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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 18
-Estás más callada de lo normal.
Levanté la mirada. Mi mamá me miraba fijamente desde su habitual sitio en la mesa, al lado derecho de una gran silla que ocupaba uno de los costados angostos de la mesa rectangular para seis personas. La silla que ocupaba Chad como el jefe de familia. Su mirada reflejaba preocupación, pero ahora ya era normal que al dirigirse a mí fuera con aquel gesto.
- No tengo nada que decir - respondí sumergiendo de nuevo la vista hacía mi cena.
Durante toda la cena no había dicho nada, en mi mente permanecía flotando como un fantasma la charla que apenas unas horas atrás había tenido con Curt a cerca de mi papá. Pero a pesar de que le había dicho a mi novio que quería buscarlo, aún la duda sobre aquella decisión me atormentaba.
-
¿Estás segura? - insistió mi mamá clavando aún más su mirada sobre mí.
-
Sí. Estoy segura. Y si me permiten, iré a mi habitación.
Me puse en pie, sin esperar a que alguien dijera algo más. Lo que más anhelaba era llegar hasta mi habitación y quedar fuera de la vista de Billy, Chad y sobre todo de mi mamá. Empezaba a hartarme de sus preguntas sobre si me encontraba bien, o lo que según ella ocultaba, estaba cansada de responder lo mismo siempre a la misma pregunta tediosa que escuchaba cada que estaba junto a ella.
Giré la perilla de la puerta de mi habitación y entré de lleno sin siquiera encender la luz. Anduve a oscuras un buen tramo, buscando mi pijama y tratando de no tropezar con alguno de los muchos objetos que estaban regados sobre el suelo.
- Antes de que empieces a desvestirte, quiero que sepas que estoy aquí.
En mi estómago se produjo un enorme agujero al escuchar aquella voz que me hizo saltar casi medio metro del suelo. Bajé el suéter que empezaba a quitarme de encima y lo coloqué bien lo más rápido que pude, para girarme hacía dónde yo creía que provenía aquella voz. Y en efecto. Frente a la ventana de mi habitación, claramente perfilada contra el marco, se encontraba la silueta alta y delgada de un joven de unos diez y siete años. Iluminada con las luces del exterior, como si se tratara de una aparición divina.
-
¿Curt?
-
¿Esperabas a alguien más? - inquirió el muchacho acercándose poco a poco a donde me encontraba.
-
En realidad no esperaba a nadie - repuse.
-
Bueno… entonces me puedo ir si así lo quieres.
En la oscuridad alcancé a notar el ademán de darse vuelta e irse, pero yo sabía perfectamente que no era exactamente lo que él quería.
- Puedes quedarte si quieres - exclamé.
Lo sabía. El muchacho se dio vuelta por completo y a pesar de la casi solida oscuridad, pude jurar ver una sonrisa en sus labios. Recorrió lentamente los escasos metros que nos separaban uno del otro y me abrazó en la penumbra de mi habitación.
-
¿Estás bien? - preguntó separándose un poco de mí para verme, pero claro, era inútil.
-
Claro que sí. ¿Por qué todos se empeñan en hacerme esa pregunta? - exclamé haciéndome un poco hacía atrás y recargándome en el escritorio dónde reposaba mi ordenador -. ¿Y por qué seguimos a oscuras?
Crucé presurosamente la habitación, tropezando con algunas cosas tiradas en el suelo para encender de una buena vez la luz que tanto le había falta a aquella pequeña pero oscura recamara. Me volví hacia Curt con los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho y las cejas alzadas.
-
No lo sé… ¿Por que estás rara? - dijo este encogiéndose de hombros.
-
No es verdad. Son ustedes los que imaginan cosas que no son… ¡Estoy harta!, ¿sabes?
-
Bueno. Vale, vale... no estás rara. Y sí, yo imagino cosas que no lo son.
-
¿Lo dices en serio?
Me relajé un poco al escuchar aquello, y rápidamente todo gesto de defensiva desapareció de mí, dando paso a un gran agradecimiento hacia aquel chico que estaba frente a mí. Curt, a pesar de todo, de mis antiguos malos tratos y mi carácter un tanto explosivo, siempre me había apoyado y creído cuando pensé estar sola. Cuando todos los demás me veían como un bicho raro (o eso parecía).
