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Historia 6792 — capítulo 2
Capítulo 2 La Familia Weasley
Harry estaba, impaciente, esperando la llegada de Ron. Quería alejarse de los Dursley, cuanto antes. Ya tenía el baúl, en la planta baja de la casa. Se aseguró de no dejarse nada en la habitación y se sentó en la escalera del vestíbulo de la entrada, apoyando la cabeza sobre sus manos y observando el reloj.
-¡Llegan tarde! -gritó tío Vernon, enfadado-. ¡Qué falta de respeto!
-Tienes toda la razón, cariño -le dijo tía Petunia, indignada-. Jamás había conocido a alguien tan mal educado. Claro, todos son iguales.
-¿A quién te refieres cuando dices... “Todos son iguales”? -replicó Harry- ¿Quieres decir los magos?
-¡Aaaaaaah! –gritó tío Vernon, con todas sus fuerzas-. ¡No pronuncies, jamás esa palabra delante de mí!
Cada vez se acercaba más a Harry, pero éste no se hubiera arriesgado a decir mago, sino hubiera visto la cara de Ron asomándose por la ventana. Se apresuró ha coger el baúl y la jaula de Hedwig, abrió la puerta de la casa y salió corriendo hacia donde estaba la familia Weasley.
-¡Meteros en el coche! ¡Rápido! ¡Mi tío viene hacia aquí y está muy enfadado! -les avisó Harry.
Aunque el señor Weasley, Arthur, estaba fascinado con las máquinas de los muggles (gente no mágica) y quería quedarse un rato para observar las de los Dursley, al ver al tío de Harry, que venía tan alterado hacia ellos, pensó que no era el mejor momento. Así que cerró todas las puertas y los seguros del coche y arrancó lo más rápido que pudo. El coche empezó ha elevarse en el aire a una gran velocidad y tío Vernon se quedó con la boca abierta, al ver semejante objeto.
-¡Hola, Harry! ¿Qué tal estás? –le preguntó el señor Weasley, todavía un poco asustado.
-Muy bien, gracias –respondió Harry radiante de alegría-. ¡Hola, Fred! ¡Hola, George! ¡Ah, Ron! ¿Cómo estás? Gracias por la capa. ¡Es una chulada!
-¡Bah! No fue nada.
-¡Eh, Harry! ¿Quieres chocolate? –le preguntó Fred.
-No, gracias –le contestó con una sonrisa en la cara.
El año anterior, Fred y George, le dieron a Dudley un caramelo, que te alargaba la lengua. Tenían miles de cosas semejantes, llamados “sortilegios Weasley”, pues querían ser dueños de una tienda de bromas. Ni Harry, ni nadie de Gryffindor, se fiaba de ellos si te ofrecían algo. No habían cambiado nada desde el curso pasado.
-Harry, ¿te gusta este coche? -le preguntó Arthur Weasley-. Me lo
han prestado en la oficina para venir ha buscarte.
Harry recordó, que en segundo curso, él y Ron habían estropeado el coche del señor Weasley.
-Sí, es muy chachi –Harry se avergonzó de haber dicho semejante palabra y deseó que nadie le hubiera oído, pero debería de haber pensado, antes de hablar.
-¡Pffff! –George acababa de escupir el chocolate, que tenía en la boca-. ¿Muy qué? Vaya, Harry, esa familia te ha trastocado la cabeza. ¡Qué cutrada!
-¡OH, George! –gritó el señor Weasley-. Has ensuciado el coche. ¡Lo has puesto perdido de chocolate!
-¡Vamos, papá! ¿No has oído lo que ha dicho Harry? –replicó George.
-Como castigo, te quedarás ha limpiar el coche cuando lleguemos y no te quejes o se lo diré a tu madre.
George no volvió ha hablar durante el resto del viaje.
Al poco rato, el señor Weasley dijo:
-Bienvenido, otra vez, a la Madriguera, Harry. Recuerda que estás en tu casa.
Harry saltó, lo más rápido que pudo, del coche. Quería pisar el suelo del patio de la casa de Ron. Aunque ésta no fuera muy bonita, porque la familia Weasley era bastante pobre, a Harry le encantaba. No le importaba que su mejor amigo no tuviera lo suficiente dinero. Ésa era su mejor familia y nadie le haría cambiar de idea.
