← Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" · de
Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 10
Pasé de largo aquel pasillo, me di vuelta sobre mi costado derecho y me adentré en los desiertos corredores del instituto. Después de todo mi día no sería muy diferente al que había pensando la noche anterior, por que después de todo, pasaría aquel almuerzo completamente sola.
A medida que me alejaba del pasillo principal fui aminorando el paso, caminando cada vez más lento, asomando la cabezapor cada puerta que me encontraba, buscando un buen lugar en el que nadie pudiera interrumpir mi solitario descanso. Al final pude encontrar uno, era de los salones más alejados de todo, no estaba segura de si aún se usaba, puesto que algunos de los bancos que ahí se encontraban estaban tapizados de una pequeña capa de polvo en su superficie.
Fui hasta el fondo del aula, coloqué mi mochila en el suelo y pasé una mano encima del asiento de uno de tantos bancos que allí había. Una franja de éste se tornó más brillante cuando el polvo se retiro y en cuanto quité todo el polvo me senté.
Miré a mi alrededor, ¿ahora qué?, ¿iba a pasar toda una hora sólo sentada ahí?. Entonces recordé que dentro de mi mochila guardaba un libro para aquellas ocasiones. Introduje la mano dentro y saqué un libro pequeño encuadernado en pasta delgada y lisa, lo abrí por una página marcada casi al centro del libro y me dispuse a leerlo. Pero no tardó mucho tiempo antes de que algo me interrumpiera.
Escuché claramente cómo se abría la puerta con un ligero rechinido, sin embargo me limité a seguir con la vista fija en la hoja de papel, esperando a quien fuera que había entrado se fuera en cualquier momento, pero eso no pasó. Aquella persona, fuese quien fuese se encaminó hasta mi, tirando una y otra vez algo hacía el techo y cachándolo con bastante habilidad.
-Hola- dijo al fin al quedar frente a mí.
No contesté. Levanté la mirada lentamente, sabiendo con lo que me toparía en cualquier momento. Y no estaba equivocada, al posa mi vista hacía arriba me topé con Curt, quien jugaba con una pequeña pelota de tela, haciéndola rebotar con su pie una y otra vez sin que esta tocara el suelo.
-¿Qué haces aquí?- atajé desviando la mirada y posándola de nuevo en el libro.
-Pues, pensé que habíamos quedado de pasar el almuerzo juntos- dijo este encogiéndose se hombros.
-Creí que habías cambiado de idea.
-¿Por qué lo dices?- preguntó con el ceño fruncido.
Se sentó en el banco que estaba frente al mío y se dirigió a mi, mirándome atentamente.
-Por nada, olvídalo- exclamé sin mirarlo.
Sentí como éste se movía en su banco con incomodidad.
-Ya no podré olvidarlo, dime.
-No. Y déjame sola, ¿quieres?
-No, no quiero. Me quedaré aquí hasta que me digas qué es lo que pasa- repuso él poniéndose nuevamente en pie y empezando a jugar de nuevo con aquella pelotita suya.
No dije nada, seguí con la vista fija en el libro, continuando con la lectura que él había interrumpido. Pero era inútil hacerlo con aquel ruidito que se producía al golpear aquel objeto constantemente, como un tic-tac de reloj, pero un poco más intenso. Traté de ignorarlo, de concentrarme en el libro que tenía frente a mí, pero no podía, no podía ignorar el saber que él estaba ahí, jugando con aquel juguetito estúpido.
-¡¿Quieres dejar eso de una vez?!- exploté yo sin poder evitarlo-. ¡¿Por qué no vas y buscas a tu amiguita y me dejas en paz?!
-¡Ah!, ¿con que eso era?- exclamó dejando de hacerlo. Tomó la pelota con la mano y se sentó-. ¿Te has molestado por eso?
-No- dije mirándolo por primera vez.
-¿Estás segura?- sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción.
-Me vale un cacahuate con quien hables o no, ¿entendido?- atajé bruscamente.
-Yo más bien creo que estás celosa.
Al escuchar aquello me puse en pie de un salto, tomé el libro, lo metí en la mochila y me dispuse a salir del salón.
-No estoy celosa, ¿Por qué tendría que estar celosa por ti?- exclamé al pasar por su lado.
