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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 11

-¿Señorita, Sullivan?- exclamó la profesora.

No me había percatado de que estaba justo frente a mí. Me miraba con sus penetrantes ojos oscuros, mientras que sus brazos estaban firmemente cruzados sobre su pecho y uno de sus pies tamborileaba fuerte sobre el piso con exasperación.

Sentí hacerme pequeña frente a la multitud de alumnos que me miraban desde sus respectivos bancos; todos de seguro pensando lo patética que me veía, pero eso de seguro aumentó una vez que abrí la boca.

-¿Sí?

-Creo que es más que obvio que no está prestando atención en la clase. ¿O me equivoco?- su voz aunque tranquila sonaba cargada de miles de litros de veneno.

-Lo siento, es que…

No tenía la menor idea de qué decir. El rostro me ardía a causa de la vergüenza.

-¿Podría hacerme la pregunta una vez más?- dije con voz temblorosa.

-Olvídelo, la clase está a punto de terminar.

Miré por encima de su hombro y me di cuenta de que tenía toda la razón, faltaban escasos tres minutos para que la campana anunciara el fin de aquella clase.

La profesora me miró atentamente con gesto de desaprobación. Hubiera preferido mil veces que me dijera algo, sus ojos me taladraban y el silencio era peor que cualquier cosa que pudiera haberme dicho. Más sin embargo no abrió la boca, se limitó a alzar una ceja con arrogancia y se dio la vuelta altivamente hasta llegar a su escritorio.

-Pueden salir- exclamó apoyándose suavemente en su mesa.

Seguí a Rose y el resto de los alumnos hasta la puerta, aún sintiendo los ojos de la mujer pegados a mi nuca, ¿cómo es que hacía eso?. Esperé que en cualquier momento me llamara, pero no lo hizo, así que seguí mi camino sigilosamente.

-¿Qué ha sido eso?- preguntó mi amiga una vez que estuvimos a unos diez metros alejadas del aula.

-¿Qué cosa?

-¡Te han llamado la atención!- replicó ella casi riendo.

-No es nada. Además, siempre hay una primera vez, ¿no?- dije encogiéndome de hombros.

Pero estaba segura muy en el fondo que aquello sí era una novedad, pues yo nunca, y cuando digo nunca es nunca, me he metido en problemas. No soy esa clase de chicas.

-Estabas leyendo algo- dijo de pronto ella soltando lo que sabía, o más bien lo que creía saber-. ¿Qué es?

-¿Qué cosa?

-¿Escribes poemas de amor para alguien?- preguntó al tanteo-. De seguro es para Thomas, ¿verdad?

-¡Claro que no!- exclamé de inmediato.

-Entonces dime lo que es.

Respiré hondo, por un momento pensé que aquello sería sólo un secreto entre yo y aquel cuaderno.

-Bien, verás…

Y se lo dije. Rose me escuchó siempre con atención, en su frente se dibujó una arruga, la típica que siempre le salía cada que estaba muy concentrada, pero casi al final, su rostro formó una sonrisa, como cuando vez el hermoso final de una película de amor.

Le conté todo lo que hasta aquel momento había leído, cada detalle de la lectura estaba en mi mente, como si se hubiera fotocopiado, incluso había imágenes, no sabía el por qué, pero era como si ya los conociera.

-¿Y crees que eso haya pasado en verdad?- preguntó mi amiga con curiosidad.

-Estoy casi segura de que es su diario- afirmé asintiendo con seguridad.

-¿Sabes quién vivió antes en tu casa?

-No…

-Ahí debe estar la clave, es más que seguro que ella vivió antes que tú ahí. ¿Por qué no se lo preguntas a tus papás?

Claro. La idea era magnifica, no tendría el porqué sacar a relucir la existencia de aquel diario, sólo tenía que hacer la simple pregunta y ya, una simple curiosidad que todos podemos tener, no había nada de malo en eso.

Estábamos a la mesa, la comida de nuestros platos había desaparecido casi por completo y faltaba poco para que mi papá se pusiera en pie para seguir con los pendientes de su trabajo.

-Papá…- dije yo un poco vacilante.

