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A la Fuerza — capítulo 5

Capitulo 5

Blaise salió de la habitación con una sonrisa en los labios. Hizo una floritura con la varita y selló la habitación mediante magia. El pasillo quedó en penumbra, ya había anochecido. Algo le llamó la atención ante él. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió que había alguien recostado contra la pared de enfrente, llevaba una túnica negra con capucha y su rostro quedaba en la absoluta oscuridad. Pero Blaise sabía quien era.

—Has vuelto muy pronto, Draco.

La sombra se movió y caminó hacia él, lentamente, hasta quedar cara a cara. Los ojos de hielo de Draco destellaron en la oscuridad mientras escudriñaba los ojos pardos de su amigo.

—¿Has averiguado algo?

—Por supuesto. Se ha resistido un poco, pero a base de persuasión con mis métodos, se lo he sacado todo.

—¿Y bien?— preguntó el rubio impaciente.

—Weasley no sabe absolutamente nada.

—Me lo suponía— dijo Malfoy con una sonrisa en los labios— Solo quería que me lo confirmases— miró hacia la puerta de la habitación— ¿Cómo está ella?

—Agotada. ¿Vas a entrar?

—No. La dejaré que duerma. Mañana por la mañana ya hablaré con ella.

Sin decir nada más, Draco se encaminó hacia las escaleras que llevaban al vestíbulo. Bajó tranquilamente, pensando en lo que Blaise le acababa de revelar. Una sonrisa diabólica apareció en su rostro. "*Así que Hermione nunca le contó a su querido pobretón que le ha sido infiel... Eso le va a encantar a ese idiota. Voy a divertirme con todo esto. Va a sufrir hasta el final"*Draco entró de nuevo en la biblioteca y se sentó detrás del escritorio de ébano tallado. Se arrellanó en la enorme butaca de cuero y juntó las yemas de los dedos ante su rostro, apoyando los codos en los reposabrazos de la silla. En ese instante, entró Golyle, en la biblioteca, precipitadamente.

—¡Señor Malfoy! Hay aurores alrededor de su casa. Lo están buscando. Entre ellos estaban Harry Potter y ese Weasley.

—¿Solo aurores?— preguntó Draco interesado.

—Sí, señor.

—Deben de ser los amigos de ellos— se quedó pensativo durante unos momentos— Tú y Flint, id a vigilar. Debe de ser la Orden del Fénix. Mantenedme informado.

Goyle y Marcus Flint salieron disparados por la puerta para cumplir la misión. Blaise se acercó a Draco y le dijo:

—La cacería ha empezado. No van a parar hasta que la encuentren, Draco.

—Mañana se le van a quitar las ganas de buscarla más a ese Weasley. Voy a hablar con él en el Ministerio. Voy a hacerle ver la verdad de una vez. Voy a contarle lo que su esposa y yo hicimos en Hogwarts, pero voy a alterar un poco la historia, por supuesto. Me voy a divertir haciendo esto, Blaise, ya lo verás.

—Nunca voy a entender porque te gusta esa simplona, Draco— dijo una voz femenina desde el sofá.

—No lo has de entender, Pansy— le dijo Draco— Eso es solo asunto mío.

Pansy Parkinson se levantó del sofá y caminó sinuosamente hacia la mesa donde estaba el nuevo líder de los Mortífagos.

—¿Vas a arriesgar todo lo que hemos conseguido por esa zorra?

—¿Te has mirado a ti, Pansy?— le dijo el rubio mientras se levantaba del sillón y se acercaba peligrosamente a ella por encima de la mesa. De pronto, la cogió por el cabello y la hizo acercarse a él — Nunca... ¿me has oído? Nunca vuelvas a llamarla zorra. Ya tengo bastante contigo, Pansy. Sal de mi vista.

