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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 14

Me estiré con pereza y miré hacía la ventana, el sol se había puesto por completo, más bien parecía que hacía horas que el sol se había esfumado del cielo, pues este estaba completamente oscuro, moteado con las miles de estrellas que lo engalanaban cada noche y la enorme luna que hacía tal contraste sobre él.

Tomé mi móvil que se encontraba sobre la mesa de noche y me sobresalté de la hora que era. Las once de la noche. Ahora comprendía por qué me escocían de sueño los ojos.

Tomé la mochila que estaba ami lado e introduje el cuaderno en ella, y así, vestida como estaba, me eché las mantas sobre el cuerpo y me quedé dormida.

  • ¿Y…? - exclamó Rose por la mañana, durante el almuerzo.

  • ¿Qué? - pregunté yo con la boca llena de pizza.

  • ¡Tus papás!, ¿se lo preguntaste?- dijo con desesperación mi amiga.

  • ¡Ah, eso!- empecé yo al recordar que ella había sido quien me había propuesto la idea de preguntárselos -. Sí, se los pregunté.

-Y vuelvo a la misma pregunta. ¿Y…?

  • Pues no saben nada o no me lo han querido decir. Aunque más bien no deben de saber nada, no creo que tenga que ser confidencial la información de quienes venden la casa, ¿no?

  • Pues sí - coincidió ella pensativa -. ¿Y ahora que vas a hacer?... ¿o es que ya no quieres saber sobre la tal Sam?

  • ¡Claro que quiero saber!- exclamé yo al instante -. Pero, ¿en dónde buscar?

Ambas guardamos silencio en lo que pensábamos en una posibilidad, pero para ser sincera, yo no encontraba alguna idea de dónde encontrar a la escritora de aquel magnifico diario. Simplemente no sabía qué hacer o dónde buscarla.

  • ¡Ya sé! - gritó de pronto Rose.

  • ¡¿Qué?! - pregunté yo un tanto alterada por tal grito que había proferido.

  • ¡La biblioteca! - anunció ella con una gran sonrisa de suficiencia y solución.

  • Es un diario, no creo que esté uno como este en la biblioteca - repuse yo tirando su idea al suelo.

  • ¡No hablo de eso! - exclamó ella negando con la cabeza -. En la biblioteca conservan anuarios de antiguos alumnos, ahí podemos buscar a Sam.

Rose tenía razón, en la biblioteca tenían anuarios viejísimos, era casi probable que en alguno de ellos encontráramos a Samantha Norton. Ya casi podía imaginar la foto de la muchacha en uno de aquellos libros, con su cabello castaño y sus ojos verdes.

Tomé mi mochila y me disponía a salir rápidamente hacía la biblioteca, cuando la campana del colegio anunció el inicio de las clases.

  • Creo que será en otra ocasión - dijo Rose encogiéndose de hombros.

Con la decepción cargando sobre mis hombros, me encaminé a mi próxima clase al lado de mi amiga, lanzando una triste mirada hacía el pasillo que conducía a la biblioteca de la escuela. Pero durante aquella clase, no me dispuse a escuchar al profesor nuevamente, abrí con sigilo la mochila y saqué de esta el cuaderno que la noche anterior había metido ahí.

No entiendo por qué, pero no fui capaz de moverme de mi lugar. Permanecí allí, sentada en el sillón, con la cara casi pegada al cristal de la ventana, mirando fijamente la casi impenetrable oscuridad que envolvía el exterior, tan negra como el mismo carbón, tan fría como mi corazón se sentía ahora. Decepcionado y solo.

Cerré los ojos por unmomento sintiendo una punzada al volverme a recordar a mi misma lo que sucedía, al hacerme entender que el esperar no haría que él llegara. No importaba cuanto estuviera allí, a él no le importaba al parecer. Me estiré con pesadumbre y eché un vistazo al reloj que estaba a mi izquierda, entonces fue cuando me sorprendí, faltaban pocos minutos para las dos de la mañana, y el hueco de mi corazón se hizo aún más grande. No valía la pena seguir allí, así que me puse en pie y fui directo a mi habitación, fui hasta mi cama y me tumbé sobre ella, pero no pude dormir, sólo permanecí ahí en lo que a mi me parecieron un millón de horas, horas en lo que lo único que rondó mi cabeza fue la desilusión que sentía.

-Sam - llamó alguien a lo lejos.

Abrí los ojos y una penetrante luz dorada casi cocinó mis ojos. El sol, que a pesar de ser otoño, entró por la ventana a mares e inundó cada rincón de mi habitación.

  • Es hora de levantarse - exclamó ella mirándome fijamente, parada al lado de mi cama -. Se te hará tarde para ir a la escuela.

