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Amanecer Por Edward Cullen — capítulo 11
¿Mi equipaje de mano? ¡Sí…mire, mi mujer!
Sujeté firmemente la abrasadora mano de Jacob, diciéndole sin palabras que lo vigilaría de cerca. Bella estaba gritando de júbilo de sorpresa y un poco molesta también.
Los dejé hablar solos, esto me produció un ardor y angustia inigualable, por suerte si a Jacob se le iba la cabeza contaba con Sam y su manada que vinieron en acto de evitar cualquier peligro.
Me quedé al margen, metido una vez más entre las sombras. Viendo como se alejaban y se adentraban entre los cedros, lo único bueno fue oír la risa de Bella y poder experimentar la alegría de ver a su mejor amigo en el día de su boda. Sin embargo la mente de Jacob a pesar de que no nos soportábamos, me partió el alma, el alma que yo sabía que no tenía que pero que Bella creía a pies juntillas que poseía.
Me dejó experimentar su dolor, el dolor de acudir al día en el que a la mujer que amas se entrega a otro hombre que no eres tú. Sentí aquello como punzadas en mi pecho, realmente ese lobo pasaba por el peor momento que le haya podido leer.
Yo no habría podido acudir a la boda de Bella si no hubiera sido el novio, habría destrozado todo a mi paso y muy probablemente secuestrado a Bella, por eso las voces de mis dos hermanos que permanecían muy cerca para actuar en caso necesario me reconfortó lo suficiente para aguantar estos afilados minutos.
Ellos danzaban bajo el latido de su corazón, yo sin querer dejé ir un gruñido cual canino apreciaría como si estuviera marcando lo que es mió.
Decidí soportar la imagen de ellos dos y Bella vestida de novia bailando en la oscuridad bajo una implacable plateada luna. Fue ahí cuando me auto flagelé por no haber pedido a bella en santo matrimonio mucho antes. Ella era mía y por mucho dolor que me causara el dolor de Jacob al cual le debía la vida de Bella, tiene que entender que ella es mía.
La conversación de ambos fue tomando un rumbo peligroso, y una vez más Jacob llevaba razón sobre la opinión mía y de mi mujer. Una vez más me odié de ser tan rematadamente imprudente haría caso a sus palabras.
La agarraba violentamente con ambas manos, superior a mis fuerzas le ordené que la liberara, mi mujer lloraba de tristeza y muy probablemente se auto culpaba.
La manada de Sam entró en escena, -que la sueltes. dije sin cualquier signo de felicidad ni paciencia en mi rostro.
Ahora ya no era el hombre rematadamente feliz en el día de su boda, la mente de Jacob me había hecho abrir los ojos y pese a que lo odiaba profundamente cerca de Bella estaba agradecido de que me desvelara la estupidez tan grande que estaba dispuesto ha hacer.
Como se me ocurrió la idea de hacer mía a Bella siendo ella la frágil humana que yo amaba, hasta el bestia de Jacob era más considerado frente a este dilema.
Seht le retenía el torso, mientras lo animaba a alejarse, temí por el chaval, no le perdonaría a nadie que este sufriera un daño, pero claro que cualquiera que tocara a Bella no saldría con vida de ahí. La manada consiguió alejar a un descontrolado Jacob. Abracé a Bella a modo de consuelo, antes de alejarme de ahí y volver al festejo mi esposa y yo nos quedamos clavados en el suelo en cuanto una voz ronca medio humana medio lupina me amenazó seriamente-¡te mataré!
Tiré de Bella hacia la pista de baile, como no…Bella se auto culpaba una vez más.
-por favor Bella, sonríe un poco. Mi alegría ya no existía en estos momentos me sentí inconsolable.
Bastaron dos palabras un beso y una promesa hacia mi Bella para que de nuevo fuera el Edward de antes. Prometí no tocar el tema Jacob a pesar que sus palabras se me grabaron a fuego en mi subconsciente.
Nadie se percató del infortunado encuentro, solo pasaron cuatro minutos y medio y aparecimos en la pista de baile como si nunca la hubiéramos abandonado.
Alice me quito a Bella y la subió a una tarima de cristal, mi pobre esposa ruborizada ya no sabía hacia donde mirar cuando yo divertido le quité la liga con los dientes que ella ya había bajado hasta el tobillo. Quise quejarme de que ella la hubiera deslizado tanto pero en vez de ello con una precisión inigualable, se la tiré a Mike en la cara y guiñé un ojo a mi hiperventilada mujer.
Después sacaron la enorme tarta nupcial y haciendo acopio de mis costumbres humanas engullí un buen trozo que Bella cortó para mí. Casi podría decirme que me gustó, pero lo que realmente fue divertido es que restregué un trozo por la nariz de Bella que me propinó un casi insonoro codazo.
Cual pájaro que emprende el vuelo hacia su nido, llegaron mis brazos a rodear a mi casa o mejor dicho a Bella. Bailamos pero yo abrazaba su piel como un tesoro que se me ha concedido.
Caí una vez mas en sus labios rosados y estuvimos así mas de un minuto.
-¡es la hora! Mi molesta hermana preferida seguía dándonos la brasa como nadie rompiendo cualquier momento mágico entre Bella y yo. Me amenazó con desvelarle a Bella donde sería nuestra luna de miel. Si no la liberaba ahora, ya que ninguno de los dos le hacíamos el menor de los casos.
Una vez preparado el coche y el equipaje, salimos por la puerta principal donde nos recibió una lluvia de arroz, estaba eufórico y protegía a Bella de las lanzadas de mi hermano más fornido pues este lanzaba el arroz con una fuerza que bien podría hacer daño. Subí a Bella al coche y esta les gritaba palabras llenas de amor a su familia y amigos, arranqué a una velocidad moderada y una vez que dejamos atrás la casa, pisé el acelerador hasta coger la carretera a doscientos veinte por hora. Quise correr más de lo normal pues el aullido de Jacob me gritaba con furia a mí y a Bella.
-¿preparada? -más que nunca… besé el pelo de Bella y la acuné en la Terminal del aeropuerto, en cuanto llegamos al mostrador yo ya llevaba a Bella a modo de mochila, pues estaba exhausta. Me miró con una ceja alzada y me dispuse a sacar los billetes para la primera parada que nos llevaría hasta nuestra luna de miel.