Draco la soltó bruscamente, haciendo que perdiera el equilibrio y cayese en los brazos de Jericó Barrows, que también se había levantado del sofá, alertado por la impertinencia de su novia. Sin decir nada, el pelirrojo se llevó a su chica de nuevo al sofá.

—¿Estás loca, Pansy? Vas a hacer que te mate. No lo provoques más.

—No entiendo por que quiere a esa estúpida...

—Ten cuidado con lo que dices, Pansy. No quiero perderte. Déjalo. Vive tu vida y deja que los demás hagan la suya. Si él quiere a esa Sangre Sucia, déjalo hacer. Vayámonos a dormir, mañana será un día muy duro.

La pareja se levantó del sofá y salió de la biblioteca, pero antes de que Jericó cerrase la puerta, Draco lo llamó.

—Jericó, cierra la puerta, — el pelirrojo iba a hacer entrar de nuevo a Pansy, pero el rubio le dijo—: Pansy se queda afuera.— cuando la puerta estuvo cerrada, Draco habló— Mantén alejada a esa arpía de Hermione. Si le pasa algo, la primera en morir será Pansy. ¿Me has entendido?

—Perfectamente, señor.

—Mañana vosotros dos averiguaréis dónde se hospeda Ronald Weasley, y lo vigilareis las veinticuatro horas del día, vais a ser su sombra, pero sin que él se de cuenta de ello. Quiero informes regulares.

—Sí, señor— Jericó hizo una reverencia y salió de la biblioteca con cara de preocupación.

—Buena manera de deshacerte de Pansy, Malfoy—dijo Blaise.

—Estoy más que harto de ella.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando aun nadie había despertado, Draco Malfoy entró en su antigua habitación. Había una vela sobre una cómoda que iluminaba tenuemente la estancia. Sobre la cama revuelta, estaba la figura dormida de Hermione Granger.

Draco se acercó lentamente a la cama y la observó un momento. Su cara estaba crispada por el cansancio y el llanto. Sus pestañas largas y oscuras estaban húmedas y su respiración a veces era entrecortada. Eso quería decir que no hacía mucho que se había quedado dormida a causa del agotamiento.

En ese momento, Draco sintió como se le formaba un nudo en el estómago por el remordimiento. Ella sufría por su culpa, pero de inmediato desechó ese sentimiento. No. Él era frío, cruel, calculador. Un mortífago dispuesto a todo por conseguir su venganza y con un movimiento de varita la despertó.

Hacía solo media hora que se había quedado dormida y Hermione sintió como era despertada de pronto. Abrió los ojos sobresaltada y se incorporó sobre la cama. Sus ojos solo tardaron unos segundos en reparar en la figura que estaba plantada ante la cama. Los ojos de la castaña recorrieron aquella figura de arriba abajo, era Draco Malfoy, que la observaba con una mirada fría y arrogante. Iba bien vestido y en el brazo le colgaba una túnica del Ministerio.

—Buenos días, Granger. Veo que no has dormido nada... Tanto me da.— el rubio se sentó en el borde del colchón— Blaise descubrió algo muy interesante ayer. Algo que me alegra, pero que al mismo tiempo me decepciona, Granger. Yo pensé que se lo contabas todo a tu querido esposo, pero no es así. Hay algo que nunca le has contado. Por eso se lo voy a contar yo esta misma mañana.

—¿De qué estás hablando, Malfoy?— preguntó ella temerosa.

—Nunca le has contado qué pasó en Hogwarts, ¿verdad? Nunca le has dicho que tuviste una "aventura".

—No puedes decirle nada, Draco. Eso lo va a matar. Él...

—¿Confía en ti?— la interrumpió él— Me gustará saber qué piensa de ti cuando se lo cuente.

—Vas a destruir lo que más quiero...

—Voy a conseguir, exactamente, lo que siempre he querido, Hermione. Cueste lo que cueste— Draco se levantó de la cama bastante enfadado. Esa mujer podía ser desesperante cuando se lo proponía. Sin decirle nada más, salió de la habitación y la dejó sola de nuevo.