  • ¿Tengo que ir? - pregunté yo, echándome las mantas sobre la cabeza.

-Sí.

-Pues no quiero - contesté rotundamente.

  • ¿Esto tiene que ver con lo que pasó anoche?

  • Hazme un favor - pedí yo con voz suplicante -. No hablemos de eso, ni hoy ni nunca.

  • ¿Y por qué no lo hablas con él?, tal vez tenga una buena explicación - sugirió mi mamá encogiéndose de hombros.

  • Sí, claro.

Me quité las mantas de encima y empecé a andar por la habitación, buscando ropa en el armario y mis zapatos debajo de la cama. Pero era más bien una forma de desviar la mirada de la de mi mamá, o si era posible, desviar el tema por completo. Fui hasta el cuarto de baño, sintiendo como mi mamá me seguía muy de cerca, seguramente buscando la forma de continuar con aquella plática. Últimamente estaba muy interesada en mi vida, algo que no me hacía mucha gracia en ocasiones como aquellas.

  • Y… no me has mencionado el nombre del muchacho.

  • Creo que eso importa ahora menos que nunca - atajé yo haciendo eco al hablar dentro del baño.

Se hizo un silencio en el que ni una de las dos pareció respirar, yo por mi parte me metía a la ducha para darme un baño, esperando que el agua caliente tirara al suelo un poco del mal humor y la tristeza que se iba acumulando sobre mí.

Aquella mañana, más que desilusión, se había formado un gran sentimiento de enfado hacía Curt. Muy bien me había dicho que no se llevaba bien con los padres, pero nunca pensé que aquello que me había dicho fuera la verdad. Pero, ¿no podía haberlo hecho por mí?

Al salir de la ducha descubrí que mi mamá ya no se encontraba en mi habitación, ni siquiera dentro de la casa, esta estaba completamente sola, a excepción de Milo y yo. Así pues, después de un vano intento de comer algo, salí de mi casa, rumbo al colegio. Pero aquel día, decidí tomar una ruta distinta, sólo para no tener que ver a Curt. Y el resto del día en la escuela, evité por completo los pasillos y lugares que el muchacho acostumbraba visitar.

-Lleva esto a la mesa cinco - me dijo Sherly tendiéndome una orden grande de hamburguesa y papas.

Lo tomé sin rechistar y llevé el plato a la mesa, la cual estaba ocupada por una joven pareja y su bebé.

  • ¿Va todo bien? - preguntó la mujer cuando volví a la barra.

No contesté, simplemente me limité a encogerme de hombros sin mirarla a los ojos.

  • ¿Cómo te fue anoche en la cena?, ¿qué le pareció a Dayana tu nuevo novio?

  • No quiero hablar de eso, ¿quieres?

Me di la vuelta, dispuesta a tratar de ignorar su gesto de confusión. No quería que nadie me recordara la mala noche que Curt me había hecho pasar al dejarme plantada en medio de todos.

  • ¿Qué ha pasado?

Escuché a Sherly le preguntaba a alguien más.

  • ¡No quiero hablar de lo ocurrido y no quiero nadie más lo haga!, ¡¿entendido?!

Aquello era simplemente el colmo. Parecía que ahora no podía tener ni siquiera un poco de privacidad, era como si mi vida fuera un libro abierto que los demás querían saber, un libro que a pesar de no haber leído tenían la gran curiosidad e lo que este contenía. Pero ni mi vida era un libro, y muchomenos tenía la obligación de contarles qué era lo que sucedía en ella.

  • ¿He dicho algo malo? - preguntó la mujer en voz baja a mis espaldas.

  • Creo que se le han soltado las cabras, y todo parece haber sucedido por culpa del plantón de anoche -respondió Billy.

Fui hasta una mesa que se acababa de desocupar y empecé a recoger los platos, pero aún hasta dónde estaba, la voz de estos se escuchaba, impidiéndome concentrarme en lo que hacía.

  • ¿El chico la ha plantado?, ¡pero que barbaridad!

  • Y la hubieras visto ayer cuando se pasó casi cinco horas junto a la ventana…

  • ¡He dicho que se callen! - grité fuertemente.

Nunca hubiera imaginado que tenía tal potencia para gritar de aquella forma, pero al parecer no era la única, pues al mirar a mí alrededor comprendí que no sólo había llamado la atención de Sherly y Billy, sino de toda la clientela que se encontraba comiendo en la cafetería en aquel momento.

  • ¿Qué sucede aquí?

