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Un bebé detiene la guerra — capítulo 42
Hermione estaba arrodillada en el suelo, junto a la cama de aquella habitación donde Snape y ella solían dormir. Lloraba en el suelo, mientras se movía hacia arriba y hacia abajo, sosteniendo el cuerpo de Severus Snape en el dicho suelo. Su mano ensangrentada estaba posada sobre una de sus mejillas, mientras sonreía distante. Sin decir nada. Ella en cambio, derramaba lágrimas como una cascada contaminada en manchas de aquella oscura sangre. — ¡No, Severus! ¡Yo te amo...y quiero casarme contigo! ¿Por qué sonríes de esa forma? Se había demorado en decidirse y entonces... Entonces su peor pesadilla estaba por suceder. El momento donde ambos tenían que despedirse. Donde ambos dejarían de verse. Uno se iba y el otro se quedaba. Para siempre. — ¡No! ¡Tienes que escucharme! Ya basta, deja de sonreír y escúchame por favor. Su mano resbalaba de su mejilla. Había caminado hasta la cama, pero no había llegado a tiempo. Había chocado con las paredes y las marcas de sangre estaban por doquier. De su cuello, borbotaba la más oscura sangre. Una como nunca había visto. Se había resbalado en un intento de llegar hasta ella y aquel ruido sordo, no había pasado desapercibido. Respiraba entrecortadamente, como si le hiciera falta el aire. Bajo la oscuridad, Hermione no podía verlo, hasta que había usado su varita para iluminarse. Lo que había visto le había generado un impacto tal, que había comenzado a temblar, llena de miedo. Incluso aún tenía restos de un colmillo clavado en su cuello. Se lo había dicho porque temía perderlo. La noche anterior le había confirmado que necesitaban hablar y justo en el momento en que tenían que hacerlo, Severus había tenido que partir. Su señor le había dado un regalo que según él, los acercaría más y se conocerían mejor. Apenas pudo aparecerse, todo su cuerpo pesaba como un plomo dentro de un inmenso mar. Caminó a rastras, trataba de hablar pero su voz estaba quebradiza y su respiración era apenas un soplo. — Vas a estar bien...espera, ya casi termino...¡vas a estar bien!— susurró, mientras su varita repetía aquel mismo hechizo que había estado usando unas veinte veces antes. El colmillo había rodado de sus casi inertes manos y su agarre se debilitaba, sus ojos estaban perdidos, parecían dos pequeñas pelotas moviéndose de un lado al otro. Temblando. Y entonces, la sangre había cesado. Ya hablarían de los pormenores, ya hablarían de lo sucedido, lo único que importaba era que aquel hecho había terminado. Ella había soltado su varita, hervía. Estaba casi rota. Había usado tanta magia que no podía con su propia alma, pero al menos había terminado. Sonreía sosteniendo aquella mano que estaba en su mejilla, contra ella. Él solo había cerrado sus ojos y ella, se había echado a llorar con una sonrisa. Estaba a salvo...él estaba a salvo. — Vas a estar bien...vas a estar bien... El amanecer más complicado en muchos días. Y allí amaneció, dormida, no podía mover ni un solo músculo. Y en cuanto abrió sus ojos, él seguía allí. Seguía con los suyos cerrados y ambas varitas estaban a unos pocos metros. La de Hermione seguía rota. Respiró pesadamente, su cuello ardía como miles de demonios de tanto haber estado en la misma posición. Parpadeó varias veces para enfocar su vista, la luz de sol molestaba sus enrojecidos ojos de tanto llorar. Supuso que se había dormido de tanto hacerlo, hasta casi deshidratarse. Pero no exageraba, jamás había sentido tanto miedo en su vida. Solo en aquel momento y cuando Bellatrix había decidido dejarle un regalo. Trató de moverse, pero el cuerpo de Snape, tendido allí, pesaba mucho más que la proporción de su fuerza. Tímidamente, llevó una mano hasta su rostro, acariciándolo suavemente. ¿Y si había fallado? ¿Y si había detenido la sangre dos minutos tarde? ¿Un mili segundo después de la última gota? Funcionar. Tenía que haber funcionado y seguir con vida. No podía perderlo. ¡No podía, ya no! Inspiró y volvió a la tarea de acariciar su rostro con suavidad, casi con dulzura como si lo viera. Como si él se dirigiera a ella y sonriera para decirle que solo dormía y todo había sido un sueño. Curiosamente, sus sueños se volvían realidad. Y entonces, dejó de mover sus manos, cuando sintió un débil pestañeo. Sus pestañas le hicieron cosquillas en la palma, así que la apartó de su rostro. Allí estaba, abriendo los ojos a duras penas, confundido. Miró a un lado y luego al otro, antes de subir la vista y encontrarse con sus ojos. Había despegado los labios pero ella había posado un dedo sobre los suyos