-¿A dónde vas?- preguntó poniéndose en pie también.
-¡A donde no estés tu!- grité avanzando hacía la puerta.
-¡Vale, vale!- dijo él tratando de alcanzarme-. No estás celosa, bien.
Alcanzó a tomarme por la mochila, para después sujetarme del brazo y darme vuelta para que o mirase fijamente.
-Creo que me he hecho ilusiones yo mismo al pensar que podías estar celosa por mi- dijo Curt en voz baja-. Yo lo estaría si te viera charlando con otro chico…
Sentía su rostro muy cerca del mío, tanto que podía ver cada uno de las largas pestañas que había en sus ojos, tanto que podía verme reflejada en sus ojos castaños, tanto que sentía el calor de su cuerpo.
Noté cómo nuestra distocia se fue acortando poco a poco, sintiendo su aliento con cada respiración suya. Mi corazón latía con fuerza, con una violencia que parecía estar a punto de quebrar mi pecho.
Estábamos a escasos centímetros, sólo un poco más…
La campana sonó de pronto, provocando que ambos saltáramos y nos separáramos medio metro de distancia.
-Creo que tengo que ir a clase- dije yo un tanto nerviosa.
-¿Por qué no te tomas un descanso de las clases y te quedas un rato aquí conmigo?- preguntó él haciendo un gesto en dirección al interior del aula.
-No puedo- repuse negando lentamente-. Quizá otro día…
El muchacho despegó los labios para decir algo más, pero no me esperé a que lo hiciera, giré la perilla de la puerta y salí del salón, dejándolo solo.
Me detuve un momento, pensando ahora en la petición de Curt, ¿qué malo podía hacer saltarme una hora de clases?. Pero de inmediato me negué a mi misma a aceptarlo, impidiéndome darme vuelta y volver a entrar por la puerta que yacía cerrada a mis espaldas. Coloqué bien mi mochila sobre el hombro y empecé a andar por el pasillo.
-Llega tarde, señorita Norton- dijo el profesor Murray.
-No he escuchado la campana, lo siento… no volverá a pasar- me disculpé yo, tratando de no mirar a todos aquellos que tenían la vista sobre mi.
-Eso espero.
Asentí levemente con la cabeza y fui hasta mi lugar al fondo de la clase, segura que más de la mitad de mis compañeros mantenían sus ojos pegados en mi espalda. Ojos que al llegar a mi asiento, se volvieron de nuevo hacía el frente, como si nada hubiera pasado. Saqué de mi mochila una libreta y una pluma y las coloqué sobre mi banco, sin embargo no ponía atención. Había cosas en mi mente más importantes en qué pensar. Lancé un largo suspiro que me sorprendió, parpadeé un par de veces y miré hacía abajo. La sorpresa se acrecentó aún más al toparme con un corazón dibujado en la parte inferior de la hoja, un corazón que yo misma había dibujado sin siquiera darme cuenta. Cerré el cuaderno de golpe y miré a mí alrededor, como si temiera que alguien más hubiera visto aquello. Pero los demás parecían tener más interés que yo en las clases.
-¿Cómo está la mesera más bonita de Nueva York?- exclamó Sherly al verme entrar en la cafetería.
Algunas veces tenía la costumbre de hacer ese tipo de comentarios.
Miré a mí alrededor casi al instante, el lugar estaba casi desierto, sólo con excepción de Billy, quien limpiaba una mesa que al parecer acababa de desocuparse.
-He preguntado que si cómo está la mesera…
-Sé lo que preguntaste- repuse yo antes de que terminara.
-¿Y por qué no has contestado?- inquirió ella.
-Es que no sé por qué te empeñas a decir semejantes mentiras- respondí sin alterarme. Crucé la puertecilla y me colé tras la barra.
-No es una mentira- dijo ella siguiéndome.
No contesté. Me mordí el labio pensativa mientras me detenía y me di vuelta hacía ella casi sin pensarlo.
-¿En serio crees que sea bonita?- pregunté con un hilo de voz.
Sherly me miró con una sonrisa tierna.
-¡Oh!, claro que lo eres- dijo yendo hasta mi y dándome un fuerte abrazo-. ¿Por qué dudas de ello?
Me encogí de hombros.
