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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 19

  • Cierto -exclamé secándome con brusquedad las lágrimas que se derramaban por mis mejillas e intentaban huir de mi rostro -. Yo me voy de aquí. Fue un error haber venido.

Me coloqué mejor la bolsa y atravesé la estancia con paso decidido, tratando de contener las lágrimas que aún se apretaban en mis ojos y luchaban por salir.

  • Samantha.

Escuchar la voz de Nathan llamarme a mis espaldas, pero no me volví. No quería saber nada de él, quería olvidar su rostro, olvidar su voz; saber si quiera que existiera. Maldije el momento en el que había decidido ir hasta su casa para buscarlo. Era una tonta.

Sentí una mano alrededor de mi brazo, haciendo que me detuviera punto de salir de la casa. Un nudo aún más grande se produjo en mi garganta al notal su fría piel al contacto con la mía. Mas sin embargo no me di vuelta, ni siquiera volví la mirada hacia él.

  • Suéltame - exclamé con los dientes tan apretados que estaban a punto de estallar.

Escuché su respiración, profunda y agitada. ¿Qué era lo que le pasaba?, acababa de decirme que no quería saber nada de mí.

Lentamente sus dedos se aflojaron alrededor de mi brazo, y una vez que estuve libre de ella continué mi camino, abriendo la puerta de un movimiento.

Allí afuera, se encontraba todavía Curt, quien al escuchar que alguien salía del interior de la casa, se puso en pie como un rayo y se miró hacía la entrada de la lujosa y bonita casa de Nathan. Sin embargo, y aunque él me miró con gesto de tener muchas dudas al ver mi cara, yo le dije nada. Pasé por su lado y me eché a andar por la acera lo más rápido que pude.

-Sam… ¡Samantha! - exclamó caminando aprisa para poder alcanzarme en mi caminata.

  • ¿Qué? - mi voz sonó temblorosa, pero potente.

  • ¿Qué sucedió? - preguntó él muchacho tratando de ponerse en mi camino para que me detuviera.

  • Nada.

Yo me quitaba rápidamente al ver que trataba de ponerse frente a mí, sacándole la vuelta hábilmente. No quería verlo a los ojos, no ahora que los míos estaban tan inundados de lágrimas de dolor y rabia.

  • ¿Nada?, ¿Y por qué has salido así de la casa?

  • ¡No pasa nada!

Pasé de largo la parada del autobús y seguí a pie mi huida. Ahora las lágrimas volvían a resbalar por mis mejillas, gruesas y continuas, y por más que quería detenerlas me era imposible.

  • ¿Estás llorando? - dijo de pronto Curt con preocupación al percatarse al fin -. ¿Qué ha pasado?... Y no me vengas con que no ha pasado nada. ¡Dímelo!

  • ¡¿Quieres saberlo?! - grité yo parándome en seco y volviéndome hacia él con brusquedad -. ¡¿En verdad quieres saberlo?!

Curt respiraba con dificultad por haberme seguido tan deprisa por aquel largo tramo. En aquel momento estábamos de pie junto a un parque lleno de juegos infantiles y jóvenes árboles con hojas amarillentas.

El muchacho asintió lentamente. Parecía asustado, y lamenté entonces haberle gritado de aquella forma; después de todo, él no tenía la culpa de nada de aquello que había pasado.

  • Nathan no quiere saber nada de mí. Ni de mi ni de Billy… Dijo que tenía otra vida, con otra familia y que era feliz… No quiere que lo vuelva a buscar. Nunca… No me quiere, Curt.

Mis sollozos aumentaron a tal grado que parecía a punto de convulsionar, de caer al suelo por la fuerza y desmayarme. Las lágrimas caían una tras otra, impidiéndome la vista. Sólo veía una mancha clara y negro que era Curt.

No podía más. Aquello había acabado con las ilusiones de tener una familia normal, como cualquier otra chica que vive con ambos padres, que dice estar orgullosa de su papá. De mirarlo como un héroe… Yo quería haber sido una de aquellas chicas. Era como decirle a una niña que el mundo de las princesas y las hadas nos existe, que la vida es así y nada más.

