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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 17
Me bastó sólo una simple mirada para reconocerla. Casi en la orilla de la hoja lisa impresa a colores, un poco opacos por la antigüedad de aquel viejo anuario. Samantha Northon, como decía la pequeña etiqueta bajo la foto de la muchacha, parecía ser tal y como la describía su imagen, una chica discreta, tímida, poco social y que solía pasar desapercibida fácilmente. Pero a pesar de eso, poseía una belleza indiscutible, una belleza llena de inocencia, una tristeza claramente reflejada en sus ojos castaños y una soledad incomprendida en cada una de sus facciones. Era ella, sin duda se trataba de ella, de la dueña y escritora del diario que ahora se encontraba en mis manos.
-
Y bien, ¿ahora qué vamos a hacer? - preguntó Rose cruzando los brazos sobre la mesa de madera.
-
Pues…
Muy buena pregunta, ya teníamos la prueba de que Samantha y Curt existían y de que habían asistido a la misma escuela en la que ahora nos encontrábamos, y quién sabe, quizá se habían sentado en aquella mesa en la que estábamos Rose y yo en aquel momento. Pero, ¿qué hacer ahora?, no lo había pensando… ¿o era quizá que ni yo misma hubiera creído en la posibilidad e de encontrarlos, de probar que aquello era verdad?
Miré fijamente el anuario que sostenía fuertemente entre mis manos y fruncí el ceño pensando con rapidez. Justo en ese momento la chica que se hallaba sentada en la mesa colocada en el rincón de la biblioteca se ponía en pie con toda calma y colocaba nuevamente el libro que había estado leyendo en su lugar, para luego salir fuera del lugar hacía el pasillo de la escuela. Y fue entonces, cuando nos encontramos casi solas, a excepción de la señora Zheng cuando aquello se me ocurrió.
-
¡¿Qué es lo que haces?!. ¡No! - Rose miró horrorizada cuando con rapidez y aprovechando que nadie miraba, yo introducía el anuario en mi mochila.
-
Sólo lo tomaré prestado por unos días, hasta encontrar con el paradero de Sam.
-
¿Estás loca? - exclamó ella tratando de quitarme la mochila de las manos -. ¡Nos pueden meter a la cárcel por esto!
La muchacha forcejeaba conmigo, pero a pesar de su temor seguía hablando bajito para no interrumpir a nadie, aunque claro, sólo estaba la bibliotecaria.
-
No pueden meternos a la cárcel por eso - dije yo tirando del objeto.
-
Bueno no, pero ella sí nos va a matar.
-
No se dará cuenta.
-
Claro que sí, el que tengas los ojos rasgados no quiere decir que no pueda darse cuenta… - replicaba ella luchando por lo soltar mi bolsa.
-
¡Señora Zheng! - exclamé de pronto mirando por encima del hombro de mi amiga.
Había funcionado. Rose soltó la bolsa al momento que daba un salto ahí mismo en su silla y miraba hacia atrás. Pero había sido una falsa alarma, una trampa que yo le había puesto para distraerla, y fue el momento que aproveché para cerrar mi mochila, colocarla sobre mis hombros y colocar rápidamente los demás anuarios sobre un estante para después salir despedida hacía la salida.
- ¡Gracias señora Zheng!. Los anuarios me han sido útiles… ¡Los he dejado en el estante!
Pasé al lado de la mujer casi sin verla y salí al pasillo que nuevamente volvía a estar atestado de estudiantes que caminaban a su nueva clase.
-
¡Alex…!... ¡Alexa! - Rose llegaba a mi lado completamente agitada y las mejillas encendidas -. ¡¿Qué has hecho?!
-
Te dije que ya lo devolveré cuando encontremos a Sam.
-
¿Y de qué te va a servir el anuario?
- ¡Da! - exclamé haciendo un gesto hacía ella -. La foto nos servirá para encontrarla. A ella o a Curt, a cualquiera de los dos.
