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Un bebé detiene la guerra — capítulo 46
Hermione sonrió, cuando su madre alzaba uno de sus brazos y lentamente le daba la vuelta en el salón, para mirarla con detalle. ¡Su hija estaba embarazada! Su pequeña Hermione pronto iba a ser una madre, como ella había sido. Llena de amor y bondad para criar a sus hijos de la mejor forma. Sentado en el reposa brazos del sofá, Severus contemplaba a la emocionada mujer de mediana edad, que sollozaba en silencio, mirando lo que su hija era en ese preciso momento. No quería arruinarlo, explicándoles cómo había sucedido todo. — ¿No crees que se ve hermosa, nuestra hija? Cariño, tu hija pronto se convertirá en madre y tú tendrás nietos. Su padre había asentido en silencio, contemplando a Hermione que cuidadosamente se sentaba a un lado de Snape y tomaba su mano, mientras él continuaba sentado en el reposa brazos. Parecía que trataba de infundirle valor. Estaba más pálido de lo habitual y no focalizaba su vista en ninguno de los presentes. — Sí y mi esposo será un gran padre, de eso estoy segura.— comentó Hermione, contenta. Snape no contestó y su madre se levantó de una silla alta que estaba frente a él, para detenerse ante su presencia. Había estirado su mano y esperaba que él la estrechara. — Creo que no nos conocemos. Soy Arabelle Jane y él es mi esposo Thomas. Severus asintió suavemente y Hermione sonrió una vez más, contenta. Su madre era muy sociable, pero estaba segura de que su padre tenía muchas preguntas. "¿Cómo se conocieron?", saldría a flote. Seguramente. Pero ella ya tenía en mente lo que quería decir y no estaba segura de que Snape tuviera lo mismo en mente que ella. Pero Severus Snape era bueno para mentir, en eso se basaba su vida. En cierta forma, estaba segura de que ante alguna contingencia entre sus padres, él sabría qué hacer. — Parece que se conocen desde hace mucho. Aunque creo que usted tiene mucha más edad que mi hija. Bueno, asumo que es así por lo que estoy viendo.— comentó el padre de Hermione y Snape asintió en silencio. No quería decir que la conocía desde niña y había jugado a la pederastia con ella. — Es profesor en la escuela a la que atendí, papá. Hogwarts, ya lo sabes. Las edades mágicas y humanas son un poco diferentes... supongo. Creía que ser mestizo lo eximía hasta de eso. — Pero no es lo que ustedes piensan. El profesor Snape, es un gran hombre y en realidad, me siento muy bien con él. Me ha tratado muy bien. Me hubiera gustado explicarles esto antes, pero estábamos algo ocupados. Sé que para la familia, no se puede estar ocupados, pero realmente teníamos inconvenientes que... Severus la había interrumpido, levantando una mano para que no continuara. — Yo explicaré eso.— comentó y ambos padres dirigieron su atención hacia Snape. Suspiró pesadamente y se dijo que necesitaba mucha paciencia para explicar un proceso que había llevado años. Recordar el pasado con un vaso de coñac, para ambos padres y su propia madre, mientras él se auto compadecía y sentía vergüenza de sí mismo. Lo mismo de siempre, pero con hielo. Hablar del pasado nunca era sencillo y mucho menos con dos personas que creían que era una especie de dios y que por ello, su hermosa y talentosa hija, se había casado con él. Porque era igual de guapo y talentoso que ella. Pero no era ninguna de esas cosas. Quizá talentoso en oclumancia o en ser un infeliz idiota. Pero de resto... Solo era un perdedor. Como cualquiera. Quizá. Con el peso del mundo sobre sus hombros. — Fui el profesor de su hija durante algún tiempo. Profesor de pociones en el castillo, desde que tengo memoria y bueno, digamos que no tengo una excelente reputación. Hermione se preguntaba si eso hacía falta. — Quizá no sea su mejor opción, pero puedo jurarles que amo a su hija...como nada en este mundo. Hasta para Snape, eso resultaba ser una cursilería sin sentido. Pero estaba bien, ella lo entendía y no discutiría su opinión. Su punto de vista. Sonrió sosteniendo su mano lo más fuerte que pudo, hasta casi el punto de apretar más de la cuenta. Estaba nerviosa. No sabía si sus padres lo entenderían. No sabía si lo aprobarían. Pero bueno, así resultaba ser todo lo respectivo al amor. Un día estaba bien y luego, luego tenía más defectos que nada que hubiesen imaginado y resultaban no ser compatibles. Era un asunto cambiante. Una cosa que podía ser de una forma y color un día, y al siguiente ser otro totalmente nuevo.