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Un bebé detiene la guerra — capítulo 44

Severus permanecía en la cama, mientras Hermione estaba recostada entre sus brazos. Permanecía sentado, mientras que ella acariciaba delicadamente, aquellas heridas que aquel pasado escabroso hubiera dejado en su cuello. Solo un ligero roce con sus labios. Frente a ellos, estaban reunidos unos varios. Un funcionario del ministerio de magia, su madre, Harry y el resto de sus amigos. Remus Lupin, Nymphadora Tonks. Algunos miembros de la orden del fénix. — Señorita Hermione Granger, ¿acepta usted por esposo, al señor Severus Snape? Hermione sonrió suavemente, alzando la cabeza para mirarlo, pero él no estaba mirándola. Esperaba oír su respuesta y por un momento creía conocerla. O como su madre había dicho, quizá no. ¿Esperaba oír un "sí" o un "no"? No podía decirlo. Ella había dicho que lo amaba, pero se podía arrepentir. Podía entrar en razón y dejar de amarlo. De repente. Como un espasmo a través de su sistema nervioso y de pronto, entrar en razón, comprender a qué se comprometía. Luego de haberle hecho tener bebés o estar en estado, creía que casarse con ella era otro de esos errores garrafales que no podía remediar. Ella estaba condenada y todo gracias a él. ¿Por qué no había muerto? — Sí, acepto. Y dejó de pensar a la clara mención del "sí". Bajó la vista y solo podía ver un poco de su rostro, de su cabeza. Ardía de solo moverse y ella estaba bajo sus brazos, con su cabeza sobre su hombro así que, era poco lo que podía ver. — ¿Y usted señor Snape, acepta a la señorita Hermione Granger como su esposa? ¿Y si decía que no? No podía moverse, estaba postrado en aquella cama, sin nada más que el cuerpo de Hermione entre sus brazos y las manos posadas allí sobre su vientre de siete meses de Hermione. Ella había solicitado la presencia del ministerio. Si Severus quería casarse, pues no importaban las opulentas ceremonias y que no pudiera levantarse. Ella le llevaría el matrimonio y los testigos. Hermione se mantuvo en silencio. Seguramente lo diría. Quizá diría que no, si seguía sintiéndose culpable. Pero ambos lo eran. Ella por aceptar y él por escogerla. Así que, prefería compartir la responsabilidad. Como fuera, esperaba su respuesta. — Sí, la acepto como mi esposa. Y bueno, ya comenzaba a sorprenderse. No era que no creyera que no la amaba, era solo que bueno, con todas las conversaciones que habían tenido, pensaba que se arrepentiría. Pensaba que terminaría diciendo que no. Ambos creían lo mismo del otro. Y ambos estaban equivocados. — Por el poder que me confiere el ministerio de magia y hechicería, los declaro a ambos, marido y mujer. Legalmente. Hermione sonrió, cerrando los ojos suavemente. Bueno, ya había terminado. Ya se había convertido en la esposa de Severus Snape. Lo que muchos temían y que a ella, en realidad, no le inquietaba mucho. Un romance insulso, había empezado de forma rápida. Con solo una "misión en medio" y una propuesta de ser la pareja potencial. Insulso en el comienzo y había ganado fuerza con el pasar del tiempo. Había descubierto que Snape era bastante capaz de formar una familia y bueno, de que estaba enamorado de ella desde el comienzo. Siendo perturbador o no en el pasado, ahora le parecía algo romántico. Y con eso se había quedado dormida a su lado. No la había soltado, pese a que la postura no era muy cómoda. Pese a que la madre de Snape quisiera celebrar el casamiento. No. Ella prefería dormir, descansar. Y Severus había despertado de un sueño muy "reconfortante", ligeramente adormecido por la postura. Mirando hacia un lado y descubriendo el joven cuerpo de su esposa, a un lado de la cama. Apenas unido al suyo por un par de brazos que se habían quedado bajo su cabeza, mientras ella dormía plácidamente. Intentó moverlos sin despertarla. Levantarse de la cama resultaba ser un proceso cansino, pero sentía deseos de saber, de volver a ver lo que estaba privado para