-¿Umm?- exclamó él con el vaso en sus labios.

-¿Puedo hacerte una pregunta?

-Claro, dime- aceptó relamiéndose el jugo que había quedado un poco derramado en sus labios.

-¿Sabes quién vivió aquí antes que nosotros?

-Sí, ¿por qué la pregunta?

-Curiosidad- repuse al instante-. ¿Quiénes eran?

-Una familia como todas- contestó sin darle mucha importancia.

-¿Tenían hijos?

-Imagino que sí.

-¿Sabes sus nombres?

-Bueno, ¿a que viene tantas preguntas?- exclamó de pronto con el entrecejo fruncido.

-Sólo preguntaba, olvídalo- dije poniéndome en pie rápidamente-. Iré a mi habitación.

Salí con paso precipitado de la cocina para después seguir escaleras arriba hacía mi habitación, la misma habitación en la que Sam había dormido un día, y de seguro había escrito parte de su historia.

Fui hasta mi mochila y busqué por un breve momento, para después sacar aquel cuaderno algo viejo y maltratado, y entonces me vino a la mente una frase que Curt le había dicho a Sam: No juzgues un libro por su portada.

-Debe ser genial a veces estar solo- dije yo mirando a Curt.

-Es algo que muchos desean en un principio, pero después se vuelve frustrante. El que nadie te escuche… no es bueno- repuso con una sonrisa que no escondía nada aquel tono amargo.

-Bueno, todos a veces queremos nuestro momento a solas.

El muchacho no contestó, sólo se limitó a sonreír mientras hacía un leve gesto negativo con la cabeza. Alzó la mirada y me observó fijamente con sus hermosos ojos castaños. Me perdí, no supe de pronto en dónde me encontraba, o qué estaba haciendo ahí, todo era una sola marea de brillantes luces castañas. Sentía su respiración tan cerca de mí, tan tibia y acogedora que me llevaban suavemente hacía él, como las olas del mar en una calurosa tarde de agosto.

Nuestros labios estaban a escasos centímetros, mi corazón latía con fuerza, y entonces…

-Creo que ya ha terminado de llover- exclamé sin querer.

Curt se apartó un poco de mí y se estiró para desperezarse. Se puso en pie y fue hasta la ventana, en donde escudriñó el exterior detenidamente. Su rostro se reflejaba claro contra el cristal húmedo, tranquilo, pero en sus ojos se notaba cierta desilusión.

Miré mis manos, sabía perfectamente que yo quería que aquello pasara, me sorprendía el saberlo en realidad, pues días antes había pensado que Curt no era el chico para mí. Sin embargo, ahora que lo miraba… no podía describir aquel sentimiento.

Me puse en pie lentamente, sin quitar la vista del cristal en el que se dibujaba su rostro y caminé hasta él.

-Curt…

Lo llamé en cuanto estuve a escasos centímetros de él. Podía sentir su calor, respirar su fragancia.

-¿Sí?- dijo al darse vuelta y encontrarse de frente conmigo.

-Es que…- mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho, como nunca lo había sentido antes latir.

Sus ojos se posaron sobre mí detenidamente, esperando a que dijera algo, pero las palabras se habían quedado dentro de mi garganta sabiendo que no eran ellas quienes tenían que actuar en aquel momento. Me acerqué aún más a él. Podía estar equivocada, no quería cometer un error del cual me tuviera que arrepentir después. ¿Pero si el error era el no hacer nada?... Me puse de puntillas y me aproximé, notando que Curt también se acercaba a mí lentamente, casi con delicadeza, hasta que nuestros labios se juntaron en una caricia. Sus brazos me rodearon con fuerza, y el calor de su cuerpo reconfortó el mío, quitando de él todo frío. Era como estar envuelta en las alas de un ángel.

Nuestros labios se separaron y Curt esbozó una sonrisa, una sonrisa que me fue imposible no responder.

-Creí que me odiabas- dijo él en un susurro.

-A veces creemos muchas cosas, ¿no?. Pero nunca juzgues un libro por su portada- comenté yo con una sonrisa.

El muchacho lanzó una carcajada y volvió a abrazarme.