-¿Pasa algo?- preguntó separándose un poco de mí y mirándome fijamente-. ¿Hay algo que tenga que saber?
-Es que…- no sabía si debía o no decírselo.
-Sabes que puedes confiarme cualquier cosa, ¿verdad?... ¿a caso es un chico?
Estaba atrapada. No sabía cómo era que los demás se enteraban de las cosas, ¿era tan obvia?, ¿había alguna expresión en mi rostro que me delataba siempre?, ¿o era el simple hecho de que ella ya había pasado por lo mismo en su juventud?
-Eso creo- dije al fin.
-¿Es aquel chico que te fue a ver a casa en tu día de descanso?
-¿Cómo lo sabes?- pregunté al instante completamente sorprendida.
-¡Querida!, aquí nos enteramos de todo. Es difícil no enterarse cuando trabajas en el mismo lugar que toda tu familia- dijo soltando una carcajada.
-¿Será posible que alguna vez pueda tener una vida privada?- dije a la vez que me encaminaba hacía el baño para poder ponerme mi uniforme.
Al terminar de vestirme volví rápidamente hacía el negocio, a pesar de que no había mucha clientela por aquellos días se nos estaba prohibido andar fuera de nuestras labores. Chad llamaba aquello como una falta de responsabilidad, para él un negocio nunca debía dejarse solo o descuidarse por un momento: Los errores y catástrofes suceden e un abrir y cerrar de ojos. Era lo que él siempre nos decía.
Yo no tenía nada en contra de aquello, pero a veces exageraba bastante las cosas.
-¿En dónde está Billy?- pregunté al dar un vistazo a mi alrededor.
-Le han llamado al móvil un vecino. Dijeron que Milo se ha vuelto a salir del jardín.
-¿Qué…? pero ¿está bien?
-Claro, nohay nada de que preocuparse- dijo ella con tranquilidad-. Sólo ha ido calle abajo corriendo como loco. ¡Ah, mira!, ahí viene Billy.
Mi hermano iba entrando en el local acompañado de mi mamá. El joven llevaba la camisa pegada al cuerpo por el sudor y el cabello un poco alborotado, sin mencionar que aún parecía faltarle el oxígeno.
-¿Has encontrado a Milo?- exclamé yendo apresuradamente hacía él.
-Sí, ha ido a parar al jardín de… a un jardín- respondió haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Ese perro cada vez está más loco.
-No está loco, es que está aburrido- dijo mi mamá en su defensa.
-No lo sé, mamá. Últimamente ha estado actuando algo extraño…- dije yo pensativa.
Ella pasó de mí tratando de hacer caso omiso a mi comentario, siempre defendía a Milo, aún cuando de cachorro había mordido sus zapatillas de salir favoritas. Examinó el lugar detenidamente, con un gesto de decepción al encontrarlo tan solo como de costumbre.
-Esto cada vez está peor- comentó con los labios un poco fruncidos-. ¿Cuál es el especial de este viernes?- preguntó a Sherly.
Viernes. ¡Claro!, me dije a mi misma cayendo en cuenta hasta aquel momento. ¡Era viernes!, la fiesta de Brooke estaba a escaso un día de llevarse acabo y yo aún no tenía el permiso de mi mamá.
-¡Mamá!- dije yendo tras de ella por entre las mesas.
-¿Sí?- exclamó ella sin detenerse.
Miraba en todas direcciones, como si buscara algo, algo que pudiera tener la culpa de la mala racha de consumo en el pequeño local de Chad. Miró bajo una mesa y tomó un servilletero que se encontraba volcado bajo ésta, se tomó su tiempo para ponerlo como mejor le pareció sobre la mesa, lo contempló detenidamente y luego se volvió hacía mí con total concentración.
-¿Ibas a decirme algo?
-¿Recuerdas lo de Brooke?- pregunté sin soltarlo todo de golpe, tanteaba el terreno antes de pedirle el permiso-. Ya sabes, lo de la fiesta que lleva organizando varias semanas atrás.
-Sí…- exclamó sin darle mucha importancia-. ¿Qué pasa con eso?
-Quería saber si me dejarías asistir- comencé yo-. Y…
-¿Y?
-Poder faltar al trabajo el día de mañana.
