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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 16

  • En serio, lo del otro día era sólo una idea que se me ocurrió en el instante. Nunca pensé que te lo tomaras tan enserio - decía Rose.

Caminaba a mi lado por el pasillo de camino a la biblioteca escolar. La muchacha de pronto se había sobrecogido al saber que yo seguía en pie con la idea que ella misma me había dado sobre buscar a Samantha Northon. Había andado por el corredor dando traspiés interrogándome si estaba segura de lo que hacía, advirtiéndome que podía ser cualquier cosa en lugar de un diario… un cuento, un ensayo o quizá una chica con demasiada imaginación que había decidido escribir una historia en aquel cuaderno viejo.

  • Pues ya lo vez que sí. Y estoy casi segura de que hoy es mi día de suerte, ya verás que la encontraremos.

  • ¿Qué?, ¿piensas que yo también entre ahí y me enfrasque en todos esos anuarios polvorientos en busca de alguien que no sabemos siquiera si existe? - preguntó ella echando un vistazo a la entrada del lugar.

Una puerta lisa de madera oscura se alzaba ya frente a nosotros, y justo encima de esta colgaba un pequeño letrero que rezaba: Biblioteca escolar.

Rose veía aquel lugar como el mismísimo infierno, un lugar que de poder evitarlo, nunca visitaba. Leer para ella era como un castigo de lo más cruel, y siempre que nos dejaban alguna tarea en la que se debía leer un libro para poder realizarla, siempre era yo quien terminaba por prestarle los deberes para que los copiara, o bien, le platicaba la historia de dicho libro, algo así como lo que estaba haciendo con la historia de Sam.

-Sí, la verdad sí - repuse yo asintiendo mientras la mirada fijamente con una sonrisa en los labios.

-Pero sabes perfectamente lo que odio entrar en ese lugar - empezó ella sin poder evitar el seguirme -. ¿Dejarás que entre…?. Sí, ya lo creo que sí…

Ambas ya nos encontrábamos andando hacía la mesa en dónde impecable y en silencio se encontraba la señora Zheng, la bibliotecaria. Una mujer de rasgos asiáticos y mirada severa.

  • Hola - saludé al llegar hasta la mesa.

La mujer me miró desde su asiento con la mirada fija e intimidante, movió los labios devolviendo el saludo, pero sin proferir sonido alguno y volvió a bajar la mirada hacía un enorme libro encuadernado en piel que descansaba sobre el fino escritorio de madera de roble.

  • Quisiera… - la mujer levantó la vista con un gesto de fastidio y me miró con las dejas arqueadas -. Quisiera ver algunos anuarios de años pasados.

  • ¿Qué año exactamente?

  • Bueno… es que no lo sé con exactitud. ¿Podría prestarme de unos diez años atrás? - pregunté calculando más o menos los años que debía de tener aquel diario.

  • No puedes llevarte tantos libros a casa. Las reglas son claras: No más de tres libros por alumno - dijo la mujer en tono autoritario.

  • ¡Oh, no!, no pensaba llevármelos a casa - exclamé enseguida -. Quiero verlos aquí.

La señora Zheng no dijo nada al respecto, ni una señal aprobatoria o algo que nos dijera que no estaba de acuerdo con aquello, simplemente nos miró a ambas de arriba a bajo abriendo los ojos lo más que pudo. Se puso en pie con la mayor calma que le fue posible, haciendo rechinar un poco la silla en la que había estado sentada, para después pasar por nuestro lado tras rodear el escritorio y luego dirigirse hacía uno de los tantos pasillos de la biblioteca.

Rose y yo nos miramos en silencio con un gesto de asombro y nerviosismo, sin saber en un principio qué hacer o qué decir, pero después de un par de segundos, cuando la bibliotecaria empezó a alejarse, la seguimos en silencio.

  • Ten mucho cuidado con los anuarios, Rose. Si llegamos a estropear alguno esta mujer es capaz de matarnos a ambas- empecé a decirle a mi amiga con la voz más baja que me fue posible.

  • No pienso arriesgarme a morir en este lugar. No tocaré ninguno… - dijo ella a su voz con horror en cada una de las facciones de su rostro.

Por alguna extraña razón, ahora la biblioteca me parecía más grande que de costumbre. Con todos aquellos altos estantes que recubrían cada una de las paredes y hacían pasillos y más pasillos que más bien parecían formar un laberinto del que era fácil perderse. Estantes llenos de pesados libros de diversos colores y grosores, estantes de madera que se alzaban frente a nosotros como los mismos edificios que se veían más a lo lejos en el centro de la ciudad de Nueva York. Aquella ciudad de la que Samantha Northon se sentía excluida, indiferente y ajena viviendo en aquella parte del barrio tan tranquila.