  • No me quiere, Curt… Y me lo dijo en mi cara.

Los brazos de mi novio me envolvieron de pronto, en un abrazo fuerte. Era como si quisiera ahogar mi dolor entre el calor de su cuerpo, y yo me aferré a él, con las pocas fuerzas que había en mi interior, con un cuerpo herido que necesitaba y pedía a gritos una cura a su dolor.

  • Quédate conmigo, Curt. Nunca me dejes, por favor - supliqué en un susurro aún entre sus brazos.

  • Siempre - contestó él a mi oído.

Si a mi parecer el camino de ida había resultado incomodo, el de regreso fue insoportable, silencioso, tanto que parecía hasta lastimar los oídos; pesado, como traer una enorme roca sobre los hombros.

Examiné la hora en mi móvil, era demasiado rápido para llegar a casa, pero bastante tarde para ir al colegio; en otras circunstancias habría aceptado ir a cualquier otro lugar para matar el tiempo, y qué mejor si iba con Curt. Sin embargo, lo único que deseaba era volver a casa y estar sola.

  • ¿Quieres ir al colegio? - preguntó el muchacho en voz baja.

  • No.

Mi voz sonó distante, como proveniente de un largo túnel.

El autobús se detuvo, y Curt y yo bajamos de él.

En aquel lado de Manhattan empezaban a caer un par de gotas de lluvia, tan ligeras como lágrimas. El aire helado olía a humedad, el pasto amarillento de los jardines empezaba a cubrirse por una ligera capa de rocío otoñal y el cielo en lo alto, permanecía en un tono grisáceo.

  • ¿Estás bien? - Curt me tomó la mano e hizo reducir mis pasos.

  • Eso creo… - contesté. Aunque sin mucha convicción en mis palabras.

  • Sólo… - exclamó él lanzando un profundo suspiro. Me tomó por los hombros y me besó la frente con dulzura -, sólo recuerda que yo siempre estaré contigo.

Asentí con la cabeza al notar que de mi garganta no podía salir sonido alguno, cerré los ojos al notar sus cálidos labios sobre mi piel y suspiré profundamente, percibiendo el olor de su piel y perfume inundando cada uno de mis sentidos.

Retrocedí unos pasos y me encaminé hacia mi casa sin decir una sola palabra más, escuchando en chapoteo de los charcos que se habían formado a lo largo del camino de cemento que llevaba hasta la entrada principal. Al llegar frente a la puerta me di vuelta. Curt ya no estaba ahí.

Introduje mi mano sobre la bolsa y extraje la copia de llave que mi mamá me había dado años atrás. Giré la perilla con suavidad y entré de lleno al vestíbulo, disfrutando mis primeros segundos de soledad…

  • ¿Sam?

Alguien apareció de pronto desde la cocina, era mi mamá, quien me miraba con confusión y sorpresa. Llevaba puesto su viejo delantal para cocinar, el cual estaba sucio y tenía una marca de haberse quemado recientemente en la parte superior, junto al dibujo de una manzana.

  • ¿Qué haces aquí? - preguntó quitándose su guante de cocina y metiéndolo dentro de la bolsa del mismo delantal.

  • Lo mismo digo yo.

  • ¡Ah, veras!... No lo sé, de pronto me entraron ganas de venir a prepararles la cena con anticipación. Hace mucho que no comemos algo hecho en casa - explicó con una gran sonrisa en los labios -. ¿Y tú?

  • Me he sentido mal y he decidido volver a casa - mentí al instante, diciendo lo primero que se me vino a la mente en aquel momento.

  • Pero, ¿qué te ha pasado?... Siéntate.

Tomó mi mano y me condujo con rapidez hasta la estancia. Que ha diferencia de la lujosa sala de la casa de Nathan era sólo una habitación sin chiste y sencilla, sillones viejos, retratos con marcos desprovistos de brillo, muebles desvencijados y nada lustrosos y una alfombra deshilachada.

  • Ya me encuentro mejor, gracias.

  • ¿Estás segura?

  • Completamente.