Mi mamá había aparecido de pronto y nos miraba a los tres desde detrás de la barra con un gesto de enojo claramente reflejado en su rostro. Su mandíbula se había tensado a tal punto de que sus dientes parecían a punto de quebrarse.

  • ¿Sam? - exclamó mirándome fijamente.

Sin embargo no contesté, era imposible que las palabras salieran de mí. Era como si se hubieran atascado en mi garganta por el coraje que sentía en aquel momento.

  • Acompáñame, por favor.

Pasé al lado de Sherly y Billy. Sentí sus miradas sobre mi espalda, de seguro en cuanto desapareciera de su vista empezarían a hablar de mí.

Caminé hasta la barra y seguí a mi mamá hasta la pequeña oficina de Chad. Una habitación compuesta por un pequeño escritorio, sobre el que reposaba una computadora algo vieja y dos sillas. Mi mamá se sentó tras el escritorio y yo tomé asiento frente a ella, en una silla a la que se le empezaba a salir el relleno del asiento.

  • ¿Y bien?, ¿me podrías decir que está sucediendo? - preguntó con las cejas arqueadas.

  • Creo que he perdido un poco los estribos - contesté yo mirando una mancha de lodo que había en mis zapatos.

  • Eso me queda perfectamente claro. Pero… quiero decir, ¿por qué? -se hizo un poco hacía adelante y me examinó detenidamente con la mirada -. ¿Qué es lo que está ocurriendo contigo últimamente?, me preocupas, ¿sabes?

  • No tienes por qué preocuparte por mí. Estoy bien.

  • Claro que no estás bien, y no sé como puedes decir eso después de lo que pasó allá afuera - replicó ella con voz temblorosa -. ¿Sabes la suerte que has tenido de que Chad no estuviera?

  • No me importa lo que Chad piense - contesté rotundamente -. No es mi papá y no tengo por qué darle explicaciones sobre nada.

Por un breve momento pensé que se molestaría por mi comentario, más sin embargo, lo único que hizo fue lanzar un largo suspiro lleno de desesperación y puso su mano en la frente con la mirada hacía el escritorio. Como si estuviera sufriendo una terrible migraña.

  • Tómate la tarde libre - dijo una vez que volvió su mirada hacía mi.

  • ¿Qué?

No podía creer lo que me estaba pidiendo.

  • Creo que en este momento no estás en condiciones de trabajar, así que puedes irte a casa.

  • Mamá, pero…

  • Te lo estoy pidiendo como tu jefa - dijo ella sin vacilar -. Así que hazme el favor de ir a casa y descansar un poco.

Vacilé por un momento. Momento en el que me tomé para examinarla detenidamente, esperando a que en cualquier instante me dijera que estaba hablando en sarcasmo y me dirigiera de nuevo ha hacer mis labores, que me gritara, que me reprendiera de alguna u otra forma. Pero no lo hizo. Se volvió hacía un montón de hojas que descansaban sobre el escritorio de Chad e hizo como si se tratara de algo importante. Y sé perfectamente que no las miraba en realidad, pues se había formado aquella arruga en su frente, la arruga que indicaba nerviosismo.

Me puse en pie cansinamente y fui por mi mochila, salí de detrás de la barra y pasé al lado de Sherly y Billy, quienes segundos más tardes habían estado con las cabezas juntas, seguramente hablando sobre mí.

  • ¿Te vas? - preguntó mi hermano.

Pero no tuvo contestación alguna, me seguí derecho, con la cabeza en alto, pero con un nudo en mi garganta, un nudo que se hacía cada vez más y más grande.

La casa se sentía sola y fría. Y yo… ahora me encontraba tumbada sobre el sillón, mirando hacía la nada, recordando una y otra vez lo sucedido las veinticuatro horas anteriores, mientras escuchaba a lo lejos, los ladridos ensordecedores de Milo.

No podía estar ahí, sentía que me ahogaba entre el resentimiento y los tan recientes recuerdos; así que me puse en pie, tomé la correa de Milo, quien también parecía necesitar con urgencia un paseo y salí a la calle.

Caminando por la acera, el can se halaba en sus poco útiles intentos de ir más rápido, pues yo también arremetía con fuerza, pero para que este se mantuviera a raya. Pero no todo iba tan mal, estando fuera y con el frío aire otoñal azotando mi cara, la cabeza empezaba a despejarse un poco más, y al mirar a mí alrededor, noté que casi todo lo que antes fue verde, ahora era de un tono rojizo o amarillento. Que las frondosas flores que las vecinas normalmente mantenían coloridas habían desaparecido, y que fuera de las casas, había por lo general una enorme bolsa llena de todas aquellas hojas que los árboles habían dejado ir de una buena vez.

  • ¡Sam!