Mi amiga me miró detenidamente con los labios fruncidos en forma de evaluación. ¿Intentaba decidir si estaba loca o no?. Bueno, eso era lo que parecía.
-
Está bien - exclamó relajando un poco los hombros -. Pero me aseguraré de que lo devuelvas en cuanto lo desocupes.
-
Lo prometo - le dediqué una sonrisa que trataba de ser lo más inocente posible.
-
Ahora vamos a clases, ¿sí?
No dije nada, sólo me limité a asentir con la cabeza y seguirla por el pasillo hasta nuestra siguiente clase. Sí, iría a la clase como siempre lo hacía, pero no dispuesta a poner atención y tomar notas como muchos estudiantes lo hacían; en mi mochila se encontraba un diario que ansiaba ser leído por mí nuevamente, deseoso por revelarme todos los secretos y enseñanzas que ocultada entre sus hojas, secretos que yo sólo sabría.
Una luz se encendió a mis espaldas y el rostro de Curt se iluminó, mostrando el tono cálido de su piel que no se hacía ver tan claramente bajo la luz mortecina de la farola, ni de la luz misma de la luna.
La delgada silueta de mi mamá se podía ver andando de un lado a otro de la estancia. En cualquier momento se asomaría por la ventana, si no era que salía a ver qué era lo que estaba pasando.
-
Creo que tengo que irme - exclamé volviéndome nuevamente hacia mi novio.
-
Sí. Creo que tu mamá empieza a preocuparse por ti. Además, hace mucho frío aquí afuera - comentó él con una leve sonrisa dibujada en su rostro.
Podía ver en su rostro que no quería irse aún, pero en parte tenía razón, era tarde y empezaba a helar. Sentía como mi nariz y los dedos de mis manos empezaban a perder sensibilidad a causa del aire nocturno. Pero a pesar de todo quería seguir ahí, pegada a su cuerpo tibio y confortante, por que no había mejor calor que el suyo, que el que sentía en aquel momento, el de su amor.
-
No quisiera despedirme todavía…
-
Ni yo lo quisiera, pero… hay más vida mañana. Nos veremos, ¿verdad?
-
Sí - contesté yo en un susurro.
-
Bien. Entonces, hasta mañana - dijo Curt dedicándome una sonrisa.
Se acercó a mí y me dio un pequeño beso en los labios, tan de repente que mi corazón dio un respingo.
- Hasta mañana.
Me separé de él muy despacio, dando pasos cortos para después emprender mi camino hacía la puerta de mi casa. De camino hacia allá miré por encima de mi hombro repetidas veces. Curt aún seguía en la acera, mirándome atentamente, esperando a que entrara en mí casa. Y una vez frente a la puerta y con la mano sobre la perilla me di vuelta, Curt se había desvanecido de pronto. Ya no estaba ahí.
- ¿Sam?
La perilla de la puerta había girado bajo mi mano y esta se había abierto de pronto, cegándome por momentos con la luz que salía desde el interior de mi casa.
-
¿Qué haces? - preguntó mi mamá con curiosidad.
-
Yo… - apunté a mis espaldas el punto exacto en dónde minutos antes se había encontrado Curt -. Pues... Nada.
-
Estuviste mucho tiempo allí afuera. ¡Santo dios!, ¡estás helada! - exclamó al rozar mi mano.
Posó una mano sobre mi mejilla y enseguida hizo lo mismo con la suya, para comparar temperaturas.
- ¡Mamá! - dije apartándome de un salto -. Vengo de fuera. Es normal que esté helada.
Sus ojos se tornaron un poco resentidos, pero ella ya debía comprender perfectamente a los adolecentes. La forma en que de pronto nos alejábamos, sintiéndonos demasiado mayores para los gestos afectivos y los cuidados excesivos por parte de nuestros padres. Billy era mayor que yo por dos años, él ya había pasado por aquello, por su etapa de rebeldía. ¡Y qué etapa!, recuerdo a la perfección las noches en vela que mi mamá pasó junto a la ventana esperando la hora de su llegada, pues el chico había tomado durante esa etapa la costumbre de desaparecerse desde su salida del colegio y llegar a casa ya muy entrada la noche. Algo que hasta el momento yo no había hecho.