  • Bien, iré al ático por el delantal de la abuela. ¿Te fijaste que he chamuscado este?... No quiero arruinarlo del todo - dijo mi mamá apuntando el punto exacto dónde la mancha había tomado un color negro azabache y lo examinó con detenimiento.

  • Yo puedo ir por él si quieres - me ofrecí.

  • ¡No! - exclamó repentinamente.

La miré con extrañeza. ¿Qué podía pasarme en el ático?, ya había subido allí varias veces con anterioridad, y era lo bastante madura para temer a que me saliera algún fantasma.

  • Yo puedo…

  • Iré yo - atajó ella antes de que terminara de hablar.

Se quitó presurosamente el delantal que llevaba sobre la ropa y se encaminó con paso veloz hacía las escaleras. Yo la miré atónita por su repentino comportamiento y un tanto divertida por su expresión. Quizá quería evitarme la molestia, como acababa de decirle que había tenido que volver de la escuela por sentirme mal.

Me di vuelta, ahora que lo pensaba era mejor que me sentara un momento en la sala. Había dado tan sólo unos pasos, cuando el sonido del timbre del teléfono me hizo girarme. Mi mamá también había vuelto sobre sus pasos, y entonces tomaba la bocina para atender dicha llamada. Por algún extraño motivo me quedé ahí, mirándola detenidamente. Su rostro se tensó a los pocos minutos de haber tomado el aparato, justo cuando sus palabras articularon el típico "¿Bueno?", e inexplicablemente sus ojos se dirigieron hacia mí.

Mi corazón empezó a latir con rapidez, temiendo por algo de lo que aún no estaba segura, pero aún así me quedé en mi lugar; silenciosa e inmóvil.

No dijo ni una sola palabra, únicamente escuchó. Sus ojos iban de un punto a otro de la estancia y su pecho subía y bajaba con prisa. Y entonces, en lo que a mi me pareció una eternidad, bajó de nuevo la blanca bocina y lentamente volvió su cuerpo hacia mí.

  • ¿En dónde estuviste hoy?

Su voz sonó áspera y tensa.

  • En la escuela…

  • ¡No me mientas! - exclamó a voz en cuello, temblando de pies a cabeza.

El silencio que le siguió a aquello fue más que tenso, casi se podía tocar. Los ojos de mi mamá se llenaron de lágrimas, pero su miraba no flanqueó, siempre se mantuvo en el mismo punto. Yo.

  • ¿Era Nathan? - pregunté al fin, después de haberme tomado varios minutos para agarrar las fuerzas necesarias y hablar.

  • Dijo que has ido a su casa… - un sollozo ahogado interrumpió momentáneamente sus palabras -. ¿Por qué…?, ¿por qué lo has hecho, Sam?

  • Necesitaba saber de él - contesté en voz baja.

  • ¡Podías habérmelo preguntado!

  • ¡Nunca me habrías dicho nada! - dije a mi vez explotando.

Durante todos aquellos años, nunca había hablado sobre Nathan conmigo ni con Billy, quien era el mayor. Siempre se había ahorrado sus comentarios sobre él, negándose profundamente a mencionar su nombre, haciendo como si nunca lo hubiera conocido, como si no se lo hubiera topado alguna vez en su camino. ¿Por qué entonces habría cambiado de parecer?, ¿se habría sentado a hablar conmigo sobre él?... no lo creía.

  • ¡¿Por qué estás tan segura?! - inquirió la mujer con lágrimas que se derraban de sus ojos.

  • ¡En todo este tiempo te has reservado todo lo que sabes de él para ti sola. Nunca nos has dicho o contado sobre Nathan a Billy o a mi!... ¡Somos sus hijos!

La puerta de la entrada se abrió, y una ráfaga de viento frío despeinó y alborotó por unos segundos mi cabello castaño.

Un golpe sordo anunciando el cierre de la puerta, pasos retumbantes por el pasillo, y después Chad nos miraba atónito a ambas al darse cuenta de que eran nuestras voces las que resonaban hasta fuera de la casa. Sus ojos pasaban de una a otra con un lapso de tiempo casi idéntico, respirando lento y sin hacer movimiento alguno.

  • ¿Sucede algo? - su voz era suave y pausada, como si temiera el derrumbe de una enorme montaña apostada frente a él.