él, desde aquel momento. Su cuerpo estaba engarrotado. Días sin levantarse no más que para ir al baño y sentarse a comer. Se sentó en la cama y trató de inclinarse hacia adelante, para ponerse en pie. Fue un trabajo complicado y todo dio vueltas en su cabeza. Al pararse lentamente, se llevó una mano a la frente y sintió una punzada alrededor de aquella marca en su cuello. Tenía que verlo. Tenía que saber, qué tan mal se veía. Qué tan mal era. Se detuvo en el baño, acercándose al espejo del lavabo y alzando la cabeza tanto como el dolor y el mareo le permitían. Admiró la marca bajo su barbilla y la sangre seca que todos los días, Hermione se molestaba en limpiar. Trató de tocarla, pero continuaba ardiendo, aún después de días de curaciones y de descansos. Su voz estaba ligeramente entrecortada, pero pronto se recuperaba. Caminó hasta la puerta con pasos que emulaban a un viejo anciano decrépito, que necesitaba un nuevo bastón para andar y colocó su mano sobre el pomo. La abrió cuidadosamente y miró las escaleras frente a él. Bajar escaleras. No estaba seguro de poder. Caminó tan lento como la herida y el peso muerto de su cuerpo, en teoría, le permitían. Sonrió sarcásticamente al ver, cuán lejos podía llegar sin ayuda. Casi terminaba resbalando en el último escalón, pero el librero cerrado frente a él, lo detuvo hasta de ello. — ¿Severus...?— Hermione abrió los ojos y admiró la habitación vacía. Confundida. ¿Estaba...? No, la puerta del baño estaba abierta. Se levantó lentamente, no podía correr con aquel vientre. Inspiró preguntándose si todo lo había hecho por sí mismo o si su madre había ido a ayudarlo. Caminó hasta la puerta y se dio cuenta de que el librero estaba abierto. Había salido entonces. Quizá podía caminar. Y en cuanto emergió hasta el salón, Severus estaba detenido junto a la cocina. Apoyado en aquella repisa que comunicaba el salón con la cocina, aquel mini bar. Tenía la frente apoyada en la pared y sus brazos colgaban a los lados. Se detuvo tras él, dubitativa. — ¿Severus? — No puedo moverme...creo que...he agotado mis energías... — No debiste levantarte. Snape había sonreído y aún debajo de aquellas largas hebras de cabello negro, podía verlo. Inspiró tomando su brazo con la mayor fuerza de la que podía sustraerse a sí misma, estando embarazada y trató de ayudarlo a llegar hasta el sofá. — Estaba cansado de estar tirado allí, como ropa vieja o un objeto inservible. Hermione había sonreído dulcemente, mientras se sentaba lentamente a su lado. Luego de conseguirlo, sostenía su rostro con sus manos y Severus había sentido el frío metal, del anillo que le había dado, contra su cara. — Sabes que eres todo menos eso. Eres valiente, eres fuerte....eres tan caballeroso conmigo. — Aunque no pueda darte la boda que por ley, regla, las mujeres siempre sueñan. — No importa. No necesito un largo vestido blanco ni docenas de flores, una capilla frente al mar ni millones de personas. El pastel puedo hornearlo aquí y... — ¿Imaginabas una boda así? — Solo estoy yendo al punto, Severus.— rió suavemente y Snape asintió, apenas moviendo la cabeza.— lo que quiero decir es que no importa cómo nos casemos. Ya lo estábamos por esta misión. Y no sé si te ha pasado por la mente...¡pero...me encantaría un delicioso pastel ahora mismo! Debería hornear... — Puedo decirle a mi madre que lo traiga... Ella había negado con la cabeza, suspirando. — No quiero que ella piense que es nuestra criada, Severus. — De igual manera, alguien debe ir por los ingredientes de tu pastel. Nunca cocinaba cosas así. Realmente no cocinaba lo suficiente. — Es verdad... bueno entonces la acompañaré y tú te quedarás a descansar. Ya te has movido mucho y será mejor que descanses. — Podría ser peligroso. Podrías exponerte. Hermione había negado con la cabeza, y se había inclinado para besar la frente de Snape, suavemente. — Soy el portador ¿recuerdas? Si quieren al bebé, no me lastimarán. No aún. Esperaba fuera cierto...