-¡Harry, Harry! –era Molly Weasley, la madre de Ron-. ¡Cariño! ¿Cómo estás? –lo abrazó muy fuerte y le agarró el equipaje-. Vamos Fred, George, Ron. ¿Es qué no vais ha ayudar a Harry?
-No, no hace falta, señora Weasley –dijo Harry, sintiéndose un poco inútil-. Puedo llevarlo yo sólo.
-De ninguna manera. Debes de estar cansado del viaje.
-¡Cómo si nosotros no lo hubiéramos hecho! –se quejó Fred. Pero la señora Weasley no le hacía caso, estaba demasiada ocupada preparando la cena.
George se quedó limpiando el coche y Fred también se quedó para ayudarlo, pues se llevaban muy bien entre ellos. Ron ya había entrado en la casa. Harry se disponía ha seguirlo cuando lo llamaron desde su espalda.
-¡Harry! Espera un segundo, por favor –era George-. Oye... Muchas gracias, por toda esa “pasta” que nos diste el año pasado.
Harry, el año anterior, había ganado un premio de mil galeones (una de las monedas de los magos, en un concurso llamado ”El Torneo de los Tres Magos” y se los entregó a ellos para invertirlos en la tienda de bromas, con la condición que le compraran a Ron, una túnica nueva de gala, haciéndole creer que era un regalo de parte de Fred y de George y que no le dijeran a nadie de dónde habían sacado el dinero.
-¡Olvidadlo! Yo no lo necesitaba –le dijo Harry, cansado de hablar de eso, porque ya lo habían discutido en el expreso de Hogwarts el año anterior.
-No, de verdad, Harry –insistió Fred-. Ahora, estamos inventando, aún más “Sortilegios Weasley” y estamos guardando el dinero para el local, cuando acabemos este curso (el último), vamos ha construirlo. ¡Ya tenemos los planos!
-¿De verdad? –se interesó Harry-. Tendréis que invitarme a la inauguración, ¿vale?
-¡Hecho! –le aseguraron los dos al unísono, estrechándole la mano.
Harry les sonrió y entró en la casa.
-¡Hola, Ginny! –saludó Harry a la hermana de Ron, quien se puso colorada (desde que ésta lo conoció, se enamoró de él, pero Harry no sentía lo mismo hacia ella. Ginny era un año menor que Ron).
-Hola, Harry –le devolvió el saludo y entró en la cocina para ayudar a su madre. Éste hizo lo mismo y al encontrarse dentro, vio a los demás miembros de la familia Weasley.
Bill y Charlie estaban sentados en la mesa, jugando al ajedrez, Ginny y la señora Weasley hablaban, sobre qué podían hacer para comer el día siguiente, mientras cortaban cebolla y les brotaban lágrimas de los ojos. No vio a Percy, pensó que podría estar haciendo el informe del que le habló Ron en la carta.
En cuanto Bill y Charlie lo vieron, se levantaron, enseguida, de la mesa, para ir ha saludarlo.
-¿Qué tal, Harry? –le preguntó Bill tendiéndole la mano.
-Muy bien, gracias –le aseguró Harry.
-Me alegro mucho de volver ha verte –le dijo Charlie con una sonrisa en la cara.
-Yo también, de estar aquí.
-Ron te espera en su habitación –le informó Bill y se volvieron ha sentar, para seguir la partida.
Harry subió las escaleras torcidas y estrechas que llevaban a la planta superior de la casa, de repente, se abrió una puerta a su derecha y se asomó la cabeza de Percy.
-¡Ah, hola, Harry! ¿Cómo estás? –le preguntó.
-Hola, Percy. Felicidades, por el ascenso –pero Harry no quería que le explicara todo el proceso de su ascenso, así que se dispuso ha proseguir su camino. Oyó un portazo que, le indicó que Percy se había infiltrado, de nuevo, en el informe secreto, del cual, también le había hablado Ron en la carta.
Por fin, llegó frente a la habitación de Ron. Llamó, dando unos suaves golpes en la puerta y entró.
Ron estaba sentado en su cama, atándole una carta a la pata de Pig.
-¿A quién se la envías? –quiso curiosear Harry.