-Estos- dijo de pronto la señora Zheng.

Se había parado de pronto junto a una mesa y colocó sobre ella con un ruido sordo más de diez anuarios. Aquel golpe me hizo saltar al sorprenderme en un sueño, un sueño del que yo no era partícipe, una historia que revivía cuando yo abría aquel diario. Diario que ahora descansaba sano y salvo dentro de la mochila que llevaba colgada sobre el hombro.

-Estos son los anuarios que por el momento les puedo prestar. Son los que están en mejores condiciones y que espero sigan así cuando hayan terminado de usarlos - comentó ella con una fina ceja alzada, enmarcando una mirada especialmente severa.

  • Claro, así será - dijimos Rose y yo a la par.

Tras asentir con la cabeza y echarnos una última mirada a mi amiga y a mí, la mujer se dio vuelta sobre los talones y emprendió camino seguramente hacía su escritorio, a retomar la lectora de aquel libro que estaba sobre él. Fuese cual fuese este.

En silencio y un tanto tensas por la presencia de la mujer en el mismo sitio que nosotras, Rose y yo tomamos asiento en dos de las cuatro sillas que se hallaban a los lados de la mesa en dónde la señora Zheng había dejado los anuarios, y sin más, nos dedicamos a buscar a Samantha Northon.

  • Aquí no está - anunció la chica cerrando de golpe en tercer anuario que hojeaba en aquel rato.

  • Aquí tampoco - dije yo cerrando mi segundo libro.

  • ¡Es inútil!, ¡no vamos a encontrar…!

  • ¡Ssshht! - la calló una chica largo cabello recogido en una trenza y lentes de montura gruesa que estaba a nuestro lado, ocupando una mesa casi hasta el rincón.

  • Lo siento - dije mi amiga en casi un susurro -. Como te digo, no creo que la encontremos tal vez ni siquiera exista.

  • ¿Por qué tienes que ser tan pesimista? - pregunté yo con el entrecejo fruncido.

  • ¿Y tu por qué tienes que ser tan soñadora?. Eso debe ser un intento de novela literaria o algo así - sugirió ella encogiéndose de hombros.

  • Tal vez… - exclamé mordiéndome el labio inferior -. Pero quisiera estar segura.

  • ¡Ay!, está bien - dijo Rose ahogando un gruñido -. ¿Por qué no sigues leyendo?, quizá encuentres una pista para poder encontrarla más rápido.

Esbocé una sonrisa al escuchar un tono más positivo, tomé la mochila que había dejado en el suelo y saqué el cuaderno gastado que se encontraba dentro de él. Busqué por un momento entre las páginas hasta que encontré la hoja que tenía un pequeño dobladillo en la esquina. La página en la que me había quedado.

  • Curt…

Me separé suavemente de sus labios y lo miré fijamente. No pude evitar sentir que mi corazón daba un nuevo respingo al mirarlo, al notar tan de cerca aquel rostro. Un rostro bello, de finos rasgos masculinos, enmarcado con una melena castaña y revuelta, e iluminado por dos brillantes ojos color avellana.

  • ¿Sí? - exclamó él con una sonrisa soñadora y tranquila.

  • Es que, estaba pensando… Ni siquiera sé tu apellido - dije en tono apenado.

El muchacho sonrió, tomó mi rostro entre sus manos y besó mis labios con dulzura.

  • Curtis Mason - respondió al separar sus labios de los míos -. Pensé que nunca lo preguntarías.

  • Curtis Mason… - repetí casi sin pensarlo.

Me perdí por un momento, mirando la estantería que tenía frente a mí, pero a la vez sin mirarla. ¿En qué estaba pensando con exactitud?... no lo sabía. Quizá en cómo sería Curt en realidad, ayudándome de aquella bella forma de describirlo por parte de Sam; tal vez en que habíamos encontrado una pista más, o estaba simplemente digiriendo lo que acababa de leer.

  • ¿Qué has dicho? - preguntó Rose quitando la vista del anuario después de varios minutos.

  • Curtis Mason… ese es el nombre de él - parpadeé varias veces, parecía de pronto como si hubiera entrado en transe.

  • ¿Curtis Mason?... Mason... me suena, ¿sabes? - dejó el libro que llevaba en las manos y lo apartó casi bruscamente.

Mi respiración se agitó al instante. Lo habíamos encontrado. No lo podía creer.