-
¿Y esa rosa? - preguntó desviando su mirada de la mía, como si tratara de dejar atrás el momento que acababa de ocurrir.
-
Me la han regalado - sentí como mis mejillas se encendían y recuperaban el calor que habían perdido por el aire frío de la noche.
-
¿Fue ese chico que antes te ha tenido de un humor tan decaído?
-
¿Decaído? - exclamé como si no comprendiera de lo que me hablaba.
-
Sam… soy tu madre, ¿sabes?
-
Pues eso es lo que me has dicho tú siempre - bromeé.
No pudo evitar sonreír ante mi gracioso comentario.
- Lo que trato de decir es que no habrá nadie que sepa mejor que yo cuando te sientes bien o mal. Nadie.
Nos miramos sin decir palabra, dejando al silencio internarse en la habitación como un inquilino que crece cada vez más.
¿Era verdad?, ¿una madre es capaz de saber cuando su hijo está mal?, ¿a caso todas las madres experimentaban aquello?. No sabía qué pensar. En mi mente pronto se formaron una maraña de sensaciones y sentimientos: miedo, confusión, ansiedad, alegría…
Sin embargo,no dije nada, sólo dejé que aquel silencio aumentara cada vez más.
- Bien - dijo de pronto mi mamá lanzando un resoplido de exasperación -. ¿Por qué no vas a dormir? Es tarde.
Asentí casi de forma automática y me dirigí hacia las escaleras alfombradas que estaban al final de la pequeña estancia.
Admito que en momentos como aquellos, era un gran alivio salir de su campo de visualización, de sus gestos acusadores y a la vez tan comprensivos, de su mirada evaluadora y sus preguntas constantes y directas. A veces… cuando cosas como aquellas sucedían, cuando tenía aquellos encuentros con mi madre, solía preguntarme: ¿Qué hubiera pasado de estar mi papá con nosotros?, ¿Ella actuaría de la misma manera?, ¿o pediría su apoyo?. No lo sabía, pues en lo que llevaba de vida, nunca había visto algo parecido, ni siquiera con Chad. Él no solía meterse en situaciones en las que Billy y yo estuviéramos involucrados. Era siempre mi mamá quien daba la cara por nosotros, quien respondía ante aquellas situaciones o imponía nuestros castigos. Chad no se metía, sin embargo, siempre nos habían pedido a mi hermano y a mí, un respeto hacía él.
Al entrar a mi habitación me fui directamente hacía la ventana, no sé, había algo que me atraía a ella siempre que había algo en mi mente dándome vueltas como miles de abejas zumbando alrededor de un panal. Y entonces, ahí parada frente a la ventana, mirando mi reflejo en el cristal me di cuenta de algo. Aquella sensación, esa sensación de vacío había desaparecido, ya no estaba en mi interior. Por el contrario, una nueva había resurgido. La ausencia de un padre, de mi padre.
El tiempo era justo igual que el día anterior. Seco y frío, arrasado por una ventisca de aire otoñal cargado por un manojo de hojarasca seca que había ya perdido su puesto en algún árbol quizá ya muy lejano. Pero sin embargo, el cielo permanecía inerte, reinado por un sol intenso aunque muy poco cálido, el cual sólo parecía hacer presencia de vista, más no de calidez, pues los días cada vez eran más helados.
El patio de la escuela en ese entonces parecía la imagen de una postal de otoño. Bancas y caminos de cemento grisáceo estaban cubiertos de hojas doradas y rojizas; y el pasto, el cuál tenía el mismo tono que las escasas hojas de los desprotegidos árboles, crujían bajo las suelas de mis zapatos.