-A Hermione. Todavía no le he dicho que venías este último mes. Ella vendrá la última semana de vacaciones –le dijo para sacarle de dudas-. ¡Mira qué me regalaron Fred y George! –le mostró una elegante y bonita túnica de gala. Harry pudo comprobar, que los hermanos de Ron habían cumplido su parte del trato. Le sonrió y fingiendo su asombro dijo:
-¡Guau! ¡Cómo mola! Te queda muy bien. Seguro que cualquier veela quedaría prendada de ti, al verte.
-Tampoco te pases, Harry –se molestó Ron-. Por cierto, ¿tienes noticias de... Hocicos?
Cuando hablaban de Sirius, lo apodaban como “Hocicos”, para que nadie se diera cuenta de a quién se referían, aunque la señora Weasley, el año anterior, se había enterado, pero no se lo había contado a nadie.
-Sí –afirmó Harry-. Pero sólo son hipótesis.
-¿Qué quieres decir con hipótesis? –le preguntó Ron, extrañado.
-Verás... En la carta que me envió para felicitarme, no había nada que me informara sobre cómo estaba o algo parecido, pero era muy escasa y ponía: “ me gustaría explicarte miles de cosas, pero me parece imposible en este momento”. Me preocupa mucho. ¿Y si le está persiguiendo Voldemort? No quiero ni pensarlo.
-¡Te he dicho mil veces que no pronuncies ese nombre! –protestó Ron, mientras un escalofrío le recorría por todo el cuerpo-. Además, Harry, no hay que ser tan pesimista. Quizás, tenía prisa porque...
-¿Porque se estaba escondiendo de los mortífagos? –le interrumpió Harry, con impertinencia-. Pero no es sólo eso lo que temo: ya sabes, que Voldemort ha vuelto y aquella noche, dijo que se afiliaría con los dementores y con los gigantes. Eso podría ser terrorífico.
-Oye, Harry, a mí también me preocupa esto de Hocicos, pero no te he invitado para que me amargues lo poco que queda de verano. –dijo Ron, despreocupado-. ¿Qué tal un partido de quidditch, antes de bajar ha cenar?
-¡Vale! –respondió, agradecido de que se lo hubiera propuesto. Agarró su Saeta de Fuego y, sumergido en una profunda charla con Ron, bajaron al patio. Fred, George, Bill y Charley se apuntaron enseguida. Se lo pasaron muy bien y Harry consiguió librarse de aquellos presentimientos tan oscuros. Ron tenía razón, ¿qué le podía pasar a Sirius, si estaba muy bien escondido? En fin, se concentró en el partido hasta que consiguió ganar contra Fred, George y Bill.
-¡Te hubiera vencido, si no fuera por ese empujón que me dio Ron! –protestó George a Harry. Ron le había tirado al barro, de un empujón muy fuerte, pero éste no se lo había tomado mal, sino que al encontrarse en el suelo, se puso ha reír con grandes carcajadas que, contagiaron a los demás. Sólo la señora Weasley no se rió, al ver que le estaba ensuciando todo el suelo, antes reluciente, de la casa. Le cogió tal enfado, que lo castigó en fregar, él mismo, todo el suelo de la casa.
-Vaya día lleva George –le susurró Ron al oído de Harry-. Antes el coche, ahora el suelo...
-¡Venga chicos! Ayudad a Bill y a Charlie ha poner la mesa. Vamos ha cenar fuera. Esto es demasiado pequeño para todos. Tened –les dijo la señora Weasley, tendiéndoles los cuchillos y los tenedores. Obedecieron y salieron al patio, llevando, también, las servilletas además de los cubiertos.
Una brisa suave acarició la cara de ambos, que hizo levantar el flequillo de Harry, mostrando su famosa cicatriz en forma de rayo. Bill y Charlie ya habían colocado el resto de la vajilla, en la mesa rectangular que, solían poner, en el jardín, cuando no cabían en la cocina de la señora Weasley.
Se apresuraron ha ponerlo todo en orden, porque ya notaban un rugido que les surgía de la barriga. Al poco rato, ya estaban sentados en la mesa, con el tenedor en la mano y hablando sobre temas variados.
Pasaron varios días, uno tras otro, y para Harry, cada uno más divertido que el anterior. Claro que de vez en cuando, tenían que ayudar a la señora Weasley, pero hacían bromas y se lo pasaban muy bien. El tiempo se les iba de las manos.