-
No quiero que volvamos a pelear por algo que no vale la pena - dijo él tomando mi mano y dándole un cariñoso apretón.
-
No… Yo lo siento. Es sólo que… estoy harta de que todos me vean como un bicho raro.
-
Tú no eres un bicho raro - replicó el joven indignado -. Eres mucho más bonita que cualquier bicho.
-
Muy gracioso, Curtis.
El muchacho soltó una estruendosa carcajada y me abrazó con fuerza, estrechándome entre sus juveniles brazos.
-
Estoy bromeando. Sabes que estoy bromeando, ¿verdad? - dijo sin poder parar de reír.
-
Lo sé.
Acerqué mi rostro al suyo, sintiendo su aliento en mi cara, tan cálido, tan suave… Quería besarlo, probar aquellos labios que tanto amaba. Estaba tan cerca, a pocos milímetros de juntar mis labios con los suyos, de que mi sonrisa desapareciera por un momento en un beso.
Se escucharon unos pasos sobre los escalones de madera recubiertos por la alfombra, y a pesar de que toda yo deseaba no hacerlo, me separé de Curt.
-
Alguien viene - exclamé sobresaltada -. ¿Y ahora qué hacemos?
-
Irme. Antes de meterte en un problema - contestó mientras andaba hasta la ventana.
-
Curt…
Había abierto la ventana tan rápido que ni siquiera había logradoverlo, y cuando crucé la habitación y estuve nuevamente junto a él, este ya pasaba una pierna por el marco e intentaba salir del todo hacia la estrellada noche fría. Lo tomé del brazo antes de que saliera y él dirigió sus ojos castaños hacia mí.
- Nos veremos mañana, ¿sí?
Fue inesperado. Se aproximó a mí y rosó sus labios con los míos en un beso fugaz. Pero a pesar de lo corto de este, mi corazón latió con violencia al sentirlo tan cerca, al comprobar una vez más que el sentía lo mismo por mí. Al saber que me amaba.
Sonrió, y entonces, como un rayo caminó por el techo del primer piso, y sin pensarlo dos veces brincó hacía el vacio sin el temor de hacerse algún daño.
-Sam… - mi mamá acababa de entrar en la habitación llevando un bulto de ropa limpia sobre sus manos. Se paró el seco al verme frente a la ventana que aún seguía abierta y compuso un gesto de confusión - ¿Qué hace…? ¿Con quién estabas hablando?
-
Con nadie - cerré la ventana y me alejé de ella lo más rápido posible.
-
Me pareció que estabas con alguien más - comentó encogiéndose de hombros como si le diera poca importancia. Cuando en realidad yo sabía que quería protestar por mi respuesta y asegurar que estaba hablando con alguien que ahora ya no estaba en la habitación.
Dejó la ropa sobre la cama y anduvo por la habitación recogiendo algunas de las cosas que estaban regadas sobre el suelo. La seguí con la mirada. Tenía aquella expresión que siempre ponía cuando creía estar cerca de encontrar algo, pero al parecer no obtuvo lo que quería, pues después de lo que parecieron unos tres minutos de deambular por mi habitación, se giró sobre sus talones y salió silenciosamente por la misma puerta por la que había entrado sin decir palabra alguna.
Me dejé caer sobre mi cama, respirando irregularmente, pensando, debatiendo conmigo misma sobre tantas y tantas cosas que ahora había en mi mente. Pero la principal, la que ahora ocupaba un gran espacio dentro de mi cabeza tenía un nombre: Nathan Northon.
- Tengo que buscarlo- me dije a mi misma ya muy adentrada la noche.
Eran cerca de las tres de la mañana y yo aún seguía despierta, girando sobre la cama de un lado a otro sin poder dormir, mirando hacía el blanquecino techo de mi habitación o hacía el resplandor amarillento que provenía desde la ventana.
- Puede tratarse de una imprudencia. Sí, eso es lo que soy, una imprudente. No debo hacerlo - dijo otra parte de mí oponiéndose a buscarlo -. Pero es mi padre. Y sí, sé que no nos ha buscado… Pero quizá no sabe donde estamos.