Hermione estaba confusa. Estaba a punto de perder a Ron para siempre, por su culpa, por haberse liado con su peor enemigo. Siempre había pensado que Ron nunca se enteraría de aquello, y con el tiempo llegó a olvidarlo. Pero ahora todo eso había salido a la luz y amenazaba con destruirla a ella y a su familia.

No quería pensar qué diría Ron. Él había confiado en ella y ahora sabría que le había traicionado. Se dejó caer de nuevo sobre la cama y enterró su rostro en la almohada dejando que las lagrimas la empapasen un poco más.

Antes de partir hacia el Ministerio, Draco se dirigió hacia la biblioteca. Allí encontró a Blaise que estaba hablando con algunos de los Mortífagos.

—Blaise— le llamó el rubio— Necesito que me traigas esos recuerdos, ahora mismo. No me voy a conformar con contárselo, sino que también lo va a ver con sus propios ojos.

—Como quieras, Draco.

El moreno dio las últimas instrucciones a sus hombres y salió de la biblioteca. Sabía que le pediría algo así. Draco no era de los que se conformaban con simples palabras. Ya lo había previsto y había dejado esos recuerdos más asequibles. Se paró ante la puerta de la habitación en la que estaba la castaña y en su mano hizo aparecer unos frascos de cristal. Quitó el hechizo que cerraba la puerta e ingresó en la habitación.

Hermione estaba sentada en el borde de la cama con la mirada perdida hacia la ventana. Al oír que alguien entraba, se sobresaltó y se encogió sobre sí misma sobre el colchón.

—Buenos días, preciosa— dijo Blaise en tono burlón— Vengo a recoger algo que le hace falta a Draco— mientras hablaba se acercó a ella sacando su varita— Necesito que me des los recuerdos que busqué ayer. Y por tu bien, espero que me los des voluntariamente.

—Haz lo que quieras, Blaise. De todos modos, he perdido igual.

Con un rápido movimiento de varita, el moreno entró de nuevo en la mente de la castaña. En pocos minutos ya tenía esos recuerdos embotellados y listos para que se los llevase Draco. Cuando hubo terminado, Hermione se derrumbó y empezó a llorar amargamente con la cara entre sus manos.

Blaise nunca había visto llorar de esa manera a una mujer. Era sobrecogedor verla temblar y sollozar tan desesperadamente. El moreno se arrodilló ante ella y la tocó levemente en el hombro.

—Hermione…

—¿Por qué, Blaise? ¿Por qué?— ella lo miró a los ojos, con la cara empapada por sus lagrimas.

—¿Por qué tuviste que involucrarte con él, Hermione? Te lo advertí. Él es peligroso, muy vengativo. Cuando tú lo rechazaste, lo pasó verdaderamente mal. Te ganaste un gran enemigo, Hermione, y sabes que te lo advertí— hubo una pausa. La castaña lloraba y Blaise se sentía impotente ante esa situación.— Tu lo amabas, Hermione ¿Por qué no dejaste a Weasley y seguiste con Malfoy?

—No podía romper con Ron, íbamos a casarnos cuando terminase mis estudios, estábamos comprometidos.

—¿En verdad amabas a Weasley?— Hermione abrió la boca para contestar, pero el moreno alzó una mano para callarla— No me contestes ahora. Mas adelante seguiremos con esta conversación. Ahora me tengo que marchar.

Blaise se levantó del suelo y se dirigió a la puerta. Cuando salió de allí, volvió a echar el hechizo a la puerta y bajó de nuevo a la biblioteca. En la sala encontró a Draco mirando por la ventana hacia los jardines.

—Aquí lo tienes, Draco— dijo el moreno tendiéndole los frascos llenos de una sustancia plateada—Espero que te sirvan.