Lo abracé, lo abracé con todas mis fuerzas, consiente que aquel abrazo terminaría en cualquier momento, pero completamente segura de que no quería que eso pasara. Algo en mi interior me decía que no lo soltara, ¿pero eso podía ser posible?

-Ha terminado de llover.

-Lo sé…- exclamé aún entre sus brazos.

-Te llevaré a casa- dijo alejándose un poco.

-No está tan lejos, pero irme sola.

-No voy a dejarte ir sola hasta tu casa, ni lo creas- Curt se cruzó de brazos con decisión.

-¿Temes que me roben?- pregunté con tono divertido.

-Por cualquier cosa que pueda pasarte- afirmó-. Vamos.

Tomó una chaqueta del sillón y me colocó sobre los hombros, para después juntar su mano con la mía y conducirme hasta la puerta de entrada. En cuanto salimos el frío nocturno se impregnó dentro de mis pulmones, era como estar en un congelador, sin embargo el calor que Curt pasaba de su mano a la mía seguía en mí, como un si fluyera a través de nuestro contacto.

Caminamos en silencio con nuestras manos entrelazadas, disfrutando de la noche, del olor a hierba húmeda y el cantar de los grillos que permanecían ocultos en la oscuridad. El cielo en lo alto ya empezaba a despejarse y se empezaban a notar las estrellas.

-Bueno… aquí estás, sana y salva en tu hogar- exclamó al detenernos frente a la puerta de mi casa.

-Sí, muchas gracias.

-Eso y más haría por ti- dijo este mientras tomaba mis manos.

-Apenas nos conocemos- desvié un poco la mirada al notar como los colores de mi rostro aumentaban.

-Sí, pero siento que ya te amo- repuso levantando mi rostro para que lo observara.

-Curt…

-No es necesario que lo digas…- colocó un dedo sobre mis labios-, yo puedo sentirlo.

Sus labios acariciaron los míos una vez más y mi corazón latió con fuerza. Me aferré a su cuerpo con toda la fuerza de mis brazos, sintiendo que él hacía lo mismo.

Una luz frente a mi se encendió y Curt se separó al instante, echó un vistazo hacía atrás.

-Creo que ya te esperaban- dijo al volverse hacía mí.

-No pueden perderme de vista un momento por que se alarma- dije poniendo los ojos en blanco.

-Se preocupan por ti.

-Sí, tal vez…

-Entonces deberías entrar de una vez para que pueden calmarse un poco, ¿no crees?

Lancé un vistazo hacía la ventana de la estancia, la silueta de mi mamá se podía distinguir tras la cortina yendo de un lado para otro con desesperación. Miré a Curt, como si esperara que él dijera que no lo hiciera si no quería, que me fuera con él si yo lo deseaba, pero a pesar de tener la finta de un chico rebelde y extrovertido, sabía que primero vería por mi bien, y que no dejaría que abandonara mi casa así como así. Lo sabía, era una locura, pero pasó por mi mente.

-Entonces me iré- dije al fin.

Curt se inclinó hacía mi y besó mi mejilla con ternura.

Tomé su mano y la acaricié. Mis labios se despegaron para decir algo, pero de ellos no salió nada, sólo una sonrisa mientras lo miraba fijamente.

-Hasta mañana- dijo cuando me dirigía hacía mi casa.

Me di vuelta y le hice una seña con la mano para después ir hasta la puerta, levanté la mano y la puse sobre la perilla. Algo sobre mis hombros resbaló un poco, aún llevaba su chaqueta puesta. Me di la vuelta al instante, pero ya no estaba; recorrí la calle con la vista, pero definitivamente Curt había desaparecido sin dejar rastro.

-¿En dónde estabas?, me tenías tan preocupada…- empezó hablando rápidamente, sin esperar a que yo hablara-. He estado toda la mañana llamando a casa y nadie me ha respondido, al final he venido aquí y me encuentro con que no estás…

-Mamá…

-Estaba tan preocupada, no tienes idea. Descuidé el trabajo y no sé qué dirá Chad cuando…

-¡Mamá!- exclamé haciendo que guardara silencio-. Estoybien. Me a sorprendido al lluvia en el parque y me he quedado por ahí esperando que dejara de llover, eso es todo.