-Mi madre me deja invitar a Hermione, durante esta última semana –le informó Ron a Harry-. ¿Me ayudas ha escribirle una carta? Es que, como le he escrito hace poco, no sé que ponerle y pienso, que quizás tú, puedes darme ideas, ¿no?
-Puede que se me ocurra alguna cosa –se animó Harry-. Quizás, si le ponemos alguna cosa de las que hemos hecho esta última semana, llenaríamos más el papel de carta.
-Vale. Es una buena idea –aceptó Ron. Cogió una pluma y empezó ha redactar, con la ayuda de Harry:
Querida Hermione:
¿Cómo te va todo? Por aquí, las cosas no han cambiado. Ya sé, que te escribí, hace poco. Pero quiero invitarte ha pasar esta última semana, que queda de vacaciones. Supongo, que tus padres te dejarán, ¿no? Harry, mi padre y yo vendremos ha buscarte el sábado por la mañana, si no hay nada que lo impida. ¿Te apetece?
¿Te has comprado, ya, los libros, nuevos? Si no, tráete, el dinero necesario e iremos juntos al Callejón Diagon.
Seguro que te estás preocupando por Harry, ¿no? Está bien, tranquila.
Por cierto, dice Hagrid, que han nacido unicornios y que son muy bonitos.
Bueno, te dejamos.
Hasta pronto,
Ron y Harry
P. D: esperamos, que tengas todo preparado, cuando lleguemos. Y... ¡No estudies tanto!
-¡Ya está! –anunció Ron, dejando la pluma sobre la mesa y entregándosela a Harry para que la releyera.
-¡Eh! Esto no te he dicho que lo pusieras –protestó Harry, señalando el papel con el dedo.
-¿El qué?
-Lo de “seguro que te estás preocupando por Harry”.
-Bueno, ya. Es que el año pasado, te estuvieron a punto de matar y Quién-tú-sabes vuelve ha ser poderoso... Además, así, alargamos más la carta –se excusó Ron. Harry no tenía ganas de enfadarse, así, que no dijo nada, ató al trozo de pergamino a la pata derecha de Pig y la soltó por la ventana.
Dos días después, recibieron la contestación de Hermione:
Queridos Ron y Harry:
Recibí vuestra carta, ayer por la noche. Me encantaría aceptar tu invitación, Ron, pero me parece imposible. ¿Recordáis que el año pasado, Víctor Krum me invitó ha pasar con él el verano? Pues lo acepté. Ahora mismo, estoy con él, en su casa. ¡Es preciosa! Tiene unos jardines grandiosos y la casa tiene muchas habitaciones. También tiene un perro... ¡Es una monada!
De veras, siento muchísimo no poder ir, pero de todas formas, muchas gracias. Estoy segura, de que nos lo hubiéramos pasado muy bien.
Por cierto, Harry... ¿Tienes noticias de Hocicos? Si las tienes, cuéntamelas en cuanto puedas, por favor.
¡Ah, Ron! No te niego que estaba un poco preocupada, pero en la carta que me enviasteis, lo dices como si no tuviera otra cosa que hacer.
¿Es cierto, lo de los unicornios? Espero que Hagrid nos los enseñe el primer día de clase, nunca he visto a un unicornio, recién nacido.
Un beso,
Hermione
P. D.: Saludos a toda tu familia, Ron (supongo, que no te importará que no se los envíe a tu familia, ¿no, Harry? Je, je, je).
-¡No me lo puedo creer! ¡Hermione está pasando las vacaciones con Krum! –exclamó Ron, alterado.
Krum era el buscador (el que se encarga de coger la snitch, una pelota muy veloz, pequeña y dorada, en los partidos de quidditch. Si lo consigue, su equipo gana 150 puntos) del equipo de quidditch, de Bulgaria. Era muy conocido y muy famoso. El año anterior, había estado en Hogwarts y se había hecho muy amigo de Hermione.
-Este año, seguro que va ha suspender todas las asignaturas –predijo Harry.
-¿Por qué? –se extrañó Ron, pensando que no tenía ninguna relación.
