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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 12
Me quedé plantada junto a la puerta que permaneció abierta, dibujando una gruesa franja de luz que partía el patio delantero en dos oscuros paisajes llenos de siluetas irreconocibles. Observando el lugar por el que mi amiga había desaparecido, inmóvil ante la escena que acababa de vivir, con su imagen aún viva en mi mente, su rostro lleno de desilusión… Sus palabras seguían resonando en mi cabeza como un eco interminable; perforando mis oídos con cada palabra.
Mi mano se apretó contra algo y al bajar la vista me pude dar cuenta de que llevaba las cartas aún en ella, un poco arrugadas. Las miré con atención por un momento, lancé un suspiro que dejó sin aliento mis pulmones por un momento y luego fui hacía las escaleras.
Arriba, mi habitación estaba tan oscura como mi ánimo, tan sola como ahora yo me sentía, fría como los ojos de Brooke. Por un momento había creído que todo estaba mejor que nunca. ¿Por qué lo había arruinado de aquella manera?, ¿por qué había olvidado aquella fiesta?. Justo por eso había pedido libre aquel día.
Me dejé caer sobre la cama de espaldas y tras mirar el techo por un momento, puse las cartas frente a mis ojos, analizándolas detenidamente, pensando en la idea de abrirlas y ver qué era lo que decían.
-No creo que empeoren las cosas- me dije a mi misma encogiéndome de hombros.
Tomé una de las cartas y rasgué por la orilla. Dentro, había una hoja tapizada con la estilizada letra de mi madre en tinta negra, tan bonita como siempre que hace cuando quiere causar una buena impresión. El tipo de letra que usaba para las postales navideñas que envía a la abuela. O la que plasmaba para hacer los letreros mencionando las especiales del día en la cafetería.
Desdoblé la hoja por completo y empecé a leer.
Hola, Nathan:
Sí, soy yo de nuevo. No sé qué es lo que pasa, no sé si no quieres contestar a mis cartas, o quizá no las has recibido. Pero sea cual sea el motivo, espero que te encuentres muy bien, gozando de la buena salud con la que siempre te conocí.
¿Recuerdas aquellos momentos?, que aunque cortos yo disfruté como nunca. Fuiste mi primer amor, Nathan. Y sí, éramos jóvenes y los problemas no se hicieron esperar, tal vez debimos haber esperado como muchos nos lo pidieron… pero bueno, eso ya es pasado, ahora las cosas son distintas, ambos tenemos vidas diferentes con personas diferentes, y espero de todo corazón seas muy feliz con esa mujer que has elegido para ti. Nosotros lo estamos. Billy y Sam están enormes y son dos chicos maravillosos, ojalá pudieras conocerlos, pasar tiempo a su lado, entonces sabrías de lo que hablo.
¿Sabes?, me preguntan por ti, en especial Sam. Les haces falta, mucha falta… En fin, no quiero aburrirte mucho con esto, sólo quiero que sepas que estamos bien, y que ellos siempre piensan en ti. Espero tu pienses en ellos.
Un saludo…
Dayana.
Me quedé sin palabras, nunca había escuchado a mi mamá dirigirse así a nadie, nunca había escuchado decirle a Chad que lo amaba. Y lo más preocupante, nunca la había visto pedirle a alguien algo de aquella manera, era como si le rogara ver por nosotros, acercarse con nosotros.
Me dolió. ¿Estaría ignorando las cartas?, ¿evitando a toda costa contestarlas?. Vernos o saber de nosotros. Yo esperaba queno. Rogué entonces que las cartas hubieran caído en manos de un desconocido y que este las hubiera mandado de nuevo al remitente para hacer saber el error.
Miré la ventana, examinando vagamente la oscuridad, pensando cómo se encontraría. Tal vez no sabía que nosotros aún seguíamos en Nueva York, podía ser que creyera que nos habíamos mudado, quizá ya nos había buscado… Pero aún así, inundando mi mente de positivas opciones no quise leer las otras dos cartas que seguían selladas en mis manos. Rodé por mi cama hasta una orilla y las metí dentro de mi mochila, sintiendo un débil temblor en mis manos. Había estado equivocada al pensar que aquellono empeoraría las cosas.
El domingo pasó lento y tedioso, y durante aquel día no tuve ni una sola noticia de Brooke. Ni un mensaje, ni una llamada, y la ausencia me empezaba a preocupar demasiado. Tal vez debía dejar pasar unos días para que su enojo pasara. Probablemente ella sería quien me buscara después para pedirme una explicación; explicación que sin duda le daría sin pensarlo dos veces.