para evitar que hablara. Quería levantarse, quería ayudarlo a llegar hasta la cama, pero era imposible. Y él, parecía querer lo mismo o al menos, moverse de aquella postura en la que estaba. Ella ya no podía sentir sus piernas, estaban dormidas. Y mientras sostenía su cabeza, lo acomodaba cerca de su abdomen, Eileen abría la puerta como de costumbre. Para decir los buenos días, luego de tocar y que nadie respondiera a su llamado. Ella siempre esperaba, era muy cortés. Pero en ese momento, la cortesía sobraba. Había soltado un gemido lastimero al ver la escena. Al ver la sangre seca y al ver a su hijo en el suelo, bajo los brazos de Hermione, que trataba de sostenerlo y cuidar de su embarazo al mismo tiempo. Pronto aquello, había sido noticia de muchos. Harry había ido en ayuda, Ron Weasley de igual forma. Habían levantado su cuerpo con sus varitas y lo habían tendido sobre la cama. Lo habían cobijado y bien, levantar a Hermione no requería magia. Aunque ella ya no pudiera caminar por el cansancio. Y recoger su varita era lo mismo, que ya estaba rota. Ron había prometido buscar otra, cuanto antes. Había terminado sentada junto a él, mirándolo. Mantenía los ojos cerrados y parecía dormir. Y ella parecía querer lo mismo. El agotamiento la carcomía de forma impresionante. No podía ni pestañear. Se había dormido tan pronto pudo y no existían sueños en su subconsciente. Nada que ya no hubiera visto y además, con aquel agotamiento, ni siquiera podía "pensar" en soñar. Solo dormía. Despertar luego de horas, como si hubiera dormido durante años. Y fue así, al mediodía y todo había ocurrido justo al amanecer. Y lo había recordado tan aprisa, que el movimiento que su cuello había hecho para mirarlo, había resultado doloroso. Estaba despierto y la observaba. La palidez en su rostro había mejorado, pero las horrendas manchas de sangre no podían decir lo mismo. Hermione había sonreído y el hombre y sus labios partidos, habían querido hacer lo mismo. No había tenido mucho éxito, pero ella entendía el gesto. — Hola, ¿cómo te sientes? No esperaba que respondiera, no sabía si podía e igual lo intentaba. No esperaba que lo estuviera, ni esperaba escucharlo, pero quería ilusionarse. — Sí...Herm...ione— eso había dicho y su corazón se había ilusionado. En ese momento en el que latía, recordaba lo que había dicho. — ¿Escuchaste todo lo que dije antes, Severus? Si no quieres decirme qué ha sucedido esta vez, lo entenderé...solo quisiera... — Les dije...que no te mataría...y él dijo que uno...de los dos debía morir. Me ofrecí...pero...por una razón que...no comprendo...pude escapar. Hermione había sonreído, suspirado ante sus palabras. Había alzado su mano y aquel anillo brillante, reposaba en su dedo. — ¿Escuchaste todo esto? — Si...mi memoria no...me falla— dijo, ligeramente atragantado al hablar.— dijiste...que te ...casarías...conmigo. — No, no te falla. Qué buena memoria tienes. Así es, acepto tu propuesta. Nos casaremos, Severus. Pero no parecía feliz. No había dicho nada más bien. La observaba, mientras ella sostenía una de sus ensangrentadas manos y suspiraba en silencio. Ya él no sabía si era lo correcto. Si su lugar estaba a su lado. Si eso habían hecho con él...¿qué quedaba para con ella? Tenía miedo de averiguarlo. Tenía miedo de perderla. De la misma forma en la que casi se perdía él mismo. No lo soportaría. Había alzado su mano lentamente, temblaba, admirando aquel colmillo que se había quedado insertado en su garganta. ¿Valía la pena? — ¿No es lo que querías? Asintió sin mirarla, en silencio. — Solo...no quisiera...que esto...te pasara. También lo había pensado, pero había decidido no tomarlo en consideración. Se inclinó lo más que su vientre y el espacio le permitían. Había depositado un beso en sus labios, que había pensado no se prolongaría, pero él había decidido que ella no apartaría sus labios de él. No en ese momento. No mientras no terminara de ahuyentar sus miedos, de subsanar sus heridas y de acabar con la oscuridad en la que estaba sumido desde aquel accidente. La observó al separarse, apenas podía ver con aquel largo y rizado cabello, esparcido por todas partes, en su rostro. Si ella no sentía miedo de la misma forma que él, tenía que aprender a vivir como ella. Aunque estaba seguro de que ella solo trataba de ser fuerte por ambos, para no demostrar cuánto temía y cuánto quería echarse a llorar con todo lo vivido y visto. Pero no se lo diría, para que no se sintiera mal. Para que no sintiera que ocultarse no tenía sentido. Que siguiera intentándolo, que siguiera siendo valiente. A su manera, pero que siguiera.