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Un bebé detiene la guerra — capítulo 31
Nunca le tendría piedad y no se molestaría en recordárselo. Lo rodeaba, mientras él solo estaba parado allí, sin mirarlo. — Nunca serás lo que ella necesita. Ella nunca entenderá lo que eres. Nunca estará de acuerdo. Pero guardaba silencio en su cabeza, desfragmentando el mensaje y tomando en cuenta solo lo importante. Tomando en cuenta un par de cosas. "Soy todo lo que ella necesita. Ella entiende lo que soy, comprende mi error" Que el señor tenebroso lo dijera mil veces. Ella lo amaba y estaba seguro o casi podía estarlo, de que no se equivocaba. Podía gritarlo, decírselo. Y sin embargo; se arriesgaba con cada acción y palabra al respecto. Asintió solamente y se dijo que volvería a casa. A su realidad. Era ya de noche, la madrugada se cernía sobre aquel día. Había pasado la mayor parte del tiempo allí y sentía que Hermione en su estado, no merecía preocupaciones como aquella. Pero era su deber. No podía hacer otra cosa al respecto. Tenía que ser. Tenía que torturarse con sus palabras de odio. Con lo que podría realizarse. Que ella no lo amara al final, no lo comprendiera. Lo dejara. Se fuera... Se dejó caer en la cama, cuidadosamente. Ya estaba dormida como esperaba. Y ansiaba fuera, profundamente. Pero al rodearla con sus brazos, se dio cuenta de que su miedo se hacía realidad. De que sus preguntas comenzarían a brotar y él, tendría que ser sincero con ella. Pues porque se lo había prometido. — Severus...te extrañé. ¿Dónde estuviste todo el día? ¿Pasó algo malo? Tu madre estaba muy preocupada, no sabía qué decirle. ¿Dónde estuvo? ¿Importaba acaso? — Estaba ocupado. La orden tenía trabajo para mí y me dispuse a terminarlo antes de que... Pero se había ahogado en su propia mentira. Tenía una herida en la frente, podía sentirla. Borbotaba sangre y caía entonces, sobre el hombro. Se dio la vuelta, se fijó sobre su piel y lo que podía ver perfectamente. Sangre. — ¡Oh, Severus! ¿Qué te han hecho? ¿Con quién has peleado, que te ha herido? Consigo mismo, un par de veces. Negó con la cabeza, posando una mano sobre su frente y deteniendo el sangrado. Todas las noches, así fuese en varias piezas al mismo tiempo, regresaría por oír su voz. — No tienes nada de qué preocuparte. ¿Cómo están el bebé y tú? ¿Te bebiste la dosis que te corresponde? ¿Pus...? — No quiero hablar del bebé, ni de mí. Quiero hablar de ti. Quizá yo no sea tan diestra en legeremancia como tú, pero sé que no estabas con Dumbledore precisamente. Y aprendería a usarla si eso me diera respuestas. Parpadeó por unos minutos. Quería mentir, pero no podía. Cuando miraba sus ojos, hablaba sin pensar. Ese era su problema — El señor tenebroso.— barbotó y ella se lo esperaba. ¿Por qué dudaba de su inteligencia? Se dio la vuelta y se acomodó en la cama, en silencio. No intercambiaron opiniones al respecto. — Él dijo algo...él...insinuó que yo nunca sería...que yo nunca sería aquello que necesitaras. Que nunca sería entonces... Hermione dio signos de querer interrumpirlo. No podía verla mientras le daba la espalda, pero se detuvo en el momento justo. — "Él" no me conoce. "Él" no lo sabe. Y él no se tomará la molestia de averiguarlo. Posiblemente no lo seas, ¿quién sabe? Lo sabremos cuando lo intentemos. Eso había sonado a... — Estoy a poco tiempo, Severus, de decirte lo que pienso sobre tu propuesta. Lo he pensado muy bien y creo que estoy en el lugar indicado. En el pensamiento indicado. No podría dormir con la incertidumbre, pero respetaba su espacio. — Tienes que descansar, Severus. Déjame, curaré tu frente. La soltó mientras ella se inclinaba para encender una pequeña lámpara, en una cómoda a su lado. Se sentó en la cama mientras ella caminaba en dirección al baño. Un botiquín, claro. Tampoco tenía un enorme laboratorio en su casa. Guardaba solo lo necesario. Se inclinó con el peso que representaba su vientre de cuatro meses y con dos de sus dedos, colocó un poco de pomada, sobre su herida. Ardía un poco, se lo hizo saber cuando compuso una mueca de dolor. Al menos sabía; que estaba vivo y todo resultaba ser real. — Lo siento mi amor, pero tienes que quedarte quieto. ¿Qué había oído? ¿Qué había dicho? — ¿Cómo me has llamado? Parecía que ni ella misma se había dado cuenta de ello. Sonrió levantándose y negó un par de veces con la cabeza. — Dije: Lo siento, mi amor. Me preguntaría por qué, pero creo que mi cerebro ya lo asocia como algo obvio. Ya entiende. Esas palabras son solamente usadas, con alguien a quien aprecias. Estimas en verdad. Y seguirían retumbando en su cabeza, abatiendo todos sus demonios mentales. Habían avanzado. Ya eran más que simples conocidos, involucrados en una misión. Estaba en cierta forma, fascinado con lo poco que había logrado alcanzar. Remus tuvo razón alguna vez. Tenía que cambiar. Para obtener aquello que quería. La miró rodear la cama y apagar la pequeña lamparilla. Se acostó allí y ladeó la cabeza hacia Snape, que permanecía boca arriba y mirando el techo. La pomada ya estaba casi seca y la herida tenía un mejor aspecto. — Severus...¿qué harías tu, si te dijera que sí ahora mismo? Snape parpadeó ladeando la cabeza hacia Hermione, que lo miraba expectante. ¿Eso afectaría su decisión? Sonrió ligeramente. — Quizá tomaría mi saco de la percha y encontraría un lugar donde celebrarlo. Sé que no suelo hacerlo, pero podría empezar. Hermione sonrió y cuidadosamente, se dio la vuelta. Su vientre de cuatro meses y medio, tenía que encontrar la postura perfecta. Podría celebrarlo, de suceder. ¿Por qué no? Todos podían cambiar en algún momento. Ella había cambiado, él podía secundarle la moción. Cambiar con ella. A pasos agigantados, como estaba haciendo. De hombre sarcástico, hosco y frío, a una persona si se quiere "dócil". Respetuosa. Nunca antes visto.