Sentía como si me encontrara situada entre dos caminos: uno que me llevaba a buscar a mi papá, y otro que decía que dejara el asunto de una vez por todas e hiciera como que nada pasaba.
Me puse en pie y anduve hasta la ventana de mi habitación, ya no podía estar un minuto más ahí acostada cuando no tenía ni pizca de sueño. Allí, entre la oscuridad de la calle me perdí, pero no exactamente en la imagen del exterior, si no en mi mente, en un debate que se hacía aún más intenso, más difícil de decidir, más doloroso…
- Iré.
Las palabras salieron de mis labios automáticamente, casi sin pensarlo, en un susurro casi inaudible, pero potentes y retumbantes en mi interior, y entonces fue cuando mi mente quedó en silencio, ya no estaban aquellas voces protestantes que peleaban entre sí. Estaba segura de lo que haría, pero aún el miedo era un inquilino dentro de mí.
-
Hay cereal en la alacena. Quiero que vayas directo a la cafetería en cuanto salgas de la escuela. Está asistiendo mucha gente a comer últimamente y… ¿Me estás escuchando, Samantha?
-
¿Eh?... Sí, sí… No te preocupes, ahí estaré - respondí saliendo del ensimismamiento que me había tenido prisionera durante un par de minutos.
-
Bien - no parecía muy convencida con mi respuesta.
Besó mi frente antes de salir con un profundo gesto de preocupación en su rostro.
Un gran silencio se apoderó de la cocina, casi tan sólido que podía cortarse con el filo de un cuchillo, tanto que me oprimía el pecho con fuerza sin dejarme respirar con normalidad. Me dolía. Mi corazón latía con tanta fuerza que parecía querer salir de golpe.
Tomé mi bolsa y me la coloqué sobre el hombro con decisión. Tenía que hacerlo, ya no había marcha atrás. Me puse en pie respirando aún con irregularidad, y tras lanzar un largo suspiro, caminé hacia la misma puerta por la que mi mamá había salido minutos antes.
La mañana era fría, incluso mucho más fría y gris que los anteriores días. El cielo parecía una gruesa manta de nubes oscuras sobre las casas de Manhattan y más allá, estas mismas se extendían aún más cargadas de agua sobre los enormes edificios del centro de la ciudad. Quizá fuera una advertencia, quizá sólo una gran casualidad, pero fuese como fuese yo ya había tomado una decisión. La cual no pensaba cambiar ahora.
Anduve por la acera, como si fuera cualquier otro día de escuela, pero no era allá hacia donde me dirigía exactamente. Me paré de pronto, metí la mano a mi bolsa y extraje la carta, en donde se encontraba escrita la dirección de Nathan.
Me desvié del camino que normalmente tomaba para ir al colegio y crucé la calle hasta llegar a una parada de autobús. En raras ocasiones solía tomar alguno, y por lo tanto no me sentía del todo segura de hacerlo, pero la dirección a pesar de encontrarse en Manhattan, aún me quedaba algo lejos.
- ¿Autobús para ir al colegio?
Me giré de inmediato para ver a Curt caminar por aquella misma acera hasta donde me encontraba. Llevaba un suéter negro con la capucha puesta, unos jeans oscuros, la mochila colgada de un hombro y su patineta en la otra mano. Una sonrisa apareció en sus labios, pero desapareció enseguida al notar el miedo de mi cara.
-
¿Sucede algo?... No vas al colegio, ¿verdad?- exclamó apoyando el pequeño transporte contra la acera.
-
No - respondí de una manera que más parecía un quejido que algo más.
-
Déjame adivinar… ¿tu papá? - dijo él frunciendo el seño.
No respondí, no podía, simplemente me limité a asentir con la cabeza una vez.
-
¿Estás segura de hacerlo?
-
Si ahora no… ¿entonces cuándo? - pregunté yo. Pero más que una pregunta para él, era para mí.
Me observó por un momento, no tenía idea de qué podía estar pensando, o sintiendo por mí en aquel momento. Sin duda alguna, lástima. Pero aún así, la sonrisa reapareció en sus labios.
- Te acompaño.