Rose tomó uno de los tantos anuarios que ya había visto anteriormente y empezó a revolverlos con rapidez, pasando las hojas tan rápido que era imposible ver las fotografías que contenía. Mientras tanto, yo sentía que me agitaba más y más a causa del ansia.

  • Rebecca Mason... No esta no es - echó de lado el anuario y tomó otro enseguida -. Sé que está por aquí.

Esperé en silencio, casi sin parpadear, sólo mirando como mi amiga pasaba las páginas una a una con prisa. No estaba segura si sabía lo que hacía, pues las hojas pasaban rápidamente y no creía que pudiera ver las fotos.

  • ¿Por qué no sigues leyendo? - preguntó con desesperación al ver que la observaba-. Me pones más nerviosa de lo que me encuentro.

  • No podría - negué frenéticamente con la cabeza -. Al saber que estamos a poco de encontrar a Curt… no puedo.

  • Pues entonces mira hacia otro lado o me volverás loca - atajó ella con el seño fruncido.

Desvié la mirada casi al instante, ¿que podía hacer?. Eché una ojeada a los miles de libros que se encontraban a mí alrededor. A mi izquierda había un estante especialmente colocado para libros de fantasía. Harry Potter, La historia sin fin, Crónicas de Narnya; eran el tipo de libros que yo solía leer. Sin embargo, ahora en mi mente sólo había una historia que captaba mi completa atención. La de Sam y Curt.

  • ¡Aquí está! - exclamó de pronto mi amiga con emoción.

  • ¡Ssshht!

  • Lo siento - le dijo a la chica que leía en el rincón -. Mira, aquí está… ¿es él?

Me pasó el anuario abierto por la página encontrada. Lo tomé entre manos temblorosas y lo acerqué a mí para poder ver a aquel chico, que según mi amiga, se trataba de Curt Mason.

Miré entre las decenas y decenas de fotografías que ahí se encontraban, mi corazón latía con tanta fuerza que podía sentirlo en mi garganta. Marisa Roberts, Etan McGee… Sí. Ahí, casi al centro de la página se encontraba él. Aquella debía ser la sonrisa traviesa de la cuál tanto hablaba Sam. El muchacho en verdad era atractivo, con su cabello oscuro en parte de su rostro, sus ojos castaños y brillantes, y sin duda, aquella bella sonrisa de total confianza en si mismo. Curt era tan y como Sam lo había descrito, un chico rebelde, el cual no parecía seguir ni importarle las reglas, un poco arrogante, pero bastante guapo.

  • ¿Y bien?, ¿crees que sea él? - Rose estaba desesperada por saber mi opinión sobre aquel chico.

  • Estoy casi segura - respondí con un hilo de voz.

  • Bueno, eso quiere decir que Sam está en este mismo anuario… ¿cómo no me di cuenta?. Sigue leyendo, quizá encuentres algo más de importancia. Yo buscaré.

Le pasé el libro una vez más, y tomé el cuaderno de Sam. Las manos aún me seguían temblando ligeramente, no podía acabar por creérmelo del todo. ¡En verdad existían!... o por lo menos Curt sí.

Abrí el viejo diario de la chica y busqué con la mirada el lugar preciso en el que había dejado la lectura.

  • ¿Tú no preguntarás el mío? - dije esbozando una sonrisa en dirección a Curt.

  • Samantha Northon… ¿o me equivoco?

  • Y, ¿cómo lo supiste? - la curiosidad me embargó de pronto.

  • Ya vez. Me gusta saber todo sobre la persona que me interesa.

  • ¿Yo te intereso? - pregunté acercándome a él cada vez más. Sintiendo su tibia respiración en mi rostro.

  • Es más que eso - contestó él rosando sus labios con los míos -. Te amo.

  • ¿Estás seguro de lo que dices? - dije en casi un susurro.

  • ¿Por qué no habría de estarlo?

  • Es que nos conocemos de tan poco tiempo…

  • Para mí es como si te conociera de toda una vida - repuso él interrumpiéndome.

  • Yo siento lo mismo - no entendía el por qué, pero de pronto sentía unas ganas inmensas de llorar. De llorar y abrazarlo con fuerza.

Pero pareció que él mismo leía mis propios pensamientos, pues rodeó mi cintura y juntó su cuerpo con el mío en un fuerte abrazo.

Un par de lágrimas se derramaron de mis ojos, pero no lo solté, al contrario, lo abracé con todas las fuerzas que había en mi cuerpo, pidiendo que nunca se apartara de mí.

  • ¿Alexa? - dijo de pronto Rose, haciendo que apartara rápidamente la vista del diario -. Creo que es ella… Sam.