  • Yo me voy a mi habitación - respondí antes que ella. Me pasé una mano por el rostro lleno de gruesas lágrimas y empecé a dar largas zancadas hasta la escalera de madera.

Corrí los últimos tramos del pasillo del segundo piso, y una vez tuve a mi disposición la puerta de mi alcoba, entré y di un portazo con todas las fuerzas de mi cuerpo, deseando que esta nunca se volviera a abrir mientras yo siguiera con vida. Me tiré sobre la cama, colocando mi rostro sobre la almohada, casi esperando ahogarme en ella; dejando mi rostro fuera del alcance de los demás, impidiéndole ver la fría y cruel realidad que se encontraba en el exterior. Las lágrimas salían de mis ojos como una fuga de agua en una llave rota, y mis sollozos eran tan fuertes que me sacudían y me hacían temblar sobre la cama.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, con el rostro cubierto por la almohada rellena de plumas suaves, sólo sé que al cabo de un buen rato mi llanto aminoró, pero ya mi cuerpo había quedado sin fuerzas, flácido sobre la cama, tumbado sin apenas moverse; pero mis demás sentidos seguían alertas. Y fue mi oído quien me avisó que la puerta se abría tras de mí con un ligero y casi audible rechinido.

  • ¿Puedo pasar? - escuché que decía la voz grave de Chad.

No contesté, sin embargo me incorporé sobre la cama y me senté con lentitud. Chad se sentó a mi lado, con la vista fija en sus zapatos deportivos y los dedos de ambas manos entrelazadas.

  • ¿Te encuentras mejor?

Asentí con una cabezada apenas notoria.

  • Tu madre me contó sobre lo de Nathan…

  • No quiero hablar sobre ello - atajé con voz ahogada. Pareciera que estaba pasando por una fuerte grite o algo así.

  • A veces hablar sobre lo que te preocupa o molesta, ayuda a superarlo y dejarlo atrás con más facilidad, ¿sabes?

  • No creo que sea algo que se pueda solucionar sólo hablándolo - comenté yo. Me dolía horriblemente la cabeza, a tal punto de que me fuera a explotar en cualquier momento.

  • ¿Cómo lo sabes?... Probémoslo, quizá funcione - propuso él con una sonrisa amable.

  • Bien…

Se produjo un corto silencio, que más que atemorizador, fue tranquilizante. Respiré hondo, y esperé a que Chad volviera al ataque.

  • ¿Estás molesta con tu madre por no contarte sobre Nathan? - preguntó entonces él. Yo asentí una vez -. Lo entiendo…

Su respuesta fue inesperada para mí. Por lo general, Chad siempre estaba en acuerdo con mi papá para todo, y siempre yo era la culpable de cualquier trifulca o discusión que se produjera entre ambas.

  • Ella misma está molesta consigo mismo. Dice que ha hecho mal en no hablar con tu hermano y contigo sobre él, y yo estoy de acuerdo con eso. No por no hablar de una persona quiere decir que esta desaparezca de nuestras vidas así como así.

  • Él mismo quiere desaparecer de nuestras vidas. No saber nada de nosotros… ni de Billy ni de mí - exclamé con un nuevo sollozo.

  • Pues entonces Nathan no comprende que eso es algo verdaderamente imposible…

  • Pero así lo quiere… - mi voz se ahogó y nuevas lágrimas se derramaron de mis ojos -. Dijo que no me quería, y lo dijo en mi cara…

-No te lamentes por aquellos que dicen no quererte, en lo más mínimo. Recuerda mejor a aquellos que te amamos y que estaremos a tu lado pase lo que pase… recuérdalo.

Un impulso que nunca antes había sentido en mi vida salió de mí, algo que incluso me sorprendió a mí más que a él mismo. Casi pude ver sus ojos abrirse como platos cuando mis brazos se enredaron alrededor de su torso en un abrazo sincero, y mis lágrimas se derramaron sin quererlo sobre su hombro.

Unas manos dudosas se posaron en mi espalda, palmeándola con consuelo, tratando de aliviar un dolor que salía por cada poro de mi piel.