-¿Faltar todo el día?- preguntó con las cejas arqueadas.
-¡Vamos, mamá!- exclamé con un poco de desesperación-. ¡Mira!, la cafetería está vacía por completo. No creo que haga mucha falta mi presencia para que el local trabaje.
A continuación compuse la cara que siempre usaba para obtener lo que quería con mi mamá, una cara que ninguna mamá podía resistir, aquella a la que nadie podía decirle un simple "no".
Ella me miró detenidamente con los labios fruncidos, su semblante entonces se fue suavizando poco a poco hasta que sus labios quedaron nuevamente lisos.
-Bien, puedes ir a la fiesta de Brooke. Y no te preocupes por Chad, yo le diré.
-Gracias.
Le dediqué una gran sonrisa para después ir a mis labores, las cuales terminé en un abrir y cerrar de ojos, por que por lo general éstas las llevaba a cabo cuando no había clientes en el local, pero dado el caso de que sólo un cliente fue el que se pasó por ahí durante el resto del día, no me costó mucho volver a mis otras labores que tenía aparte de ser mesera.
Aquella tarde Chad llegó con el tiempo justo para contar las pocas ganancias del día y cerrar la cafetería para irnos a descansar. Durante el trayecto mi mamá no le dijo absolutamente nada sobre mi día libre, tal vez prefería decírselo a solas, algo que a mi me pareció muy buena idea.
La noche caía despejada y llena de estrellas tras la ventana de mi habitación. Fuera, los árboles se movían con una suave brisa refrescante, y las sombras hacían imágenes extrañas en las aceras y el asfalto negro, pero aparte de aquello, de las muchas características que separaban a la noche del día, no había nada más, ni una sola persona deambulando en las calles, nadie que irrumpiera la negrura del exterior.
Caminé hasta mi cama y me cubrí con las suaves mantas, mi mamá había dejado de lado las delgadas sábanas y las había cambiado por una más confortables y calentitas. Miré el techo, pálido y liso como siempre, casi como la vida que tal parecía había llevado yo hasta el momento. Cerré los ojos, sintiendo lo agradable que se sentía después de todo un día de trabajo, y saboreando por adelantado un día que sin duda no sería como los demás, me quedé profundamente dormida.
A la mañana siguiente todos se fueron a trabajar sin siquiera despertarme, tal parecía que fuera lo que fuese que mi mamá le dijera a Chad para convencerlo de darme el día libre, había funcionado muy bien.
Me encontraba sentada cómodamente en mi sillón favorito de la estancia, en la mano llevaba libro pequeño y delgado, el mismo que cargaba en mi mochila cuando Brooke no llegaba a ir a la escuela. Pero de nuevo me era inútil el concentrarme, pues aquella mañana Milo había despertado más insoportable que nunca. Ladraba sin motivo y rasgaba la puerta en sus desesperados intentos por salir a la calle.
-¡Silencio, Milo!- grité desde la estancia-. ¡No hay nada fuera!... ¿qué es lo que le pasa?
Me puse en pie y fui hasta la puerta que daba al jardín trasero, pegué la oreja a esta y presté atención. El perro se quedó callado al notar mi presencia tan cerca de él.
-Bien, ¿qué es lo que te sucede?- pregunté abriendo la puerta de un tirón.
El can se echó hacía adelante e intentó salir por un espacio entre mi y la puerta, pero no dejé que sucediera.
-¡Tu ganas!- exclamé cerrando una vez más la puerta de golpe-. ¡Me iré fuera para poder leer por lo menos unos minutos!
Cerré la puerta de un golpe. Mi respiración sonaba agitada por el enfado y el esfuerzo al luchar en contra del perro con la puerta. Caminé en dirección a la estancia de nuevo, sólo para tomar mi bolsa y libro y salir de la casa como un tornado.
Mis pasos resonaban contra la acera con fuerza. Una parte de mi no sabía el motivo de mi enojo, otra sin embargo estaba bastante furiosa. Anduve un buen rato sin dirección, sin siquiera saber por donde caminaba, sin fijarme en nada, ni siquiera en el repentino clima de aquella mañana. El cielo se había tornado de un gris casi metálico, y las nubes lo cubrían por completo como un grueso manto, uno gélido y triste.