El viaje en autobús, aunque corto, resultó un poco incómodo. Trataba de evitar la mirada de Curt a toda costa, pero me era difícil, mis ojos se desviaban casi sin quererlo hasta el asiento que estaba junto al mío, y era imposible no responder al rose de su mano con la mía en señal de apoyo, y sentirme agradecida por su compañía.
Curt me ayudó con lo de la dirección y donde bajarnos del autobús, pues como él dijo entonces, tenía bastante más experiencia viajando en aquel transporte.
-
¿Estás segura que es la dirección? - preguntó al echar un vistazo al sobre que llevaba en las manos.
-
Sí… eso creo.
Andábamos por la acera de una calle larguísima, llena de casas de dos plantas, adornadas con jardines que de haber sido verano habrían lucido como verdaderos bosques tropicales. Era un vecindario bastante bonito, como salido de una de aquellas series de televisión en dónde las familias son inmensamente felices. Perfecto.
Con forme caminábamos por aquella bien aseaba acera, mi corazón latía con violencia. Tanto que los latidos en mi pecho podían oírse.
A mi lado, Curt miraba cada una de las casas de nuestro alrededor con los ojos entornados en señal de concentración. Repitiendo los números de las casas rápidamente en un susurro. Y entonces…
- Es aquí - anunció el muchacho mirando hacía nuestra izquierda.
Una hermosa casa color ladrillo se alzó frente a nuestros ojos, majestuosa y enorme. Había un bonito jardín lleno de rosales amarillentos a causa del ya cercano invierno, y en el enorme porche de la entrada, una elegante banca de hierro forjado.
-
¿Quieres que vaya contigo? - preguntó el muchacho con un hilo de voz.
-
No. Quiero hacer esto yo sola. Gracias…
Se aproximó hacia mí con un movimiento delicado y me dio un beso en la mejilla. Algo que yo agradecí con la mejor sonrisa que pude dedicarle en aquel momento en el que sentía que mis nervios estaban a flor de piel.
Me di vuelta caminando con sumo cuidado, pues ahora sentía quehasta mis pies empezaban a fallarme y que en cualquier instante caería sin poder evitarlo. Mis manos temblaban incontrolablemente y al momento de tocar la puerta, pensé que la fuerza de estas se había perdido. Sin embargo, mis nudillos chocaron como si nada sobre la superficie de madera y esta resonó tres veces, perfectamente audible. Esperé un momento, y me di cuenta de que al estar parada ahora frente a aquella puerta, rogaba que nunca se abriera.
Miré hacia mis espaldas. Curt seguía ahí, me dedicó una sonrisa desde la acera y me hizo un gesto con la mano.
- ¿Sí?
La voz de un hombre me hizo volverme de nuevo hacia la puerta que tenía frente a mí. Mi respiración se contrajo al máximo, era como ver a Billy en la edad adulta, sólo que con el cabello un tanto más oscuro y los ojos tan oscuros como el azabache. Era él, estaba segura de que se trataba de Nathan.
-
¿Nathan Northon? - pregunté con tono dudoso.
-
Sí - respondió moviendo un poco la puerta de un lago a otro-. ¿Y tú eres…?
-
Sam…, Samantha Northon - contesté yo.
Noté claramente el asombro en su rostro al escuchar mencionar mi nombre. Él sabía quién era yo.
- ¿Sam?... ¿Qué haces…?. Pasa - dijo abriendo la puerta del todo para que yo entrara en el interior de la casa.
Dudé por un momento en hacerlo, eché otro vistazo hacia atrás y vi claramente cuando Curt me hacía un gesto de aprobación, así que sin más, entré por la puerta que mi papá mantenía abierta para mí.
Dentro, la casa era aún más elegante que en su exterior. Estaba recubierta por una hermosa alfombra azul grisácea y los muebles de fina madera que estaban por todo el interior brillaban bajo la luz de un enorme candelabro de cristal que colgaba del techo del bonito vestíbulo.
Seguí a Nathan hasta la sala principal, una habitación enorme, que en su mayor parte era ocupada por tres sillones de telas oscuras y las paredes estaban recubiertas por docenas y docenas de fotografías familiares.
- Siéntate - dijo él con voz seria.