—Mi venganza ha empezado— se giró hacia su amigo y cogió los frascos para meterlos en su portapapeles— Me marcho. Si pasa algo ya sabes qué hacer.

Malfoy cogió su portapapeles de cuero negro con el emblema del Ministerio y salió de la casa. Al salir por la verja de hierro forjado, se desapareció hacia el Ministerio de Magia.

Al aparecerse en el callejón, al lado de un viejo teatro, Malfoy miró a su alrededor, para comprobar que estaba solo. Miró su reloj y vio que eran las ocho en punto. Rebuscó en su bolsillo y sacó una moneda con el emblema del Ministerio de Magia. Al salir del callejón, cruzó la calle hacia unos escalones flanqueados por unas rejas negras y puntiagudas, donde se distinguían dos carteles bastante gastados que decían: "Damas", y el otro "Caballeros".

Bajó los escalones rápidamente para entrar en uno de los retretes metiendo la moneda en la ranura de la puerta, se subió a la taza del inodoro y metió los pies en el agua sin mojarse, para luego tirar de la cadena y descender por las cañerías y aparecer en una de las chimeneas del Atrio.

En el centro del gran vestíbulo había un monumento a los caídos en la Batalla de Hogwarts, bastante imponente. Era una composición espectacular, en la que destacaban un pequeño grupo de magos y brujas que alzaban sus varitas al cielo. Estos magos estaban rodeados por otros que estaban en segundo plano, al igual que unos centauros, unos elfos domésticos y unos hipogrifos.

Draco se dirigió rápidamente hacia el final del vestíbulo para entrar por las puertas doradas. Cuando iba a entrar hacia la zona de ascensores, un mago alto y de pelo cano se le acercó medio corriendo.

—¡Señor Malfoy! ¿Ha visto lo que pone en el Profeta?

—No, Cadwallader, aun no he tenido tiempo de leerlo— dijo Malfoy, poniendo cara de extrañado.

—Toma— le dijo el hombre tendiéndole un ejemplar del periódico— Esto no puede seguir así. Espero que el señor Ministro sepa qué hacer.

Malfoy echó un vistazo a la primera plana y vio en ella una foto con movimiento de Hermione saludando a la cámara, vestida con una túnica de abogado, junto a un elfo doméstico algo azorado. El titular era grande y bien visible.

FAMOSA ABOGADA MÁGICA SECUESTRADA PORLOS MORTÍFAGOS

"La abogada mágica, Hermione J. Weasley, defensora de los derechos de los elfos domésticos y e los muggles, fue secuestrada en su casa de Ottery St. Catchopole, ayer al mediodía.

"Según fuentes del Ministerio, fueron los nuevos Mortífagos los autores de tal atrocidad. Poco antes de las dos del mediodía los criminales irrumpieron en su casa y se la llevaron sin dejar rastro. También sabemos que la abogada tuvo tiempo de poner a sus hijos a salvo antes de que se la llevasen.

"El Jefe del Cuartel General de Aurores, el señor Harry Potter, nos ha asegurado que se está haciendo todo lo posible para encontrarla y rescatarla.

"Nuestro periodista encargado de la noticia, Zack Fild, nos relata todo lo... (Sigue en la pagina 5)

Draco trató de no sonreír, miró al mago que lo miraba expectante y le dijo con tono bastante serio y convincente:

—¡Hasta aquí hemos llegado! ¿Qué pueden querer los mortífagos de la señora Weasley?

—Esto no me gusta nada, Malfoy. Han empezado a atacar a gente importante. Será mejor que le advierta al señor Ministro del peligro que todos corremos.

Mientras estaban hablando, habían entrado en uno de los ascensores, junto con otros magos y brujas. Hasta ese momento, Draco no se había dado cuenta de que todos estaban hablando del mismo tema: El secuestro de Hermione Weasley. La gélida voz femenina del ascensor anunció su llegada a la primera planta, donde estaba el despacho de Malfoy. Justo al salir del aparato, su secretaria lo llamó algo nerviosa.

