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Un bebé detiene la guerra — capítulo 24
Hermione despertó aquella mañana; con la sensación de que la observaban fijamente. Al abrir sus ojos, constató que así era. Se sorprendió ligeramente, ante la mirada fija de Snape sobre su cuerpo. Respiró y trató de pensar en algo que terminase con un final feliz. Buenas noticias. No quería escuchar más mensajes desmotivantes. — ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre, Severus?— dijo, dubitativamente. Snape respiró lentamente y negó con la cabeza. Durante unos minutos, sus dudas solo crecieron.— ¿Severus, qué sucede? — Quisiera preguntarte algo, Hermione. Antes de que mi madre lo haga. Antes de que toda la situación se torne embarazosa e incontrolable. Asintió y se dijo que tal vez no podría resultar tan malo como creía. Quizá solo era algo prosaico que Snape tenía miedo de confesar. Como nombres de bebés o padrinos. Algo de ese estilo imaginaba su cabeza, cuando Snape sacaba de un viejo cajón de la cómoda junto a él, algo pequeño. No había abierto su mano, aunque las proporciones del objeto, parecían ser lo que ella estaba comenzando a pensar. Algo tan pequeño, tenía que ser eso que imaginaba. Y su mente comenzó a andar a miles de revoluciones por minuto. — Creo que puedes pensar que se trata de un pedido muy apresurado. Sin embargo, me gustaría que lo pensaras muy bien, antes de decir cualquier cosa al respecto. Tomó su mano y dejó caer el objeto en ella. Cuidadosamente. La cerró y antes de que viera qué había dentro, Severus negó con la cabeza y mantuvo su puño cerrado. — Hazlo cuando te sientas lista. No significa que debas aceptarlo. Es solamente una necesidad de alguien viejo como yo, de quedarse junto a la mujer que ama. Pero no es un requisito obligatorio. Si lo quisieras, de todas formas te lo regalaría. Es tuyo. Sintió que su corazón "sonreía", por la forma tan sencilla que lo había dicho. Por la forma tan "romántica", casi "perfecta", en la que había tratado de explicarse. Se quedó en silencio y ella conocía esa vieja expresión. El bochorno. Alzó su única mano libre, la que no sostenía aquel regalo. Acarició una de sus mejillas, con el dorso de ella. — Te prometo que lo pensaré.— susurró y Severus se inclinó para besarla. Modestamente. Apenas rozando la comisura de sus labios.— lo pensaré con mucho detalle. Lo prometo. Seré justa con mi decisión. — Hermione...yo. — No. No lo digas. — Pero... Colocó un dedo en sus labios y Snape esperó pacientemente. — No digas que lo sientes. Que tengo otras elecciones. Que no importa lo que se vea y trates de hacer por mí, puedo seguir rechazándote. No quiero escucharlo. Te lo agradezco. Se disponía a retirar el dedo de sus labios, pero Snape ya se encontraba hablando contra él. Su aliento envió escalofríos a su piel. — Si alguno de ellos, Potter o Weasley, te propone matrimonio...yo lo aceptaría. Pero ya lo había dicho. Hermione negó con la cabeza y se levantó. Con una sonrisa, tomó aquel objeto y lo guardó en su bolsillo, en cuanto estuvo vestida de forma adecuada para ese día. El inicio de otra semana de embarazo. Se sentía cada vez más lenta. Más temerosa. No tenía otra opción que acostumbrarse a esos sueños oscuros que su cabeza solía proyectarle. Pensaba que se trataba de su embarazo y la dieta a la que estaba acostumbrada. Debía cambiar. Su rutina tenía que cambiar. Dejar las paranoias a un lado. Al bajar las escaleras, su madre estaba detenida al pie y sonreír. Severus respiró con fuerza, preguntándose a qué tenía que enfrentarse en cuanto terminara de descender. — ¿Y? ¿Cómo te fue? ¿Se lo pediste? ¿Le dijiste que querías casarte con ella? Severus ladeó la cabeza hacia la escalera. No parecía que Hermione pensaba bajar en ese preciso momento. Asintió en silencio y su madre sonrió abiertamente. Muy contenta. — ¿Y qué te dijo? ¿aceptó? — Lo pensará, mamá. ¿Crees que es tan sencillo? Eileen torció el gesto. — No lo decía por eso, Severus Tobías. Lo decía porque simplemente había notado, que ella te amaba. Entonces pensé que no tenía nada que decidir. Lo amaba. Pero quizá no tanto. — Severus...— susurró Hermione, en la escalera. Lo suficientemente fuerte para que sus oídos de espía, pudieran escucharlo— ¿Puedo quedarme en cama? No me siento muy bien y no quisiera... Regresó sobre sus pasos y cerró la puerta de la habitación, dejando a su madre por un rato. Le preocupaba mucho más; que Hermione se sintiera enferma. Más que las divagaciones de su madre, sobre su vida amorosa. — He vomitado un par de veces, dos. Quiero quedarme aquí. ¿No te importa que...? — ¿Cómo podría importarme, Hermione? Necesitas descansar. Quédate, te traeré algo de comer y...le diré a mi madre que te haga compañía. A veces se preguntaba: ¿por qué no se había casado antes, con una persona como él? Y entonces recordaba que estaba en la plena "etapa dorada" en su vida. Su plena juventud. En poco tiempo, Eileen estaba allí. Junto a Hermione. Charlando sobre cualquier cosa. Haciéndola reír. Eso necesitaba. Escucharla reír. Que alguien la hiciera feliz. Eso bastaba. Satisfecho. Así se sentía cuando lo oía. Completo. — ¿Matrimonio?— escuchó tras de sí, cuando había terminado de bajar las escaleras. Ginny estaba detrás de él, cuando se quedó en la cocina, preparando el desayuno que Hermione debía comer. Se imaginaba que terminarían enterándose. ¿Y por qué no? — Señorita Weasley. Me temo que no podría decirle... — ¿Y qué ha dicho ella?— Ginny se había adelantado con una inspiración profunda. Nada. — Lo pensará. Ginny pareció sonreír por unos instantes y Snape se mostró desconcertado. ¿Dónde estaban los gritos? ¿Las peleas? ¿El: "usted nunca la tendrá, puesto que es un hombre asqueroso y miserable, que no merece nada"? — Desde donde yo lo miro, ella parece que es muy feliz. Jamás había visto que la trataran con tanto amor y respeto, como lo que usted está haciendo en este preciso momento. No le diré que me lo esperaba, pero no veo razones para que ella le diga que no. ¿Dónde diablos estaba parado, que a todos le parecía correcto lo que estaba haciendo? ¿Que no habían quejas? Excepto Potter. Claro. Era él; su cuota a la realidad. — Severus...¿podrías traerle a Hermione, un poco de agua y alimento? Está deshidratada. No era algo bueno para un bebé. Se dio prisa. Y Ginny seguía pensando lo mismo. Severus parecía ser, a lo sumo, el hombre perfecto. Dentro de su imperfección misma.