Ella me miró con la respiración alterada, como si hubiera echado una carrera de cien metros sin detenerse ni un momento. Su labio inferior tembló un poco, caminó hasta mí y me echó los brazos sobre los hombros, llevándome hacía ella en un abrazo.

-Promete que no volverá a pasar- dijo con voz cortada.

-Lo prometo.

Me alejó un poco de si y me miró con ojos llorosos y una sonrisa de alivio en sus labios.

-Me iré a dormir, me siento agotadísima…- repuso tratando de contener un bostezo, pero le fue imposible.

Acarició mi mejilla con el dorso de su mano y se dio media vuelta para dirigirse escaleras arriba.

En verdad se veía agotada, y al ver como se dirigía arrastrando los pies por el cansancio por las escaleras me sentí culpable por haberle echo pasar aquel mal rato. Mi mamá siempre, siempre había estado muy al pendiente de nosotros, y aunque había decidido rehacer su vida al lado de Chad, nunca dejaba de notar que para ella, Bill y yo éramos su prioridad, por quienes siempre sacaba la cara y a quienes apoyaba siempre a pesar de cualquier cosa.

La miré desaparecer por el pasillo, y entonces decidí que también era hora de que yo me fuera a la cama. Caminé lentamente hacía las escaleras, dejando mi bolsa en una mesa que estaba en el camino hacía ahí, pero en cuanto la coloqué algo cayó al piso, haciendo un peculiar sonido de papel al rosar contra el suelo. Me agaché para recogerlo, no miraba muy bien en dónde habían quedado, puesto que el pasillo estaba a oscuras. Pasé la mano por el piso y encontré lo que parecían varios sobres sin abrir. Encendí la luz para ver de qué se trataba, y me topé con una sorpresa al leer el nombre del destinatario: Nathan Norton. Mi padre.

Recorrí el sobre con la mirada, ahí también se encontraba la dirección a la que había sido enviada. Pero mi mayor sorpresa no fue que la carta llevara una dirección de Nueva York, sino que fuera de ahí mismo, de Manhattan. Di vuelta al sobre y un peso cayó sobre mi estómago al leer las palabras: DEVOLVER AL REMITENTE.

Unos golpes en la puerta fue lo que me sacaron del trance en el que había entrado, parpadee varias veces y caminé hasta ella, sintiendo como si mis pies me guiaran por si mismos. Abrí la puerta de un tirón para encontrarme con Brooke tras ella. Su cabello tenía el rastro de un bonito peinado el cual se había estropeado con la humedad del exterior, y su rostro reflejaba un evidente enfado.

-Hola- saludé.

-¿Hola?, ¿eso es todo lo que se te ocurre decir?- exclamó ella poniendo los manos sobre sus caderas.

-¿Qué quieres que…?- entonces la verdad me cayó como un cubo de agua encima-. ¡Oh, Brooke!

-¡Lo sabías!, sabías lo importante que era para mí- replicó ella. Su rostro empezó a tornarse de un color rosado-. ¡Dijiste que estarías ahí!, ¡Lo habías dicho!

-Sé lo que dije- comenté.

¿Cómo se me había podido olvidar su fiesta?. Había llevado planeándola desde meses atrás, y yo la había escuchado mencionarla día con día, ¿cómo había pasado?. Di un paso hacía enfrente, pero de inmediato mi amiga se alejó de mí.

-¿Y entonces qué pasó?- preguntó ella cargada de ira.

-En verdad lo siento, pero es que yo…

-Lo olvidaste- terminó de decir ella rotundamente.

No era lo que esperaba decir con exactitud, pero aquella era la verdad. Lo había olvidado.

-Enserio no sé cómo es que me sorprende- exclamó con tristeza. Sus ojos se posaron en mí y me miró con reprobación-. Después de todo, no es algo nuevo…- lanzó un hondo suspiro-. Eres la peor amiga que pueda existir.

Y dicho esto, se dio la vuelta. Dejando en mimente aquella mirada fría y resentida que me había dejado antes de emprender camino de vuelta hacía la acera, para después desaparecer entre la oscuridad.