—¡Señor Malfoy!— exclamó una menuda muchacha joven de pelo rubio muy rizado, mientras se le acercaba.

—Dime, Kathy.

—El señor Ministro quiere verle de inmediato, le espera en su despacho.

—Ahora mismo voy a ir.

—También ha venido el señor Potter, quería hablar con usted.

—¿El Jefe de los Aurores? ¿Qué querrá?—preguntó Draco con cara extrañada, pero en realidad sí sabía qué quería San Potter.

—No lo sé, señor, no me ha dicho nada.

—Envíale una nota y dile que dentro de una hora estaré en mi despacho, por si quiere hablar conmigo.

—Muy bien, señor. — la chica no le dijo nada más y se marchó hacia una de las puertas que había a lo largo del pasillo que llevaba al despacho del señor Ministro, Sebastián Livelly.

Draco pasó de largo su despacho y se encaminó directamente a ver al señor Ministro. Al llegar al final del pasillo, se encontró con un gran vestíbulo repleto de mesas donde los empleados del ministerio se dedicaban a redactar informes y memorandums para el jefe de estado del mundo mágico, que de tanto en cuando salían volando hacia todas direcciones.

Malfoy se dirigió a la puerta que estaba más alejada, era una puerta de roble de doble hoja en la que destacaba una placa dorada que decía: "Ministro de Magia, Sebastián Livelly". Tocó a la puerta y una voz agudade hombre le dio permiso para entrar.

El despacho del Ministro de Magia era grandioso. En las paredes colgaban cuadros de todo tipo, pero los que más destacaban eran los de los anteriores Ministros, junto con otros de gente importante de la Comunidad Mágica. Los cuadros de la gente que aun no había fallecido estaban estáticos, en cambio los demás eran pinturas con movimiento.

En el fondo del despacho destacaba una gran mesa de roble tallada, con un sillón giratorio de cuero marrón, en el que se sentaba un hombre menudo, delgado, con una incipiente calva. Tenía el cabello blanco algo largo, y llevaba unas gafas de montura plateada sobre una nariz larga y puntiaguda.

Cuando escuchó que la puerta se cerraba, alzó la vista y unos ojos grandes y verdes se clavaron en los de Draco. Al verlo le sonrió abiertamente y le indicó con la mano que se sentase en una de las sillas ante su escritorio. Cuando Draco se sentó en su asiento, pudo ver que el señor ministro estaba escribiendo una carta, que terminó en pocos minutos, la selló y la mandó hacia una especie de buzón que daba directamente a la lechucería del Ministerio.

—Malos tiempos corren, mi joven amigo. ¿Se ha enterado de lo que han hecho los Mortífagos?

—Lo he leído en los periódicos, señor ministro.

—No entiendo por qué han tenido que atacar a la familia Weasley. Esta mañana he estado hablando con el esposo dela víctima. Está destrozado, pobre hombre.— el señor ministro se levantó de su asiento y empezó a pasearse por la habitación— Quiero que empiece a hacer una investigación sobre lo sucedido. Quiero averiguar, sin demoras, quienes son los nuevos Mortífagos. Ya me estoy empezando a cansar de ellos. Desapariciones, ataques a muggles... Solo espero que no empiecen a matar a gente. Eso sería mi perdición. No quiero acabar como Cornelius Fudge, él no creyó en lo evidente hasta que fue demasiado tarde, pero yo no voy a caer. Me cuesta reconocer que vuelve a haber magos tenebrosos dispuestos a aterrorizar a la comunidad, pero es la realidad.

—¿No cree que se precipita, señor Ministro?— preguntó Malfoy— Podría tratarse de otro tipo de asunto. Nunca se ha confirmado la existencia de esos Mortífagos, podría tratarse de otra cosa.— Dracomiró al Ministro de Magia, que se había parado a pocos pasos de él— Espere que yo investigue un poco, señor, y cuando tenga algún nombre, entonces vamos a hacerlo público.