Me paré en seco antes de dar vuelta en aquella esquina del patio, justo frente a la ventana del salón de Química, escuchando claramente aquel ruidito de golpeteo. Un golpeteo constante y rítmico. Caminé un par de pasos y sí, ahí estaba él, jugando de nuevo con aquella pelotita de tela colorida. Sonreí al verlo, tan entretenido y concentrado como un niño pequeño; se le veía tan despreocupado y ajeno al ajetreo y estrés estudiantil que por lo general se observaba en el instituto, como si en realidad no perteneciera a él, como si sólo fuera un visitante.
- Hola.
Mala idea, mi saludo había provocado una completa desconcentración en el muchacho, quién dio un respingo y al tratar de atrapar la bola calló al suelo produciendo un ruido sordo al chocar contra él.
-
¡Curt!, ¡¿estás bien?! - grité arrodillándome junto a él.
-
¡Auch!... No. Creo que me he roto una rodilla - dije este retorciéndose del dolor.
-
¡Oh, por dios!... ¡Iré por la enfermera!
Estaba completamente histérica, asustada hasta los huesos. Yo había sido la culpable de aquello.
Me puse en pie de un brinco y traté de correr hasta el edificio, pero al instante una mano se cerró sobre mi brazo, impidiéndome que diera un paso más. Al darme vuelta, vi con sorpresa que Curt estaba frente a mí, con una sonrisa divertida en su rostro y perfectamente en pie, sin dolor alguno.
- Sam. Estaba bromeado - dijo él soltando una carcajada.
Por un momento no supe que hacer al respecto, lo miré con gesto confuso y el corazón aún latiéndome aprisa, pero eso fue sustituido rápidamente por tanto enfado que al no encontrar palabras para expresarlo, le tiré una patada justo en el tobillo.
-
¡Auch! - gritó, pero esta vez por un buen motivo -. ¿Qué te pasa? - exclamó brincando en un pie, mientras trataba de alcanzarse el otro con la mano para sobárselo.
-
¡Eres un tonto!, ¡¿lo sabías?!
-
Era sólo una broma - explicó este con profundo dolor.
-
¡Casi hago un escándalo dentro del edificio!... ¡Y todo por una broma!
Me sentía agitada, sobresaltada y enojada por el susto que Curt me había dado, y estaba segura de que si no me calmaba un poco le daría una patada más.
Lo miré con los ojos entornados y el pecho agitado. Curt permanecía sostenido en un pie, con una mano sobre el tobillo y la otra tratando de mantener el equilibrio en su cuerpo, con un gesto de dolor y completa confusión. Se veía muy gracioso, tanto que no pude evitar soltar una carcajada, olvidando por completo mi enojo con el chico.
- ¿Qué? - preguntó este aún más confuso que antes.
No pude contestar siquiera del ataque de risa que aquello me había provocado. Lo apunté mientras me retorcía en mi lugar y continué riendo a carcajadas.
Curt se miró los pies en silencio por un segundo, para a continuación reír también con fuerza. Parecíamos un par de locos siendo atacados por un potente gas de risa, o que estábamos siendo torturados con el castigo de las cosquillas, no lo sé… sólo recuerdo que fue extraño, único y raro aquel momento.
Caí al suelo al no poder más, me dolían las costillas y el pecho de tanto que había reído. De reojo, pude ver que Curt también se tumbaba a pocos metros, y poco a poco se acercaba arrastrándose hasta mí, quedando su cabeza junto a la mía apoyada contra el duro suelo alfombrado de amarillo y reseco césped.
-
¿Estás molesta conmigo? - su voz sonó agitada, pero aún con un rastro de aquella risa.
-
¿Lo volverás a hacer?
- No. Con esa patada que me has dado, ten por seguro que no lo volveré a hacer.
- Bien. Entonces no estoy molesta contigo - respondí yo.
Curt se incorporó un poco, cubriendo mi cuerpo con el suyo, y acercando su rostro al mío, uniendo nuestros labios en un beso.
-
Te amo, ¿lo sabías? - exclamó separándose un poco de mí.