Yo obedecí y me senté en el primer sillón que encontré a mi alcance. Él tomó asiento frente a mí, me miró fijamente y lanzó un largo suspiro que no pude pasar la largo.
- ¿Y bien…?, ¿quién te dijo cómo encontrarme? - preguntó de pronto con el seño ligeramente fruncido.
La pregunta me tomó completamente desprevenida. Antes hubiera esperado un: Hola, ¿cómo estás?. Pero no reclamé su poco tacto, metí la mano al interior de mi bolsa y saqué las cartas que escondía celosamente dentro de ella.
- Encontré estas cartas en casa.
Extendí los sobres hacia él, y este las tomó para examinarlas más y detenidamente.
El ligero y fugaz rose de su mano con la mía hizo que los latidos de mi corazón se aceleraran aún más. Era la primera vez que lo veía, al fin había una imagen que acompañar con aquella ausencia, ahora más que un simple nombre era una imagen. Conocía a mi papá. Tenía un papá.
-
¿Por qué lo has hecho? - preguntó mientras se pasaba una mano por el cabello. Despeinándoselo con desesperación.
-
¿Hacer qué?
-
Esto. Buscarme - replicó él fijando sus ojos en los míos.
-
Pensé que no sabías de nosotros… Y… yo quería saber de ti - repuse con un hilo de voz.
-
Se suponía que esto no pasaría - exclamó más para él que para alguien más.
Se puso en pie de pronto y camino por la sala, dando vueltas sin ir a ninguna parte en especial.
-
Eres mi papá- dije de pronto sin poder contenerme.
-
Lo sé… Pero, ¿es que no entiendes?
Volvió a tomar asiento frente a mí, entrelazando sus dedos de ambas manos con fuerza, casi haciéndose daño. Estaba desesperado, molesto.
-
Tu mamá y yo decidimos separarnos y no vernos más. Hacer nuestras vidas cada quien por su lado. Ese fue nuestro acuerdo, yo les daría mi apellido si a cambio no me volvía a buscar - hablaba en voz baja, pero decidida y cargada de enojo.
-
¿Y qué hay de nosotros?, de Billy y de mí. Nosotros no firmamos ningún acuerdo en el que se nos dijera que no conoceríamos a nuestro papá - reclamé indignada.
-
Pues lo siento, pero así son las cosas. Yo tengo una nueva familia, soy feliz con ellos. Tengo otra vida.
-
Pero, ¿qué clase de ejemplo le darás a tus hijos si ellos se llegasen a enterar de que nos has abandonado?
Sentía como las lágrimas empezaban a inundar mis ojos, impidiéndome la visibilidad. Aquello no era lo que yo esperaba, no era ni siquiera el fantasma de la imagen que me había formulado en mi cabeza. Una en el que él me recibía con los brazos abiertos y prometía no volver a alejarse de nosotros. Eso estaba muy lejos de ser lo que ahora estaba viviendo.
-
No tendrían por qué enterarse - dijo Nathan con frialdad.
-
¿Qué?, ¿eso es todo?. ¿Hola, soy tu papá y no me vuelvas a buscar más? - mi voz sonó ahogada a causa del llanto.
-
Lo siento, Sam.
-
Soy Samantha para ti - dije poniéndome en pie.
Que gran error había cometido al creer que lo mejor sería ir a buscarlo.
Se escucharon unos pasos en el pasillo y una niña de alrededor de unos cinco años apareció en la puerta vestida con un camisón rosado y el cabello castaño revuelto.
-
¿Quién es, papi? - preguntó la pequeña con voz tierna.
-
Nadie, cielo. La muchacha ya se va.
Sentí como unas agujas se enterraban en lo más profundo de mi corazón. Eso había sido el colmo, ser negada por tu padre justo frente a él. Sentí morirme, quise morir en aquel instante, alejarme lo más que pudiera de aquel lugar y olvidar todo.
Un par de gruesas lágrimas salieron de mis ojos y recorrieron mis mejillas. ¿Por qué no había hecho caso a esa voz en mi cabeza que me decía que lo olvidara?. En verdad había sido una imprudencia el irlo a buscar. Nathan no merecía ser llamado papá por nadie.