—Puede que tenga razón, señor Malfoy. Esperaré su informe. Ya sabe que si necesita de la ayuda de los Aurores, puede disponer de ellos.

—Gracias, señor. ¿Sabe dónde se hospeda el señor Weasley? Me gustaría hablar con él.

—Sí, está en casa del señor Potter, por unos días. Es normal que quiera estar con la familia en estos momentos. Solo espero que podamos encontrar con vida a esa mujer.

—No se preocupe, señor, ella aparecerá, se lo aseguro.— Malfoy se levantó de su asiento — Si me disculpa, señor. Tengo mucho trabajo y quiero empezar cuanto antes con la investigación.

—Claro, Malfoy. Váyase.

Cuando el rubio salió del despacho del Ministro, se quedó unos instantes ante la puerta, pensando. Así que la comadreja está en casa de su amigo el cara rajada, era lógico que fuese con su mejor amigo. Pero Potter vive en Grimmauld Place, y esa ubicación es secreta, tiene el encantamiento Fidelio y es ilocalizable. Tendré que decirle a Potter, cuando venga a mi despacho, que quiero hablar a solas con Weasley, no me queda otra.

Cuando Draco entró en su despacho, su secretaria lo estaba esperando sentada en una silla, ante su escritorio. Al oír que la puerta se cerraba a sus espaldas, la muchacha dio un respingo y se giró sobresaltada. Hasta ese momento, Draco no se había dado cuenta de que la chica era muy hermosa. Tenía un fino cabello rubio rizado, que le caía por la espalda hasta más debajo de la cintura, unas piernas esbeltas que destacaban debajo de la túnica azul que llevaba, unos ojos de un verde jade intenso enmarcados por unas espesas pestañas negras, unos labios llenos sonrosados y una piel marfileña que parecía hecha de seda.

La notó nerviosa y cuando la miró a los ojos de nuevo se sonrojó. Avanzó hacia ella y se plantó delante de la muchacha.

—¿Cuántos años tienes, Kathy?

—¿Perdón?… yo… pues, diecinueve, señor Malfoy.

—Eres muy hermosa. Me pregunto si podríamos ir a comer juntos, después.

—Pero… no sé… sí… vale.— la muchacha no dejaba de mirar aquellos ojos grises que la tenían hipnotizada, pero de pronto pensó en lo que le tenía que decir.— Señor, el señor Potter va a venir a hablar con usted en cuanto salga de la reunión en la que está. Y me ha dicho que va a venir con el señor Weasley.

—Fantástico.— Draco se acercó un poco más a ella y le acarició la mejilla. En ese momento se le ocurrió una idea descabellada con respecto a la muchacha. La chica era ingenua y muy inocente, si era como se pensaba, la podría utilizar para sus planes, pero tenía que pensarlo con detenimiento, tenía que sondearla un poco más.

En ese momento llamaron a la puerta y la chica volvió a la realidad de un salto. Como pudo se acercó a la puerta y la abrió. En el umbral estaba Harry Potter y detrás de élestaba Ron, muy pálido. La muchacha los hizo pasar y salió del despacho, pero no sin antes de lanzarle una mirada anhelante a Draco, que le sonrió maliciosamente.

Draco se sentó detrás de su escritorio de roble, en su cómoda silla de cuero negro. Observó como el moreno le lanzaba una mirada de odio, mientras se sentaban en las sillas que estaban situadas delante de su mesa.

—Buenos días, Potter...

—Ahórrate los buenos modales conmigo Malfoy. Quiero saber dónde está Hermione.

—Pregunta incorrecta, Potter. Sabes perfectamente que no te voy a decir dónde la tengo encerrada. Además, hay cosas que Weasley tiene que saber antes de negociar.

—¿Qué le has hecho a Hermione? ¡Mal nacido!— gritó Ron poniéndose en pie.