Me detuve y miré a mí alrededor, estaba casi a mitad del parque, eché un vistazo y comprobé que estaba solo. Me senté a la sombra de un árbol y abrí el libro por la página separada, lo coloqué sobre mis piernas y reanudé mi lectura.
La brisa otoñal despeinaba mi cabello castaño pegándolo contra mi rostro y moviendo las hojas de los árboles de mi alrededor y arrastrando las que ya se encontraban en el suelo, produciendo un ruido seco y vibrante. Pero a través de ese suave ruido pude presenciar otro, unas ruedas sobre el camino de cemento, y conforme estas avanzaban se escuchaban cada vez más cerca de donde me encontraba. Levanté la mirada, Curt se aproximaba hasta mi sobre una patineta, deslizándose hábilmente, como si fuera parte de él.
-Algo me dijo que te encontraría aquí- exclamó dando un golpe en un extremo de su pequeño transporte, éste se elevó un poco y él la atrapó con facilidad.
-¿Por qué te lo imaginaste?- pregunté con indiferencia.
Aún me sentía un poco molesta con él por lo ocurrido en el instituto.
-Fui a buscarte a la cafetería, después a tu casa y luego me dije: Si yo fuera Sam, ¿en donde estaría ahora?- dijo él poniendo cara de concentración-. Y me vino a la mente central park.
-¿Y por qué?
-No lo sé… yo vendría aquí- repuso encogiéndose de hombros-. ¿Qué lees?
Se colocó en cuclillas a mi lado y echó un vistazo al libro que reposaba sobre mi regazo.
-No creo que te guste- exclamé al instante.
-A walk to remember…- leyó él en voz alta y clara-. Triste final, pero siempre con un buen mensaje de amor verdadero… ¿por qué no habría de gustarme?
No contesté, más sin embargo mi mirada lo recorrió de pies a cabeza, como si le dijera: "Mírate, no tienes pinta de leer historias de amor"
-Nunca juzgues a un libro por la portada, Sam- dijo él con una sonrisa en los labios-. El contenido puede ser mucho mejor.
-O decepcionante- repliqué con el entrecejo fruncido.
-Sí, quien sabe.
El muchacho no pareció molestarse, y aquello era algo que a mi si me molestaba, pensar que nada ni nadie lo podía hacer enfadar, esa actitud un poco arrogante y demasiado positiva que se le veía en el rostro.
Lancé un largo suspiro y abrí de nuevo el libro, sin leer, sólo mirando las letras que se juntaban impresas sobre la superficie blanca de las hojas de papel.
-Creo que deberíamos irnos antes de que empiece a llover- exclamó Curt de la nada.
-No va a llover- dije con el mismo tono reseco de voz.
Miré a mí alrededor. Hacía varios meses que no llovía, y dudaba que aquel día fuera la excepción, además el tiempo no parecía amenazar con ello.
Bajé la mirada hasta el libro y pasé la página delicadamente, y entonces, pasó lo inesperado. Quizá no para él, pero sí para mí. Una gota de agua cristalina calló en la hoja y se dispersó un poco, subí la vista, pero sólo para presenciar la caída de más y más gotas que parecían aumentar de tamaño conforme pasaban los segundos.
Introduje el libro en mi bolsa y me puse en pie rápidamente, pero me quedé parada, mirando como el parque se volvía una mancha borrosa a causa de tanta lluvia.
-¡¿Ahora lo crees?!- gritó Curt por encima del estruendo de las gotas al chocar contra el piso.
-¡Cállate!- contesté yo apartándome el húmedo cabello del rostro.
-¡Será mejor que nos vayamos!
El muchachono esperó mi respuesta, me tomó de la muñeca y me jaló hacía un lado. Empezamos a correr entre los árboles, resbalando en el camino lleno de agua que corría como arroyos, entrecerrando los ojos por la fuerza con que el agua nos golpeaba, mientras su patineta se balanceaba en su otra mano.
Salimos del parque y seguimos calle arriba, aún con la mano de Curt aprisionando mi muñeca, pero no me molesté en apartarla, seguía tras él, corriendo como nunca. Lo único que quería era llegar a mi casa para poder secarme.
-¿Qué haces?- dije yo.
El muchacho se había detenido frente a su casa, dejó la patineta a un lado y empezaba a abrir la puerta de la entrada.