Y entonces, a pesar de lo molesto y lentos de aquellos días que dan por finalizada la semana, pasó el domingo, dando paso al feliz pero agotador lunes, que siempre llega cargado con una ración de estrés para todos los estudiantes. Pero para mí, con un regalito extra de preocupación y nervios. Ese día vería a mi amiga una vez más, le ofrecería la disculpa que no me dejó darle el sábado y le contaría lo que había ocurrido. Además, vería a Curt por segunda vez desde que nos habíamos convertido en novios… bueno, por lo menos eso era lo que yo pensaba que éramos.
Andaba a paso lento por el abarrotado pasillo del colegio, buscando entre la multitud alguna seña de Brooke. Sentía una maraña de sentimientos con respecto a ella: miedo, culpabilidad, indignación, tristeza. Por una parte me sentía verdaderamente mal por haber faltado a su fiesta, sabía lo importante que era para ella que yo estuviera allí, yo era su mejor amiga, o por lo menos lo era hasta aquel momento… por otra parte también estaba molesta, no le hubiera tomado más de cinco minutos el guardar silencio para poder escuchar mis motivos.
Estaba a punto de darme por vencida e ir hasta el aula donde sería mi próxima clase, cuando vi una cortina de cabello rojizo dar vuelta en una esquina del pasillo, y de inmediato me encaminé hasta ahí. Era ella.
-¡Brooke!- grité con esfuerzo.
Pero ella no se inmutó siquiera en mirar hacía atrás, siguió de frente sin hacer la más leve muestra de que sabía que yo corría tras ella. Definitivamente seguía molesta conmigo. Pero, ¿cuánto tiempo más pensaba seguir con aquello?, ¿pensaba dejar de hablarme sólo por eso?
Aminoré mis pasos, mientras ella seguía su camino con la vista al frente y la frente en alto. Y me detuve, observando como la única amiga que tenía en el mundo se alejaba de mí, sin decir nada más mas que un "Eres la peor amiga del mundo", unas palabras que resonarían en mi mente por siempre, unas palabras que seguramente habían sido el fin de una amistad.
-¿Qué sucede?- preguntó alguien a mis espaldas.
Me di vuelta al instante y me topé de frente con Curt, quien también tenía la vista fija en el pasillo, en el lugar justo donde había desaparecido Brooke.
-Está molesta conmigo- contesté con un hilo de voz, en el momento en el que volvía a mirar el pasillo.
-Ya se le pasará- dijo él con total calma.
-No lo creo.
-¿Y cuál fue el problema?
-Tú.
Lo miré fijamente.
-¿Yo?, ¿por qué?- preguntó él con los ojos como platos.
-El sábado fue su cumpleaños…
Empecé a andar por el pasillo, escuchando los pasos de Curt muy cerca de los míos. Dejé mi mochila en el suelo y me senté junto a ella, de inmediato el muchacho tomó asiento a mi lado.
Sus ojos cafés buscaron los míos con insistencia por un momento, esperando que siguiera con lo que estaba diciendo, deseando saber el por qué de aquella respuesta, del por qué él era el culpable del problema.
-Estuve toda la tarde en tu casa, esperando a que pasara la lluvia y olvidé por completo lo de su fiesta- declaré cabizbaja-. Creo que nunca volverá a hablarme…
-No lo creo- repuso él.
Parecía bastante convencido de lo que decía. Miró en dirección al pasillo y sonrió con suficiencia, una suficiencia que me molestó en aquel momento, pues sentía como si él supiera algo que yo ignorara.
-¿Por qué no?. Tú no viste cómo me miró… estaba muy molesta.
-No creo que Brooke esté dispuesta a perder tu amistad. Ella te aprecia y sólo trata de protegerte.
-Y según tú, ¿de qué trata de protegerme?- pregunté al momento que me ponía de pie.
-¿De mí?- dijo encogiéndose de hombros.
-Tratas de decir que sería mejor que me alejara de ti- lo miré fijamente con las cejas arqueadas-. Pues si así lo quieres.
Le di la espalda y empecé a andar por el pasillo. Mi voz sonó fría en ese momento, pero por dentro sentí cómo mi corazón latió con debilidad al imaginar perderlo tan pronto.
-¡No he dicho eso!- exclamó de pronto Curt.
Me volví al instante y lo vi de pie, mirándome con gesto de preocupación, casi cómo si suplicara que no me alejara de él. Y me quedé ahí, plantada observándolo acercarse a mí con paso lento pero decidido, hasta que su cuerpo quedó a pocos centímetros del mío. Tan cerca que podía olerlo, podía sentir su calor fruir desde su piel, su cálida piel.
-Yo no quiero separarme de ti. No ahora- dijo en un susurro.
Su mano acarició mi mejilla suavemente y entonces, se acercó a mí, rozando sus labios con los míos delicadamente, más cómo una caricia que cómo algo más. La muestra de afecto y amor más hermosa que jamás me habían hecho. Y lo besé, sintiendo mi corazón desbocado latir cómo mil tambores dentro de mi pecho.
