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Amanecer Por Edward Cullen — capítulo 12

-¿Houston? Preguntó mi adormilada mujer mientras alzaba una ceja a modo de sospecha

-Es solo una parada Bella.

No me podía creer que después de tanto secretismo a Bella le diera igual donde dormiría mañana, conociéndola como yo la conozco juraría que lo mismo le da un país que otro. Estaba muy nervioso, por suerte mí ahora mujer consiguió dormirse en más de dos países casi al mismo tiempo. Yo la llevaba casi en brazos por las terminales, y más de una vez oí un impertinente pensamiento de algún descerebrado que solo se le ocurría pensar que estaba medio secuestrando a una joven por como la cargaba entre mis brazos o la cogía como si de una niña pequeña se tratase.

Esa clase de pensamientos me herían, después de todo el sentimiento de culpa que llevaba conmigo y actuaba a modo de detractores.

Sin embargo una vez que estábamos en los asientos del avión con Bella dormida entre mis brazos sentía que nada malo podía volvernos a pasar, es tal mi felicidad que aunque el avión cayese yo protegería a Bella y la salvaría de una infortunada mala suerte…una vez más

E incluso cuando tenía a Bella entre mis brazos durmiendo, como en público no podía quedarme embobado ante su imagen me entretenía en nuestros recuerdos.

-¿Río de Janeiro? Me preguntó mi mujer casi sin sentido, temblando por el trajín del avión, a mí me resultaba gracioso verla así, tan indefensa…tan humana. Quizás algún día pueda maravillarme con la fuerza de una Bella neófita… pero hoy por hoy, yo admiro su sensual vulnerabilidad y ese vestido color crema que le había regalado Alice le quedaba realmente bien…

Sacudí mi cabeza velozmente no me podía permitir pensar así en Bella, pese a que hice una promesa llevaba muy adentro el dilema que debería haber afrontado y que una vez más Jacob me había desvelado.

-Es solo una parada más cariño. Y volvió a dormirse mientras preparaba mentalmente mi cuerpo bajo los estímulos eléctricos que sentía cuando la piel de Bella me rozaba.

Debía ser más fuerte que el deseo… más fuerte que el amor. Se lo debía.

Llegamos a Río y en vez de tomar otro avión, salimos al exterior para coger un taxi. Bella se maravillaba con este país que nunca había estado y me juré a mi mismo traerla en otra ocasión y con más calma. -¿pero qué?... -shh silencié su pregunta posando un dedo sobre sus hermosos labios, -es parte de la sorpresa Bella…ten paciencia.

Llegamos a unos de los puerto de Río y nos esperaba la lancha que Carlise había comprado para la ocasión por Internet como regalo de bodas. Mi desconcertada y aturdida mujer me recordó un poco a la espuma de mar… a la deriva y sin rumbo que es como ella se sentía.

Una vez que de un salto puse las maletas dentro de la lancha, miré una vez más a Bella que me miraba como si me hubiera vuelto loco y medité la idea de que ella estuviera pensando que pensaba robar esa lancha…-Al abordaje señorita, es nuestra, te lo aseguro ya sabes.. No más comportamiento delictivo fue uno de mis votos. Ladeó la cabeza mientras susurró un inocente ¿y que más?

Subió con esa torpeza que la caracterizaba y me envolvía en gracia. Quitándose los zapatos y cruzando sus piernas sobre mi torso húmedo por el agua del mar…

La deseé ahí mismo, quise poseerla besarla y tirar abajo todos los muros que ponía entre su cuerpo y el mío. Pero una vez más y como de costumbre me llevó solo un segundo recobrar mi lado pensante y depositarla en el asiento blanco y acolchado al lado del timón.

Puse mala cara, como de costumbre ella sabía el por qué y no decía nada, me regalaba silencio mientras yo me enfadaba conmigo mismo por desear a mi mujer horas después de nuestra boda.

Arranqué con fiereza la lancha, haciendo esta que sonara un grave zumbido olvidándome así de mis atormentados pensamientos, Bella me miró en varias ocasiones con el rostro sumido en la preocupación y la angustia pero yo me maravillaba mientras la veía sumir su mano en el caliente mar que nos envolvía alejándonos más y más de las luces de la ciudad.

Desbotoné mi camisa para que el aire marino danzara por mi pálida piel que se veía plateada por el reflejo de una enorme luna y a mi mujer se le olvidó cerrar la boca de asombro lo cual me molestaba pero una parte de mi era feliz de saber que provocaba en ella los mismos sentimientos de deseo que ella me infundaba sin quererlo a mí.

Cerré su boca con un beso mientras me concentraba en el manejo de la lancha. Pasó media hora y atisbé las luces de Isla Esme.- ¡Bella mira allí!

Grité eufórico por haber llegado por fin a este tramo de mi vida. Ya no había vuelta atrás, nos acercábamos más y más sin saber que le depararía el futuro a Bella, mi mujer.

-¿Dónde estamos? Preguntó con los ojos como platos, había lagrimas en sus comisuras, por lo menos estar aquí le gustaría…-Es la isla Esme, un regalo de Esme y Carlise.

-¡madre mía! ¿Quién regala una isla? Sí, definitivamente este lugar era perfecto para ambos pues sus ojos no paraban de sonreír mientras su boca dibujaba una perfecta muestra de asombro.

Dejé la lancha en posición lineal, y bajé de un salto sin prestarle atención a la calida agua que mojaba mis zapatos y pantalones, quise bajar antes que Bella pues había algo que me moría de ganas por hacer.

Alcé mis brazos y mi cara dibujó un impaciente -¿puedo? Antes de que pudiera responder la tomé en brazos dejando la lancha atrás mientras la llevaba a paso ligero por la playa, nos reímos ante mi error… se supone que esto se hace antes de llegar al umbral de la casa.