-Ponernos a salvo de la lluvia- dijo él sin mirarme.
-Yo tengo que irme a casa.
-Estarás más empapada hasta que llegues… puedes enfermar, hace mucho frío- replicó él sin soltarme.
-No puedo, yo…
-Sólo será hasta que pase la lluvia- insistió el muchacho con ojos suplicantes.
Lo miré por un momento, pensando en qué hacer. Era verdad, mi casa estaba aún más lejos, y cuando llegara estaría aún más empapada.
-¡Está bien!- acepté de mal humor.
Cruzamos como rayo el pequeño jardín delantero de la casa de Curt y fuimos hasta la puerta de entrada, la cual abrió con facilidad para que entráramos al seco y tibio interior.
La cálida temperatura me hizo saber que estaba completamente congelada de pies a cabeza. Mis dientes castañeaban ruidosamente y mi cabello mojaba el fino suelo de madera, haciendo pequeños charco.
-Iré por una toalla- dijo él, y acto seguido desapareció escaleras arriba.
Me quedé sola. Me sentía tan rara de estar allí, una extraña sensación de familiaridad mezclada con ignorancia, pero tal vez se debía a que muchas de las casas del vecindario eran muy parecidas.
Eché un vistazo alrededor, era una casa muy bonita, llena de muebles de madera, sillones de telas finas, un gran mueble al cual le faltaban fotografías en los marcos de platas que ahí reposaban, y más allá, alejada de todo lo demás, se encontraba una motocicleta negra. Caminé hasta ella lentamente, pasé una mano por uno de los manubrios, nunca había subido a una.
-¿Tegusta?
-¿Eh?- me volví hacía un lado.
Curt había vuelto a la estancia, cargado con una toalla, una manta y una mullida almohada bajo el brazo.
-¿Es tuya?- pregunté yo un poco apenada por haber sido descubierta mientras fisgoneaba.
-Sí- contestó él sin mirarla.
-Es bonita- repuse yendo hasta él y tomando la toalla que me tendía-. ¿Paseas a diario en ella?
-No, hace mucho que no lo hago- dijo él caminando hasta el sillón-. Ahora está descompuesta… pero aún si sirviera no pasearía.
No dije nada al respecto, parecía que aquel tema no le gustaba mucho, y lo menos que yo podía hacer era respetar aquello, después de todo estaba en su casa.
-¿Estás solo?- pregunté tratando de dejar la conversación de la moto de lado.
-Sí, mis papás han salido de viaje.
-¿Te han dejado solo?
-Sí, ahora casi todo el tiempo lo estoy- dijo con una amarga sonrisa.
Se hizo un silencio, no pensé que bajo aquel semblante de chico positivo y bromista se encontrara tal solitaria realidad, un muchacho que se pasaba las tardes solo, que buscaba compañía, la cual yo le había negado en varias ocasiones.
-Y tus padres, ¿qué me dices de ellos?
-Bueno… mi mamá trabaja en la cafetería de Chad como casi toda la familia.
-¿Y tu papá?- preguntó él con interés.
-Él… no lo sé. Nos abandonó hace muchos años, y desde entonces no sé nada sobre él- contesté en voz tan baja que casi era imposible de escuchar.
-Lo siento- dijo él en un susurro.
-No te preocupes, hasta lo que sé está vivo y bien- traté de sonreír, pero más bien fue una mueca lo que salió de mis labios.
-Y… ¿cuál fue la última película que viste en cines?- preguntó Curt de pronto.
Me eché a reír, y entonces mi enfado con el muchacho desapareció por completo. Toda imagen del coqueteo o lo que fuera se fue de mi mente y fueron remplazadas por un repentino afecto, y la imagen de una hermosa sonrisa y unos ojos castaños.
El vidrio repicaba con fuerza al ser chocado por las gruesas gotas de lluvia, haciendo casi imposible la visibilidad del exterior, pero dejando tras él un relajante sonido.
La tarde pasó mientras nuestra conversación se extendía con el paso de los minutos, cargada de risas y anécdotas que nunca en mi vida le había contado a nadie más, recuerdos que no imaginaba conservar hasta aquel momento. En aquel momento que me encontraba frente a Curt.