-Muy sencillo: en lugar de pasarse horas, haciendo deberes o estudiando por la noche, estará escribiéndose con él –le contestó Harry con cara de guasa.
-Entonces, estoy seguro de que nosotros tampoco vamos ha sacar buena nota, ¿no? –aseguró Ron, y los dos se pusieron ha reír con ganas y es que Hermione, muchas veces, les ayudaba ha hacer los deberes e incluso llegaba ha decirles las respuestas.
-¿Mamá? –preguntó Ron, para averiguar, en qué parte de la casa se encontraba la señora Weasley.
-Estoy aquí, cielo –dijo una voz que salía de la cocina-. Estoy limpiando la chimenea. ¿Qué quieres?
-Me ha llegado una carta de Hermione y... –empezó ha decir Ron, pero como a la señora Weasley le hacía mucha ilusión, que Hermione pasara otro verano con ellos, no se atrevió ha seguir.
-¿Y?
-Bueno... Es que Hermione no podrá venir este verano –dijo de carretilla para no complicar la situación.
-¿Por qué? –parecía, que se lo había tomado mal. Se le notaba en la expresión de su cara.
-Verás... Mama... –Ron sabía que no podía contarle lo de Hermione con Krum, porque sino, ya se habría enterado toda la familia, y además, imaginaba que Hermione quería guardarlo en secreto-. Es que... Está muy ocupada y... Bueno, en realidad... No puede venir ¿Verdad Harry? –dijo, dirigiéndole una mirada de apuro, a Harry. Éste asintió, sin dudar ni un momento.
-Vaya... Es una pena –se entristeció, la señora Weasley-. Hubiera sido tan maravilloso... –pero Ron y Harry ya no estaban en la cocina. Se habían ido, antes de que la madre de Ron les preguntara la razón exacta, por la cual, Hermione, no podía ir.
Pasaron la noche, hablando de quién podría ser el nuevo profesor de la clase de “Defensa Contra las Artes Oscuras”, aquel año.
A Snape, un profesor al que todo el mundo odiaba (excepto los de la casa de Slitherin, ya que éste era su tutor), siempre había deseado, con todas sus fuerzas, obtener ese puesto en Hogwarts, pero nunca lo había conseguido. Había, también, envidiado a todos los que lo consiguieron en años anteriores.
También, hablaron de infinitos temas más, pero sin darse cuenta, sus párpados se iban cerrando de agotamiento, hasta que no recordaron lo que pasó, posteriormente.
A la mañana siguiente, Harry abrió los ojos, con pereza, al oír la voz de Molly, resonándole en el oído:
-¡Vamos, chicos! Ah, Harry... Buenos días ¿Ya te has despertado? A Ron le cuesta muchísimo. ¡Ron, no seas perezoso!
Una vez Ron se hubo despertado, se vistieron sin decirse nada, pues ambos seguían medios dormidos. Bajaron a la cocina, para desayunar, arrastrando los pies y bostezando sin cesar.
-¡Por fin, Ron! ¡Siempre igual! –se quejaba, la señora Weasley. Pero Ron no la escuchaba, parecía que tuviera los oídos cosidos.
Al poco rato, empezaron ha oírse ruidos, en la planta superior de la casa y diez minutos después, aparecieron por la puerta Ginny, seguida de George y finalmente Fred. -Buenos días-. Se les oyó murmurar.
-¿Por qué nos hemos tenido que levantar tan pronto, hoy? –protestó Ron, que ya se iba despejando-. Todavía quedan tres días, para empezar el nuevo curso. –Al oír aquello, a Harry, le inundó una alegría interior. No es que no se lo pasara bien, en casa de Ron, pero tenía unas ganas horribles de comenzar quinto curso, pero intentó disimularlo.
-Hoy vamos ha ir al Callejón Diagon –contestó, la señora Weasley.
Cuando hubieron acabado de desayunar y de arreglarse lo suficiente, la señora Weasley les dio, a cada uno, una ración pequeña de polvos “Flu ”.
-Ya sabes cómo funcionan, ¿no, Harry? –Quiso asegurarse, la madre de Ron. George tiró sus polvitos, a las llamas del fuego y se infiltró en ellas, gritando “el Callejón Diagon” . Harry hizo lo mismo, sin ningún problema, ya que tenía práctica, de otras veces.