-Debo ir a clase- dije separándome un poco de él.
-Tal vez no te hayas dado cuenta, pero la campana sonó hace más de quince minutos- repuso él mirando el reloj que llevaba en la muñeca-. No creo que te permitan entrar a clase.
-¡¿Es enserio?!- exclamé escandalizada-. ¡¿Cómo es que no me di cuenta?!
Empecé a dar vueltas por el pasillo, nunca antes me había saltado alguna clase, y la verdad es que no tenía pensado hacerlo.
-¿Por qué no salimos un rato al patio?, creo que te hace falta un poco de aire- propuso el muchacho.
-Es que…- no sabía si era una buena idea, pues anterior a eso había tenido la idea de ir a rogar al maestro de que me dejara entrar.
-Sólo es una clase, no pasa nada.
Lo miré fijamente sin decir palabra.
-Está bien- accedí al cabo de unos segundos, no podía resistirme a aquellos ojos castaños, y menos si me miraban de aquella forma.
Curt entrelazó sus dedos con los míos al tomar mi mano y me llevó a su lado por el pasillo, que ya se encontraba completamente solo.
Conforme andábamos por el corredor, yo lanzaba nerviosas miradas hacía atrás, con el temor de ver aparecer a algún maestro de un momento a otro para reprendernos.
-¿Tienes miedo?- preguntó el muchacho mirándome divertido.
-Un poco, sí…- empecé yo sin dejar de mirar a mis espaldas-. Nunca antes me había saltado una clase.
-No te preocupes. No he hecho antes y nunca me han atrapado.
-Siempre hay una primera vez- dije yo.
El muchacho soltó una carcajada que resonó a lo largo del patio del colegio. El día era magnifico, no había ni una sóla nube que mostrara que en días anteriores había caído una verdadera tormenta. El suelo estaba ya seco de todo charco que pudiera haber, pero tapizado con una escasa alfombra de pasto amarillento y una que otra hoja rojiza de los árboles del rededor.
Nos sentamos uno al lado del otro en un sitio donde el pasto estaba menos escaso.
-Por cierto, Curt. El otro día olvidé devolverte tu chaqueta- comenté recordándolo de pronto.
-Ya me la darás otro día- dijo este sin preocupación.
-Bien…
Se hizo un silencio repentino en el que ambos nos dedicamos a mirar el paisaje que nos rodeaba. Más allá de las casas y árboles del vecindario se podían apreciar los miles y miles de edificios que conformaban la gran ciudad de Nueva York. Era increíble pensar que viviéramos ahí mismo, pues todo en aquel lado de la ciudad era tan distinto, tan tranquilo, tan pacífico… Pero ahí, no en la parte dónde los gigantes de asfalto y hierro lo inundan todo, si no en Manhattan, en las mismas casas que yo miraba ahora de cerca, podía estar mi papá.
-¿En qué piensas?- dijo de pronto Curt, sacándome de mi ensimismamiento.
-En nada- contesté al instante, parpadeando varías veces como si saliera de un profundo sueño.
-¿A caso nome tienes las suficiente confianza?
Lo miré,y me di cuenta de que él también me observaba fijamente. Había cambiado ese semblante divertido que casi siempre se le veía por uno más serio. Tan distinto que era difícil creer que se trataba del mismo Curt bromista y optimista de siempre. Pero se la tenía, le tenía la suficiente confianza para decírselo, pero no era eso lo que me detenía. Era el dolor, la duda.
-Encontré unas cartas- dije al fin.
-¿Cartas?, ¿qué cartas?, ¿de quién?- preguntó él viéndose un poco pálida de pronto.
-De Nathan… mi papá.
-¡Aaah!... Y, ¿qué a pasado?
Le conté a Curt todo lo que había pasado, incluido la llegada de Brooke en ese mismo momento en que las había encontrado y lo que aquella carta contenía.
-¿Y tú… piensas hacer algo?- preguntó Curt lentamente.
-¿Buscarlo?, ¿a eso te refieres?
El muchacho asintió con la cabeza.
-No lo sé…- mi voz tembló un poco-. Tengo miedo. ¿Qué tal si lo busco y…?
Hasta entonces no me había percatado de lo duro que había sido en realidad para mí encontrar esa carta. Leer del puño y letra de mi mamá aquellaspalabras que aún veía pegadas a mis ojos como tatuajes permanentes, palabras que parecían suplicar un regreso.
Curt se acercó a mí y me rodeó con uno de sus brazos para reconfortarme.
-No temas- dijo éste con voz suave-. Ahora estoy contigo, y te cuidaré de todo aquello que te pueda dañar.