Escuché de pronto que alguien me llamaba. Parte de mi alma calló al suelo alnotar que se trataba de una voz varonil, pero al darme cuanta volví a respirar con tranquilidad. Se trataba de Brad.

-Hola - lo saludé tratando de mostrarme despreocupada.

  • Pensé que trabajabas después de clases - repuso él lanzando una amable y sincera sonrisa.

  • Me han dado el día libre.

  • ¡Vaya!, ¡que bien! - exclamó el joven -. Entonces, ¿tienes toda la tarde libre? Es que… no sé… tal vez quieras ir a tomar un helado…

  • Brad…

  • Ya sé que me dijiste que ahora sales con alguien más, pero es que en verdad no pierdo las esperanzas, y… - empezó el muchacho.

  • ¡Brad! - exclamé silenciándolo antes de que continuara -. Pensaba aceptarte la salida hoy.

  • ¿Enserio? - dijo atónito - ¡Genial!, entonces vamos. ¿Es tu perro?, es muy bonito.

Y entonces, Brad, Milo y yo, emprendimos de nuevo nuestro camino, andando por la misma acera por que la que yo me había estado dirigiendo, hablando tranquilamente, tratando de concentrar mi atención en el muchacho y en nada más.

Después de recorrer algunas calles del vecindario, entramos en el primer parque que encontramos. Ahí, Brad había escuchado que había un vendedor que llevaba en su carrito los mejores helados de Manhattan, así que decidimos probarlos.

Brad siempre me había parecido un buen tipo, y habérmelo encontrado aquel día fue una gran suerte.

  • ¿Qué sabor quieres?

Acabábamos de encontrar al famoso vendedor, en el centro de un tumulto de gente que se arremolinaba para comprar su helado favorito.

  • Chocolate - contesté yo cuidando de no ser pisada por la demás gente.

Las manos me sudaban, y al tratar de sujetar mejor la correa de Milo, este se soltó de mí y salió despedido hacía un lado, esquivando a todos los que estaban frente a su camino, pasando por docenas de piernas y estridentes gritos de chicas que al verlo dirigirse a ellas habían temido que las atacara. Pero Milo no era así, pasó de largo a todas aquellas chicas y se metió entre los árboles, en una parte del parque en donde la luz era muy escasa.

  • ¡Milo!, ¡Milo! - grité llamando a mi perro -. ¡Ah!, ahí estas.

El can se encontraba junto a un árbol de tronco grueso, un poco escondido de la vista. Tomé la correa y la aseguré fuertemente en mi mano, pero al darme vuelta algo ocurrió.

  • Veo que estás muy bien acompañada - dijo de pronto alguien entre la oscuridad.

Mi corazón dio un salto y pareció después detenerse del susto, pero no corrí, me quedé paralizada del miedo. Entonces, algo se movió tras el árbol en el que había estado oculto Milo.

Una figura alta y delgada salió de entre la oscuridad, sentí desfallecer por un segundo, hasta que la luz dio en el rostro del individuo y este se dio a conocer. Curt me miraba fijamente entre la oscuridad, con los ojos entornados y el cuerpo un poco rígido.

  • ¿Quién es? - preguntó tras varios segundos de silencio.

  • Qué te importa - contesté yo de forma cortante.

Me di vuelta dispuesta para alejarme de él.

  • Comprendo que estés molesta - escuché que dijo a mi espalda.

  • ¡¿Molesta?! - Vociferé a voz en cuello dándome vuelta bruscamente - ¡Me has dado el plantón frente a toda mi familia!, ¡¿Y dices que estoy molesta?!

  • Te dije que no suelo llevarme bien con los padres - se justificó él en voz baja.

  • ¿Ni siquiera por mí? - pregunté con voz quebrada.

No obtuve respuesta, y fue algo que me dolió más que si me hubiera dicho una respuesta negativa. Bajé la mirada hacía el oscuro suelo y sentí cómo una lágrima se derramaba de mis ojos y recorría cálidamente mi mejilla.

  • Entonces no me amas como dijiste - susurré con la tristeza en cada una de aquellas palabras.

Me di vuelta una vez más, halando a Milo para que me siguiera.

  • ¿Y tú? - preguntó Curt en medio del silencio.

  • ¿Qué?

  • ¿Tú me amas? - preguntó con voz temblorosa.

  • ¿Eso importa ya? - contesté yo, secando algunas lágrimas que se habían escapado de mis ojos también.

Y sin más, sin esperar respuesta y negándome a mirarlo una vez más, me alejé de él, caminando hacía la gente que seguía tratando de comprar sus helados, y en dónde seguramente aún se encontraba Brad.