— le aconsejo más bien, que se prepare para las múltiples entrevistas que tendrá que dar para el ministerio de magia. No dejarán de acosarla, hasta dar con el rostro del culpable. Y como usted no piensa delatarme, le recomiendo que use sus energías para pensar en una coartada para defenderse.
¿Por qué Snape siempre tenía la razón en todo lo que decía? Resultaba exasperante y por sobretodas las cosas, incómodo.
— Pero yo podía delatarlo.
— No. Eso le traería problemas con ellos. Ellos pensarán que usted me cubre las espaldas, que es una mentirosa y la culparán. Creerán que usted colaboró con la muerte de Potter y por eso me ha salvado la vida. Entonces irá tan presa como yo, porque si mal no he contado, tiene la edad para irse a la cárcel y pasar un pequeño rato con los dementores.
Hermione tragó con fuerza y se encogió en el asiento, mientras Severus Snape, devolvía el libro al estante. Conocía cada posición de cada libro. Ella lo miró con mucha rabia. ¿Por qué rayos le había perdonado la vida?
Porque no era una asesina y no podía verlo morir frente a sus ojos. Porque era una cobarde y por ello pagaría un precio muy alto.
— Le recomiendo que suba a través de las escaleras tras el librero y descanse un poco. Lo necesita. Luchar contra sus principios, ha de ser extenuante. Pronto veremos el gran y famoso entierro de Harry Potter y sé que llorará. Necesita descansar o de lo contrario, no le sentará bien.
Hermione se levantó sin decir nada más, mientras Severus le daba un suave toque con su varita, al estante. Se movió sin chistar.
— Y supongo, usted no sufrirá ni una pizca.
— Supone bien. Aunque siendo un ser humano, como lo soy, es posible que sienta algo de lástima por Potter. Pobre Potter.