-
Lo sé.
Se recostó nuevamente a mí lado y lanzó un suspiro largo y profundo, el cual no tardó en ser acompañado por un de mi parte, y después, una carcajada de ambos. Ya no podía reír más, me dolían las costillas. Pero era tan difícil no reír al lado de Curt.
Y ahí nos quedamos, tumbados sobre el duro y frío suelo, medio cubierto por el pasto; con el viento alborotando nuestro cabello que acariciaba nuestros rostros por momentos, observando con atención las pocas nubes que andaban con prisa allá arriba, moviéndose delicadamente, como una hoja de otoño al deslizarse por un río tranquilo y cristalino.
-
¿En qué piensas? - Curt se incorporó un poco, apoyado del brazo y posando sus ojos sobre mí.
-
En cosas - contesté yo en voz baja.
-
¿En mí?
-
Todo el tiempo pienso en ti. Difícil no hacerlo - repuse dándome la vuelta y mirando fijamente con una sonrisa.
-
Yo también pienso en ti… siempre - estiró una mano y acarició mi mejilla -. Pero, ahora piensas en alguien más, ¿verdad?
Me sorprendió aquello, ¿cómo lo sabía?... Desde la noche anterior no podía sacar de mi cabeza a mi papá, dónde quiera que ahora se encontrara, aunque en mi mente no hubiera recuerdo alguno de él, de su voz, su presencia… nada, sólo una gran ausencia. Pero una inquietud por saber sobre él había empezado a llenarme, tal vez la inquietud de no haber estado nunca con él, de no saber qué se sentía tener el amor de ambos padres.
-
¿Cómo lo sabes?
-
No sé, simplemente creo que lo sé- dijo encogiéndose de hombros.
-
Pensé que mi mamá era la única que podía saber eso - repuse sonriendo con un poco de melancolía.
-
Ya vez que no - dijo Curt devolviendo la sonrisa.
Bajé la vista pensativa y a la vez un tanto apenada, sonriéndole al suelo.
- Vamos, cuéntame. ¿En qué pensabas?
No significaba que no quisiera compartir aquello con él, ¿cómo no hacerlo partícipe de mi vida?, si de mi vida era de dónde no lo quería sacar. Quería que estuviera conmigo por siempre y siempre, y sentía que él así lo quería también. Pero me costaba tanto hablar sobre ello. Podía pensarlo mil y una vez más, pero al tratar de que de mi boca saliera descrito aquello que sentía… Era difícil.
Me senté con las piernas cruzadas, tomándome todo mi tiempo para hacerlo, sintiendo mí corazón latir con pesadez. Suspiré hondo un par de veces, y luego hablé, notando aquel espantoso nudo en la garganta, tan traicionero y vil, haciendo las pausas necesarias para poder respirar. Me costaba tanto respirar. Más sin embargo, él me esperó, escuchando con atención, con el semblante serio y atento, atento a cada una de mis palabras, de mis gestos… ¿Cómo no amarlo?. Aquel chico le había dado a mi vida un gran sentido ahora que lo veía bien, había llenado parte de aquel profundo hoyo que sentía en mí corazón cada amanecer.
Al terminar de hablar lo miré sin saber qué hacer, qué postura optar, qué decir a continuación, si sería buena idea sacar el tema de una vez o esperar a que él hablara.
-
Y… - empezó Curt moviéndose un poco en su lugar -. ¿Qué has pensado hacer al respecto?
-
¿Hacer? - pregunté un tanto confusa.
-
¿Piensas buscarlo?
¿Buscarlo?. No lo había pensado de aquella manera. Pero al mirarlo así, no era tan complicado; tenía la dirección, la cual no era muy lejos de donde yo vivía, sabía su nombre, pues había accedido a darnos su apellido. Bajé la vista y me miré las manos pensativamente, ¿qué hacer?. Levanté la mirada. Curt seguía observándome tan atento como cuando estaba hablando.
- Eso creo… - contesté al fin.