—¡Ron! Gritando no vamos a conseguir nada.— le dijo Harry, agarrando del brazo a su amigo y haciéndolo sentar de nuevo en su asiento.

—Quiero hablar a solas con Weasley, Potter. Tengo algunas cosas que contarle y prefiero hacerlo en privado.

—No voy a dejar a mi amigo a solas contigo, Malfoy.

—Tranquilo, no le pasará nada. Piensa que estamos en el Ministerio, lo último que quiero son problemas con ellos.— Draco miró intensamente a Ron— Es algo que podría cambiar la situación, no sé si me explico.

Ron se quedó pensativo unos minutos, pero al final dijo:

—Déjanos solos, Harry. Voy a hablar a solas con él.

—¿Estás loco, Ron?

—Puedes quedarte afuera esperando si quieres, Potter— le sugirió Draco— Solo vamos a tardar una media hora, será rápido.

—¿Estás seguro, Ron?

—Sí, quédate tranquilo. Quiero algunas respuestas y si tú estás por en medio será más difícil hablar con éste.

Sin decir nada más, Harry abandonó el despacho y los dos se quedaron solos cara a cara. Draco se levantó de su silla y se acercó hasta un pequeño armario que había en una de las paredes. De él sacó una vasija de piedra gris con unas runas grabadas en ella. La depositó sobre el escritorio y volvió a sentarse en su asiento.

—¿Por qué sacas un pensadero ahora, Malfoy?— quiso saber Ron.

—Hay algunos recuerdos que te quiero enseñar que te van a aclarar muchas cosas.

—No te entiendo.

—Son recuerdos de Hermione, sobre un asunto que te ha estado ocultando durante años.

—No creo que ella me ocultase nada. Nos lo contábamos todo.

—¿Estás seguro de ello, Weasley? Si crees eso es que no la conoces bien. Ella te engañó, estuvo con otro hombre, mientras estaba comprometida contigo.

—Eso es imposible. Por aquella época ella estaba en Hogwarts, acabando sus estudios.

—Precisamente fue en Hogwarts que mantuvo esa relación, pero se cuidó de que nadie se entrase. Se ocultó bien.

—¿Y cómo lo sabes tu?

—Porque yo era ese hombre. Yo me acosté con tu novia durante tres meses, lo que duró el segundo trimestre.

—¡Mientes! Ella no se habría liado con alguien como tu. ¡Es todo una mentira!

—Puedo demostrarte que te estoy diciendo la verdad, Weasley. Tengo sus recuerdos y también tengo los míos. Por eso he sacado el pensadero, para mostrártelo.

Ron se levantó de la silla y empezó a pasearse por la habitación. Su mente trabajaba a toda velocidad intentando recordar algún suceso extraño durante ese corto periodo de tiempo. Si era verdad lo que Malfoy le estaba contando, esa aventura habría comenzado poco antes de Navidad. Recordó que en ese periodo de tiempo, las cartas de Hermione habían sido escasas y muy cortas, a diferencia de las otras. Y cuando había vuelto, por Pascua, la había notado rara, era como si estuviera en otro planeta. Las cosas encajaban a la perfección, pero tenía que comprobarlo con sus propios ojos. Miró a Malfoy a los ojos y se quedó petrificado ante lo que vio en ellos: Triunfo.

—Quiero verlo. Quiero comprobar que me estás diciendo la verdad, asqueroso hijo de p… (N/A: mejor no ponerlo, pero lo dejo a su imaginación)

Draco sonrió mientras sacaba los frascos de cristal de su cartera. Vertió el contenido de ellos en el recipiente de piedra y cayeron como si fuese vapor líquido. Después, se llevó su varita a su sien y de ella sacó una fina hebra plateada, que la echó también en la vasija. Miró a Ron y con un ademán de su mano le indicó que él entrase primero en los recuerdos y que él le seguiría.